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“Lo que pasó en el Centro Andino me recuerda que siento miedo de salir a la calle”

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

Mucha gente cree que a las personas LGBTI nos gusta posar de víctimas y que nos inventamos ser vulnerables. Quiero compartirles mi historia a quienes creen que la discriminación solo existe en nuestras cabezas.

Por: Andrés*

Lo que pasó en el Centro Andino me recuerda que siento miedo de salir a la calle
A pesar de que aún siento miedo de salir a la calle, sigo transitándola con la certeza de que en todas partes hay héroes sin capa que me protegerán. Foto: Andrés Camilo Gómez Giraldo.

Todo empezó cuando tenía alrededor de 15 años y mi primer novio y yo nos dimos un beso en el parque Simón Bolívar en Bogotá. Un amigo de mi papá nos vio y de inmediato le contó. Como mi papá no solo es una persona peligrosa sino con mucho poder, desde entonces intentó destruirme la vida. Para empezar, me dio una bofetada tan fuerte que me arrojó al piso y antes de que yo pudiera reaccionar, ya me estaba levantado para seguir lastimándome. (Ver: Aceptar a los hijos LGBTI).

Después hizo tres declaraciones: que yo no merecía llamarme su hijo, que yo había perdido la venida a este mundo y que yo no era ni siquiera un error sino una aberración. Esas palabras me marcaron tanto que aún, después de casi 15 años (ahora tengo 29 años), las recuerdo a diario. Lo explico mejor: puedo estar cocinando, esperando un bus, caminando hacia el trabajo, montado en un taxi o comiendo y de repente me vienen esos recuerdos. Y me pasa varias veces al día.

Mi papá también limitó mi movilidad. Durante casi un año no podía salir ni a la tienda. Mis hermanos menores tenían que vigilar que yo ni siquiera me asomara por la ventana. Tampoco me estaba permitido hablar con la gente del colegio, contestar el teléfono, escuchar música o quedarme solo. Incluso tenía prohibido ver televisión y oír radio.

Con el tiempo entendí, gracias a un par de charlas que tuve con él, que el problema central no eran ni sus creencias religiosas ni su conservadurismo sino su educación: mi papá había sido programado para ser un macho mujeriego, uno de esos hombres que jamás aprendió a cocinar ni a lavar su ropa y que ve a las mujeres como “sirvientas”. Esa visión de mundo lleva implícita la idea de que las personas homosexuales son enfermas y unas depredadoras sexuales.

Mi mamá, cristiana, me llevó a que me practicaran un “exorcismo”. También me llevó a una “psicóloga” que frecuentaba la Iglesia Manantial de Vida Eterna quien, entre otras cosas, me dijo que si seguía “con la idea de ser gay”, lo más seguro era que en un futuro cercano alguien me agrediera y que no tendría el apoyo ni el respeto de nadie.

“Según la psicóloga a la que mi mamá me llevó, yo, por ser gay, estaba condenado a una vida de soledad, miseria y enfermedades”.

Pero volviendo a mi papá, él llegó al punto de intervenir las líneas telefónicas de mi casa (por si yo hacía alguna llamada “indebida”), las de un negocio que tenía mi mamá (a veces, incluso, tenía que irme con ella), la de una amiga del colegio en la que yo confiaba mucho y la de mi novio. Es más, contrató a un investigador privado para seguirlo.

Con la información que el investigador le proporcionó: dónde vivía, cómo se llamaba, de dónde venía, con quién vivía, mi papá amenazó con matarlo si yo no “cooperaba”. También amenazó con matarme y me aclaró que, en mi caso, no le pagaría a nadie para que lo hiciera sino que él, con sus propias manos, se encargaría de ello. Mucha gente pensará que un papá nunca haría eso, pero quienes lo conocen saben que es capaz de eso y mucho más. Tiene un pasado de actuaciones criminales, de violencia desmedida y de situaciones de salud mental que no trató por un tiempo, lo que empeoró la situación.

Tenía tanto miedo de que a mi novio le pasara algo que no me atreví a contarle a nadie lo que sucedía para evitar ponerlo en peligro. Sentía que era mi responsabilidad enfrentar solo la situación. Mi amiga del colegio a duras penas supo que ya no me dejaban salir y que no tenía contacto con mi novio. Todo mi dolor me lo tragué solo.

Cuando tenía 17 años me echaron de la casa porque decidí dejarme crecer el pelo. Mi papá me trató de degenerado y usó otros calificativos con los que tradicionalmente se insulta a los homosexuales. Ejercí el trabajo sexual por un par de años a través de vídeo chat, lo que me facilitó estar oculto y no exponerme a muchos peligros. Al fin y al cabo no sabía hacer nada más.

“Desde que estaba en el colegio sabía que no podía vivir en esa casa y que tendría que enfrentarme solo al mundo”.

Sabía que ese trabajo era solo un empujón y que, a como diera lugar, tenía que encontrar otros espacios laborales y de realización personal. Así que lo dejé tan pronto pude. Legalmente asumí una nueva identidad esperando que jamás tuviera que encontrarme de nuevo con esas personas. Lamentablemente tres años después mi familia me localizó y me enviaron amenazas/advertencias como que iban a mandar a alguien a que me devolviera “a la casa” o que no me acercara a mis hermanos, algo que no había intentado.

Todo esto me recordó al investigador privado que me siguió durante la etapa de colegio y me llevó a tener un miedo persistente a andar por la calle. Si veía venir un carro con baja velocidad, creía que mi papá lo había enviado y que alguien se bajaría para secuestrarme. Cuando iba a comprar algo a la tienda, pensaba que el tendero era su colaborador y le informaba de mis movimientos. Incluso pensaba que en el trabajo había alguien que lo conocía y que le rendía cuentas de todo lo que yo hacía.

“Vivía con un sentimiento de persecución del que no podía escapar fuera a donde fuera”.

Hasta el día de hoy creo que el resto de la familia no tiene idea de lo que pasó o por mucho sabrán que me echaron de la casa y que corté toda comunicación con mis padres y hermanos. En tres ocasiones intenté suicidarme. Pero después de contar con un juicioso acompañamiento psiquiátrico superé la situación. Sin embargo, hoy sigo con un miedo constante de salir a la calle. Siento que en cualquier momento un tipo como Pedro Costa, quien agredió a una pareja gay en el Centro Comercial Andino, será capaz de atacarme.

De hecho, a pesar de vivir a tres cuadras de mi trabajo, siento que cualquier cosa podrá pasarme en el camino. Mi papá siempre gritaba como lo hizo Costa a la pareja. Cuando vi el vídeo de lo que ocurrió en el Centro Andino me acordé que una vez él me gritó así en plena calle y que la gente miraba anonadada sin hacer nada.

“Siento pavor, presión en el pecho y una fragilidad indescriptible”.

Hoy ya no me escondo, ya no trabajo en un vídeo chat. Hoy estudio en una universidad y he conformado una familia llena de amor y de confianza: hace unos años conocí a un hombre maravilloso y hoy vivimos juntos apoyándonos mutuamente. Muchas veces he pensado que todo lo bueno que tengo ha sido un asunto de suerte, pero también he entendido que mi compromiso con hacer las cosas bien para mí y para los demás ha sido clave.

Sin embargo, cada vez que ocurren incidentes de discriminación como aquel del que fueron víctimas Esteban y Nicolás en el Centro Andino, o Hugo en el Centro Comercial Premium Plaza en Medellín, se me ponen los nervios de punta. Pero quiero agradecerles a ellos tres y a todas las personas que se han atrevido a denunciar las discriminaciones que han vivido porque han permitido que se dé un debate público sobre estas situaciones. Es por personas como ellas que a pesar de que sienta miedo de salir a la calle, sigo transitándola al saber que en todas partes hay héroes sin capa que me protegerán.

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* El nombre ha sido cambiado por solicitud del autor.

1 Comentario

  1. Lamento mucho que hayas vivido todo eso. Gracias por compartirlo, nos ayuda a generar conciencia de lo que implica ser diverso en Colombia. Mucha luz y muchos éxitos, que el amor te rodee y te acompañe

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