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“Mucho gusto, soy Colombia”

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

Una colombiana radicada en Argentina revela que, de no ser por amor, nunca se habría ido de su país. Contrario a otros de sus compatriotas que también viven allá, ella se niega a pronunciar un “qué sé sho”.

cómo es vivir en Argentina cuando uno es colombiano
A pesar de estar radicada en Argentina, siento que no me he ido de Colombia. Foto: Lila Forero.

“¡Uy, oye, yo como que no conocía la Catedral!” Me dijo mi hermana mientras esquivábamos a dos policías bachilleres que custodiaban sus puertas.

Escuchar esa frase aquella tarde de nuestras pasadas vacaciones en Bogotá me pareció sorprendente: ocho años de vivir en México fueron suficientes para borrar la carpeta “Colombia” de su “disco duro”.  Claro, si algún día la hubo.

Ella, admiradora de México, de sus pueblos coloniales y sus manifestaciones culturales, al parecer, nunca encontró con qué deslumbrarse en su propio país.

Después de reponerme del asombro que me produjo su comentario, reafirmé una idea que he venido masticando desde hace un tiempo: muchas de las personas que salen de Colombia, dejando una lluvia de comentarios negativos, no es que no quieran su país, simplemente no lo conocen.

Es pasión…

En mi caso, vivir  por fuera ha hecho que mi amor hacia esa tierra florezca con más intensidad, hasta el punto de sentir que nunca me he ido.

He llegado a asociar calles de Buenos Aires con las de Bogotá, a seguir utilizando como referencia de distancia frases tales como: “eso es como de aquí a la Séptima”, pensando siempre ese “aquí” como mi casa en Galerías. Incluso, cuando veo algún especial de televisión sobre inmigrantes, pienso: “dejarlo todo debe ser muy difícil”, como si yo aún continuara en ese “aquí”.

Nunca me hubiera ido de Colombia, de no ser por el amor que me trajo a Buenos Aires. Pero mis amores no se pelean, y desde acá le sigo siendo fiel a Colombia. Aunque las noticias me digan otra cosa y nuestra mala fama sea el referente de muchos, me niego a hablar mal de mi país y me empeño en no adoptar acentos ni modismos argentinos. Aunque ahora esté en otro “aquí”, yo soy de “allá”.

Tal vez porque he decidido dejar mucho más de la mitad de mi “disco duro” para Colombia, me cuesta entablar conversaciones con algunos colombianos ahora radicados en Argentina. Recuerdo un antiguo compañero de trabajo que se sentaba en su escritorio a decirme: “en Colombia la gente no aprende” o “yo a Colombia no volvería nunca, no extraño nada”.

Afirmaciones que además de indignarme, me revelaban una verdad: yo no venía del mismo país al que él se refería con tanto  desprecio. “¿Y tú viste alguna obra del Festival de Teatro?” Le pregunté. “No, nunca”, me respondió.

Esa misma negativa se repitió una y otra vez frente a cualquiera de mis preguntas: “¿Conoces la Guajira, el Amazonas, los llanos orientales…?” “¿Haz escuchado a los Gaiteros de San Jacinto?” “¿Leíste a Laura Restrepo?” “¿Viste el trabajo de Rosina Bossio?”

De otro país también venía Sandra, otra compañera de trabajo. De Colombia, solamente conservaba el pasaporte con el que había ingresado cuatro meses atrás. Al hablar, era más porteña que Borges o Gustavo Cerati. Parecía como si durante toda su vida hubiera sido alimentada con asado y dulce de leche, arrullada con algún tango en las entrañas de La Boca. De sus labios, siempre salía un forzado: “y qué sé sho”.

Sin embargo, algo recordaba de su vida anterior, antes de volver a nacer en Argentina: el escándalo de DMG. Por eso se encargó de difundir esa historia con quienes pudo, subrayando que aquí en Argentina eso no pasa. “Esas cosas solo suceden en Colombia”, decía con risa.

Mezclar bien los ingredientes

Así como las culturas primitivas intentaban explicar su origen mediante mitos, frente a la ausencia de conocimiento de lo que es Colombia, muchos se han  inventado su propio país… Y es probable que yo sea una de esas.

Algunos encontraron la materia prima para hacerlo en las noticias de RCN, otros en las novelas de Caracol y, unos más, en la información que publica El Espacio o en sus propias experiencias de vida. Cada quien hizo con ese material lo que pudo o quiso. 

El país de mi hermana quedó a medio terminar antes de irse a vivir a México. El de mi excompañero de trabajo es un Frankenstein mal hecho que lo espanta a cada rato y, el de Sandra, era tan pobre que nunca supo dónde lo dejó.

El mío lo sigo armando con lo que conozco, con lo que tengo a mano, con noticias malas y buenas, con los avances, los intentos, los nuevos artistas, los paisajes y el recuerdo de la gente que amo. Y aunque no es perfecto, debo admitir que me encanta.

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