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#MeGustanTrans

#MeGustanTrans: ¡Me casé con una mujer trans!

Después de buenos y malos momentos en nuestra relación, organicé una comida en un restaurante, le entregué unas flores y ante unas 40 personas le pedí que fuera mi esposa. Me casé con una mujer trans.

Por Iván Sheridan Galicia.

Me llamo Iván, tengo 33 años y soy pansexual. Esta orientación sexual significa que la persona siente atracción por otras personas independiente de su identidad de género. Es decir, podemos establecer relaciones eróticas y afectivas con hombres y mujeres cisgénero y trans y personas no binarias. Esto no significa que nos atraiga todo el mundo, solamente que en nuestro “filtro de selección” no está la identidad de género. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

Vivo en Ciudad de México. Conocí a María cuando yo rondaba los 26 años. Por aquellos tiempos me dedicaba al activismo y participaba en espacios de jóvenes. Un día acudí a un taller que sería impartido por una mujer trans. La idea me emocionó, pensé: “¿una mujer trans en política?”, ¡hay que verlo! (Ver: Cómo y para qué apostarle al activismo).

La vi entrar al salón de conferencias con sastre, medias veladas y tacones altos. Quedé impresionado. Era la mujer trans más “empresarial” que había visto en mi vida. Después de escuchar su exposición quedé maravillado.

Apenas terminó la sesión la busqué en redes sociales y le mandé un mensaje diciéndole que había quedado perplejo con su inteligencia y seguridad y que sencillamente la admiraba. No me contestó. (Ver: Cristina Rodríguez: mujer orgullosamente trans).

Tenía la estúpida idea en la cabeza de que todas las mujeres trans se dedican al trabajo sexual o a la peluquería. De ahí que lo primero que me llamó la atención de María era que estaba en otro rollo.

Me llevé una enorme y grata sorpresa cuando un par de meses después el coordinador de la organización a la que yo pertenecía me dijo que colaboraríamos con la organización en la que ella era presidenta y representante legal. La volví a ver en su papel de jefa. Ella me reconoció, pero fue un tanto indiferente.

“Después de escuchar su exposición quedé maravillado”.

“Cada vez hablábamos más, nos mirábamos más y yo sentía más atracción por ella, aunque no me atrevía a decírselo”.

Todas las personas bajo su mando en la oficina le tenían miedo y apenas se daba la vuelta hablaban horrible de ella. Yo escuchaba sus comentarios y burlas y pensaba: “¿por qué lo harán si es brillante?”. Estaba rodeada de personas injustas que no podían aceptar que una mujer trans estuviera al frente de ellas.

Pasaban los días y la veía llegar triste. Cuando tenía oportunidad le preguntaba: “¿cómo estás?”, “¿todo está bien?”. Jamás olvidaré la primera vez que se lo pregunté, me miró desconcertada, como extrañada de que alguien le preguntara eso. Me respondía “bien”, sonreía y seguía ocupada. (Ver: “La ternura radical es abrazarte como persona trans”).

Poco a poco se fue abriendo y me contaba lo difícil que era el mundo para ella, que la gente la trataba mal, la juzgaba y la discriminaba. Yo la escuchaba y le daba consejos.

En algún momento nos convertimos en confidentes de nuestras penas y visiones de mundo, de lo que la sociedad suponía de nosotros y de nuestras identidades y realidades. Cada vez hablábamos más, nos mirábamos más y yo sentía más atracción por ella, aunque no me atrevía a decírselo. Pensaba que ella nunca se fijaría en mí. Éramos amigos.

Un día en una reunión de la organización, con unas copas encima, le dije que me gustaba, que me atraía mucho. La besé en una terraza frente a todas las personas sin importar lo que pensaran, de verdad quería hacerlo. Pero después de esa noche todo cambió. Dejó de escribirme y pocos días después dejó de ir a la oficina. (Ver: #MeGustanTrans: En mitad de la noche me dijo “soy trans”).

Respeté su indiferencia hasta que supe que no se sentía bien. Me pidió disculpas por aquella noche y me explicó que algo le había avergonzado. Le dije que yo no sabía qué había hecho mal. Ella me respondió que el problema no era mío, sino que ella tenía conflictos emocionales. Me dijo, también, que vivía con VIH. Yo le respondí que para mí eso no era problema porque yo también vivo con VIH. (Ver: Camilo Colmenares: la música me salvó la vida).

Esa vez mi corazón se rompió un poquito, así que me alejé, dando por hecho que yo no le gustaba. Seguimos trabajando como si nada hubiera pasado. Con el tiempo comenzó a tratarme mejor, pero yo dejé de intentar algo.

Unos meses después me invitó a pasar el año nuevo con unos amigos de ella. En la reunión ellos comenzaron a cuestionar mi sexualidad, ella se molestó y me pidió que nos fuéramos de ahí.

Nos fuimos de la mano a pasar el año nuevo a un bar de la zona. Bailamos, bebimos, nos besamos, hablamos y nos reímos como nunca. Después de una noche increíble me dijo que ella se había molestado con sus amigos porque yo le gustaba mucho y ellos lo sabían.

Ese día me pidió que fuéramos novios. Yo no lo podía creer. Yo sentía mucha atracción, pero no había pensado en un noviazgo. Le dije que nunca había estado con una mujer trans, pero ella no se cansó de decirme que yo le gustaba. (Ver: #MeGustanTrans 2: Cómo tienen sexo y otras preguntas extrañas).

“Nos fuimos de la mano a pasar el año nuevo a un bar de la zona. Bailamos, bebimos, nos besamos, hablamos y nos reímos como nunca”.

“Hubo gente que me preguntó: ¿por qué estas con ella?, ¿te paga?”.

Nos ennoviamos ese día. Pocos días después se las presenté a mis padres, hermanos, abuelos y tíos. A mis sobrinos les dije: “les presento a su tía” y empecé a llevarla a todas las reuniones familiares. También la presenté en mi universidad y a todos mis amigos. (Ver: #MeGustanTrans y no me avergüenzo).

Desde el inicio fue evidente que a muchas personas les extrañaba vernos de la mano por las calles, a la luz del día, ignorando sus comentarios. Yo simplemente estaba orgulloso de ser su novio. Le dediqué y canté infinidad de canciones, le escribí cartas, le tomé fotos, le cociné. No me importaba para nada lo que decían de ella o de mí.

Claro, también me enfrenté a miedos e inseguridades. Yo le pedía que se relajara, que viviera cómoda. Ella me decía que yo no entendía lo difícil que era ser trans.

Lo cierto fue que con buenas y malas rachas pasamos cuatro años juntos. Las cosas fueron cambiando poco a poco. Ella nunca dejó de mostrar interés por otros hombres, aunque lo negaba. Me pedía fidelidad y exclusividad, pero ella no cumplía esas reglas. La gente comenzó a creer que teníamos una relación abierta. Me volví celoso. Inseguro. (Ver: Relaciones abiertas).

Me cansé de dar todo y sentir que ella estaba jugando. Nos separamos unos meses. Supe muy pronto que ella tenía otra relación, lo que me rompió el corazón. Caí en el alcohol y otras sustancias. (Ver: Personas LGBTIQ y consumo de alcohol, una conversación pendiente).

Intenté tener otras relaciones, pero nada funcionó. Un buen día, bebido y llorando por ella, me caí de la moto. Tras unos días internado con medio cuerpo roto y una depresión profunda, los médicos pronosticaron que no volvería a tener la misma movilidad. Una semana después ella llegó al hospital. Enseguida se iluminó mi rostro, estaba feliz de verla, pero ella parecía molesta. No volví a verla hasta que me dieron de alta.

Fue a visitarme a mi casa unas semanas después y hablamos más tranquilos. Dijo que quería apoyarme. Comenzó a llevarme a mis terapias, a mis consultas. Sentí un agradecimiento enorme por lo que ella estaba haciendo. Me sentí querido otra vez y puse todas mis fuerzas para recuperarme.

Apenas pude pararme un poco de la silla de ruedas, comencé a desempeñarme como su conductor y secretario personal. Aún con bastón, no la dejaba sola. Ella era muy feliz por lo que le estaba pasando en la política (fue la primera diputada trans en el Congreso mexicano), yo era feliz por eso, así que la apoyé incondicionalmente en su nuevo sueño cumplido. El solo deseo de ayudarla a cumplir sus sueños, ayudó increíblemente a mi recuperación.

Cuando me sentí mejor, volvimos a mudarnos juntos. Después de peleas y fuertes palabras, de sentarnos a hablar una y otra vez y de luchar por nuestra relación, logramos nuevos acuerdos y volvimos a intentarlo.

Decidimos que era el momento de dar el siguiente paso. Así que organicé una comida en un restaurante con su familia, la mía y sus amigas cercanas. Compré un arreglo floral con un globo enorme. Ella pensaba que era una comida más. Le entregué las flores y le pedí que se pusiera de pie para darle un abrazo. (Ver: #MeGustanTrans: La historia de amor de Jaison).

En ese momento pedí silencio y ante unas 40 personas le dije que quería que fuera mi esposa. Saqué el anillo de entre el arreglo floral y lo puse en su dedo. Fue bonito ver que todos se pusieron de pie y aplaudieron. El 14 de febrero de 2022 me casé con una mujer trans.

“Nos casamos el 14 de febrero de 2022, fue una boda hermosa. Nunca la olvidaré. Yo era el hombre más feliz del mundo”.

Me casé con una trans
“El día de mi matrimonio con María, el día que orgulloso me casé con una mujer trans”.

“Hace un mes que no la veo, ni hablo con ella”.

Pero la felicidad no duró mucho tiempo. Todo fue convirtiéndose en un infierno. Nuestra relación pasó a vivir infinidad de problemas. Se perdió la confianza. Después de siete meses de matrimonio decidí separarme de ella. Una semana después me mandó decir que tenía una relación con su estilista. Hace un mes que no la veo, ni hablo con ella.

Aunque siento que ella no valoró todo el amor, el respeto, la comprensión y el lugar que siempre le tuve, no me arrepiento de haber tenido esta experiencia. Siempre le dije que con sus encuentros ocasionales no encontraría lo mismo que yo le ofrecía. Yo sé que por prejuicios muchos hombres difícilmente vivirán algo con ella a la luz del día, fuera de cuatro paredes o más allá de lo sexual.

No pierdo la esperanza de encontrar en mi vida a una persona que sueñe con ser amada, con cuidarnos mutuamente y con ser mi esposa. Aprendí mucho y lo repito: no me arrepiento de nada. Me gustan trans, no me queda duda.

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