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Madre no hay sino dos y Matías lo sabe

Género, diversidad sexual y cambio social.

Manuela y Luisa se casaron en 2017 y al año siguiente tuvieron a Matías. Creyentes en un Dios de amor, lograron quedar registradas como las mamás de su hijo en una partida de bautizo de la Iglesia católica.

Fotos y vídeo andresgofoto de goteam.media

Madre no hay sino dos
Luisa Gómez (a la izquierda) estudió turismo y actuación. Manuela Gómez está terminando Derecho y trabaja como asesora jurídica. Llevan seis años juntas y tienen un hijo de dos años, Matías. Viven en Medellín (Colombia).

La historia es esta: en abril de 2015 se presentaba en Bogotá una cantante mexicana. El papá de Manuela le había regalado una boleta VIP, lo que le implicaba viajar de Medellín a Bogotá. Hacerlo sola no le sonaba tanto, así que buscó en redes sociales gente que también fuera a ir al concierto. Encontró un grupo. Luisa era una de sus administradoras.

Manuela, en ese entonces de 19 años, le escribió a Luisa para hacerle un par de preguntas logísticas, pero justo por esos días sería el estreno en Medellín de una película en la que participaba la artista mexicana que se presentaría en Bogotá. Para conocerse antes de viajar, Luisa, de 23 años, le regaló boletas a toda la gente del grupo.

En la premiere, una vez Manuela vio a Luisa, se acercó a saludarla…

¿Tú quién eres? –  Preguntó Luisa. 
¡Manuela! Hemos chateado un par de veces – le respondió.
Ay qué pena, es que te ves muy distinta personalmente – dijo Luisa.

Manuela no entendió si le estaba diciendo que se veía mejor o peor. “Lo que pasa es que Manuela es más bonita personalmente a como registra”, dice Luisa. Lo cierto fue que cuando Manuela vio a Luisa le encantó. “No puedo describir lo que sentí”.

Luisa pensó “bonita”, nada más. Finalmente, eran dos mujeres “presuntamente heterosexuales”, aunque Luisa recuerda haber sentido antes atracción por personas de su mismo sexo. Pero como toda la vida había oído que a las mujeres solamente podían gustarles los hombres, descartó esa posibilidad. (Ver: “A mi yo de 12 años le diría: eres perfecta como eres”).

Manuela tenía en su hoja de vida un par de novios y estaba con uno en ese momento. Pero también había sentido algo por mujeres. “Alguna vez yo tenía un novio, no era la relación más sana, y un día que terminé con él, una amiga me dijo que nos fuéramos de rumba. Esa noche ella se quedó en mi casa y cuando nos íbamos a dormir, mi ex me llamó y me insultó y yo empecé a llorar. Ella me abrazó. Cuando lo hizo, sentí algo tan miedoso que al día siguiente la saqué de todas mi redes y llamé a mi ex para decirle que volviéramos”. (Ver: Aceptarse).

Madre no hay sino dos
También hubo gente que se alejó. Manuela se acuerda de un amigo que le dijo que los gais le dan asco. Y agregó “además, soy católico”. La respuesta de Manuela fue: “yo también soy católica y no excluyo a nadie”.

Después de la premiere de la artista mexicana, Manuela y Luisa siguieron viéndose con algunas de las personas que conocieron esa noche. “Cuando empecé a compartir más con Manuela, sentí algo especial. Y vi que era mutuo”, dice Luisa. En realidad no era tan difícil darse cuenta. “Yo me estaba muriendo por Luisa. Si ella me escribía, al segundo le respondía y todo el tiempo estaba pendiente de ella”, recuerda Manuela.

Un fin de semana se fueron a acampar con ese grupo de amigos. Cuatro personas compartieron una carpa, entre ellas Luisa, Manuela y su novio. “Esa noche, cuando ya estábamos acostados, Luisa me dio la mano y a mi ninguna amiga me da la mano. Me dio taquicardia, dormí muy mal y al día siguiente le terminé a él”. (Ver: ¿Cómo salir del clóset?).

“Luisa incluso me decía que no terminara con mi novio pero yo no quería estar con él”, Manuela Gómez.

Las dos sentían miedo porque, como suele pasar, habían asimilado muy bien el mandato social de que las mujeres solamente se enamoran de hombres. A Luisa incluso se le quitó el hambre, simplemente no podía comer. Así que hablaron, pero se dijeron las verdades a medias. “Luisa me expresó que me quería abrazar y que se preocupaba mucho por mí, pero que jamás sería capaz de besar a una mujer. Entonces yo qué podía decir: ¡pues yo tampoco!”. (Ver: Yo era rara por principio).

Pero rápidamente llegó el día en que se dijeron cuánto se amaban. Acordaron que, por ahora, nadie lo sabría. El asunto era que ya estaban muy enamoradas y… ¿Por qué esconder lo que sentían?Cuando en las reuniones familiares mis tías y primas hablaban de novios, yo no entendía qué les parecía tan chévere, pero cuando conocí a Luisa, lo entendí todo. Yo nunca había sentido algo tan profundo, pero a la vez tanto miedo. Estaba el ‘quiero estar con ella’ pero qué susto”, señala Manuela.

Ella recuerda que mucho antes de todo esto, en alguna salida familiar les preguntó a sus papás: “¿ustedes qué harían si alguno de nosotros fuera homosexual?”. Se refería a ella y a su hermana y hermano menores. “Yo lo preguntaba ni siquiera pensando en mí sino por saber qué pensaban ellos y la respuesta de mis papás fue ‘a los hijos uno los ama como son’”.

Aun así, sintió miedo de decirles lo que sentía por Luisa. Además, había un tema que la estaba mortificando: su sueño más grande era ser mamá y pensaba que si estaba con una mujer no iba a cumplirlo. “Yo pensaba que Luisa me había desordenado todos mis planes. Pero con el tiempo entendí que, por el contrario, puso todo en su lugar y que yo podía cumplir ese sueño con ella”. (Ver: ¿Dónde están las lesbianas?).

Así que decidió hablar con su hermana. La respuesta de ella fue: “¿entonces ya no voy a tener más cuñados?”. Después, con su mamá. “Me senté a su lado y no paraba de llorar”. Se lo dijo.

– “Mi amor, yo ya sabía” (lo había escuchado cuando Manuela se lo dijo a su hermana) – le respondió mientras la abrazaba.
– “Ay, si ya sabías, ¿por qué me dejaste llorar tanto?” – le preguntó Manuela.
– “Porque es algo que tú debías compartir cuando lo creyeras conveniente” – le dijo su mamá.

Como le fue tan bien con su hermana y con su mamá, decidió hablar con su hermano. Su respuesta fue: “yo a vos te he amado siempre, pero ahora más por valiente” y le puso una pulsera que le habían regalado en un evento con los colores del arcoíris que decía: el amor no es solamente rojo.

Manuela nació y creció en Medellín en una familia católica conformada por mamá, papá y dos hermanos. Ella es la mayor. Luisa creció en Rionegro, cerca de Medellín, junto a su mamá y su abuela, también católicas.  

Después tías y primos lo supieron, mientras Manuela aplazaba el momento de hablar con su papá. Hasta que un día su mamá le dijo: “¡no más!, ¿cómo así que todo el mundo sabe menos él?”. Le contó. Y él, como suele pasar con muchos papás, pensó que era una moda o una etapa y le hizo una lista de reglas para intentar cambiar lo que creía era un capricho de su hija: Luisa no puede ir a la casa, no puede subirse al carro y están prohibidas las manifestaciones afectivas.

Frente a estas normas, Manuela se fue de la casa a vivir con Luisa. “Yo no estaba viviendo con las mismas comodidades de mi casa, pero me estaba despertando todos los días al lado del amor de mi vida”.

A los cuatro meses su papá se dio cuenta de que ella había seguido en la universidad y que estaba dichosa. Le dijo: “todo el mundo está disfrutando de tu felicidad y yo, tú papá, me la estoy perdiendo. Perdóname, yo pensé que estabas confundida y quise ‘apretarte las tuercas’”. (Ver: Sí, todo mejora).

Él, católico, le expresó a Manuela que tenía muy claro que el Dios en el que cree ama a todas las personas por igual. Fue cuando se preguntó: “¿yo por qué, entonces, me estoy sintiendo mal? Si mi hija es feliz y está con alguien que la quiere”. (Ver: ¿Qué dice la Biblia realmente sobre la homosexualidad?).

“Mi papá pensó que porque me gustaba una mujer me iba a volver otra persona, hasta que se dio cuenta de que seguía siendo la misma de siempre”, Manuela Gómez.

Todo cambió. Cuando salían en familia, el papá de Manuela empezó a decirles a meseros, vendedores, a quien pone la gasolina o a la persona que fuera: “Vea, ella es mi hija, y ella es Luisa la novia de mi hija”. “Casi que le tuve que decir ‘papi, yo sé que tú me quieres como soy y que no te da pena presentarnos, pero tranquilo, no es necesario que le cuentes a todo el mundo’”. (Ver: Aceptar a los hijos LGBTI).

Su respuesta fue: “siempre siéntete orgullosa de ser la persona que eres“. “Él me decía que le dolía que ni a él, ni a mi mamá ni a mis hermanos les había tocado reunir a la familia para decirles: soy heterosexual. Notar esas diferencias lo afectaron”. (Ver: La obligación de ser heterosexual).

“Yo no soy de las que va a misa cada ocho días, pero todos los días rezo y le doy gracias a Dios de lo que tengo.  Mi amor por Él se fortalece a diario”, Luisa Gómez.

En el caso de Luisa, cuando su mamá lo supo no pasó nada, mientras que una de sus tías se dio la bendición diciendo “¡ay Dios mío!”. Con su abuela, católica, el proceso fue más largo. Le decía que ella oraba a diario para que Luisa volviera con su ex, hasta que un día ella le dijo: “abuela, si me quieres, tiene que ser como yo soy. Lo que siento por Manuela no va a cambiar”.  (Ver: La Biblia no discrimina pero sí las interpretaciones fuera de contexto).

Después de esto, su abuela dejó de expresarle las intenciones de sus oraciones y fue aceptando la situación al punto de que hoy les da la bendición a las dos y les dice que las quiere mucho.

“Para mí, familia es amor, unión, respeto, apoyo, complicidad, un lugar seguro. Es Luisa y Matías”, Manuela Gómez.

Llegó, entonces, el momento de cumplir el sueño de ser mamás. Acordaron que lo harían mediante inseminación. A pesar de algunas condiciones físicas que harían más complicado el embarazo en Manuela, el médico les dijo que si ella quería estar embarazada, lo mejor era hacerlo ahora. También les advirtió que muchas veces se requieren tres o cuatro intentos para quedar embarazada.

El día del procedimiento fue muy bonito porque el médico le dijo a Luisa ‘embaraza tú a Manuela’, le explicó el proceso y así fue”. Les fue muy bien. Lo único raro fue que normalmente en los procesos de inseminación en los que participa una pareja heterosexual, las dos personas firman un documento en el que asumen su responsabilidad con el menor -o los menores- que nazca. Pero a Luisa no le pidieron que firmara nada. Una manera en la que opera la discriminación.

Al día siguiente, Manuela le dijo a Luisa: “estamos embarazadas”. La respuesta de ella fue “no seas tan empeliculada”. El fin de semana siguiente se fueron de paseo y Manuela todo el tiempo decía “cuidado con el bebé”, mientras Luisa le repetía que no fuera exagerada. Para salir de dudas se hicieron una prueba. Salió positiva.

“Lo único que esperamos es que Matías sea una persona respetuosa, responsable y un buen ser humano. De resto, que él sea lo que quiera sin pensar en la opinión de sus mamás”.

Decidieron, entonces, adelantar el matrimonio del que ya habían hablado. Pero antes debían lograr que un notario las casara porque muchos, pasando por alto la sentencia de la Corte Constitucional que reconoce este derecho, les decían que solamente podían hacerles la unión marital. La respuesta de ellas era “queremos casarnos”. (Ver: Viviana y Tatiana: “sí, acepto”).

Finalmente les recomendaron a un notario y se casaron el 18 de agosto de 2017. En la notaría les arreglaron el formato de registro de matrimonio para que quedara “nombre de contrayente 1” y “nombre de contrayente 2”. No tenían formatos diseñados para parejas del mismo sexo. (Ver: Matrimonio igualitario en Colombia, paso a paso).  

En la celebración, las dos se pararon mientras de fondo sonaba la canción “Yo te esperaba” que la cantante mexicana Alejandra Guzmán le escribió a su hija antes de que naciera. Contaron que iban a ser mamás de Matías. Hubo abrazos, llanto y felicitaciones. (Ver: Venimos a dejar el mundo mejor de como lo encontramos).

Manuela tiene un hermano y una hermana. Ella es la mayor. Su mamá es psicóloga y su papá ingeniero civil.

Lo que vino después fue un embarazo de alto riesgo. Para empezar, a Manuela le diagnosticaron diabetes gestacional y la remitieron a una nutricionista. Cuando la doctora supo que estaba embarazada por inseminación porque tenía una pareja del mismo sexo, la atención cambió.

Era grosera. Un día que fui a consulta con mi mamá, se me bajó el azúcar, ella le dijo a mi mamá que me comprara urgente algo dulce y cuando vio que se quedó sola conmigo en el consultorio, me dijo que esperara afuera”.

Manuela, además, tenía un soplo en el corazón y altas probabilidades de sufrir preeclampsia. De hecho, un día se desmayó y se golpeó duro, así que decidieron ir a urgencias. La doctora que la atendió, mientras Luisa esperaba afuera, no entendía muy bien por qué Manuela había optado por la inseminación, le hacía preguntas raras y volvía una y otra vez sobre lo mismo.

Manuela decidió mentir. Sintió que no tenía otra alternativa si quería ser atendida. Le dijo que ella no podía quedar embazada de su esposo y que por eso los dos acordaron la inseminación. “Ah ya entiendo. Es que yo soy cristiana”, respondió la doctora. Y la atendió. “Yo todo el tiempo estaba nerviosa de que Luisa entrara diciendo que ella era mi esposa y la otra mamá de Matías”. (Ver: Alberto Linero: Dios no tiene nada que ver con el coronavirus).

Ese día se sintieron vulnerables, maltratadas. “Es muy duro tener que pasar por situaciones así”. Desde entonces decidieron que no volverían a permitir una discriminación como esta.

Para Manuela y Luisa, Matías es la máxima expresión de amor de Dios en sus vidas.

El día del parto el azúcar le subía y le bajaba a Manuela, mientras que a Matías se le empezó a apagar el corazón. Le iban a hacer reanimación intrauterina cuando Manuela tomó a Luisa de la mano y empezaron a hablarle: “Mati, acá estamos, te queremos, te estamos esperando con todo el amor”. Aunque Matías nació en cuidados intensivos, su corazón se estabilizó. “Cuando vi a Luisa sosteniéndolo en sus brazos, ni el dolor ni nada más importó”.

La doctora le habló a Matías: “mira a tus dos mamás”. Entonces, una de las enfermeras respondió “tan chistosa la doctora, dizque dos mamás”. “En ese momento, sentí que al segundo de su nacimiento Matías fue reconocido como el hijo de una pareja del mismo sexo, y ahí mismo, alguien cuestionó esto”. “Mucho respeto. ¿Cómo más digo? Si Matías tiene dos mamás”, señaló la doctora.  

El nombre Matías quiere decir “regalo de Dios”. Para Manuela y Luisa, Matías es un milagro de amor.

Registrarlo tampoco fue fácil, como sí sucede en el caso de un bebé de una pareja heterosexual. Curiosamente uno de los requisitos que les exigieron era estar casadas. En todo caso, Matías fue uno de los primeros niños, hijo de una pareja del mismo sexo, que se registró sin necesidad de un trámite de adopción. (Ver: La Corte Constitucional aprobó la adopción igualitaria, ¿por qué esta vez sí?).

En la notaría tampoco tenían formatos para registrar dos mamás, así que arreglaron el formulario con corrector y máquina de escribir. Donde decía “Nombre de la madre”, agregaron un 1 y donde decía “Nombre del padre”, tacharon y escribieron “Nombre de la madre 2”.

Madre no hay sino dos
Para Manuela y Luisa fue fácil decidir cuál apellido iba primero: las dos son Gómez. Luisa tiene 29 años y Manuela, 25. Matías, 2 años.

Decidieron que el paso a seguir sería bautizar a Matías porque las dos creen en un Dios de amor. “Yo cuando niña iba a misa con mi familia y alguna vez estaba repitiendo la frase ‘por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa’, mientras golpeaba mi pecho”…

– “No hagas eso” – le dijo su papá.
– ¿Por qué? Si todo el mundo lo hace – le preguntó Manuela.
Porque ¿qué es culpa tuya? – le respondió él.

Desde entonces no repite nada mecánicamente. Mucho menos oraciones.

“Nosotras creemos en un Dios de amor. Nos sentimos amadas, libres y respetadas y esto es lo que queremos enseñarle a Mati”, Luisa Gómez.

En varias iglesias les dijeron que podían bautizar a Matías pero que solamente quedaría registrada la madre gestante. ¿Y por qué? Si Matías tiene dos mamás. Finalmente llegaron a una iglesia donde el sacerdote les dijo: “Dios nos ama a todos, ustedes son bienvenidas a la Iglesia y Matías es un afortunado en tener dos mamás, así lo quiso Dios”.

En la partida de bautizo quedaros registradas Luisa y Manuela como las mamás de Matías. En otras palabras: una pareja de mujeres quedó registrada en una partida de bautizo de la Iglesia católica. De hecho, no podía ser de otra manera porque la partida de bautizo debe quedar igual al registro civil de nacimiento. El problema es que muchas veces en este último documento no aparecen los dos papás o las dos mamás de ese menor.

El secreto está en el registro civil de nacimiento. Lo que ahí está debe quedar tal cual en el resto de documentos, le guste o no a la gente.

Para nosotras este hecho fue importante no porque creyéramos que ahora sí Dios iba a amar a Matías. Lo que nosotras creemos y sentimos no requiere la aprobación de nadie, sino que había una desigualdad. ¿Cómo así que las parejas heterosexuales pueden quedar registradas y una pareja del mismo sexo no?”, pregunta Manuela.

Ahora, el hecho de bautizar a Matías en la Iglesia católica no implica que Luisa y Manuela esperen que, necesariamente, esta vaya a ser su religión. “Él podrá creer en lo que considere. No esperamos que él tenga que ajustarse a nuestras expectativas”, afirma Manuela.

“El gran mandamiento de Dios es amarnos los unos a los otros, no discriminar los unos a los otros”, Luisa Gómez.

En algún momento Manuela y Luisa se preguntaron cómo le iban a explicar a Matías que tiene dos mamás, hasta que un día la mamá de Manuela le dijo: “¿yo cuándo te expliqué a ti que tú tenías un papá y una mamá? Tú lo supiste y nos empezaste a llamar ‘mamá’ y ‘papá’. Matías rápidamente sabrá que tiene dos mamás”. Así fue.

A donde vayan, Manuela, Luisa y Matías se presentan como lo que son: una familia. Así fueron a buscar el jardín infantil para él. En varios, el rechazo fue inmediato. Se quedaron con el jardín donde las recibieron como una familia más.

Desde el principio les dijeron: “Acá tenemos niños criados por la mamá y la abuela o por una mamá soltera. Cuando nos pregunten por qué Matías tiene dos mamás responderemos porque hay niños y niñas que tienen dos mamás”. (Ver: “Quiero ser la misma persona adentro y afuera de la oficina”).

A quienes dicen que no tienen nada en contra de que las parejas del mismo sexo tengan hijos, “pero pobres niños y niñas porque en el colegio les van a hacer bullying”, Luisa y Manuela les responden que el problema no son las víctimas del matoneo sino quienes lo hacen. Esto es lo que hay que solucionar. Ellas, mientras tanto, educan a Matías en el respeto, en el amor y en la inclusión que tanta falta hacen.

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