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Las medievalistas

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A diferencia de otras áreas de la filosofía, en la de los estudios medievales existe un amplio y significativo grupo de mujeres que se destacan por su trabajo. ¿Por qué en los otros campos el número es más reducido?

por: Nicolás Vaughan*
Doctor en filosofía de la Universidad de Oxford. Músico.

Marilyn McCord Adams. Foto: theadvocatechurch.org

Una de las cosas que más me han llamado la atención de los estudios medievales, en los diez años que llevo dedicado a esta área del conocimiento, es la frecuencia y prominencia de las investigadoras mujeres en dicho campo. Más específicamente, en la muy reducida área de la filosofía medieval, puedo nombrar fácilmente a unas cinco o seis especialistas.

Y en el campo más general de los estudios medievales recuerdo ahora al menos a dos y una rápida búsqueda en algún vademécum de estudios medievales (los companions que los anglosajones tanto aprecian) prontamente multiplicará las cifras.

Pero no solo me resulta interesante observar cuántas mujeres están dedicadas a los estudios medievales. En efecto, no sería extraño obtener estadísticas paralelas en historiografía, en teoría literaria e incluso en matemáticas.

Ya de por sí es interesante preguntarse por las razones que llevan a más mujeres a escoger estas áreas del conocimiento que otras. Pero me parece más interesante inquirir, particularmente en caso de la filosofía medieval, no solo por qué hay tantas mujeres sino por qué lo hacen tan bien.

Porque el hecho es que aquellas ocho medievalistas no tienen nada que envidiarle a sus colegas hombres, tanto en cantidad como en calidad de producción. Creo que casi todas ellas figurarían tranquilamente en la lista unisex de los “Top 20” medievalistas (si algo tan poco sexy y, por ello, tan poco popular pudiera existir).

Esa prominencia femenina (¿o ‘mujeril’?—ya no sé qué es lo políticamente correcto) es lo que me parece fascinante. Hasta donde sé, ninguna otra división de la filosofía (excluyendo por razones obvias la arista filosófica de los estudios de género) cuenta con tantas mujeres cuyo trabajo merezca ser considerado “de punta” y original.

Alguna vez le expuse a mi supervisora de tesis —una importante medievalista italiana— la impresión que me generaba el hecho de que hubiera tantas, y tan buenas, filósofas medievalistas. Ella misma se sorprendió y reconoció que nunca se había percatado de ello. Al preguntarle por su opinión al respecto de la causa de ese fenómeno, me respondió con una historia sobre las mujeres matemáticas en la Italia de los años 70 y 80.

Eleonore Stump. Foto: szezeng.blogspot.com

Según me dijo, en esa época era muy común que las mujeres, más que los hombres, entraran al pregrado de matemáticas, y que incluso persiguieran un título de doctoras. La razón para ello me asombró. Según ella, las italianas estudiaban matemáticas para poder ser profesoras de colegio, pudiendo así trabajar solo medio tiempo y dedicar el resto a sus maridos e hijos.

La historia que ella contó (y que no se aplicaba a su caso personal) no podía estar más lejos del ideal feminista que imaginé en principio. Pero de ese modo mi supervisora me explicaba por qué razón cree ella que hay tantas mujeres matemáticas en Italia. Y sin embargo, mi pregunta por las medievalistas seguía abierta.

Unos meses después asistí a una charla de la serie Women in Academia en Oxford, esta vez dictada por una filósofa de la universidad. Su nombre —no miento— es Pamela Anderson, profesora de la Faculta de Filosofía y especializada en teoría feminista, filosofía de la religión, Kant y otros temas. En la charla, la Dra. Anderson contaba su experiencia como estudiante, investigadora y luego docente en una facultad decididamente androcéntrica, por no decir “machista”.

Cuando llegamos al final a la parte de preguntas y respuestas, le eché mi cuento sobre la impresión que me generaban las medievalistas, así como la historia que mi supervisora me contó. Y le pregunté su opinión sobre por qué cree que hay tantas y tan sobresalientes investigadoras en filosofía medieval, pero no tantas en la filosofía más actual (o mainstream).

Me dijo que, aunque tendría que pensarlo con mayor detenimiento, se le ocurría lo siguiente: dado que en la investigación en filosofía medieval no hay que estar tan a la vanguardia como se requiere en la filosofía mainstream, entonces quizá por ello estas filósofas medievalistas se sientan más cómodas en ese ámbito menos competitivo, queriendo entonces permanecer en él.

En otras palabras, aunque estas investigadoras sean tan geniales como sus colegas más célebres en la filosofía mainstream, quizá por sentirse menos excelentes hayan decidido quedarse en la filosofía medieval, en donde el tipo de contribución intelectual no requiere ser tan innovador.

Para ser justo con la Dra Anderson, estoy seguro de que ella no estaba abrazando esa última tesis (la de que, en últimas, la filosofía medievalista es “menos filosofía” que la filosofía mainstream); por el contrario, creo que esa es la opinión que le atribuía tentativamente a las medievalistas.

En cualquier caso, no estoy del todo convencido de que esta sea la solución a mi problema. Podría argumentarse por analogía lo mismo en el caso de la filosofía antigua, y en general en cualquier filosofía que no sea “contemporánea”, y sin embargo no veo la misma tendencia impetuosa de las mujeres en esas áreas. (O quizás estoy sesgado; quienes conozcan bien el teje y maneje de ellas podrán corregirme.)

El caso es que sigo sin saber qué pasa con las medievalistas. Quizás, como dije, esté siendo miope y no vea que eso mismo se repite en muchas otras áreas del conocimiento — de las ciencias, en un sentido amplio. Y ojalá que así lo sea.

Eloísa de Argenteuil. Imagen: clg-abelard-44.ac-nantes.fr

Algunos (y algunas, desde luego) medievalistas creen que casi todas, si no todas, las cartas que se conservan de la relación epistolar entre Pedro Abelardo y Eloísa de Argenteuil, probablemente hayan sido falsificadas. Algunos sugieren que fue Eloísa, no Abelardo, quien escribió esas maravillosas cartas — excepto, quizás, la primera, la que conocemos como la Historia de mis calamidades. (Si no las han leído, recomiendo encarecidamente que lo hagan. El modo como describen la pasión y el amor, y como ellas fueron cambiando y transformándose con el tiempo, es fascinante.)

Entre otras razones, se aduce a favor de esta hipótesis la siguiente: el amor desinteresado y entregado de Eloísa por Abelardo parece haber sido tan colosal, que ella no quiso que la historia tuviera de él una imagen tan pusilánime como la que a primera vista pareciera merecer, con respecto al manejo de su matrimonio, paternidad y ulteriores relaciones — y la que, hay que decirlo, hoy nos parece ser que en realidad mereció.

Sea o no cierta, esta hipótesis me sugiere otra. Quizá sea el caso que como Heloísa, la mujeres tengan una capacidad extraordinaria para recontextualizar, extrapolar y analizar asuntos y problemas conceptuales, tal como las medievalistas que he señalado aquí lo hacen con la filosofía. O de pronto sea una variación estadística—quién sabe. De nuevo espero que no.

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Acá puedes leer la versión completa de este post: Las medievalistas.

*Doctor en Filosofía de la Universidad de Oxford. Músico.

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