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Lecciones del “Matrimonio Igualitario”

Género, diversidad sexual y cambio social.

A pesar del sinsabor que dejó el hundimiento del proyecto de ley que buscaba aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, este debate dejó lecciones importantes. Estas son algunas.

proceso de cómo llegó Colombia a aprobar el matrimonio gay
El tema no es qué tan conveniente sea o no el matrimonio, sino garantizar la igualdad de derechos. Foto: Matías Gonzalez Gil.

Como era previsible, más no justo, 51 senadores colombianos votaron en contra del proyecto de ley que buscaba aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Solamente 17 lo hicieron a favor.

Así, mientras países como Francia, Uruguay o Inglaterra avanzan por el camino de la igualdad de derechos, en Colombia el proyecto se hundió y aún no se conoce con precisión cuál será la suerte legal de estas uniones que en la práctica abundan y están presentes en las estructuras familiares colombianas.

En los debates que por este motivo tuvieron lugar en el Congreso, no sorprendieron los argumentos de corte religioso o del fuero personal, como los únicos expresados para oponerse a este derecho universal.

En esta ocasión, la nota de humor estuvo a cargo del senador Roberto Gerlein quien de alguna manera reveló que habría tenido actividad sexual solamente una vez en su vida para procrear a su única hija. O ¿de qué otra manera podría interpretarse su “acusación” de que el sexo entre personas homosexuales es solamente con fines recreativos? ¿Acaso el único válido es el reproductivo?

Durante el trámite del proyecto de ley, una vez más las parejas del mismo sexo quedaron reducidas al plano sexual (una de sus tantas aristas), evitando el constitucional, desde el cual deberían abordarse.

Una vez más, también, los senadores se cercioraron de cumplir con la voluntad del procurador Alejandro Ordoñez y, una vez más, demostraron su incapacidad para legislar a la luz de la igualdad dejando de lado sus creencias personales.

Independiente de que algunos activistas y personas LGBT consideren que, en vez de pelear por el derecho al matrimonio, lo mejor sería darle la espalda a esta institución que para muchos resulta arcaica y discriminadora, lo cierto es que, por ahora, ese es uno de los pocos mecanismos que existen para garantizarles derechos a las parejas.

Además, el tema acá no es qué tan conveniente sea o no el matrimonio, sino asegurar los mismos derechos sin tener en cuenta la orientación sexual de las personas.

Una vez gays y lesbianas tengan la posibilidad de casarse, cada quien decidirá si lo hace o no. Lo importante es poder elegir, tal cual como, hasta el momento, pueden hacerlo los heterosexuales. 

LGBT más visibles

Sin embargo, todo este proceso dejó lecciones importantes. La primera y quizás más importante, es que las personas LGBT deben ser aún más visibles. No se trata, como algunos lo señalan, de hacer de la orientación sexual una bandera de vida, pero sí de que la mayoría de colombianos sepa -y poco les importe- que trabaja, es vecino, amigo, primo o hermano de una persona lesbiana, gay, bisexual o transgenerista.

Que tengan certeza de que están ahí en su diario vivir y que eso no altera ni afecta su cotidianidad. Por el contrario, la enriquece.

Vale la pena apostarle a cambiar las explicaciones como: “es mi primo”, “mi compañero(a) de apartamento” o “un amigo(a)” por un sencillo “es mi pareja”. Demostrar que las personas LGBT son muchas más que las que asistieron con banderas gay a la Plaza de Bolívar para respaldar el matrimonio igualitario. Y muchas más que las 50.000 que en promedio acuden a la marcha del orgullo gay o de la ciudadanía plena en las diferentes ciudades.

En algo tenía razón la senadora Claudia Wilches cuando dijo que la votación del Senado que hundió este proyecto de ley, recogió la opinión de la mayoría de colombianos.

Por supuesto, además de injusto, sería ilógico que las mayorías decidieran la suerte de las minorías. Sin embargo, ese sentir general es un claro ejemplo del desconocimiento y las falsas creencias que persisten, en buena parte de los colombianos (incluidos congresistas), frente a la diversidad sexual.

O ¿cómo es posible que tantas personas perciban el matrimonio igualitario como una amenaza para las relaciones heterosexuales o que argumenten que, como “Dios los hizo hombre y mujer”, no pueden existir las uniones del mismo sexo? ¿Por qué hay quienes aún consideran que las personas homosexuales quieren “imponer sus tendencias”?

Si tuvieran un conocimiento mínimo, básico del tema, difícilmente le darían espacio a premisas tan elementales como esas.

También sería importante empezar a dejar atrás el concepto de “comunidad LGBT” porque además de no existir y de no estar localizada en ninguna parte, sí alimenta ese imaginario de gueto o de minoría relegada. A veces los asuntos de forma, como una palabra, terminan por afectar los de fondo. Quizás sería más estratégico referirse a personas diversas sexualmente.

Argumentos vs. Insultos

Otra enseñanza que dejó el debate “pro matrimonio igualitario” es entender que la manera de responderles a los cristianos o a quienes se oponen a este tipo de uniones no es mediante insultos.

Las palabras “estúpidos” o “descerebrados” que vimos en algunas redes sociales no son argumentos que tengan cabida en un debate de esta naturaleza. Si se exige respeto, también debe ofrecerse. Y un tema de tal envergadura no merece incluir agravios.

Mucho menos llegar al extremo de compartir fotos, como la que circuló por la red, en la que aparece, el día de su matrimonio, el hijo de un ex presidente de Colombia.

La imagen viene acompañada de la frase: “los homosexuales sí se pueden casar en Colombia”. ¿Qué intentan con ese mensaje? ¿Es un mecanismo serio y efectivo de protesta por la decisión que tomó el Senado? A pesar de ser una figura pública, ¿no se está irrespetando (en caso de ser cierto) su derecho a la intimidad?

Tampoco es certero apostarle a la permanente “victimización”. Aunque es evidente que existe la discriminación por orientación sexual e identidad de género, asumir ese rol no es el camino que más argumentos aporte. No es por “víctimas” que los derechos de las personas LGBT deban ser reconocidos plenamente. Es un tema de igualdad.

De paso, aunque es satisfactorio ver que cada vez hay un mayor número de activistas comprometidos con la causa, valdría la pena que algunos se preguntaran si realmente lo que buscan es reconocimiento personal, figurar en medios de comunicación o apoyar un proyecto común. El protagonismo es una decisión personal respetable pero el debate sería mucho más fructífero si se convirtiera en mayor trabajo en equipo.

Ahora o nunca

Otra lección importante que dejó todo este proceso, es no esperar a que se presenten proyectos de ley que propendan por la igualdad de derechos para hacer lobby y movilizaciones.

Es necesario continuar visitando instituciones educativas y congresistas. También, seguir abordando con las familias, amigos y compañeros de trabajo temas tan básicos como qué son las orientaciones sexuales e identidades de género hasta la importancia de reconocer la dignidad de las personas en la igualdad de derechos.

Se necesita, también, más diversidad en medios de comunicación, programas educativos, ámbitos laborales y en la mayor cantidad de escenarios, para entender que este no es un asunto de “unos homosexuales” o de “una minoría”.

De una u otra forma, todas las personas son diversas, nadie es igual a otro y este debería ser un argumento más que suficiente para que instituciones, organizaciones, familias, políticos y personas en general le apostaran a la reivindicación de la diferencia, desde una perspectiva general y no solamente desde la óptica LGBT.

Este tema, más allá de ser un asunto que merece respeto, es un valor agregado para la sociedad. Cuando se avance en este sentiido, el camino para lograr la igualdad de derechos estará más que despejado.

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