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¿Hacemos un trío?

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

En temas de prácticas sexuales, ¿qué tan válido es aquello de que en la variedad está el placer? Una lectora de Sentiido explora la posibilidad de hacer un trío.

Por: Ana Z.

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“Tengo la sensación de que en los tríos una de las tres personas siempre termina sobrando”. Foto: Adrian Midgley.

Hace unos días salí con mi pareja a pasar unos días de descanso en un complejo turístico ubicado a las afueras de la ciudad.

En medio de las charlas superficiales de la piscina, vimos pasar a Juliana, una de las chef del hotel.

Mientras ella avanzaba con el uniforme propio de su cargo, giró su cabeza hacia la izquierda para saludarnos a lo lejos con un “buenas tardes”.  Fue entonces cuando retomamos una discusión que de vez en cuando tenemos y que podría resumirse en la siguiente pregunta: “¿te llama la atención hacer un trío?”

De esta manera, pasamos de hablar del futuro de la serie Glee sin su recientemente fallecido protagonista, a centrarnos en si nos gustaría tener un encuentro privado con la chef. Así, cuando ella hablaba con sus pares sobre el nuevo risotto que la carta incluía, nosotras imaginábamos si seríamos capaces de decirle: “hola, ¿te gustaría hacer un trío?”

Mi novia tiene más experiencia en la materia y la idea siempre le ha resultado atractiva. A mí no es que me disguste, pero el contexto y la integrante adicional me resultan determinantes a la hora de tomar una decisión.

Además, tengo la ligera sensación de que en estos encuentros una de las tres personas siempre termina sobrando. O peor aún, incluida a las malas, con esfuerzo. Algo me dice que suele haber más química entre dos de ellas.

Me preocupa también no tener claro el protocolo a seguir. Si después de un “cara y sello” me corresponde a mí presentarle la propuesta, me pregunto cuál sería la manera correcta de romper el hielo: si con un directo “qué delicia de plato, seguro lo preparaste tú… ¿Quieres hacer un trío?” o con un sugestivo “¿quieres compañía a lado y lado esta noche?”

Aunque quizás una alternativa para evitar los incómodos preámbulos sería pedir que nadie más que ella nos llevara a la habitación una caja de fresas, crema chantilly y una botella de champaña. Nosotras la esperaríamos, ligeras de ropa, a lado y lado de la puerta.

Ahora, tengo la duda de si en estos casos lo ideal es ir directo al grano o tomarse algo primero. Y en caso tal, cuando terminemos la copa de vino, ¿quién debe tomar la vocería para decir: “y cambiando de planes…”?

Me pregunto si una vez finalizado el encuentro, ¿tendríamos que dormir las tres en la misma cama después de prestarle a ella una vieja pijama, o si será que alguna de las anfitrionas debería acompañar a la invitada a la puerta?

Sí, pero no

En esta ocasión, sabíamos que el trío era un escenario bastante hipotético, porque estábamos en otro plan: Juliana estaba trabajando y apenas si habíamos cruzado algunas palabras. Pero siempre nos ha gustado discutir estas fantasías con la misma pasión con que hablaríamos del tema si esa noche fuera a ser una realidad.

Veía caminar a Juliana y sentía que me atraía físicamente, pero escuchaba el reggaetón que sonaba desde el celular que llevaba en su bolsillo y me costaba trabajo imaginarla en la habitación del hotel. Mi pareja me decía: “es sexo, nada más, no importa qué puntaje sacó en el examen del ICFES”.

Y bueno, quizás esa cifra no sea tan significativa para mí, pero su voz y su manera de expresarse me impedían visualizarla en una escena de mayor proximidad. “Puede que su voz no sea la más sexy, pero no vas a tener que oírla”, me decía. “No estoy tan segura de eso”, pensaba yo.

Juliana nos miraba de reojo sin imaginar el protagonismo que había adquirido en nuestra discusión. Mi pareja insistía: “no es para presentarla a tu familia, ¡es sexo!”.

Me gustaban su sonrisa y su manera “casual” de acercarse a nosotras. Recuerdo haberla visto picando zanahoria prácticamente en el borde de la piscina mientras nosotras nadábamos allí. Y más de una vez la observé parada en zonas en las que no tendría por qué estar pero que, justamente, resultaban muy cerca de donde departíamos.

Sin embrago, me fijaba en sus jeans y forma de llevar el pelo y sentía que el asunto no pasaría de las miradas de reojo. Por el alto volumen con el que hablaba justo cuando desayunábamos, me enteré de que su “mamá biológica” olvidó llamarla el día que cumplió 15 años mientras que de la “adoptiva” aprendió el gusto por la cocina.

Cuando la escuchaba pensaba en los hombres y envidiaba la facilidad que muchos de ellos tienen para vivir los más intensos encuentros sexuales sin ni siquiera conocer el nombre del  protagonista.

Sabía que los argumentos de mi pareja eran más fuertes y que poco debía importarme qué lee o por quién votó en las últimas elecciones. También comparto esos “tips para ser más feliz” que hablan de disfrutar el momento, abrirle espacio a la espontaneidad y variar la rutina. Mi “pero” está en que para ponerlos en práctica deben cumplir con ciertos requisitos.

Para girar mi cabeza y ver a una desconocida a lado de mi almohada necesito saber que su piel es suave, qué ropa interior prefiere, qué tan amiga es de la depilación y tener certeza de que su olor y sentido del humor me atraen.

Tengo claro que no es usual citar a una persona a una entrevista antes de dar el visto bueno para una aventura de una noche, pero también sé que debo respetar el libre desarrollo de mi libido. Lo mejor del sexo casual es realmente querer vivirlo.

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