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Entre Marte y la Tierra

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).

¿Qué sucede cuando se vulneran los derechos de una persona, pero no hay presión internacional ni riesgo de perder inversiones extranjeras que obliguen a los gobiernos a encontrar a los culpables? 

Qué hacer cuando se vulneran los derechos de una persona
Así registró la noticia la Revista Semana de Colombia.

El pasado mes de marzo, Marte Deborah Dalselv fue violada en Dubai por uno de sus compañeros de trabajo.

Tras la agresión, la noruega hizo lo que cualquier ciudadano del primer mundo haría: llamó a la policía.

La gente del hotel —acostumbrada a los abusos y arbitrariedades de sus autoridades— intentó prevenirla. Pero ella, firme en su confianza institucional, lo hizo de todas formas.

Para su sorpresa las autoridades fueron rápidas en dictar sentencia: la condenaron a ella a 16 meses de prisión por tener sexo extramatrimonial. Su agresor también fue sentenciado, no por violación, sino por el mismo delito y fue condenado a una pena menor: 13 meses.

El escándalo internacional se desató inmediatamente y el lunes 22 de julio Los Emiratos Árabes cedieron. Levantaron la sentencia, “perdonaron” oficialmente a Marte y le dieron autorización para salir del país.

Lo que sucedió con Marte es sin duda indignante. Incluso la terminología jurídica con la que fue puesta en libertad es problemática pues el hecho de que la hayan “perdonado” implica que Marte cometió una falta.

Es decir, que pese a que ha sido liberada, en algún sentido ella sigue siendo culpable de lo que le sucedió. Más aún, su violación no ha sido reconocida como tal por la ley pues su agresor ha sido condenado por tener sexo extramatrimonial y consumo de alcohol.

Con todo, celebro la liberación de la joven y celebro más aún la atención que se le ha dado a la manera en la que las mujeres siguen siendo tratadas en muchos lugares del mundo.

¿Qué pasaría si…?

Pero ¿si Marte no fuera noruega? ¿Si Marte no tuviera a diplomáticos de casi todas las poderosas naciones europeas interviniendo a su favor?, ¿si legiones de bienintencionados cibernautas del primer mundo no hubieran puesto a circular decenas de peticiones exigiendo justicia?, si Marte fuera una chica nacida y criada en Dubai, ¿qué hubiera pasado? La triste y obvia respuesta es: nada.

Los Emiratos Árabes, como Colombia, forman parte de un grupo de países que intentan relegar su larga tradición de violaciones a los derechos humanos al pasado y presentarse como paraísos para la inversión extranjera. Se le asegura a gringos, europeos, canadienses y chinos que no hay nada que temer, que todo está solucionado, que todos estamos esperando sus millones.

Sin embargo, como muestra el caso de Marte, como se hace evidente si una pareja de italianos salen del fortín turístico que es la ciudad vieja en Cartagena, o si, como James Terry Watson, uno tiene la desgracia de tomar un taxi tras cenar en el muy exclusivo Parque de la 93, se hace obvio que la realidad es muy distinta.

Maquillar la desigualdad, la violencia y el desprecio y subordinación de las mujeres con lujosos edificios y restaurantes con nombres en inglés y francés no resuelve las tensiones e injusticias sociales que los ciudadanos locales siguen experimentando día a día, le guste o no a los gobiernos y a sus inversionistas.

En ese sentido la joven le hace honor a su nombre pues es casi como si viniera de otro planeta. Su suerte, sin duda trágica, es muy distinta a la de las demás mujeres que deben enfrentar abusos y discriminación diarias y no tienen un pasaporte que haga que alguien se interese por su situación y obligue a las autoridades a responder.

No sé qué es peor, que cuando de extranjeros se trata las autoridades hacen en un par de días lo que aseguran es imposible hacer en las mismas circunstancias por sus propios ciudadanos: capturar a los culpables, administrar justicia, pedir disculpas; o pensar que la justicia y la igualdad son una imposibilidad real.

Si Marte no fuera noruega estaría en una cárcel pagando una sentencia mayor que la de su violador y seguramente enfrentaría penalidades sociales que harían el resto de su vida muy difícil. Si James Terry Watson no fuera norteamericano —y agente de la todopoderosa DEA— sus asesinos seguirían recorriendo Bogotá en busca de nuevas víctimas.

Es de celebrar que tanto las autoridades colombianas como las de Emiratos Árabes Unidos hayan demostrado que sí es posible hacer justicia de manera rápida y eficaz, y que tienen a su disposición los mecanismos necesarios proteger y reparar a las víctimas.

Pero da lástima —y sobretodo mucha rabia— que muy lejos de Marte, aquí en La Tierra, estas expeditas y enérgicas medidas solo se tomen cuando suenan los teléfonos de las embajadas.

O, peor aún, cuando los titulares internacionales se atreven a sugerir que en estos países no se respetan los derechos humanos y que ser mujer o tomar un taxi son situaciones de alto riesgo. Este tipo de comentarios, es bien sabido, son perniciosos para la inversión extranjera.

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