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Feminismo cyborg, ¡que comience el juego!

No se define ni como hombre ni como mujer, profesor y practicante de yoga kundalini y performer. Filósofx de la Universidad Nacional de Colombia, profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana y máster en Escrituras Creativas. Actualmente estudia el doctorado de Estudios de Performance en la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos).

En esta tercera y última entrega de mi aventura de entender el género, abordaré qué pasa con este concepto cuando consideramos a las personas en su relación con las máquinas, los computadores y las transformaciones corporales.

Feminismo cyborg, ¡que comience el juego!
El “Manifiesto Cyborg” de Donna Haraway nace de la idea de que la identidad es ficticia.

Hace alrededor de tres años publiqué en Sentiido una entrada sobre mi identidad de género: ni hombre ni mujer. Allí bromeaba con que, dado que no encajo en los estereotipos de lo uno ni lo otro, debería ser más bien un muppet, como los muñequitos que cantan “no soy un hombre sino un muppet”.

Ya desde entonces me quejaba de que no hay palabras para nombrarme. Sin embargo, las cosas han cambiado. Por ejemplo, se ha adoptado el concepto “persona no binaria” y han salido páginas en español muy bonitas como Asamblea no binarie (Argentina) y Resistencia no binarix (México). De la misma forma, personas que no se identifican como hombre ni como mujer han aparecido en los medios, como Carle en el Espectador y Alanis en Sentiido: “No quiero ser un hombre ni una mujer”.

Mi forma de narrarme y el estilo de mi escritura también se han transformado. He experimentado cómo se siente escribir en masculino solo por contradecir la forma en la que las personas esperan leerme. Muchos de los artículos de Sentiido así lo muestran. También he escrito con voz de mujer cuando los temas de violencia de género están relacionados con la manera como mi cuerpo es percibido.

En otras ocasiones, por ejemplo, experimento hablar el género de manera neutra, que no existe en español, y que se utiliza cambiando la “a” y la “o” por una “e”, aunque algunas personas prefieren la “x”, que no es muy amable fonéticamente en español (¿cómo diablos pronuncias “ellx”?). Lo que no ha cambiado es la ausencia de palabras para nombrarnos que no sean extranjeras. Seguimos importando conceptos. La categoría muppet con la que bromeaba en mi artículo de 2015 es estadounidense y “no binarie” viene del inglés “non-binary”.

“Lo bueno es que los feminismos del tercer mundo tomamos lo que nos sirve del ‘primer mundo’, le damos la vuelta y lo usamos en nuestro favor”.

Todo esto para decir que la idea del cyborg también viene del “primer mundo”, de una autora fascinante llamada Donna Haraway, creadora del “Manifiesto cyborg”, y quien justamente en agosto de 2019 viene de visita a Colombia. En “Género para un diccionario marxista: la política sexual de una palabra”, Haraway concluye: El “género” fue desarrollado como una categoría para cuestionar lo que anteriormente se daba por sentado. (Ver: El género existe y no es una ideología).

Si las teorías feministas del género vinieron de la tesis de la francesa Simone de Beauvoir (1908 – 1986) de no se nace mujer, se entiende que la identidad personal y colectiva es constantemente reconstituida. Así, la identidad “mujer” es reclamada y deconstruida al mismo tiempo. (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).

El “Manifiesto Cyborg” nace justamente de la idea de que la identidad es ficticia o una fantasía colectiva que se manifiesta en la creencia de que uno siempre es el mismo y que además es “mujer” u “hombre” para siempre. Precisamente, el hecho de que las personas que no encajan en el género sean castigadas es porque ser hombre o ser mujer es algo muy frágil, cuestionable y tan ficticio que nos toca ponerle un policía encima por si alguien no cumple la norma. Miremos, por ejemplo, la forma violenta en que las personas comentan el artículo de Carle en El Espectador:

“Eso me causa estrés” dicen presuntamente hombres cisgénero (mira ¡qué casualidad!) que comentan “la inestable identidad de género” de Carle. “Comida para zoológico”, señalan otros, que no es más que decir que “las rarezas” deberíamos ser exterminadas del planeta. Pero, en realidad, ¿qué somos las personas de color, tercermundistas, con sexualidades y géneros diversos que vivimos rodeados de tecnología que nos controla y a veces nos libera?

El cyborg es una entidad cibernética, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de la realidad social y una criatura de la ficción, señala Haraway. El cyborg es más que humano, más que máquina y más que un animal, no es exactamente una mezcla de todo eso, sino precisamente una interrupción de esas diferencias.

Además, aunque el cyborg proviene de la ciencia ficción, revela la experiencia contemporánea con la tecnología: somos cyborg porque ahora los celulares forman parte de nuestro cuerpo, a veces de una extremidad, la mano. Somos cyborgs porque tenemos una platina dentro a causa de una cirugía o un implante de silicona en la nalga, una prótesis en el seno o estamos pegados a un computador por 10 horas diarias.

“El cyborg es una criatura en un mundo post-género”, Haraway.

Esta es la imagen de un performance que hice en Austin (Estados Unidos) precisamente sobre ser un cyborg inmigrante en Estados Unidos. Es una intervención en la portada del libro de Haraway con mi cara y unos barrotes porque eso de ser cyborg no es que sea fantástico:

Feminismo cyborg, ¡que comience el juego! Al igual que en la propuesta de Chela Sandoval, profesora asociada de Estudios Chicanos en la Universidad de California, que abordé en una entrega anterior, la política cyborg se basa en la afinidad, la coalición y los objetivos políticos: personas que intentan resistir a la dominación, pero no en categorías fijas como “mujer” o “feminista”.

La unión es necesaria, pero no funciona como lo supuso el pensamiento feminista blanco: la necesidad de imaginar qué se puede unificar sin borrar las diferencias es un ejercicio que el cyborg está tratando de cumplir. “El cyborg es una especie de yo personal y colectivo”, señala Haraway, quien también dice: “las mujeres de color podrían entenderse como una identidad cyborg formada a partir de fusiones de identidades”.

“Los cyborgs forman colectivos, ya sea personalmente o en un mundo virtual como Twitter o Facebook”.

Entonces, ¿cómo es que el cyborg interrumpe los binarios: hombre/mujer o blanco/no blanco cuando la propia Haraway insiste en que las mujeres de color son las cyborgs por excelencia? Como menciona Jasbir Puar, teórica queer y profesora del Departamento de Mujeres y Estudios de Género de la Universidad Rutgers (Estados Unidos): “la teorización de los cyborgs termina reinscribiendo involuntariamente al cyborg en la lógica binaria de identidad que Haraway espera eludir”.

A pesar de que Alison Kafer, profesora de estudios feministas y teoría queer, considera útil la figura del cyborg afirma que es preocupante nombrar a las mujeres de color de esta manera porque puede contribuir al patrón de las mujeres blancas de idealizar a las mujeres de color como depositarias de la sabiduría.

Pero hay más preguntas de fondo: ¿el cyborg realmente interrumpe los binarios? ¿Quién determina quién es un cyborg y quién no? ¿Es esta atribución liberadora u opresiva? Mejor dicho, no es mucho lo que ha pasado desde que dije en broma que era un muppet. Las teorías siguen apareciendo y siendo reevaluadas y vueltas a tomar.

“Lo bonito es que ya somos más los que existimos gritando: ¡ey, yo no soy hombre ni muer! ¿y?”

 Conclusiones de esta aventura

¿Por qué yo, ni hombre ni mujer, necesito encontrar una palabra para definir lo que soy? Porque quiero comunicar mi posición para crear puentes con personas que sienten de manera similar. Quiero continuar mi defensa de los derechos a la medicación (hormonas), baños incluyentes o cambios legales en la identificación. Y finalmente quiero conceptos para hablar de esto en la academia y para subvertir los marcos que nos etiquetan como enfermos, pecaminosos o confundidos y seguir soñando con la libertad.

Es posible tejer las alianzas sin necesidad de tener una identidad fija, sino según objetivos y necesidades específicas. Según Chela Sandoval: “la maniobra diferencial requerida aquí activa un nuevo espacio: un ciberespacio donde los saltos transculturales, transgénero, transexuales y transnacionales son necesarios para que el juego de la oposición pueda comenzar“. Así las cosas ¡que comience el juego!

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