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La conciencia de ser LGBTI

Consultor en Derechos Humanos. Ha trabajado con instituciones del Estado, organizaciones de Cooperación Internacional y Naciones Unidas. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

Detrás de la falsa idea de que existe una “comunidad LGBT”, se ocultan otras creencias, como pensar que estas personas no pueden ser clasistas, racistas o que no se discriminan entre sí.

discriminación entre gays
Se tiende a creer que por ser LGBTI, se tiene más conciencia de lo que implica la exclusión y la discriminación. No necesariamente es así.

Últimamente he oído algunas frases que me preocupan: “los LGBTI son quienes por naturaleza más discriminan”, “no hay peor enemigo de un LGBTI que otro LGBTI” o “ni siquiera se pueden poner de acuerdo entre ellos/as”.

Me inquietan porque se lanzan como una generalidad. Se convierten en un manto sobre nuestra identidad y sobre cómo nos configuramos como sujetos. Y claro, también evidencian cómo subyace la idea de que somos una “comunidad LGBTI”, donde se asume que todos/as compartimos lazos en común.

Para comenzar, no creo que seamos una “comunidad”. No tenemos lazos construidos históricamente, ni compartimos un territorio común, ni mucho menos estamos unificados por símbolos.

Uno podría encontrar ciertas afinidades entre algunos hombres gais, algunas mujeres lesbianas y algunas personas transgeneristas e intersexuales. Pero creer que quienes se identifican con cada una de estas letras son iguales entre sí o que no hay diferencias entre los/as LGBTI, es un craso error.

Es necesario reflexionar sobre cómo estamos atravesados por variables como racismo, clasismo y machismo, y por otra serie de comportamientos profundamente arraigados.

Por esto, no es descabellado pensar en gais machistas, lesbianas clasistas o en personas trans que discriminan. Infortunadamente son conductas que también reproducimos. Incluso, ahí también caben la homofobia, transfobia y otros miedos irracionales que conducen a la violencia física, verbal o psicológica.

Luego me surge la pregunta: ¿por qué es peor una conducta homofóbica cuando esta la comete un hombre gay? o ¿por qué es más condenable una actitud machista en una lesbiana? Creo que acá influye el concepto de “comunidad” o “movimiento” que promueven actores políticos y activistas. Me incluyo por cierto.

Sin embargo, vale la pena resaltar que yo sí quisiera que todos/as tuviésemos una ideología compartida y marcháramos al unísono por nuestros derechos. Que esos símbolos comunes nos hicieran más fuertes para derrotar al enemigo común: la discriminación.

¿Los LGBTI discriminan menos?

De otro lado, siento que hay una expectativa dentro y fuera de las personas LGBTI. Se presume que por nacer (o convertirse, según quien lo diga) en LGBTI se tiene una conciencia automática de lo que implica ser excluido y que estas personas, por tanto, no reproducen comportamientos discriminatorios.

No es así. Primero, porque no hay una “toma de conciencia automática”. Por el contrario, el respeto por el otro/a y la inclusión, son procesos que se forman poco a poco y que, en muchos casos, toman tiempo en concretarse.

Karl Marx y otros filósofos políticos que le siguieron, exponen esto mucho mejor. En sus reflexiones sobre movimientos sociales señalan la importancia de que los trabajadores reconozcan su posición en la sociedad, así como la historia que les ha puesto en ese lugar. Esto les invita a reflexionar sobre la urgencia de movilizarse para detener ese proceso social y transformarlo en algo positivo.

He ahí donde comienzo a pensar que sería recomendable (no indispensable ni mucho menos obligatorio) que como seres humanos, con la especificidad de ser LGBTI, pensemos quiénes somos, dónde estamos y qué responsabilidad nos cabe en temas de derechos humanos.

Para algunas personas, la salida o vivencia dentro del clóset, es un proceso marcado por muchas violencias. Esto las lleva a desarrollar mecanismos de supervivencia, como pueden ser el activismo o reproducir las violencias sufridas. En otros casos, han sufrido el maltrato de familiares o “amistades” y no desean ganarse más agresiones por luchar contra estas.

A pesar de la exclusión social (o escondiéndose de ella), en algunas ocasiones se llega a ocupar altos cargos laborales y se vive en una situación económica acomodada, privilegios que la persona no quiere perder por involucrarse en luchas sociales.

Y bueno, en sociedades latinoamericanas, el hecho de vincularse a estas luchas o a la defensa de derechos humanos implica enfrentarse al estigma de ser señalado como “subversivo/a”.

Este panorama puede parecer desalentador, pero también explica porqué hay personas LGBTI que son homofóbicas o transfóbicas. Cuando hablo con alguien que tiene estos comportamientos, prefiero creer que sus circunstancias y vivencias le han llevado a pensar y a expresarse de esa manera.

Que luchen otros

En términos generales, las personas en Colombia y otras sociedades, no consideran que la lucha por los principios de igualdad y no discriminación, sea algo indispensable. Dicen que no por esto son peores seres humanos.

De ahí la importancia de tomar conciencia sobre qué implica ser LGBTI y la necesidad de identificarnos no solo dentro de nosotros/as, sino de toda la familia humana. Ver en el otro a un hermano/a, luchar juntos contra toda forma de discriminación y asumir las responsabilidades que como ciudadanos/as tenemos.

Esforzarnos por ser mejores personas, puede abrirnos nuevas posibilidades. Claro, esto es deseable no solamente en una persona LGBTI sino en cualquiera que reconozca en los derechos humanos una plataforma para vivir mejor. Puede sonar utópico, pero siento que el proceso constante, continuo y a veces cíclico de las democracias nos invita a este diálogo, sin estereotipos ni estigmas.

No siento (al menos en mi experiencia, ni conozco de estudios que afirmen lo contrario) que las personas LGBTI seamos más o menos discriminadoras que otras. Pero el hecho de que exista esta creencia, me sugiere que es un tema que necesita ser observado y transformado.

Podemos vivir juntos/as sin obligarnos a coincidir en nuestros puntos de vista. Lo que siento que no podemos seguir haciendo es violentarnos unos a otros con gestos, palabras o imágenes. Al menos, así sueño que suceda en un futuro cercano, al cual le apuesto desde mis prácticas aquí y ahora.

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