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Me siento fea

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

Para muchas personas la pesadilla en la que se ha convertido mi vida por sentirme fea, se resuelve con un “¡no sea boba!” o un “¡quiérase como es!”. En mis manos está seguir adelante.

Por Pepper

Me siento fea
“Vivo en una lucha diaria para no permitir que las opiniones de los demás me digan cómo vivir o cómo debe ser mi apariencia. Es una lucha que todos los días puedo ganar”. Ilustración: cortesía Sebas Santafe.

Hace unos días en mi trabajo hicieron unos vídeos para conmemorar una fecha importante en temas de salud. Mis compañeros se la pasaron cámara en mano recorriendo la empresa, haciéndoles preguntas a quienes se les cruzaran por el frente. En el lugar donde trabajo eso pasa con frecuencia y cada vez que lo hacen trato de escaparme para no ser entrevistada.

Pero la última vez, por inercia creo yo, participé. Me ubiqué lejos de la cámara para que la toma no saliera bien y concluyeran que no servía. Incluso, para asegurarme de que no saldría, al final les advertí: “No me vayan a poner, no quiero salir”. No les importó. Me incluyeron. Y cuando me vi se despertó en mi una idea que siempre he tenido: me siento fea. (Ver: Cuando el mundo se divide entre bonitos y feos).

Desde que vi mi cara en las tomas se vinieron a mi cabeza múltiples ideas: “¿Cómo sales a la calle con ese pelo vuelto mierda?”, “De verdad tienes la cara como una papa”, “¿Por qué tu novio está contigo?, por bonita no es” o “¿por qué los demás salen bien y tú no?”.

Ante mis reclamos de que había salido muy fea, mi jefa remató con un “saliste tal como eres”.

Antes de sentarme a escribir este texto me miré en el espejo durante horas. No soy bonita, al menos no lo siento así, concluí. Para la mayoría de personas tener complejos con la apariencia no es un tema serio, es más, hasta les divierte y lo resuelven con un “¡no sea boba, quiérase como es!”. En otros casos, creen que un “te ves bien” es suficiente para solucionar un desastre interno.

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Debo confesar que siento miedo cuando leo que ciertos trastornos mentales o de comportamiento tienen mayor probabilidad de terminar en suicidio. Me pregunto si yo podría ser parte de estas estadísticas en una de mis crisis por mi apariencia. Soy sincera: uno espera que estas inseguridades se pasen con el tiempo pero el entorno no ayuda.

El mensaje que recibimos de la familia, de compañeros de trabajo, de medios de comunicación y de la sociedad en general es que solo es bien recibida una sola forma de ser mujer que normalmente incluye un cuerpo delgado y a la vez voluptuoso, un pelo largo y liso (y ojalá claro), unos dientes blancos y alineados… En fin, lo más lejano a nuestra contextura. (Ver: 90-60-90 suman 240).

A las mujeres se nos ha impuesto que tenemos que maquillarnos, alisarnos, usar tacones, pintarnos las uñas, ir al gimnasio, usar aretes y brasieres incómodos si queremos encajar en el modelo de feminidad socialmente aceptado. (Ver: Hay muchas formas de ser mujer).

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La primera vez que le dije a mi mamá que me sentía deprimida, me preguntó molesta: “¿te sientes mal porque no tienes plata?”. No la juzgo, ella también sufría de depresión y nunca se la trató.

Tampoco la juzgo por decirme que la forma de mi cabeza es rara, pero sí aprovecho para pedirles a las mamás y a los papás que leen esto que no les hagan estos comentarios a sus hijos. Procuren, más bien, resaltarles sus habilidades y fortalezas.

El tema con mi apariencia ha sido tan complejo que una vez fui a la Empresa Promotora de Salud (EPS) a la que estoy afiliada por una crisis de ansiedad. Había peleado con mi novio. Mi corazón latía rápido y se me durmieron las manos. Una mezcla de dolor y llanto se instaló en mi pecho y tenía miedo de que el doctor o mi novio pensaran que estaba loca.

Ese día mi sensación de fealdad se disparó al máximo, así que una vez más fui el espejo, pero esta vez las palabras que me llegaron fueron: “¡No más! No vas a permitir que las opiniones de los demás te digan cómo vivir o cómo debe ser tu apariencia”. Acá estoy en una lucha de aceptarme y quererme como soy. Es una lucha que aún no termina pero que todos los días puedo ganar.

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