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Jhonnatan Espinosa, hombre trans

Jhonnatan Espinosa, un refugio para otros hombres trans

Jhonnatan es un hombre trans y activista dedicado a visibilizar las experiencias de vida transmasculinas. Tiene una fundación, un grupo de rock y una hija de 25 años. Ha acogido a varios chicos trans rechazados por sus familias, convirtiéndose en un papá para ellos. Esta es su historia.

La escena es en blanco y negro y forma parte del video de una canción. Un hombre con gorra, gafas oscuras, pantalón ceñido, tatuajes, chaleco y botas, se deshace de una faja que cubre su pecho y la arroja al suelo. Se libera de ella. Se ríe.

Todo sucede mientras canta Humanos, junto a un grupo de hombres. La faja cae al suelo en el momento en que la canción dice: “No más cuerpos excluidos”. La sincronía es perfecta y es una acción que dice mucho.

Todos somos un pueblo, somos humanos.
En América Latina se respira nueva vida por dignidad y más justicia.
Revolución transmasculina.

Jhonnatan Espinosa hombre trans
Jhonnatan Espinosa hombre trans

Estas son algunas de las frases que componen la letra de la canción de 250 Miligramos, un grupo de rock integrado por seis hombres trans. El nombre de la banda viene de la dosis de testosterona con la que se empieza el proceso de hormonización de femenino a masculino. Es simbólico. (Ver: El género desde una perspectiva trans)

Ese mismo hombre, el del video con la escena en blanco y negro, le diría a uno de sus amigos, mientras estaban en un río, que tranquilo, que está bien bañarse sin faja y sin binder, una prenda interior que suelen usar los hombres trans y personas no binarias para disimular u ocultar los senos. (Ver: Ni hombre ni mujer: persona no binaria).

Quien arrojó la faja al suelo e hizo la propuesta en el río es Jhonnatan Espinosa, un hombre trans de 47 años que vive preocupado porque las demás personas estén bien. Su amigo, el del río, es Tomás Jiménez. (Ver: Diferentes formas de ser trans).

Para la mayoría de hombres trans las tetas son todo un tema y las estamos ocultando. El día del río, de los cinco hombres que estábamos, solo dos se habían operado. Jhonnatan dijo: ‘Aprovechen que nadie nos está viendo, sean felices. Estamos entre amigos y nadie nos va a juzgar’. ¡Uff! Yo me sentí en familia, me sentí libre. De alguna manera supe que iba a poder seguir con mi vida”, recuerda Tomás.

El Jhonnatan con pinta de rockero parece ser más un alter ego del que las personas ven normalmente. Usualmente se pone pantalón, camisa y chaleco. Tiene el pelo corto y bien peinado y cuida mucho su barba. Lleva dos anillos grandes, uno en cada mano. Su expresión es la de un hombre muy serio. Hay quienes dicen que parece que estuviera malgeniado, pero no lo está.

Mi mamá siempre me dejó vestirme como yo quería, y eso lo agradezco un montón. Cuando era pequeño me gustaban las camisas de leñador y los jeans. Ya grande me volví más formal, comencé a usar camisas blancas y chalecos de rombos. Mi mamá me decía que parecía un abuelito y que había nacido bravo”, cuenta Jhonnatan. (Ver: “Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y no nuestros sueños”).

Nació en Bogotá y se crio en la casa de sus abuelos en el barrio Las columnas, en el sur de la ciudad. En ella vivió hasta los cinco años, pues sus papás se separaron y él se fue con su mamá. Esa casa marcó su infancia. Era tan grande que sus tíos y sus primos también vivían allí. En el patio había un columpio y jugaban fútbol. Tenían guantes de boxeo que usaban para tumbarse los dientes de leche cuando estaban a punto de caerse. Los juegos no tenían género. Niñas y niños jugaban lo mismo. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

“El trompo, las canicas, el fútbol y las carreras en triciclos eran para niños y niñas”.

Jhonnatan Espinosa hombre trans

Jhonnatan creció como un niño. Su familia le dio esa libertad. “Yo creo que desde los dos años supe que era una persona trans. Claro, en esa época no conocía esa palabra”. Ha vivido toda su vida como Jhonnatan, y quien se atreviera a cuestionar su identidad se las tenía que ver con su abuela María Anaís, su defensora. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

Siempre fue un niño independiente, en parte porque le tocó. A los 10 meses de nacido llegó su hermano menor. Su mamá no alcanzó a llegar al hospital y el bebé nació en el baño de la casa. El frío le provocó una neumonía y tuvieron que hospitalizarlo. Durante algunos años, todo en la casa giró alrededor de la salud de su hermano. Aquí aparece nuevamente la figura de su abuela, quien lo cuidaba. Eso sí, cuando trataban de ayudarlo a bañar y a vestir, él decía: “Yo puedo solo”. Y esa frase ha sido una constante en su vida.

A pesar de haber tenido la libertad de crecer como un niño, fue hasta los 38 años que se identificó como un hombre trans.

–¿Cómo pudiste vivir tantos años sin saber que eras un hombre trans?– le pregunto.

–Yo viví como un hombre cisgénero (término usado para referirse a las personas cuyo género coincide con el sexo asignado al nacer) hasta los 38 años. Me bautizaron como Jhonnatan, hice la primera comunión, me casé y compartí siete años y medio con la que fue mi esposa como Jhonnatan. Finalmente, siempre tuvo la autonomía de ser un niño y, cuando creció, un hombre.

Cuando comenzó a salir con quien sería su esposa, ella estaba en embarazo de una relación anterior, y como el padre biológico no asumió la paternidad, Jhonnatan lo hizo con mucho amor. Al divorciarse conoció a una activista del movimiento LGBT de la que recibió violencias físicas y emocionales, pero también fue la persona que le preguntó, por primera vez en su vida, cómo iba con el tránsito. “Yo le dije: ¿Con el qué?”.

Jhonnatan Espinosa hombre trans
Jhonnatan Espinosa hombre trans

Entonces, a los 38 años comenzó un proceso de autodescubrimiento. Conoció una organización llamada Entre-tránsitos y empezó a estudiar y a leer sobre las personas trans, sobre transitar, sobre todo aquello que había comenzado a los dos años sin que él o alguien de su familia lo entendieran. Fue una etapa que le aportó mucho, pero también fue un momento de rabia. ¿Cómo era posible haber pasado más de la mitad de su vida sin saber que era un hombre trans?

Ninguna persona merece vivir sin saber realmente quién es. Tenemos que visibilizar las masculinidades trans. No quiero que otros niños, jóvenes o adultos trans no sepan que lo son. No puede ser que nos pasemos la vida pensando que dios, la vida, o como quieras llamarle, se equivocaron, porque tú llegas a preguntarte si eres una equivocación de la naturaleza”, dice Jhonnatan. (Ver: “Cuando acepté que ser homosexual no es pecado ni enfermedad, mi vida cambió”).

Pero además, dice que el autorreconocimiento es importante para poder luchar por sus derechos, por ejemplo, a la salud integral. Poco se habla de los servicios ginecológicos y la violencia que enfrentan muchos hombres trans en estos espacios. “El sistema de salud tiene unos servicios que son para hombres o para mujeres y si tú en tu cédula dice ‘sexo masculino’, es todo un problema agendar una cita ginecológica”. (Ver: Primero, normas de atención para personas trans).

Jhonnatan tardó muchos años en hacerse una citología y, el día en que por fin pudo asistir a una, recuerda que mientras se cambiaba, la ginecóloga le dijo: “Ahora sí va a saber lo que les pasa a las mujeres”. Así que se paró y se fue.

Unos meses después sufrió una inflamación pélvica. Eso, sumado a un problema que venía de años atrás, comprometió su sistema reproductivo. Una infección le costó una histerectomía total. Pero además tuvo un paro cardiaco que casi lo mata. ¿Esta situación habría podido evitarse de haber accedido a un ginecólogo desde hace años?, es una pregunta que para él es imposible no hacerse. Y es por eso que pelea porque las personas trans, en especial los hombres, accedan al sistema de salud y a los servicios a los que, por ley, deberían tener derecho. (Ver: Salud por las personas trans).

Jhonnatan Espinosa junto a otros integrantes de la banda 250 Miligramos.

Todo este proceso que comenzó casi entrado a los cuarenta, hizo que por la cabeza de Jhonnatan rondaran, como una mariposa inquieta gira alrededor de la luz, toda clase de pensamientos. Había rabia. Había tristeza. Había miedo. Pero también muchas ganas de aprender, de descubrirse, de gritarle al mundo lo que era. Una de las primeras cosas que entendió es que las organizaciones que agrupan a hombres trans desaparecen rápidamente. (Ver: Lo dramático del activismo trans).

No es culpa de ellos. Si para las organizaciones de mujeres trans es difícil conseguir recursos, para las de los hombres trans no hay nada. Se cree, erróneamente, que al hacer el tránsito obtenemos los privilegios de los hombres cisgénero. Es como si no necesitáramos nada”, explica Jhonnatan.

Por esta razón decidió fundar, en 2013, una organización que se llamaba Hombres sin Corbata. El nombre buscaba dejar a un lado un símbolo de virilidad, de poder. Y también era una forma de liberarse. Él es administrador financiero y tiene una especialización en intervención y gerencia social, y durante 20 años trabajó en el sector financiero donde tuvo que usar corbata, obligatoriamente, de lunes a viernes.

Esa corbata y esa apariencia masculina le permitieron sobrevivir durante muchos años. Sin haber iniciado un proceso de hormonización, Jhonnatan siempre pasó por un hombre cisgénero. Esto se conoce comúnmente como passing, y para muchas personas trans es una estrategia de supervivencia en un mundo violento que las rechaza y las mata por tener una identidad y expresión de género que no entra dentro de los cánones de una sociedad machista. (Ver: A mí sí se me nota).

A medida que leyó, que se preparó, que aprendió y que se equivocó, descubrió un mundo hasta ahora ajeno para él. Se encontró con conflictos personales, emocionales y sociales alrededor no solo de las personas trans, también de sus familias y de sus parejas. Fue así como Hombres sin Corbata se transformó, en 2014, en Ayllu Familias Transmasculinas. Ayllu quiere decir “familia” en quechua. Este nombre tenía un significado más amplio y guardaba una estrecha relación con lo que Jhonnatan quería hacer.

Empezamos a ver que los hombres trans, sus familias, sus hijes, y niñas y niños trans necesitaban apoyo. Hemos tenido espacios para papás trans, para hablar de relaciones con hombres trans, de sexualidad, de derechos sexuales y reproductivos. Temas que son importantes, pero de los que poco se habla”, cuenta Jhonnatan. (Ver: Laura Weinstein, una fuerza que no morirá).

“Si hoy es difícil ser trans, en mi generación lo era aún más. Era delito, pecado, enfermedad, todo lo malo que pasa en la sociedad”.

“Yo naturalicé el machismo y hacía chistes machistas, pero no lo identificaba como algo machista”.

Mientras surgieron nuevos espacios en la fundación, dos eventos también contribuyeron a cambiar su vida. Luego de reconocerse como un hombre trans, hubo un momento en el que sintió que no encajaba en ningún lugar. Era “demasiado trans” para las personas cisgénero y “demasiado masculino” para algunos hombres trans. Gracias a una pareja, descubrió Mujeres al Borde, un colectivo feminista. Allí comenzó a hacer teatro y a cambiar muchas actitudes machistas que traía desde su infancia, aunque confiesa que esta es una tarea de nunca acabar.

En Mujeres al Borde encontré mi lugar. Es un espacio donde no hay maltrato, donde me preguntan: ‘Venga, ¿usted si se dio cuenta de tal comentario machista?’ Yo naturalicé el machismo y hacía chistes machistas, pero no lo identificaba como algo machista. Nadie me había hablado de transmasculinidad y, mucho menos, de feminismo. Conceptos como orientación sexual e identidad de género no estaban en mi radar. Aquí me transformé con amor”, dice Jhonnatan. (Ver: Feminismo: lo que se dice vs lo que es)

El otro espacio es la banda 250 Milligramos. Crear un grupo musical era un sueño que se hizo realidad. Nació en 2016 y se ha convertido en una escuela de música y en un espacio para expresar sentimientos a través de la música y la composición. Tienen algunas canciones propias como Humanos y Utopía Militar, en la que hablan sobre el servicio y la libreta militar para hombres trans. También hacen algunos covers, pero transforman un poco las letras. Un ejemplo es la famosa canción de Gloria Trevi Todos me miran, que se convirtió en un himno para las personas LGBTIQ.

Me corté el cabello, me fajé las tetas, cambié los tacones por unas punteras. Caminé a la farmacia, me inyecté la testo, me cambié de nombre, me creció la barba y miré la noche oscura… Y dejé de ser ella”, dice la letra transformada.

Gustaff Garzón, amigo de Jhonnatan y miembro de la banda, reconoce que, aunque cada persona es importante dentro del grupo, Jhonnatan lo mantiene unido y a flote. “Él tiene mucha personalidad y una voz alta y gruesa. Le gusta expresar sus ideas y tener las de los demás en cuenta, pero cuando hay que tomar decisiones difíciles, él lo hace. Aunque para algunas personas puede ser autoritario, él es quien se echa al hombro muchas cargas que a veces no le corresponden y saca todos los proyectos adelante por más de que la gente le falle. Se ha convertido en una figura de autoridad, pero también de afecto y de respaldo”.

Es uno de los tantos días festivos que hay en Colombia.

–¿Podemos vernos más tarde?– me escribe Jhonnatan por WhatsApp para aplazar una de nuestras entrevistas por Zoom. La pandemia que ha causado la COVID-19 no nos permite vernos presencialmente. Le digo que tranquilo. Que nos vemos a las 2:30 de la tarde. (Ver: Cuando nos volvamos a encontrar).

–¿Te quería preguntar si es posible que nos veamos tipo 6?– escribe nuevamente.

Le digo que claro. Que no se preocupe. Justo antes de comenzar la reunión virtual me escribe y me dice que le dé unos minutos más, que va corriendo y está a una cuadra de la casa.

–¿Estás bien? Si quieres podemos charlar otro día –le propongo.

No te preocupes. Hablemos hoy – me dice, a pesar de que se ve cansado y algo preocupado.

Ha estado acompañando a un amigo que hace poco estuvo hospitalizado. Ese día le dieron de alta y no quería dejarlo solo en su casa. Ese es Jhonnatan, una persona que puede acostarse a la una de la mañana y levantarse a las seis para ir a trabajar, pero que no incumple sus compromisos, especialmente si de cuidar a otros se trata.

Ese cuidado que ejerce es, para algunas personas cercanas a él, muy paternal. Aunque Jhonnatan tiene una hija, podría decirse que también ha sido padre de otros chicos trans. De su hija habla poco porque es su forma de protegerla y de dejar algo de su vida en privado. Algo para él mismo. Algo que muchas veces pierden quienes se dedican a defender los derechos humanos, pues su vida y lo que hacen se convierten en actos políticos, quiéranlo o no. (Ver: Las madres trans, otra forma de ser mamá).

Cuando Jhonnatan conoció a más personas trans, entendió que no todas tenían la oportunidad de tener una casa y estudio como él lo tuvo. Él era la excepción. Se encontró con historias de rechazo y de abandono y de hogares con ambientes difíciles para chicos trans que empezaban sus transiciones. Es así como su apartamento se ha convertido en hogar de paso para muchos y en un puente entre una vida que dejan atrás y la que está por llegar. Es, en últimas, un refugio no solo físico, sino también espiritual. Un hombre al que otros hombres trans recurren para encontrar una guía, una palabra de apoyo, un consejo, protección.  

Aunque Jhonnatan tiene una hija, también ha sido un padre para otros chicos trans.

Jhonnatan les da hasta las indicaciones para que lleguen a su apartamento en TransMilenio y consigue mercado cuando no hay qué comer. La gran mayoría viene solo con una maleta con ropa y con el ánimo en el suelo. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

Él es como ese papá que te da una palmadita en la espalda. Es una persona con la que te puedes sentar a charlar de la vida. Siempre ha abierto las puertas de su casa para personas que han comenzado un proceso de transición pero que no han encontrado apoyo en sus familias. Para mí su casa fue tener un espacio en el que me entendían, me apoyaban y no me juzgaban. Me hizo la vida un poco más fácil”, recuerda Tomás, quien vivió una temporada con Jhonnatan.

Gustaff también pasó por esa casa y reconoce que fue una de las etapas más resilientes, divertidas y felices de su vida. “A él no le importa tener 20 personas en su apartamento con tal de ayudar. Allí pude tener una vida del soltero y ahorrar para salir adelante. Jhonnatan es una persona que te ayuda a querer tu cuerpo y a conocer tus derechos. Te enseña a protegerte y te muestra que hay personas que van a estar pendientes de ti y con las que puedes contar. Ese es él”.

La vida, con sus momentos buenos y con los que no lo son tanto, le ha enseñado a Jhonnatan valiosas lecciones, tal vez una de las más importantes es entender que el cambio comienza dentro de cada ser humano. “Tratar de encajar es muy complicado y a las personas trans nos cuenta mucho dolor tener que encajar para los demás. Yo no quiero tener que cambiar para nadie”.

Que a nadie se le haga raro ver a un hombre trans en una reunión, en una conferencia, en espacios de hombres trans hablando de aborto, del derecho que tienen de formar parte de los tratamientos de inseminación artificial, de servicios de obstetricia y ginecología incluyentes y de paternidades trans. Jhonnatan no está dispuesto a encajar más.


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