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Lo que tuve que vivir para poder entrar a Estados Unidos

Género, diversidad sexual y cambio social.

Los prejuicios de algunos funcionarios de inmigración de Estados Unidos convirtieron en una pesadilla la llegada de una lectora de Sentiido a ese país.

Por Cristina*.

Visa parejas gay de Colombia
Las autoridades norteamericanas se empeñan en creer que muchos extranjeros viajan a ese país detrás de un “sueño americano” que no todos estamos buscando.

En varias ocasiones había oído hablar de lo displicentes que podían ser los funcionarios de inmigración de Estados Unidos.

Los mismos que tienen como función autorizar o negar, a su discreción, la entrada de extranjeros a su país.

Hablo de ese personal de uniforme azul que actúa a manera de barrera de contención para impedir que los “millones de inmigrantes” de los que hablan sus gobiernos y medios de comunicación, se queden en Estados Unidos.

Esos millones de personas que, según las autoridades norteamericanas, viajan a su país detrás de un “sueño americano” que en caso de existir, no todos estamos buscando.

En otras oportunidades mi contacto con dicho personal se había limitado a lo mínimo, así que veía las historias de abusos como algo muy lejano.

Como suele suceder cuando uno cree que lo malo solamente les pasa a los demás y nunca a uno, a principios de diciembre me llegó el turno.

Hace unos meses, Paula*, mi pareja, fue invitada por una universidad norteamericana a formar parte de una investigación durante un año. Como yo soy consultora independiente, decidí que podría acompañarla los primeros cuatro meses de su estadía.

Aunque su proyecto empieza en enero de 2015, acordamos que viajaríamos a principios de diciembre para pasar navidad y año nuevo con algunos amigos.

Así que hablé con mis clientes y colaboradores para dejar todo al día durante mi ausencia. Además de ayudar a ubicar a Paula, mi plan era aprovechar para visitar a amigos y familiares que viven en este país.

Como no iba en plan de trabajo ni de estudio y más bien de paseo, opté por viajar con mi visa de turismo. Finalmente estaría por menos de seis meses, el tiempo máximo de permanencia autorizado por este concepto.

Ese sábado que llegamos, hicimos una larga fila en un aeropuerto de Nueva York para pasar por inmigración. Mi pareja avanzó primero y tras unas pocas preguntas su ingreso fue autorizado y su pasaporte fue sellado.

Cuando me correspondió a mí, el funcionario me miró fijamente a los ojos en el momento en que le respondí que tenía planeado quedarme cuatro meses. Recuerdo que tomó un lápiz y un papel para escribir el tiempo que estaría, intentando confirmar que había escuchado bien: “¿6 de diciembre a 1 de abril?” anotó. “Sí”, respondí.

Sospechosa de buscar el sueño americano

Fue entonces cuando el funcionario tomó mi pasaporte y me solicitó que lo acompañara a una oficina ubicada detrás de las ventanillas donde atendían. Algo así como el “cuarto de los sospechosos”.

Una colega suya que estaba sentada a su lado le preguntó “¿por qué?”, refiriéndose a la razón por la cual yo había clasificado para ser enviada allí y él respondió: “mucho tiempo”. Me acuerdo las miradas de quienes hacían la fila esperando su turno para pasar por inmigración. Parecían preguntarse qué irregularidad habría cometido yo.

“La agarraron, ¿será mula?”, parecían decir otros, mientras unos más pensaban en que ojalá a ellos no les tocara pasar por el “cuarto” porque corrían el riesgo de perder su vuelo de conexión.

Paula había seguido su camino pensando que en unos pocos minutos yo la alcanzaría. Tiempo después me contó que cuando notó que yo no aparecía, entendió que el único lugar en el que podía estar era en esa oficina donde esa fría mañana de diciembre cerca de 10 personas, acompañadas de sus equipajes de mano, esperaban ser llamadas por unos funcionarios de inmigración.

Las personas que estaban allí tenían cara de angustia. Aunque algunas solamente pasarían por un trámite de rutina o para confirmar un dato, otras como yo éramos sospechosas de intentar ingresar a los Estados Unidos con falsa información o con oscuras intenciones.

Quienes estábamos ahí no merecíamos entrar por “la puerta grande” a este país sino por una mucho más pequeña destinada, en buena medida, a quienes intentan burlar la ley para quedarse a como dé lugar en el “país de las oportunidades”.

Yo me senté en la primera fila de la sala rodeada de personas de diferentes edades y nacionalidades, esperando que alguien me llamara para aclarar mi situación.

Lo que más me llamó la atención de ese lugar era que los funcionarios estaban ubicados unos escalones más arriba. De esta manera, cuando llamaban a una persona y esta se acercaba a la ventanilla, inevitablemente “la autoridad” tendría que mirar hacia abajo y la persona interrogada hacia arriba. ¿Efecto de superioridad?

Mientras esperaba, vi que uno de estos hombres de uniforme azul y con aspecto de Poncherello, el de la serie Chips de los ochenta, se acercó a otro con mi pasaporte empacado en una bolsa ziploc. Supongo que eso es parte del protocolo, pero yo me sentí en una escena de CSI, cuando los detectives recogen evidencia que no pueden tocar para evitar contaminarla.

Tiene todo el perfil

Cuando el funcionario le entregó la bolsa sellada a su colega, escuché que le dijo: “dizque turismo, cuatro meses, ¡cómo no!”. De inmediato los dos me miraron y se rieron en un claro gesto de “no nos crea tan pendejos, sabemos a qué viene”.

Después de unos 10 minutos llegó mi turno. En ese tiempo, ellos ya habían hecho su “labor de inteligencia” en esos computadores donde tienen registrado el pasado, presente y futuro de todos los seres del universo nacidos y por nacer.

Una vez me acerqué a la ventanilla, un funcionario con actitud de “le sacaré la verdad” inclinó su cabeza para poder hablarme. Al ver mi nacionalidad, me dijo en un regular español que ellos necesitaban saber los verdaderos motivos por los que yo quería ingresar a los Estados Unidos.

Rápidamente me hizo entender de una manera muy “políticamente correcta” que una mujer colombiana, de 31 años, soltera (para ellos), sin hijos y sin un contrato laboral que respaldara que era empleada de una empresa, reunía los motivos suficientes para sospechar de su interés por ir a este país.

Me insistía en que delatara a los que me habían ofrecido un trabajo allá y en que revelara los verdaderos motivos de mi viaje. Ni siquiera lo dudaba: él sabía “una verdad” que yo quería ocultar.

Me hablaba como si yo formara parte de una red de trata de personas o como si llegara a ese país con intenciones de casarme con algún incauto norteamericano.

Como no lograba obtener la información que quería oír, me pidió que le entregara mi celular. Después de unos 10 minutos de continuar con su “labor de inteligencia”, nuevamente me llamó para seguir con el interrogatorio que ya no estaba a cargo de uno sino de dos funcionarios.

Trataban de intimidarme para que aceptara formar parte de la novela que ellos habían escrito con base en sus prejuicios. Descartaban de plano cualquier respuesta o explicación que les daba para insistir con su teoría de que les estaba mintiendo y me advertían que no me dejarían entrar.

“Si en realidad es por turismo, con una semana es suficiente y eso es lo que vamos a autorizarle. Si no colabora, podemos negarle la entrada al país”, me decían.

Poco les importaba que tuviera mi pasaporte y visa en regla, dinero en mi cuenta, mi tiquete aéreo de regreso, tarjetas de crédito, registros de entradas y salidas a ese país y los teléfonos y direcciones de las seis personas a las que visitaría.

Cuando una vez más insistí y subrayé en que mi pareja, mujer, había entrado al país hacía unos minutos y que yo estaría con ella los cuatro meses, finalmente decidieron autorizar mi ingreso.

Para evitarse problemas, nunca me preguntaron de frente si era lesbiana, así que lo hicieron por los lados: “¿usted es…?” Esperando que yo completara su idea como en un juego de ahorcados. “Sí”, respondí.

Después de dos horas de ser tratada como delincuente, sellaron mi pasaporte autorizando mi permanencia por los seis meses reglamentarios. Por fortuna, solamente estaré cuatro.

¿Qué alternativas tenía?

En este episodio hay varios puntos por resaltar. El primero: ¿por qué el gobierno norteamericano ignora la unión libre o de hecho en las aplicaciones de visa? ¿Por qué solamente reconocen el matrimonio?

¿Qué pasa con las parejas que viven en este estado civil o las que no quieren casarse, independiente de su orientación sexual?

Si es cierto que a las autoridades norteamericanas les interesa que la gente diga la verdad, como tantas veces me lo recordaron en inmigración, es un hecho que quienes viven en unión libre o de hecho tienen que mentir en los formularios de aplicación ya sea para decir que están casadas o solteras cuando su estado civil no corresponde ni con lo uno ni con lo otro.

El hecho de que el gobierno de los Estados Unidos no reconozca la unión libre para las visas impide aplicar como pareja.

Por otra parte, si yo pudiera casarme en Colombia hace mucho tiempo que lo habría hecho. Pero no me refiero a si un juez quiere o no hacerlo.

Hablo de ir a una notaría y, como cualquier pareja heterosexual, llevar la documentación requerida y fijar una fecha, sin que esto implique miradas sospechosas, codeadas entre los funcionarios o trámites adicionales por tratarse de personas del mismo sexo.

No poder casarme de la manera en que quiero en el país en el que vivo, también me impidió aplicar a una visa de esposa que quizás me habría ahorrado este episodio.

Aunque pensándolo bien, ¿será que las autoridades norteamericanas reconocen a las parejas del mismo sexo que desde 2013 están legalmente casadas en Colombia, a la hora de solicitar una visa como esposos/as? En todo caso, esa información no es clara y es difícil encontrar asesoría al respecto, más allá de las “preguntas frecuentes” de la página web de la embajada.

Mi papá suele decir que los LGBT se quejan todo el día y asumen una actitud de víctimas. Como en teoría yo nunca he sido discriminada por mi orientación sexual, mi papá cree que ese discurso de “igualdad de derechos” es un invento de unos pocos porque en la práctica ya existe.

Yo, por el contrario, creo que muchas personas se acomodaron a la idea de que las personas LGBT tengamos que acceder a los derechos por el camino más largo. Eso sí, ¡quién les manda no ser heterosexuales!

En todo caso quedó claro que los funcionarios de inmigración, o por lo menos con los que yo interactué, tienen muy bien aprendida su lista de prejuicios. Ser colombiana, mujer, 31 años, “soltera”, sin hijos e independiente laboralmente, eran motivos suficientes para ser rotulada como “sospechosa”.

Una vez salí de esa pesadilla que duró dos horas, fui a un restaurante del aeropuerto a tomar algo que calmara mi angustia. Cuando entré, me encontré de frente con el luchador Hulk Hogan posando para sus fanáticos mientras se comía una hamburguesa acompañada de una jarra de cerveza. No había duda. Estaba en Estados Unidos.

Enlaces relacionados:

La ponencia de Pretelt, un retroceso en el Matrimonio Igualitario.
2013: el año del matrimonio igualitario en Colombia.
Por qué el matrimonio entre personas del mismo sexo. 

*Los nombres han sido cambiados por la autora.

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