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Por cierto tíos… Soy gay

Julián Benavides comparte su experiencia sobre las muchas veces que, en la vida, hay que salir del clóset. Aún así vale la pena seguir haciéndolo para quitarse un peso de encima.

Acabo de hablar por teléfono con Orlando, mi padrino. Por mi foto de perfil de WhatsApp en la que tengo un arete negro en la oreja derecha, me preguntó: “¿qué tienes en la oreja?”. Luego agregó: “¿te volviste homosexual?”. (Ver: “Está bien salirse de la heterosexualidad obligatoria”).

Ya alguna vez me había dicho: “Eso de ponerse areticos en las orejas es de maricas”. En esta ocasión me reí e intenté cambia de tema al preguntarle por mi tía, mi madrina. (Ver: Miguel Rueda y su apuesta por el amor).

Mis padrinos son la representación más cercana de lo que aquí, en Buenos Aires, llaman “dinosaurios” o “gorilas”. Son de esas personas que todavía se refieren a los hombres con pelo largo como hippies, maricas o marihuaneros.

Cuando hablé con mi tía, me preguntó por “la novia”. Le dije que no tenía y me volví a reír.  También le hablé sobre otras formas de relacionarse diferentes al matrimonio tradicional monógamo. (Ver: Poliamor: mucho más que tener varias parejas).

“Mi tía me dijo que el matrimonio era una bendición y que ella quisiera que todo el mundo se casara. Es más, se ponía como ejemplo, con sus 55 años de casada”.

“A gritos les diría a mis tíos: ¡sí! Soy gay, muy, demasiado, tremendamente maricón”.

Mi respuesta fue: “ojalá llegue alguien con quien pueda casarme”. Y me imaginé una boda en Cartagena o en el Tayrona, con camisa y pantalón blancos, descalzo, sintiendo la arena, mientras el sol baja en un atardecer naranja. Ahí estaba él, Shawn Mendes, quien entraba galopando en su caballo marrón y me decía en un español perfecto: “Sí, dejé a Camila por ti. ¡Acepto, acepto!”.  

De repente, la voz de mi tía interrumpió mi sueño: “Pues sí mijito, es muy lindo tener a alguien que lo acompañe a uno, debería buscarse una buena mujer”. Me reí y me despedí. Del otro lado de la línea escuché un “adiós”, un “muchas bendiciones” y un “Dios lo guarde”.

Detrás de cada risa, yo disfracé un: “Sí, soy gay, soy marica, bien marica desde hace 31 años cuando nací”. Pero mis tíos sufren del corazón…(Ver: “A mi yo de 12 años le diría: eres perfecta como eres”).

Pensé que salir del clóset era algo que uno solo hacía una vez en la vida. Pensé que la tarea de sentar a papá y a mamá para decirles: “soy gay”, ya estaba cumplida y que con eso bastaba. Pero resulta que no, cuando cambié de trabajo tuve que volver a decirles a mis compañeros “soy gay”. (Ver: ¿Cómo salir del clóset?).

Y cuando me mudé de ciudad, tuve que decirles a mis nuevos vecinos y amigos: “soy gay” o “soy homosexual” o “soy un hombre al que le gustan los hombres”. 

A estas alturas, mucha gente dice: “¿Cómo que tuve que decirlo?” “¿Quién lo obligó?”. ¡Pues nadie! Pero a mí me gusta decir lo que soy. Y no hay nada más divertido que ver a esas personas que no saben cómo reaccionar con esta información. (Ver: El plan B de Mauricio Toro).

Mi más reciente relación en parte la terminé porque quien ahora es mi ex nunca salió del clóset, no podíamos tener demostraciones públicas de afecto y sólo el último día que lo vi conocí a su familia. (Ver: Ser lesbiana sin culpa ni dolor).

Salir del clóset nunca es fácil. Yo ya he salido varias veces y aún me sigue costando. Pero cuando uno lo hace se descomprime el pecho y las piernas se sienten más livianas. Es como descargar una mochila muy pesada. (Ver: Sí, todo mejora).

Me resisto a invitarlos a salir del clóset, cada quien decide, solo les puedo hablar desde mi experiencia y lo que sí puedo es invitarles a que seamos fieles a nosotros mismos.

Ah… Por cierto, tíos… Soy gay.

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