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La vergüenza de ser Tocarruncho

Género, diversidad sexual y cambio social.

El caso de la analista política Natalia Springer vuelve a poner sobre la mesa la idea de que tener un apellido extranjero le sube puntos a una persona, mientras que uno como Tocarruncho, que no es el caso de Springer, es motivo de vergüenza.

quien es Natalia Springer
Natalia Springer en un reciente evento organizado por la ONG Colombia Diversa

En Colombia es legal que cualquier persona cambie de nombre. Puede suprimirse el primero o el segundo, o los dos y optar por uno nuevo, así como por apellidos distintos a los que tiene. Es un trámite sencillo de hacer en una notaría.

La analista política Natalia Springer así lo hizo. Pasó de llamarse Natalia María Lizarazo García a Natalia María Springer. Por la razón que sea, decidió adoptar el apellido de su entonces esposo y conservarlo, incluso, después de su divorcio. Y de eso no tiene que dar explicaciones.

Contrario a lo que algunos dicen, ella no es “alias Springer”, sino Springer, porque legalmente así lo estableció.

Sin embargo, una vez se revelaron los polémicos contratos que ella firmó con la Fiscalía General de la Nación, el tema de su cambio de apellido salió a relucir como si este fuera el tema en cuestión:

Incluso, cuando la entrevistaron en la emisora La W fue lo primero que le preguntaron. Aunque inicialmente Julio Sánchez Cristo dijo que ese era un tema de su vida privada, no tuvieron reparo en indagarle por qué lo había cambiado, cuando el asunto en discusión eran los contratos: si estaba o no calificada para estos, si eran necesarios y el porqué de los montos de los mismos.

En las redes sociales se llegó al punto de tratar este cambio de identidad a manera de agravante. Algo así como: “si cambió de nombre, cualquier cosa puede esperarse y, con mayor razón, si pasó de un apellido como Lizarazo a uno como Springer”.

Peras con manzanas

Sin embargo, lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Su cambio de apellido es legal y es parte de la construcción de su identidad. A pesar de esto, algunos columnistas y medios de comunicación cuando registraron la noticia de los contratos, decían: “Natalia Springer (¿o Lizarazo?)”, desconociendo que ella quiere ser reconocida como Springer.

Incluso, algunos medios señalaron que sus excompañeros de trabajo quedaron sorprendidos de que ella no les hubiera revelado que sus apellidos iniciales eran Lizarazo García, como si estuviera obligada a hacerlo. ¿Acaso la gente tiene que decir, por ejemplo, cuántas cirugías estéticas se ha realizado?

Es como si por el hecho de identificarse como trans, una persona tuviera que estar de manera permanente dando explicaciones sobre su tránsito de género. Finalmente esto es parte de la construcción de cada quien y del derecho al libre desarrollo de la personalidad.

Sin embargo, buena parte de los mensajes que le enviaron a Springer por las redes sociales se enfocaban en que ella intentaba “parecer más” de lo que es, argumentando su cambio de apellido. La pregunta es: ¿por qué seguir creyendo que tener un apellido extranjero significa estar por encima de quienes no lo tienen?

¿Por qué pensar que lo que no es de acá es más valioso o importante?

En buena medida, la respuesta está en el mismo caso de Springer. Sin desconocer sus conocimientos y trayectoria, ¿habría tenido la misma carrera de haberse mantenido como Lizarazo García?

¿Cómo le habría ido a su firma si en vez de llamarse Springer von Schwarzenberg Consulting Services S.A.S, fuera Lizarazo García Servicios de Consultoría S.A.S? 

En numerosos sectores, lo que suene o parezca extranjero sigue viéndose como superior por el simple hecho de no ser de acá. Así no se diga de manera explícita, tener un apellido internacional es considerado un punto a favor en muchas situaciones y contrataciones.

El primero en hacer ver el cambio de apellido de Springer como un “agravante” de los contratos firmados con la Fiscalía fue Ernesto Yamhure, excolumnista del periódico El Espectador y muy cercano al Centro Democrático, el partido político del expresidente Álvaro Uribe.

Desde que Yamhure reveló lo de Springer, decidió llamarla “la Tocarruncho”, simulando que este era su apellido original, el cual habría cambiado por Springer.

La elección del apellido Tocarruncho que Yamhure y otros tuiteros han utilizado a modo de burla también tiene una explicación.

Basta leer algunos tuits para entender que a Yamhure, como a otras tantas personas que usan los hashtag #Tocarruncho o #TocarrunchoStyle, les parece que un apellido de origen indígena es perfecto para evidenciar cómo una persona quiere demostrar ser más de lo que es.

Así lo explica el mismo Yamhure:

Tocarruncho o miserable mujer

Es decir, Tocarruncho -y no Springer- es un apellido propio de una “miserable mujer”. Incluso, algunas personas que defendieron a Springer se indignaban de que la mencionaran como “la Tocarruncho”. Y no tanto porque ese no fuera su apellido sino porque les parecía que tampoco era para caer tan bajo.

Algo así como: “si quieren pueden decir que se cambió de apellido, pero tampoco la rebajen al punto de llamarla Tocarruncho”.

En una entrevista realizada por Sentiido a Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, decía que muchas mujeres, entre ellas las trans, sueñan con ser reconocidas en una feminidad internacional (pelo rubio, cintura pequeña y ojos claros) y no por una indígena, porque finalmente allí no tienen ningún patrón de reconocimiento.

Baptiste dijo: “yo me llamo Brigitte porque por la época en que nací, el ideal de lo femenino y de lo erótico era la actriz francesa Brigitte Bardot”.

Sin embargo, valdría la pena empezar a dejar atrás la idea de que un niño es afortunado cuando tiene el pelo y los ojos claros. Todavía hay muchos adultos que celebran que el menor fue “tan de buenas” de no tenerlos oscuros. Ser “mono” todavía es un plus:

Es momento de dejar de creer que una persona sabe más que otra o está más calificada simplemente porque su apellido es europeo y de utilizar términos como “chibchombia” o “criollo” como sinónimo de subdesarrollo. En el caso de Springer se vieron comentarios como: “esta pobre chibcha que se viene a creer europea”.

Si los colombianos tuviéramos una autoestima más alta, posiblemente Natalia Springer no habría cambiado su apellido y la gente no se habría enfocado en este hecho cuando se destapó lo de sus contratos ni muchos menos la habrían calificado de “creerse más” por optar por un apellido extranjero.

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