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Estoy lista para hablar

Filósofo de la Universidad Nacional, profesional en Estudios Literarios de la Javeriana y Máster en Escrituras creativas. No se define ni como hombre ni como mujer, profesor y practicante de yoga kundalini y performer.

Diciembre es un mes de reencontrarse con familiares, incluidos los morbosos y machistas de siempre. Quiero compartirles mi historia como parte de mi proceso de sanación y decirles que estoy lista, que no pienso callar más. Yo denuncio al machista. 

Estoy lista para hablar denuncio al machista
Compartir lo que nos pasó es, al menos para mí, un paso importante para aceptar el suceso, hacer el duelo y seguir fortaleciéndonos para responder y ayudar a otras: yo denuncio al machista.

Nunca pensé que me iba dar tan duro volver a Bogotá (después de un año y medio de haberme ido). Y no por la ciudad, el clima y jamás por la comida, sino… Por la familia. Planeaba seguirme sintiendo miserable callada, pero luego leí este tuit y dije: no soy la única.

Así que amigas mujeres y todas las personas que se relacionan con la feminidad, les voy a contar mi historia porque a lo mejor les suena y voy a proponerles algo, a ver si nos unimos a hablar de nuestros diciembres machistas.

El paseo

Llegué a Bogotá a recibir los abrazos de mi madre y de mi tía y con muchas ganas de reencontrarme con mi cama y mi biblioteca. El día siguiente era el momento de hablar con algunos miembros de mi familia. Lo primero que me dijo uno de los hombres a los que vi fue: “yo dormí en su cama unos días, ¿sí le dijeron? Ahí se la dejé listica. Le prometo que no tuve sueños mojados ni sucios jajaja”.

Las microagresiones son abusos sutiles y confusos. Y el miedo a aceptar que están abusando de ti (verbal o físicamente) implica que muchas veces no podamos reaccionar fácilmente o que no confiemos en lo que la intuición nos dice.

Sentí una presión en el pecho, pero no le hice caso, me reí y le respondí: “ahora no me vaya a arruinar mi camita, jaja”. Me cogió desprevenida. Llevaba año y medio en un entorno donde comentarios como ese no eran parte de mi mundo. No sabía qué pensar, pero esa fue la primera vez desde mi regreso a Colombia que percibí la energía del morboso.

“sentí La energía desagradable, inapropiada e invasiva del machista. y tuve miedo”.

Después todos nos fuimos de paseo y la cosa se puso peor. Primero, el mismo tipo hacía chistes sexuales y denigrantes sobre la mujer y su cuerpo de manera permanente. Todo el mundo se reía, algunos nerviosamente y otros incapaces de ver lo que estas bromas significan. Segundo, aunque tengo treinta y dos años, el tipo me seguía diciendo “niña” o “nena”, devaluando mi calidad de adulta, mis capacidades intelectuales, mi voz y mi poder de decisión. Y todos los demás lo siguieron. Así como ella dice:

En esos momentos, era difícil encontrar a mi adulta. Me sentí chiquita y sin esperanza. Indefensa. Ese hombre hacía chistes en frente de mucha gente de si me quería subir al carrusel o si quería un juguetico. Los dos años de doctorado que llevo, muchos de yoga y meditación y hasta tres años de mi programa de transformación personal no me  prepararon del todo para este momento en el que volví a tener 8, 11 o 13 años. Me sentí incapaz de hacerme valer.

También me pasó algo que hacía rato no me pasaba. Apenas me iba vestir por la mañana para el paseo, me paralicé al darme cuenta de que, aunque había vuelto a Bogotá sintiéndome muy linda y luminosa, tenía que esconder mi cuerpo y disminuir mi expresión femenina por ese tipo morboso que… Es familia. Así que me puse un chaleco que cubrió mis caderas y mi cola grande y me aseguré de llevar sacos largos.

Como suele pasar, la cosa escaló. Caminando por el pueblo, el tipo me puso el brazo alrededor de cuello y se pegó muy cerca de mí. Mi corazón estaba acelerado y preguntas como las siguientes aparecieron: ¿debería decirle que se quite?, ¿qué tal que no lo haga de morboso? O ¿qué tal que sea porque aún me ve como una niña?

“No le dije nada y ahora lo sé: nadie tiene por qué tocarte donde no quieres. no importa la razón”.

La segunda vez que este tipo me tocó sin permiso fue en frente de mi mamá. Yo me estaba sobando la barriga porque había comido mucho y el tipo me puso su mano en el estómago y me frotó. Otra vez el palpitar acelerado, la niña indefensa con tanto miedo de no entender por qué estaba pasando lo que estaba pasando.

Esta vez las preguntas fueron: si digo algo, ¿qué tal que mi mamá no me apoye? O ¿qué tal que mi mamá me diga que estoy exagerando? Ya no espero nada de este tipo, pero ¿cómo recupero la esperanza en este mundo si las mujeres mayores a mi alrededor no me cubren la espalda? No supe la respuesta porque seguí paralizada, con los ojos idos, confundida.

No me van a creer, pero todavía en este punto pensaba en si sería que yo era la loca o la exagerada. Caminando por la plaza de otro pueblo, el tipo le hizo el siguiente chiste a toda la familia (ojo, esto es muy violento): “¿ustedes saben por qué le decíamos ‘doña cebolla’ a la esposa de un amigo? Porque cada vez que se la comían le salían lágrimas“.

Quisiera haber actuado de manera diferente. No le grité un sermón hablándole de su hija de 15 años, no lo ahogué en una alberca, no le destrocé el carro y no le partí la cara. Solo le dije: “por eso es que este mundo está tan mal, por lo que usted está diciendo“.

“Perdonémonos por no responder siempre como quisiéramos, no siempre es fácil”.

Cuando ahora pienso en ese episodio muchos deseos de violencia vienen a mí, tan violentos que me asombran, pero el camino que he visto para mí es observar mis pensamientos y deseos de venganza con compasión y dirigir esa energía a crear el cambio.

Un último episodio. Comprando arepas por el camino, mientras estoy pagando, el tipo me cogió la cintura por detrás. Esta vez mi niña interna, la que sufrió cosas como esas y se quedó en silencio, ya no se quedó tan pasmada como antes. Con el corazón en la mano, me senté en una mesa mientras todos compraban y lloré. A escondidas. No pude contenerme.

Lloré por quienes me han violentado, lloré porque, incluso, siendo adulta, sigo sin saber cómo defender a mi niña. Lloré por las mujeres que no me defendieron, lloré por las mujeres a las que no defendí, lloré por todas, pero sola, al lado de la carretera.

Mis preguntas fueron: ¿cómo lidio con todo esto de tal forma que recupere mi dignidad sin dividir a mi familia? Si digo todo lo que pienso con la rabia que siento, mi mamá perderá a alguien muy cercano. Yo ya me fui de Colombia: ¿entonces?, ¿los demás qué? ¿Hay una forma de lidiar con esto que no sea la ruptura total?, ¿la respuesta es abandonar a la familia? No sé, amigas, supongo que depende de cada caso. Yo no dije nada, solo seguí llorando en secreto. Pero no pienso callar más.

La propuesta

Estoy lista para la confrontación cara a cara, pero, por ahora, encontré también otra manera de responder: la escritura. Contarles esta historia es parte de mi sanación. Decirles que estoy lista para la confrontación es comprometerme en público para que sea más real. Compartir mi experiencia es abrir una puerta para quienes viven situaciones similares.

Y como sé que decirle esto al agresor o a la familia no es fácil, abrí un correo: denunciadiciembremachista@gmail.com Les prometo leer todas las historias y contestarles a quienes me escriban. Todo de forma confidencial. Nunca nadie además de mí verá ningún mensaje.

En todo caso, si en sus redes sociales se sienten “seguras”, también les propongo que usemos el hashtag #DenunciaDiciembreMachista para contar lo que les haya pasado. Compartir lo que nos pasó es un paso importante para aceptar el suceso, hacer el duelo y seguir fortaleciéndonos para responder y ayudar a otras: yo denuncio al diciembre machista.

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2 Comentarios

  1. Te felicito por haber escrito escrito este artículo, es importante en tu proceso de sanación que saques las cosas. Quedé con curiosidad, qué pasó después de que dijiste “por eso es que este mundo está tan mal, por lo que usted está diciendo“. Cómo reaccionó él, tu familia, las mujeres? No te cargues la responsabilidad de mantener unida a tu familia si decides hablar esto, no dejes que te echen la responsabilidad tampoco. La rabia no es buena consejera, creo que cuando estés lista podrás hablar de esto con ellos y será para bien.

  2. Obviamente no sé el contexto sobre el que la autora describe las situaciones, pero se me hizo un poco exagerado, los primates socializamos a través del tacto (no de forma exclusiva, obviamente), y para mí que alguien te apoye una mano, te de una caricia no solicitada es normal y corriente y más en nuestra cultura colombiana, que somos muy cariñosos; sin embargo, si esto conlleva un sentido de morbo, pues ya la cosa cambia y eso sí sería abuso. Todos debemos establecer límites y si algo me molesta no entiendo porque es tan difícil, para las mujeres especialmente, decir , para eso no me gusta, estas invadiendo mi espacio, o no me gustan estos toques, no sé cualquier cosa, pero por Dios ahí hace falta, es un poquito de carácter.

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