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Mónica Roa

Mónica Roa: el feminismo ayuda a tener relaciones familiares más sanas

La abogada Mónica Roa es reconocida por liderar procesos exitosos en la despenalización del aborto en Colombia. Pero hay algo que también le parece clave: ampliar la manera de entender las familias, de ahí su libro Elefantes en la sala.

Desde 2006 el nombre “Mónica Roa” se ha repetido muchas veces en Latinoamérica. Ese año salió la sentencia de la Corte Constitucional que logró la despenalización parcial del aborto en Colombia, proceso que Roa lideró. Desde entonces, su voz es reconocida y respetada cuando el tema a tratar es la interrupción voluntaria del embarazo. (Ver: Las luchas del aborto en Colombia).

Sin embargo, hay otro tema que también le interesa: las familias. En Puentes, organización que dirige, lidera la plataforma “Familias: Ahora”, creada para promover el bienestar de las familias. A esto se suma que en 2022 publicó su libro Elefantes en la sala, una mirada crítica y amorosa de su familia. (Ver: “El amor por mis hijos estaba por encima de lo que decían en la iglesia”).

Según explica, al revisar las historias que se han contado sobre el amor y las familias o cómo la mayoría de la gente ha aprendido y enseñado sobre esto, es fácil entender por qué tantas personas viven con dificultades.

Predominan, agrega Roa, los relatos idealizados e incompletos en donde los protagonistas son un papá proveedor y protector, una mamá cuidadora y abnegada, unos hijos que se someten a la autoridad de los padres y donde los niños se visten de azul y quieren ser súper héroes y las niñas se visten de rosado y quieren ser princesas. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

“Mi libro es una invitación a conversar de manera más honesta, incluyente y coherente con el mundo en el que vivimos y con el que queremos construir”, Mónica Roa.

En su libro Elefantes en la sala Mónica Roa cita a Khalil Gibran, poeta libanés, quien dice: “Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen”.

Con esa creencia, afirma, se ha cuestionado la legitimidad de las familias que no encajan en ese modelo, ignorando las que están conformadas por padres o madres solteras o separadas, por familias extendidas, por parejas que eligen no tener hijos, por parejas del mismo sexo o por grupos de personas sin vínculos sanguíneos que deciden unirse para apoyarse mutuamente. (Ver: Madre no hay sino dos y Matías lo sabe).

En política, cuando las personas hablan de “defender la familia tradicional”, se refieren a que solo debe existir un tipo de familia (papá, mamá e hijos) y en donde los roles de cada integrante estén labrados en piedra, sin importar qué tan sanas y equitativas sean las relaciones en esa familia. (Ver: “A mi yo de 12 años le diría: eres perfecta como eres”).

Compartir mi historia en ‘Elefantes en la sala’, con sus luces, sus vergüenzas y sus aprendizajes es una invitación a cambiar la manera de pensar y de discutir las familias y su rol en la sociedad, al asumir con honestidad las heridas que venimos heredando para desinfectarlas con alcohol -aunque duela- y permitir que sanen”, dice Mónica Roa.

“El día del lanzamiento de mi libro leí la parte de ‘carta para mi abuelo’. Cuando levanté los ojos, todo el auditorio estaba llorando, emocionado”, Mónica Roa.

Con su libro, quiere celebrar a las familias que, como la suya, decidieron enfrentar sus secretos para liberarse y aprender a construir relaciones más auténticas. “No creo que la historia de mi familia sea única. Por el contrario, las historias de violencia contra los hijos y contra las mujeres, las paternidades irresponsables, el sexismo, el clasismo, el racismo, el abuso contra las empleadas domésticas y la falta de atención a la salud mental, están presentes en muchas familias”. (Ver: “Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y no nuestros sueños”).

Sin embargo, explica, las familias deben ser espacios para velar por el bienestar de todas las personas, consolidar la igualdad de género, contribuir a enfrentar las desigualdades y la crisis climática y fomentar la resolución de conflictos.

Sentiido habló con Mónica Roa para conocer más de su libro Elefantes en la sala y de su trabajo para aumentar la eficacia de los movimientos que trabajan por la justicia social.

“El debate sobre las familias se está dando de manera equivocada, asumiendo que los roles tradicionales o en donde hay un padre proveedor, una madre cuidadora y unos hijos que obedecen, garantizan el bienestar de quienes conforman esa familia”, Mónica Roa.

Sentiido: ¿En qué momento decidió escribir un libro sobre su familia?

Mónica Roa: Una de mis grandes apuestas es desarrollar otras narrativas sobre familias que nos permitan pensarlas de una manera más armoniosa con los derechos humanos y la justicia de género.

Mis abuelos murieron hace mucho tiempo y, como familia, logramos procesar la historia central del libro: el hijo que tuvo mi abuelo con la empleada del servicio, a quien hasta hace unos años yo no conocía. (Ver: Una empleada del servicio doméstico en Colombia).

Yo sentía que ya podíamos contarlo desde el otro lado del trauma y de esta manera ofrecer más luces sobre cómo lidiar con los “elefantes en la sala” de todas las familias. El tema no es ser familias perfectas sino cómo enfrentar esas situaciones imperfectas que nos duelen.

“Mi compromiso con la justicia social puede tener origen en el trabajo social que conocí en mi abuela”, Mónica Roa.

S: ¿El objetivo es que la gente se sienta identificada con apartes o con personajes de su familia?

M.R.: Parto de la idea de que todas las familias son diversas, así como sus problemas. En ese sentido no siento que la historia de mi familia sea especial ni única o representativa de otras familias.

Pero sí creo que en el tono íntimo y en la manera como cuento las relaciones, la gente puede identificarse. Son en esas relaciones de cercanía y de cariño en donde ocurren los problemas y también las maneras en las que decidimos enfrentarlos.

S: ¿Cómo tomó su familia el hecho de que escribiera este libro?

M.R.: Yo a todos los entrevisté -fue un ejercicio muy bonito- y siempre terminé llorando. Las respuestas fueron distintas. Para algunos fue muy importante que en el libro quedara la violencia que sufrieron y lo duro y lo traumático que fue esto.

Para otros que han hecho más terapia y ya lo han procesado, fue un ejercicio bonito de recordar y ya. Una tía me dijo que no publicara su historia porque todavía le resultaba muy dolorosa.

S: ¿Siempre contempló hablar de su familia contando las historias de amor, pero también las de hijos no reconocidos y de abusos, mejor dicho, el mapa completo?

M.R.: Por supuesto. Si no, no tendría sentido. En parte, quiero responder a esa idea de “los trapos sucios se lavan en casa”. Se trata, más bien, de lavar los trapos en familia entendiendo las implicaciones de esos trapos en la historia de cada quien.

Eso es lo que nos permite fortalecer esas relaciones y asegurarnos de que no sean tóxicas y de que realmente estamos cuidando a la gente que queremos.

También quería mostrar que los principios del feminismo ayudan a que las relaciones familiares sean más sanas, más auténticas y fundamentadas en el cuidado. La falta de feminismo resulta en hijos no reconocidos, en padres ausentes y en violencia. Para mí el libro fue una oportunidad de reafirmar que la ética del cuidado hace familias más sanas. (Ver: Gloria Careaga: el feminismo transformó mi vida).

Mónica Roa
Mónica Roa es abogada y directora de Puentes, organización que busca aumentar la eficacia de los movimientos que trabajan por la justicia social.

S: ¿Cómo cambió, si cambió, la relación familiar después del proceso de reportería y publicación del libro?

M.R.: En mi familia ya habíamos hecho muchas catarsis pendientes y por eso me sentí con la tranquilidad de escribir el libro. Yo obviamente les pasé el borrador una vez lo terminé para que me hicieran comentarios. Muchos vinieron al lanzamiento y me escribieron cosas muy bonitas cuando lo leyeron.

Un tío me comentó que a mi abuelo no se le podía haber exigido nada distinto porque él era resultado de su época. Eso me hizo pensar que era importante aclarar que el propósito del libro no era juzgar a mi abuelo, quien murió hace mucho tiempo, sino abordar su historia.

S: ¿Por qué utilizó la figura del elefante?

M.R.: Para mí no fue fácil escribir el libro, pero no por abordar las relaciones de mi familia, eso fluía bien. A mí me costó el ejercicio de escribir y de juntar palabras porque no tengo formación en eso.

Me dediqué tres vacaciones seguidas hasta que salió. La disciplina fue no tener vacaciones y la obligación de salir con un buen producto porque tenía un contrato firmado. Yo no soy nada disciplinada pero sí responsable.

Y en una de las conversaciones que tuve con una tía que siempre está ayudando a crear conciencia de lo que uno es y de lo que quiere, le dije que me estaba costando mucho escribir y ella me respondió: “tú siempre has sido muy buena para ayudarnos a hablar de los elefantes en la sala”. Entonces, dije, ahí está el título.

“Estamos acostumbrados a ver a la Mónica, abogada, que da argumentos y con ‘Elefantes en la sala’ nos haces llorar”, le dijeron durante la presentación de su libro. La respuesta de ella fue que su objetivo era explorar cómo usar menos argumentos y más historias emocionales de una manera ética y responsable.

S: ¿En qué momento de su vida hizo el giro para trabajar en derechos humanos?

M.R.: Mi giro fue más hacia el feminismo que hacia los derechos humanos. En esto tiene que ver haber crecido sin un papá, viendo a mi mamá con las responsabilidades económicas y emocionales de criarnos a mi hermana y a mí y, al mismo tiempo, ver las ventajas de no tener un hombre en la casa. Mis amigas tenían que pedirle permiso al papá para salir y le llevaban las pantuflas cuando llegaba. Yo no tenía que hacer nada de eso. (Ver: Feminismo: lo que se dice vs. Lo que es).

“Una de mis tías fue mi influencia política, en derechos humanos y en justicia social”.

Otro hecho clave fue haberme encontrado en la Universidad de Los Andes con la profesora Isabel Cristina Jaramillo, quien dictaba sociología jurídica e incluyó en su clase una lectura sobre feminismo. (Ver: Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones).

Yo quedé encantada y a partir de ahí hicimos clic y montamos una clase que se llamaba “corrientes feministas contemporáneas”. Yo tenía la semillita del feminismo desde muy chiquita, pero Isabel Cristina la regó e hizo que creciera. (Ver: “Si el Congreso es incapaz de representar a la opinión pública, la Corte Constitucional tiene que asumir ese papel”).

S: ¿Cómo fue el proceso hasta decir: “soy feminista”?

M.R.: En la universidad, cuando conocí a Isabel Cristina Jaramillo asumí esa identidad. Yo trabajaba en la facultad de derecho, llevaba la bolsa de empleo y era monitora de muchas clases. Entonces, tenía un escritorio con el resto de profesores, muchos de los cuales cuando me iba a graduar me dijeron: “usted es muy inteligente, eso está muy bien de hobby, pero ahora tiene que ponerse a hacer algo serio”. (Ver: “Estoy más que calificada para llegar a la Corte Constitucional”).

S: Palabras como “familia” parecieran estar en disputa entre progresistas y conservadores. ¿Qué opina?

M.R.: Las personas progresistas les dejamos el monopolio del discurso sobre la familia a los sectores conservadores que hablan de “defenderla”. Pero esa única posibilidad de familia de la que estas personas hablan no se ajusta con la realidad.

A esto se suma que la experiencia que cada quien tiene con su familia, reconociendo lo que le gusta y lo que no, es una oportunidad de reivindicar la cara política y social de este concepto.

S: Mucha gente tiende a asociar “familia” con un papá (un tipo específico de hombre), una mamá (un tipo específico de mujer) y unos hijos. ¿Cómo decidió hablar de las familias de manera más amplia?

M.R: Quienes han intentado monopolizar el concepto “familia” pusieron ese único modelo, pero la mayoría de la gente considera familia a los abuelos, a los primos, a dos papás, a dos mamás.

Si uno le pide a alguien que dibuje una familia, probablemente dibujará un papá, una mamá y unos niños, pero cuando uno le dice “dibuje a su familia”, la cosa cambia y resulta algo más aterrizado a la realidad. (Ver: #PreguntasDivinas 5: todas las familias son bienvenidas).

S: La familia y la religión son lo más importante para mucha gente, ¿por qué hay quienes creen que las personas progresistas están en contra de esto?

M.R.: Lo primero es que las familias y las religiones no son incompatibles con los derechos humanos y es posible desarrollar narrativas que los junten. Ni en las religiones ni en las familias está el problema sino en ciertos discursos alrededor de estos dos conceptos. (Ver: “Cuando los hijos salen del clóset, los papás entran en él”).

Por supuesto, hay críticas validas a esos discursos, pero tenemos que desarrollar otros que permitan comunicar la realidad: que no queremos acabar ni con lo uno ni con lo otro sino ampliar la manera de entenderlos. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

S: En Colombia, después de la sentencia de la Corte, mucha gente asocia el pañuelo verde con alegría porque “ahora las mujeres pueden abortar hasta más tarde”. Aunque esto no es cierto, ¿cómo cambiar esa asociación?

M.R.: Yo siempre me preguntaba: “¿por qué todo el mundo en temas de aborto me dice que si no es mejor prevenir?”. ¡Claro que es mejor! Pero lo preguntan porque todo el tiempo escuchan “aborto”. Lo que pasó en Colombia con la sentencia de la Corte es que mucha gente solo veía: “aborto – 24 semanas – bien”. (Ver: Los argumentos que sustentan la despenalización del aborto en Colombia).

“Lo que se celebra es que las mujeres no vayan a la cárcel por interrumpir un embarazo no deseado”.

En realidad, lo que se buscaba era legalizar una práctica que no queremos que se practique o que se realice de manera excepcional. Queremos que los índices de aborto bajen y no tener que llegar nunca a las 24 semanas. (Ver: Aborto en Colombia: lo que se dice vs. Lo que es).

Y ahora que es legal, trabajemos en equipo para evitar que se necesite, lo que significa apostarle a educación sexual de calidad, a anticonceptivos y a aborto legal para no morir. Pero con decir “aborto” una y otra vez no estamos comunicando este mensaje completo. (Ver: La educación sexual es un proceso, no una charla de un día).

S: Además de “familia”, palabras como “libertad” y “derechos humanos” están entrando en disputa con los sectores conservadores, ¿qué opina?

M.R.: Una cosa es la interpretación neoliberal de la palabra “libertad”, en donde cada quien hace lo que quiere dentro de un libre mercado y punto. Y la otra es una interpretación más social, en donde nuestras libertades limitan cuando empiezan las de los demás y en donde las libertades están conectadas con la igualdad que debemos tener en las sociedades.

Quien no tiene igualdad, no tiene libertad. ¿Cómo, por ejemplo, se puede hablar de libertad cuando las mujeres no pueden decidir sobre su propio cuerpo? (Ver: Ninguna mujer tiene en su plan de vida abortar).

S: ¿Cómo percibe la disputa dentro del feminismo de quienes se niegan a reconocer a las mujeres trans?

M.R.: En un espectro del debate están las mujeres feministas que de manera genuina se preocupan por la reivindicación política del sujeto mujer o que no se identifican con el concepto “persona menstruante” sino que quieren que siempre se les nombre como “mujer”. (Ver: No hay feminismo sin personas trans).

En otro lado están los comentarios: “las mujeres trans son hombres que se disfrazan para poder entrar a los baños y violar a las mujeres”, una afirmación alejada de la realidad. (Ver: Transfeminismos latinoamericanos: sororidad, resistencia y cambio social).

Me da la sensación de que quienes dicen esto no conocen la realidad trans. Muy cerca de ahí, está otro grupo cuyos argumentos coinciden con los de la derecha y en algunos eventos comparten mesa y panel. (Ver: Los pasos de gigante de la avanzada conservadora).

A muchas de esas feministas les cuesta entender que las mujeres trans y las mujeres cisgénero compartimos los mismos problemas de violencia, abusos y miedo en las calles. En las historias de #MeToo y de #NiUnaMenos han sido tan protagonistas unas como otras. (Ver: Mónica Estefanía Chub, mujer trans, católica e indígena de Guatemala).

Este debate que se ha dado en redes sociales con algoritmos que favorecen la polarización, ha hecho que esa fractura dentro del feminismo crezca muy rápido. El feminismo siempre había encontrado maneras de crear espacios para abordar esos desacuerdos internos.

En muchos casos, incluso, se llegó a estar de acuerdo en estar en desacuerdo. Aquí ni siquiera hemos podido hacerlo y creo que es porque hemos dado el debate en redes y no en espacios en donde nosotras controlemos las reglas del juego.

“La extrema derecha ha sabido identificar la ruptura interna en el feminismo como una oportunidad”, Mónica Roa.

S: ¿Qué podrían hacer las organizaciones progresistas para romper con los algoritmos de las redes sociales y llegar a esas audiencias persuasibles?

M.R.: En Puentes tenemos una propuesta llamada “El nuevo paradigma de las comunicaciones” que, resumiéndola, consiste en saber que además de los simpatizantes y de los antagonistas, como siempre se ilustra la polarización, o que además de las personas que piensan igual que uno y de las que piensan todo lo contrario, hay un grupo muy grande de personas que no tienen un compromiso tan férreo con ninguna de esas dos esquinas.

En promedio, en Latinoamérica, es el 40% de las personas. Por esto a la hora de tomar las grandes decisiones son quienes terminan inclinando la balanza para un lado o para el otro.

Lo importante es saber que estas audiencias existen, que no están en Twitter, que no están al tanto de la política y que se sienten incómodas con los discursos radicales y polarizadores.

Es importante entender a estas audiencias y encontrar los valores que tenemos en común con ellas para poder mostrarles nuestras agendas a la luz de esos valores. Si yo solo comunico lo que a mí me gusta, seguramente le estoy hablando a las personas ya convencidas de lo que creo.

Es necesario salir de nuestra zona de confort y empezar a explorar otros marcos, como el de familias y espiritualidad, que nos permitan hablar de temas que nos importan, pero de una manera que resuene más con estas audiencias.

“En la política electoral también está la disputa por las audiencias persuasibles. En el plebiscito por la paz, en Colombia, esa disputa la ganaron los del ‘No’ porque supieron diversificar su mensaje y activar el miedo en los distintos grupos”, Mónica Roa.

S: ¿Cómo apostarles a narrativas más esperanzadoras?

M.R.: A veces pareciera que, al denunciar una y otra vez las injusticias, la gente termina agotada y bloqueada emocionalmente. La gente empieza a sentir que todo está mal y que cualquier cosa que hagan no valdrá la pena. Y el apague y vámonos es lo peor que le puede pasar al activismo.

Las preguntas son: ¿cómo cambiamos ese ADN para que dejemos de pensarnos solamente como las personas que denunciamos injusticias y empecemos a pensarnos como quienes activamos a la ciudadanía para que quiera construir el mundo con el que soñamos? ¿Cómo hacemos eso sin que la gente sienta que le estamos hablando de un universo que no existe?

De alguna manera el presidente Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez lo hicieron al poner a soñar a la gente con vivir sabroso, una sombrilla lo suficientemente amplia para incluir muchas perspectivas. Lo que funcionó fue poner a la gente a soñar con un cambio posible.

Mi libro Elefantes en la sala es una narrativa para la esperanza sobre las familias, sin ignorar los problemas, sino enfrentándolos para construir familias con mejores relaciones.

Yo estoy convencida de que cuando la gente piensa en el futuro que quiere, es mucho más fácil coincidir, eso nos junta, mientras que cuando la agenda solo se piensa en el aquí y el ahora nos damos codazos por quién habla primero. Cuando uno se centra en las bases de lo que nos convoca, el futuro es mucho más grande.

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