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El odio no se enfrenta con más odio

Género, diversidad sexual y cambio social.

En su libro Contra el odio, la filósofa y periodista alemana Carolin Emcke propone que el odio contra la diferencia no se enfrente con más odio sino cambiando las condiciones que llevan a que las personas canalicen su descontento de manera violenta.

Ilustración: Pilar Berrío, especial para Sentiido.

Contra el odio: El odio no se enfrenta con más odio

El odio no se enfrenta con más odio
Es evidente la dinámica creciente de rechazo hacia quienes se ven, piensan o aman diferente a la mayoría.

Dicen que exigir igualdad de derechos es permitir “la tiranía de las minorías”. Dicen que impartir una educación sexual de calidad e implementar normas en los colegios para evitar el bullying por orientación sexual e identidad de género es “homosexualizar a los niños”. (Ver: 5 claves para entender el enredo de los manuales de convivencia).

Dicen que pretender que las parejas del mismo sexo puedan casarse y postularse a procesos de adopción es “atentar contra la familia”. Estas y otras premisas las repiten, una y otra vez, los líderes de ciertos sectores conservadores y religiosos.

Son los mismos que califican de “pro lobby gay” a cualquier medio de comunicación que registre los avances en materia de igualdad de las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT).

En muchos de sus discursos se siente odio. Carolin Emcke, filósofa y periodista alemana, escribe en su libro Contra el odio, editado por Taurus en 2017: siempre es “el otro” quien amenaza lo “propio”. Ese “otro” se concibe como algo peligroso o inferior. Un “otro” a quien cualquiera puede despreciar, herir o matar impunemente.

Según Emcke, estos sectores conservadores y religiosos parten de la base de que las personas con ciertas orientaciones sexuales e identidades de género no deberían tener los mismos derechos que el resto. (Ver: Es un “No” más profundo).

¿El motivo? Según sus creencias, están lejos del camino propuesto por el Dios en el que creen. Pero, ¿por qué pensar que todas las personas deben compartir las mismas convicciones? (Ver: Rodrigo Uprimny: Dios sería el primero en defender el Estado laico). 

En los últimos años ha ido creciendo la idea de que las mujeres y las personas LGBT deberían estar satisfechas con los derechos obtenidos y dejar tranquilas al resto”, afirma Emcke.

“Hay quienes afirman que, con todo lo que han logrado, homosexuales y mujeres deberían estar contentas y guardar silencio”.

Como si fuera un logro que, continúa Emcke, a las mujeres se les permita trabajar… ¿Y encima reclaman el mismo sueldo? “Como si fuera loable que los homosexuales ya no sean encarcelados. Que los homosexuales se demuestren su amor en privado está bien, pero ¿por qué tienen que casarse públicamente?”. (Ver: Matrimonio Igualitario en Colombia, paso a paso).

En ocasiones, dicen estos líderes conservadores y religiosos, los avances en materia de igualdad llevarán a que “la mayoría se convierta en minoría”. Perciben, por tanto, la exclusión de los “otros” como una medida preventiva.

La dictadura de la mayoría

Pero la democracia no es la dictadura de la mayoría sino un sistema en el que todo lo que no sea justo o incluyente debe reajustarse. La Constitución política de un país es de todas las personas, no de la mayoría.

Emcke recuerda en su libro que una de las palabras favoritas de quienes forman parte de estos sectores conservadores y religiosos es “natural”. Defienden la idea de que existen unos géneros “naturales” creados por Dios. Así, cualquier propuesta que se salga de allí queda descalificada por “antinatural”. (Ver: La tal ideología de género, ¿de dónde viene y para dónde va?).

A estos grupos conservadores y religiosos les incomoda pensar que la “masculinidad” y la “feminidad” no sean hechos físicos o biológicos innatos, sino la consecuencia de unos mandatos sociales que les imponen a “hombres” y “mujeres” diferentes formas de ser y de existir. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

En últimas, les molesta pensar que algo ya no sea como antes, que cambie, que no se ajuste a lo que consideran “original” o que cuestione el orden social. “Pero ¿qué sentido tiene hablar de naturalidad y vincularla con una serie de derechos? ¿Por qué un cuerpo indefinido debería tener menos reconocimiento?”, pregunta Emcke.

“No estoy dispuesta a acostumbrarme a que el nuevo placer de odiar libremente se considere normal”.

Detrás de premisas como lo “natural” y “el diseño divino” está una supuesta preocupación de los líderes de estos sectores conservadores y religiosos por “los valores”, “la familia tradicional” y “el bienestar de los niños”.

Según Emcke, presentar como preocupación lo que en realidad oculta rabia, resentimiento o desprecio hace que el umbral de lo aceptable se desplace. Con ese argumento, los “ciudadanos preocupados” se sienten autorizados para odiar a los inmigrantes, satanizar a los musulmanes y rechazar a las personas LGBT.

El mensaje de fondo es: “el ciudadano preocupado” es intocable. Como si en una sociedad no pudieran existir normas que separen lo aceptable de lo que no lo es.

Parte del problema, señala Emcke, es que las diferencias de aspecto, sexuales o culturales entre las personas no se reducen a eso, a diferencias, sino que de ellas se deriva una desigualdad social o jurídica. (Ver: Por qué el matrimonio entre personas del mismo sexo).

Distintos, no inferiores

Quienes difieren de la mayoría no son percibidos como “distintos”, sino como “inadecuados” y, por tanto, con menos derechos. Como si lo distinto a “lo igual” debiera ser rechazado.

Según Emcke, a los partidos nacionalistas conservadores o populistas de derecha y a los fundamentalismos religiosos los agrupa un objetivo similar: crear una comunidad homogénea, “original y pura”. Es decir, una cultura, una religión y una nación que dejen atrás la idea de que existen “seres libres e iguales ante la ley”. (Ver: La mezcla entre religión y política, ¿inevitable?).

“Quien se ajusta a la norma tal vez no se percate de cómo esta excluye o denigra a otros”.

Necesitan una doctrina que les hable de un pueblo “homogéneo”, una religión “verdadera”, una tradición “original”, una familia “natural” y una cultura “auténtica”.

Como si reconocer la diversidad de una sociedad implicara restarle espacio a las tradiciones o a las creencias religiosas. El respeto por la diversidad del “otro” no solo protege la individualidad ajena, sino también la propia. (Ver: Rodrigo Uprimny: Dios sería el primero en defender el Estado laico).

En todo caso, propone la autora, sería absurdo enfrentar a los que odian con odio. No es con insultos ni con señalamientos que la situación cambiará. El odio solo se combate rechazando su invitación al contagio.

Quien pretenda hacerle frente con más odio ya se ha dejado manipular por quienes odian. La antidemocracia solo se combate por la vía democrática. “Si unos fanáticos religiosos pretenden dividir la sociedad en categorías basadas en la diferencia, es entonces cuando más alianzas solidarias se requieren”, añade Emcke.

“Se necesita una cultura de la duda y de la ironía. Estos son los géneros del pensamiento que fanáticos y dogmáticos rechazan”.

El odio también se combate con lo que a ellos se les escapa: observando las fuentes que lo alimentan, las estructuras que lo permiten y los mecanismos a los que obedece. Es una manera de rebatir el mito de que el odio es algo natural: el odio se fabrica.

Esta observación permite descomponer el odio en partes, describir el proceso que lo activa y la violencia que lo entraña para identificar los puntos por donde puede ser interrumpido y debilitado.

Cuestionar comportamientos

En esta tarea, ayuda el hecho de cuestionar comportamientos en lugar de censurar personas porque abre la posibilidad de que estas se distancien de sus actos. “Esta perspectiva no condena a una persona ni a un grupo sino cuestiona lo que dicen y hacen en una situación concreta”, propone Emcke.

De hecho, hacerle frente al odio exige dirigirse hacia las estructuras y condiciones que lo hacen posible. Es decir, apunta a establecer medidas económicas y sociales en aquellos lugares donde el descontento y la frustración se canalizan con violencia.

En todo caso, uno de los gestos más importantes contra el odio, añade Emcke, es no caer en individualismos: no dejarse confinar en la tranquilidad de la esfera privada ni en la protección del propio refugio.

“La defensa de una sociedad plural en la que haya espacio para la diversidad religiosa, política y sexual es tarea de toda la ciudadanía”.

El odio jamás podría surgir ni tener el mismo efecto de no ser por la tolerancia de quienes tal vez no aprueben la violencia, pero sí desprecian el objeto sobre el que el odio se descarga.

Quizás solo sientan indiferencia o no reaccionan por comodidad. No querrán implicarse ni tomar partido. No quieren sentirse importunados por estos conflictos. Pero las personas que no intervienen, que toleran y se muestran comprensivas con el comportamiento violento de otros, permiten y amplían el radio de acción del odio”, señala Emcke.

 “Quienes insisten en mirar la discriminación o en quedarse parados sin tomar partido, actúan como amplificadores de los que odian”.

Ahora, no ser visto ni reconocido, ser invisible para los demás, es un gesto esencial de desprecio. Muchas veces los refugiados son transformados en algo “invisible”. No son percibidos como parte de un “nosotros” universal. Representan a “los otros”. Se niega su existencia como seres humanos con una historia y con experiencias y rasgos distintivos.

Emcke propone que el odio en muchos casos debe su fuerza a ignorar o a exagerar una realidad: el hecho de ser refugiados es suficiente para atribuirles determinadas características que los vuelven “peligrosos” y “despreciables”.

¿Cuerpos más peligrosos?

Así, también, está la creencia de que todos los cuerpos negros tienen algo de amenazante, lo que se traduce en la actitud de los policías blancos que consideran como parte de su trabajo proteger a la sociedad de ese “peligro”.

Para limitar los derechos de las personas negras, les basta con la idea heredada que asocia los cuerpos negros con peligro y que permite legitimar cualquier violencia contra ellos”, señala Emcke.

De esta manera, determinados individuos o grupos solamente se asocian con calificativos que los denigran: “vagos”, “promiscuos”, “enfermos”, “pervertidos”, “hipersexuales”, “pecaminosos”, “degenerados”, “afeminados”, “marimachas”, “terroristas”, etc.

“El odio es incapaz de esquivar su objeto de odio: necesita tenerlo cerca para aniquilarlo”.

Estas ideas repetidas constantemente se van consolidando hasta convertirse en certezas que los medios de comunicación replican. Así, la creencia de que los “hombres extranjeros” acosaban a “nuestras mujeres”, fue uno de los ejes centrales de la propaganda nacionalsocialista (doctrina política impulsada en Alemania por Adolf Hitler).

Los textos y caricaturas de entonces alertaban acerca de que los judíos supuestamente se “abalanzaban sobre nuestras mujeres alemanas”. Hoy son “los extranjeros”, negros o refugiados, quienes vuelven a ser señalados como un “peligro sexual”.

El problema surge, explica la autora, cuando el delito –en este caso la violencia sexual– se asocia con un determinado perfil y los medios de comunicación no registran casos similares cometidos por personas con perfiles diferentes.

De esta manera, la imagen de los migrantes o de los negros queda irremediablemente unida a la de “violencia sexual” y a la de un verdadero peligro al que los “ciudadanos indefensos” deben hacer frente.

“¿Por qué el origen étnico o la religión que se profesa determinan la pertenencia al ‘nosotros’ y no el vínculo con una Constitución?”.

El “otro” es visto como una epidemia que contamina al “cuerpo homogéneo” que conforma la nación. Hay un miedo por lo “ajeno”, lo diferente. Esto explica por qué algunas personas se sienten amenazadas al ver musulmanes. “Como si ver un hiyab (velo que cubre a las musulmanas) hiciera que, de repente, los cristianos se convirtieran al islam”, añade Emcke.

Al fin y al cabo, agrega, no es más que un símbolo cultural o religioso que comunica que hay personas con otras creencias. ¿Por eso molesta tanto? ¿Por qué la diversidad es más difícil de negar si se manifiesta públicamente?

Respetar, no imponer

Siguiendo esta lógica, quienes agreden a las personas trans no suelen soportar su ambigüedad. Sienten que su propia masculinidad o feminidad podría verse amenazada por la ambivalencia de dichas personas. Como si las personas trans les exigieran a las demás cambiar su identidad de género. (Ver: Diferentes formas de ser trans).

Las personas trans no tienen por qué justificar su existencia ni argumentar por qué tienen derecho al libre desarrollo de su personalidad. Quienes pretendan negarles ese derecho son quienes deben explicarse”, explica Emcke.

Que una sociedad les reconozca a las personas trans el derecho a desarrollarse libremente, no obliga a nadie a cambiar su identidad de género. A ninguna persona y a ninguna familia se les impedirá vivir según sus propias ideas de masculinidad y feminidad.

“La libertad de una sociedad consiste en no tener que gustarse mutuamente, pero sí en tener que respetarse”.

Solo se trata de otorgarles los mismos derechos y la misma protección estatal de los que gozan los demás. Es decir, se amplía el espacio en el que todas las personas conviven como seres libres e iguales ante la ley.

El odio no surge de la nada. Ese odio transmitido de generación en generación tiene un contexto que supuestamente explica por qué unas personas “merecen” ser odiadas: la creencia de que representan una fuente de daño o una amenaza para la sociedad.

A esto se suma que muchas veces los refugiados, las personas LGBT o afro son presentadas por los medios de comunicación como “colectivo” o “comunidad” y nunca como individuos. “Esta perspectiva limita la empatía con la persona que está al frente”, explica Emcke. (Ver: 8 respuestas para un periodismo incluyente).

Quien no es capaz de imaginar que cada persona trans es única, solo verá una imagen prefabricada de ella. O, en otras palabras, “motivos” para justificar una agresión. Las generalizaciones que reducen al individuo a un representante de todo un grupo deben descomponerse para poder reconocer su singularidad.

“Uno de los efectos del odio es trastornar a los que se ven expuestos a él: les hace perder la confianza”.

Ahora, un mundo polarizado entre “nosotros” y “ellos”, rechaza cualquier crítica a las propias convicciones y prácticas. Las perciben como censura y manipulación contra quienes supuestamente “libran una batalla justa por la nación”. Es un pensamiento cerrado e inmune a los cuestionamientos.

Ni fanáticos ni fundamentalistas dudan de sus ideologías. Y eso es justamente lo que caracteriza a los regímenes autoritarios: no dejar espacio para el disenso. Así se explica cómo hasta las masacres más crueles quedan ‘justificadas’. Manejan un relato que convierte esos actos en algo ‘necesario’. Para ellos, la erradicación del ‘otro’ no solo es una medida ‘excusable’ sino necesaria”, añade Emcke.

“Una prensa engañosa”

Según las creencias de fanáticos y fundamentalistas, una cobertura informativa crítica de sus actos solo demostraría la existencia de “una prensa falaz y malintencionada”, incapaz de valorar “la defensa de la patria”. (Ver: No. La culpa no es de las redes).

En el caso del Estado islámico, por ejemplo, cualquier cuestionamiento de la violencia como instrumento es descalificado por ser una muestra de debilidad. El enemigo –que incluye la modernidad, la pluralidad y el Estado laico– debe ser desterrado.

“¿Por qué para tantas personas su vida vale tan poco que están dispuestas a sacrificarla por una ideología?”.

Fanáticos y fundamentalistas también tienen tácticas para evitar que las víctimas del odio opongan resistencia. Está, por ejemplo, la acusación de querer “sacar provecho” y de “no tener sentido del humor” (reproche habitual contra las feministas), asumiendo que no tienen motivos para estar indignadas. (Ver: Feminismo: lo que se dice vs. Lo que es).

El reto va más allá de respetar la pluralidad. Se trata de celebrarla. Solo donde está garantizada puede florecer la libertad de quien es diferente. Según la filósofa alemana Hannah Arendt (1906 – 1975), el plural se conforma a partir de la suma de individualidades. La pluralidad, por tanto, no implica una pérdida de libertad sino su garantía.

No se trata, entonces, de ser o de vivir como los demás o de creer en lo que ellos creen. “Hay que contar más historias sobre vidas y amores disidentes para que la posibilidad de ser feliz y de vivir con dignidad se sienta como una expectativa a la que todas las personas, sin distinción alguna, tienen derecho”, concluye Emcke.

#ReligiónMásDiversidad, es un proyecto apoyado por la Fundación Open Society Institute en cooperación con el Programa para América Latina de Open Society Foundations.

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