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Hombres ¿feministas?

Género, diversidad sexual y cambio social.
Hombres feministas
Giuseppe Caputo.

Giuseppe Caputo

Estudió Escritura Creativa y se especializó en Estudios Queer y de Género. Un mundo huérfano es su primera novela. Director de contenidos culturales de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

“Ser feminista es ser, ante todo, un lector: de libros, sí, pero ante todo del mundo”.

Giuseppe llegó al feminismo siendo muy joven, a partir de la admiración que sentía por la posición que su mamá y su hermana tenían frente al machismo diario en su ciudad natal, Barranquilla.

Tenía que ver con el lugar que para muchos debían (o deben) tener las mujeres en la sociedad y la familia, la obsesión por disciplinar sus cuerpos, su sexualidad y sus modos de vestirse y de comportarse.

Tanto su mamá como su hermana han sido mujeres trabajadoras y poco sumisas que no permitían que las prescribieran. Luego, esa admiración que a fin de cuentas era una intuición de cómo Giuseppe quería vivir, la fue encontrando en otras personas.

Después empezó a estudiar la teoría detrás de esa manera de estar en el mundo que tanto admiraba. Un referente clave de esa educación en Colombia fue Florence Thomas, a quien admira mucho.

1. Hace unos días en una entrevista en el portal La Silla Vacía, la psicóloga y feminista Florence Thomas dijo: “ningún hombre puede ser feminista, pero sí pueden ser solidarios”. ¿Qué opina de esta afirmación?
2. La periodista Catalina Ruiz-Navarro expresó en una columna que cualquier persona, incluidos los hombres, pueden ser feministas siempre y cuando estén dispuestos a desmantelar las discriminaciones y desigualdades en todos los aspectos de su vida. ¿Qué opina de esta posición?
3. ¿Qué opina de la idea de que no les corresponde a los hombres discutir hacia dónde deben ir los feminismos, sino que el principal deber de un hombre feminista es autoevaluarse para evitar comportamientos discriminadores?
4. Algunas personas coinciden en que no les compete a los hombres decir si pueden o no formar parte de la lucha por la igualdad de género sino que este es un asunto exclusivamente femenino. ¿Qué opina al respecto?

1, 2, 3 y 4. Abordo todas estas preguntas en un solo bloque porque creo que la respuesta que tengo le habla a todas esas cuestiones. La respuesta corta sería: no, no estoy de acuerdo con la postura de Florence Thomas (pero bienvenido el disenso en paz: si hay algo que admiro y valoro del feminismo es su estado permanente de diálogo y revisión).

Pienso, como la escritora Chimamanda Adichie, que todos deberíamos ser feministas. Pero hay algo que me parece muy interesante de la afirmación de Florence Thomas: el verbo “poder”.

Ella dice: ningún hombre puede ser feminista, pero sí puede ser solidario. Thomas obviamente no habla de una incapacidad de ser feminista (aunque esto sería interesante de ahondar, a veces hay tanta resistencia ante el término…) sino que habla de la imposibilidad de un hombre de ser feminista por su posición de privilegio social.

Mi mayor reparo con esa afirmación es que sólo tiene en cuenta el género y no otros factores determinantes de lo que hace que una persona esté arriba o debajo de la pirámide de privilegio social: raza y clase social, por ejemplo. Es decir, la afirmación no tiene en cuenta la interseccionalidad.

No es lo mismo un hombre blanco, heterosexual, millonario que, por ejemplo, un hombre gay, negro, de escasos recursos. Se me ocurre una pregunta desafiante, a propósito de la afirmación de ella: ¿quién tiene más privilegio social: una mujer blanca millonaria (o si no queremos decir “millonaria”, sí digamos entonces una mujer que tuvo acceso a la educación y que tiene un buen puesto y una entrada económica importante) o un hombre negro que no tuvo acceso a la educación y que no tiene una entrada digna?

Para mí la respuesta es clarísima. Pienso que el “hombre blanco, heterosexual, millonario” está en la cima de la pirámide de privilegio social y que, a medida que uno le va quitando “algo” a ese privilegio (género, raza, clase), se va bajando en la pirámide.

Hace un par de años tomé un curso de etnografía feminista con Ellen Lewin, académica estadounidense que hizo una labor importante integrando el feminismo y la antropología. Una palabra clave que aprendí en ese curso: posicionalidad. Ser consciente siempre desde qué lugar hablar uno.

Ahí, entonces, estoy de acuerdo con Catalina Ruiz-Navarro. Yo pongo los ojos en blanco cuando leo a algunos columnistas hablando de cuestiones de género, dictando cómo deben narrarse las mujeres o los gais o las minorías raciales, siendo ellos hombres blancos heterosexuales que tuvieron acceso a la educación.

Y me irrito porque, a pesar de haber tenido ese privilegio, esa posibilidad de educarse, parecen no querer entender nada de nada. Yo siempre que puedo mando a leer a quienes se resisten a entender estas cuestiones de género, clase, raza y posición. Ser feminista es ser, ante todo, un lector: de libros, sí, pero ante todo del mundo.

No pararse a pensar de qué manera lo que hacemos o no hacemos –y lo que decimos y no decimos– contribuye a naturalizar la violencia y la desigualdad que siguen sufriendo segmentos de la población es, a estas alturas, una irreflexión deliberada sobre el mundo y nuestro lugar en él.

5. ¿De qué manera cree que los hombres pueden aportar a darle un nuevo significado a ser hombre y a trabajar en temas como las nuevas masculinidades?

Incorporando, justamente, lo que los feminismos nos han enseñado: desde su cotidianidad hasta sus discursos públicos y privados. Entendiendo, como lo entendió Roberto Bolaño (un hombre heterosexual) en su novela 2666: La parte de los crímenes, que las grandes violencias como el feminicidio –el asesinato de mujeres por ser mujeres– está acompañada, nutrida, soportada por unas violencias simbólicas, violencias que pasan por el lenguaje y que demuestran que todo tiene que ver con todo.

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