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La mezcla entre religión y política, ¿inevitable?

Género, diversidad sexual y cambio social.

Aunque está claro que en Colombia existe una separación entre Estado e iglesias, en la práctica resulta cada vez más insostenible la idea de que la religión no juega un papel clave en ciertos debates públicos. ¿Qué hacer?

mezcla entre religión y política
Es común en periodos de campaña electoral ver a políticos que aspiran a cargos de elección popular desfilando por congregaciones evangélicas y haciendo lobby con líderes religiosos. Ilustración: Pilar Berrio, especial para Sentiido.

La visita del papa Francisco a Colombia confirmó que este país es mayoritariamente católico. (Ver: Por sus obras les conoceréis).

El casi millón y medio de personas que asistió a la misa que celebró en el parque Simón Bolívar, en Bogotá, más los otros millones que lo acompañaron en las calles y en otros eventos, confirmaron lo que señalan las encuestas: que alrededor del 70 por ciento de los colombianos son católicos, así muchos menos sean practicantes.

Esto, sin embargo, no puede entenderse como sinónimo de que Colombia dejó de ser un Estado laico, como lo insinuó el exprocurador Alejandro Ordóñez en su cuenta de Twitter:

Mucho menos significa que el país vaya a devolverse a la Constitución de 1886 que fijaba la religión católica como “la oficial de la Nación”. (Ver: El camino para que Colombia sea un Estado laico).

Finalmente la Constitución de 1991 establece que Colombia es un Estado con plena libertad religiosa, caracterizado por su estricta separación de las iglesias y determinó la igualdad de todas las confesiones.

El artículo 19 de la Constitución garantiza que quienes quieran tienen derecho a profesar libremente su religión.

En el preámbulo de la Constitución, la invocación a la protección de Dios tiene un carácter general, no está vinculada a ningún credo particular ni se le dio atributo como fuente de autoridad. Es, más bien, una invocación compatible con la pluralidad de creencias propias de la sociedad.

De hecho, en el artículo 1 se habla de que Colombia es un Estado democrático, participativo y pluralista, lo que significa que debe respetar las diferentes expresiones religiosas, así como aquellas agnósticas o ateas.

la expresión “moral cristiana” resulta constitucional entendiéndola como referente de una “moral social o general”.

La Corte Constitucional ha dicho: un Estado que se define como pluralista y que reconoce la igualdad entre todas las religiones es un Estado laico, sin necesidad de especificar este concepto en un artículo o norma específica.

Está claro, entonces, que el principio de neutralidad propio del Estado impide que las funciones públicas se mezclen con las de instituciones religiosas.

Cada uno por su lado

Todo esto significa que así millones de personas hayan asistido a los eventos del papa Francisco, el modelo de organización colombiano sigue fundamentado en la separación entre iglesias y Estado.

En otras palabras, sin importar que sus fieles sean mayoría, la religión católica no puede recibir un trato preferencial. La Corte ha explicado que el Estado no favorece ninguna confesión, así tenga el mayor número de seguidores, porque esto rompería con la igualdad que debe existir entre ellas.

Esta medida es, además, una manera de proteger a las minorías religiosas. De hecho, esta misma idea aplica para conceptos como el de “familia”.

Es claro que para muchas personas la familia conformada por papá, mamá e hijos encuadra como “la tradicional”. Sin embargo, esto no es argumento para que el Estado no garantice los derechos de las otras familias existentes. (Ver: Matrimonio Igualitario en Colombia, paso a paso).

De no hacerlo, con la excusa de que para “la mayoría” esos otros vínculos no son una familia, el Estado restringiría a unas minorías de unos derechos.

La legislación no puede ajustarse a las premisas de la religión mayoritaria ni establecer medidas de desventaja contra quienes no comparten esa fe.

La parte legal está clara. En teoría, no hay la menor duda de que Colombia es un Estado laico o de que existe una separación formal entre Estado e iglesias, pero en la práctica ese argumento es cada vez más desestimado.

Nicolás Panotto, teólogo, explica en el texto Religiones, política y Estado laico: Nuevos acercamientos para el contexto latinoamericano (2017), que reconocer la dimensión laica del Estado no significa que lo religioso deje de ser un asunto público. En la cotidianidad, las relaciones son mucho más fluidas.

Lo religioso es un asunto de suma importancia para los estados, pero desde un lugar muy distinto al de los tiempos donde los poderes institucionales se entremezclaban peligrosamente”, agrega Panotto.

Más allá de “lo privado”

En el libro La era secular, el filósofo canadiense Charles Taylor señala que no se puede negar el rol social de la creencia en Dios: las prácticas religiosas no son algo propio de la vida privada, como tanto se ha repetido, sino que forman parte de los modos de vinculación social.

De hecho, se tiende a creer que lo religioso no tiene entrada en lo público. Pero este espacio, señala Panotto, imprime el sentido más elemental de cualquier sociedad: su pluralidad.

Lo público, por tanto, también implica un encuentro con esas voces religiosas. Finalmente es la instancia donde muchas personas disputan lo que entienden como “común”. Es un espacio de decisión.

Además, esta diferenciación entre lo público y lo privado en el tema religioso no es correcta en un contexto donde las religiones están cobrando cada vez más voz en el espacio público. Lo religioso es parte de la dimensión personal, pero esto no lo restringe al ámbito privado”, afirma Panotto.

 “Las creencias religiosas tienen impacto tanto privado como público”, Nicolás Panotto

En una reciente entrevista en el portal La Silla Vacía, Carlos Manrique, doctor en filosofía y director del Departamento de Filosofía de La Universidad de Los Andes, explica que entender la separación entre política y religión como que esta última no debe jugar ningún papel en la discusión de asuntos públicos, es una visión limitada.

Cuando el papa Francisco estuvo en Bolivia habló de la necesidad de una transformación social para combatir las desigualdades propias de la sociedad de consumo y dijo que los movimientos sociales eran los llamados a liderarla. En este discurso no hay tal separación entre religión y política.

Ahora, hay grupos religiosos que llegan a sectores remotos del campo colombiano, a donde no llega el Estado, y que no sólo prestan un servicio humanitario sino que inciden en las formas de gobierno imperantes”, señala Manrique.

“Es distinto decir que el Estado no puede tener una religión oficial a que los discursos religiosos no tienen cabida en los debates sobre lo público”, Carlos Manrique.

Así, una cosa es la política de partidos (la clase política), pero hay un sentido más amplio de la palabra “política” que implica movilización social, apuestas por la justicia social y nuevos modelos de desarrollo económico. El discurso del Papa es político en ese sentido.

Mientras que tradicionalmente “lo político” ha sido asociado con burocracia estatal y con elegir gobernantes, en la cotidianidad no es un tema exclusivo de partidos políticos sino de diversos grupos (religiosos, movimientos sociales y de defensa de derechos) que ponen sobre la mesa ciertas demandas.

Lo religioso, señala Panotto, no solamente puede ser visto como un legitimador de discursos conservadores, sino como un agente diverso que está en el campo de las disputas sociopolíticas.

Llena vacíos

“¿Qué ha pasado en el mundo en los últimos años para que la religión haya ganado tanto terreno en el ámbito político? La gente no está encontrando en el Estado espacios de construcción colectiva y, en ocasiones, sí los encuentra en ámbitos religiosos”, explicó Manrique en La Silla Vacía.

Es decir, el cristianismo conservador de derecha ha tomado fuerza porque muchas personas que no siguen una determinada fe se resisten a entender lo religioso como político. (Ver: Es un “No” más profundo).

La idea de que los discursos religiosos hay que limitarlos al fuero interno, ha hecho creer que cualquiera de ellos da igual. En realidad, sería más productivo discutir las implicaciones éticas y políticas de ciertos discursos religiosos”, señaló Manrique.

“En nombre del laicismo, Francia ha tenido una política violenta contra minorías como la prohibición a las mujeres de usar hiyab en ciertos espacios”, Carlos Manrique.

El debate, por tanto, debería ser sobre otras formas de ser religioso. La defensa de los derechos de las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT) no pasa tanto por una puja entre “Estado laico” y “religión”, sino por una puja entre diversas formas de asumir la espiritualidad que conducen a posiciones distintas sobre la sexualidad y la identidad. (Ver: Lo que falta saber del referendo de Viviane Morales).

Actualmente, el foco de atención sobre la relación entre religión y política está puesto en los esfuerzos de sectores de la iglesia Católica y de comunidades evangélicas para oponerse a los proyectos de inclusión de personas LGBT.

Sus acciones están centradas en lo que denominan “defensa de la familia conformada por papá, mamá e hijos” como una manera de rechazar las relaciones entre personas del mismo sexo. (Ver: 9 razones por las que el referendo de Viviane Morales sí discrimina).

También, promueven la idea de que la educación sexual debe estar a cargo exclusivamente de los papás sin la intervención de las instituciones educativas.

algunas iglesias legitiman sus acciones políticas a partir de principios bíblicos.

Las corrientes religiosas conservadoras, agrega Manrique, que apuntan al bienestar económico personal, son las que representan una mayor amenaza para los derechos de las personas LGBT. (Ver: Nerú, ¿un traidor de la homosexualidad?).

Para estos sectores, señala Nicolás Panotto, la sociedad está “contaminada” por no seguir los preceptos de Dios. Por esto, han asumido la política como un medio más para lograr la “defensa de los valores”. Afirman ser “agentes de Dios” para alcanzar sus propósitos.

La “agenda moral”

William Mauricio Beltrán, profesor de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, señaló en una columna publicada en el portal Razón Pública, que en las elecciones presidenciales y de Congreso de 2018, “la agenda moral” será determinante.

Los sectores evangélicos y pentecostales están convencidos de que su voto será decisivo. (Ver: Diversidad sexual y nuevas alternativas espirituales).

Esta agenda, explica Beltrán, ha puesto en un mismo lado a antiguos rivales: evangélicos y católicos fundamentalistas, debido a que ambos consideran que reconocer los derechos LGBT es una forma de decadencia e implica el riesgo de “homosexualizar” a la sociedad.

Para tal fin, explica un artículo publicado en el periódico El Espectador, estos sectores religiosos  se organizaron políticamente bajo el movimiento Colombia Justa-Libres. Ya tienen una lista única al Senado y alrededor de 24 a la Cámara de Representantes. Su propósito: garantizarse una buena representación en el Congreso.

Su lema, señala El Espectador, “defender” el artículo 42 de la Constitución Política de Colombia, que entre otras cosas dice: “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. Se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer (…)”. (Ver: Matrimonio igualitario: 10 razones por las que la Corte Constitucional diría sí).

Desconocen, como lo han explicado varios constitucionalistas, que el propósito de este artículo no es imponer una heterosexualidad obligatoria, sino aclarar que existen dos tipos de vínculos para conformar familia: el natural (la unión libre o de hecho) y el jurídico (matrimonio).

La razón de ser de este artículo es garantizar la igualdad entre el matrimonio y las uniones de hecho, porque en el momento en que la Constitución se escribió (1991), estas últimas uniones tenían una consideración social inferior al matrimonio.

Ahora, aunque el artículo 42 menciona el matrimonio entre un hombre y una mujer, no lo prohíbe entre personas del mismo sexo.

“La ‘agenda moral’ es una estrategia política que ha demostrado tener éxito”, William Mauricio Beltrán.

A esto se suma, explica Panotto, el crecimiento de las iglesias evangélicas, hecho que las ha posicionado como un agente político central y ha obligado a gobiernos y partidos a buscar articulaciones con estas.

Algunas de estas organizaciones (las más ricas y multitudinarias) compiten por trasformar la lealtad de sus fieles en votos”, afirma Beltrán. (Ver: La creciente y preocupante influencia de la religión en la política).

Por esto, seducir a sus miembros para lograr su apoyo en las urnas es una tarea que contemplan muchos de quienes aspiran a cargos de elección popular.

El exprocurador Alejandro Ordóñez, la senadora Viviane Morales y el expresidente Álvaro Uribe ya empezaron a movilizarse con la intención de apoderarse de la ‘agenda moral’. Cada uno intenta posicionarse como el verdadero representante de ‘la Colombia creyente'”, afirma Beltrán. (Ver: La estrategia electorera de estar en contra de las personas LGBT).

“Las fuerzas políticas actuales han tenido que recurrir a iglesias evangélicas para llegar a más sectores”, Nicolás Panotto.

Sin embargo, esta no es la agenda de todos los sectores religiosos. Dentro de las mismas iglesias hay divisiones entre quienes apoyan y se resisten a las demandas de igualdad.

Ni el cristianismo evangélico ni el catolicismo son homogéneos: las expresiones religiosas son plurales. Pero los grupos religiosos más conservadores y poderosos son los que han tenido mayor protagonismo gracias a sus recursos, sus afianzados sistemas de organización y a la articulación con sectores políticos.

Parte del problema también radica en que para generar polémica y, por tanto rating, la mayoría de medios de comunicación acostumbran entrevistar a los líderes religiosos más conservadores. (Ver: “A muchos medios les interesa lo LGBT cuando hay enfrentamiento”).

 “En Brasil está la articulación de la bancada evangélica (más de 80 legisladores) con grupos de derecha para oponerse a políticas de derechos humanos”, Nicolás Panotto.

Pero más allá de contrarrestar estas prácticas desde un marco de democracia (cosa que muchos grupos religiosos no respetan debido a su sentido de superioridad), es más estratégico, asegura Panotto, crear espacios de diálogo en clave teológica.

Cualquier conversación con estos grupos debe ir más allá de la discusión política. Se requiere de acciones entre instancias de la sociedad civil, movimientos sociales y expresiones religiosas alternativas, para promover otros marcos teológicos respecto a la sexualidad y los derechos humanos.

Existen muchas expresiones religiosas que apoyan agendas alternativas progresistas. Hay cientos de escritos sobre “Biblia, homosexualidad y teología” con perspectivas opuestas a las más predominantes.

Acercarse al texto bíblico de manera literal es la manera en que ciertos grupos religiosos legitiman sus agendas políticas.

Es fundamental construir alianzas con esas otras expresiones religiosas para contrarrestar el avance de los sectores que se erigen como voces oficiales de sus respectivas creencias, cuando están lejos de serlo.

En todo caso, explica William Mauricio Beltrán, no deja de ser paradójico que la comunidad evangélica que en Colombia fue durante décadas una minoría discriminada, use su reciente poder para excluir y estigmatizar a otra minoría, la LGBT, que a lo largo de la historia ha sufrido una experiencia similar.

#ReligiónMásDiversidad, es un proyecto apoyado por la Fundación Open Society Institute en cooperación con el Programa para América Latina de Open Society Foundations.

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