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La cadena perpetua para violadores no arregla nada

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Lo primero que deseamos cada vez que conocemos una historia más de un niño o una niña víctima de violación, es exigir todo el peso de la ley para el agresor. De ahí que hablar de cadena perpetua sea tan popular. El asunto es que esta medida no soluciona nada. Se necesita ir a la raíz del problema.   

Por Mónica Roa*

La cadena perpetua para violadores no arregla nada
Yohana Jiménez, hija de Gilma Jiménez (1956 – 2013) quien lideró la idea del referendo para buscar la prisión perpetua para violadores en Colombia, volvió a plantear esta iniciativa que el presidente Iván Duque no descarta. Foto www.snopes.com

¿De verdad queremos acabar con la violencia sexual contra niños y niñas? Por supuesto. El fenómeno es bárbaro y a la mayoría de personas se nos marchita algo por dentro cada vez que conocemos una historia más de un niño o una niña víctima de violación.

De hecho, lo primero que nos sale de las entrañas es exigir todo el peso de la ley para el agresor. Por eso es tan popular la propuesta del Gobierno de aprobar la cadena perpetua para violadores de menores. Pero tal vez tengamos que frenar ese instinto y detenernos a pensar en qué tipo de medidas son las que realmente sirven para resolver esta situación.

“La cadena perpetua no arregla nada.ya existen penas de entre 50 y 60 años que en la práctica equivalen a prisión de por vida”.

El problema no es que tengamos penas muy bajas sino la impunidad rampante. La cantidad de casos que se denuncian es baja, los que se investigan con juicio y rigor son menos y los que llegan a ser condenados realmente pocos. En este sentido es mucho más útil pensar en medidas que fomenten la denuncia, que fortalezcan la capacidad investigativa de los fiscales y que sensibilicen a los jueces sobre la importancia de administrar justicia, libres de prejuicios y estereotipos.

Una medida que puede tener un impacto real es declarar este delito imprescriptible. Esto quiere decir que la víctima pueda denunciar en cualquier momento, cuando se sienta preparada. En Chile, por ejemplo, acaban de aprobar la imprescriptibilidad del delito de violación a menores por la cantidad de abusos que ocurrieron dentro de la Iglesia católica y que relatan las víctimas, ahora mayores de edad, quienes entienden la dimensión de lo que les ocurrió y la importancia de que esto no quede en la impunidad.

Con esta medida los agresores que hoy en día se sienten a salvo de la persecución penal por la cultura del encubrimiento o por la ineficacia del sistema penal, no podrían estar seguros de que estas condiciones personales, sociales y estructurales no cambien en algunos años y que su caso se denuncie e investigue.

Pero si realmente nos interesa resolver el problema de la violencia sexual contra niños y niñas, tenemos que preocuparnos por generar cambios culturales que eliminen las raíces del problema. Nuestra sociedad sufre de una profunda falta de educación para la ciudadanía y la sexualidad. Los más pequeños deben aprender a hablar con tranquilidad sobre sus genitales para poder identificar y detener una posible agresión. No hacerlo los hace vulnerables.

Los adolescentes necesitan aprender a explorar su sexualidad de manera saludable y responsable con ellos mismos y con los demás. No hacerlo deja a la pornografía como educador y el embarazo adolescente como proyecto de vida. Por su parte, los adultos necesitan reaprender lo que saben de sexualidad para erradicar las prácticas abusivas y encubridoras y educar con naturalidad y responsabilidad a niños, niñas y adolescentes.

Si de verdad queremos que cese el abuso sexual contra niños y niñas, además de apostarle a la educación, es fundamental instalar un sistema de alertas tempranas, en el que los adultos que forman parte del entorno de los menores sepan identificar las señales. También, donde contemos con una gran alianza con los sectores salud y educación que, por supuesto, necesitan fortalecer su formación y sensibilización.

Adicionalmente, el 75% de los casos de abuso sexual ocurren en el ámbito familiar, y muchos otros en iglesias y colegios. Es fundamental cuestionar el hecho de que estas instituciones, supuestamente comprometidas con la protección y el bienestar de los menores, sean los lugares más peligrosos para ellos y que, además, cuando surge un caso, sus integrantes prefieran encubrirlo para proteger su buen nombre.

“Nadie duda de que es profundamente doloroso descubrir que en la propia familia han ocurrido casos de abuso sexual de niños y niñas y que se ha convivido con ese secreto”.

Todo esto supone ver a nuestra sociedad a los ojos, hacer una catarsis colectiva y darnos cuenta de que hemos estado ignorando una realidad que desde siempre ha estado ahí. No es un camino fácil, pero es el que deberíamos seguir. Los problemas estructurales se resuelven con medidas integrales, con presupuesto para financiarlas y con la voluntad política para ejecutarlas. De nosotros depende encaminar el debate.

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* Abogada y activista.

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