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Se necesita un diálogo entre cristianismo y derechos humanos

La coalición “Religiones, Creencias y Espiritualidades en Diálogo con la Sociedad Civil” reúne a comunidades religiosas, instituciones y organizaciones basadas en la fe (OBF) para la conformación de un espacio de diálogo y acción comprometido con la inclusión y los derechos humanos. Promueve la sensibilización y formación sobre la pluralidad de visiones del campo religioso, a través del acompañamiento e incidencia política en América Latina en alianza con organizaciones civiles, movimientos sociales y espacios religiosos.

Defender las creencias religiosas no implica pasar por encima de los derechos humanos reconocidos para todas las personas, incluidos los derechos sexuales y reproductivos.

Por: reverendo Luis Carlos Marrero*

Uno de los retos del cristianismo es impulsar políticas que atiendan y promuevan la equidad. Foto con Creative Commons.

Al ser reconocidos en 1948 como derechos universales por la Organización de Naciones Unidas (ONU), los derechos humanos adquirieron una notable relevancia en la opinión pública.

Después de las dos grandes guerras mundiales, el mundo se convenció de la necesidad de tener un sistema de protección internacional de estos derechos.

Así, el 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo primero dice: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos“.

Luego vendrán pactos más concretos para establecer sistemas de supervisión y obligaciones internacionales a los estados. Están, entre otros: el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de los Derechos Económicos y Sociales y la Convención Ameri­cana. (Ver: Qué dijo la Corte Interamericana sobre los derechos de las personas LGBT).

Si bien es cierto que el siglo XX no es el mejor ejemplo de respeto por la dignidad y los derechos humanos, sí podemos reconocer el creciente interés de muchos sectores frente a este tema.

Pero la preocupación por la dignidad y los derechos humanos no comenzó en dicho siglo. El camino ha sido largo y en este proceso el cristianismo ha jugado un papel relevante.

A través del evangelio se ha ido profundizando en conocimientoy se ha ido desarrollado una reflexión y un compromiso con el ser humano.

El padre dominico Abelardo Lobato (1925 – 2012) dice: “en el Nuevo Testamento se habla del hombre interior y se revela la responsabilidad de la persona singular. No habría posible cristianismo si no es referido a sujetos personales singulares. El cristianismo se funda en la persona concreta”. (Ver: Hay muchas voces religiosas que no son “antiderechos”).

Este “hallazgo” en la evolución del pensamiento de la Iglesia cristiana —sobre todo de la actual— debe volverse más vivo. Su mayor aporte debe ser la defensa de la persona íntegra, única e irrepetible. (Ver: No somos iguales: ahí está la riqueza).

La Iglesia ha puesto énfasis, sobre todo después de Concilio Vaticano II, en que además de los derechos deben considerarse los deberes. Así, la encíclica Pacem in Terris (Paz en la Tierra) de Juan XXIII hace hincapié en que derechos y deberes son inseparables.

Primero los derechos

Sin embargo, debe subrayarse que los derechos son de la persona y anteriores al Estado. Es decir, éste no los otorga, sino que los reconoce y garantiza.

En el campo protestante, especialmente desde el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), se ha acompañado a los movimientos de derechos humanos. Frederick Nolde, el primer director de la Comisión de Iglesias sobre Asuntos Internacionales, fue consultante, entre 1946 y 1948, en el borrador sobre libertad religiosa y libertad de conciencia para la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La asamblea inaugural del CMI presentó en Ámsterdam (1948) una declaración sobre libertad religiosa y destacó la importancia de las iglesias en el trabajo por los derechos humanos. (Ver: La mezcla entre religión y política, ¿inevitable?).

Durante 70 años el CMI ha compartido sus preocupaciones y propuestas en derechos humanos. Allí resaltan las violaciones, los temas de racismo, torturas, ejecuciones extrajudiciales y los derechos a la salud ambiental y al acceso a la tierra, entre otros.

Quizás aún estemos en una primera fase: en la toma de conciencia de que el ser humano tiene derechos universales que desde una perspectiva teológica radican en que la persona es imagen de Dios. Pero acá, también, está el problema de fondo: las iglesias muchas veces distorsionan esta premisa a través de sus normas, ritos y dogmas.

Las llamadas autoridades eclesiásticas pueden defender el mensaje que Dios ha revelado pero para hacerlo no tienen que sacrificar los derechos humanos reconocidos universalmente, sean estos sexuales y reproductivos o étnicos, entre otros.

¿Puede existir una verdad religiosa que rechace la universalidad de los derechos humanos?

¿La verdad de Dios entra en conflicto con los derechos que la humanidad reconoce? Lo primero es la dignidad de las personas. Después y, al servicio de esta premisa, está el cristianismo. A esto se reduce el conflicto que tuvo Jesús con las autoridades religiosas de su tiempo.

Cuando el Evangelio de Marcos cuenta la curación del manco en la sinagoga, lo más elocuente del relato es la pregunta que les formuló Jesús a quienes se le acechaban: “¿Qué está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar?” (Mc 3,4).

Justicia, igualdad y fraternidad

Jesús plantea el cuestionamiento más relevante para “hombres y mujeres de la religión”: ¿qué es lo primero, lo más determinante y lo que condiciona todo lo demás? ¿La vida, con su dignidad, sus derechos y su felicidad o las religiones con sus dogmas, sus leyes, sus poderes, sus ceremonias e intereses?

Hoy existe una lógica de consumo –más allá de lo material– que también tiene espacio en las religiones y que pone en riesgo los valores de justicia, igualdad y fraternidad, núcleo central del cristianismo. ¿Cómo actuar frente a estos desafíos?

El cristianismo debe procurar una plataforma social a través de la cual se impulsen políticas que atiendan y promuevan la equidad. Para eso hace falta un corpus ético-cultural de valores compartidos. Sin estos valores, los terrenos político y teológico terminan encerrados en un pragmatismo al servicio de quienes tienen el poder.

En el actual contexto y mediante dinámicas participativas e incluyentes, los derechos humanos y el cristianismo deben ser pensados y vividos desde el pueblo. Y existen en nuestro continente una lectura de la fe cristiana y una praxis política de fe en clave liberadora con una potencialidad crítica, emancipadora y esperanzadora.

El gran reto para nuestra Iglesia latinoamericana es aumentar el cristianismo progresista. Uno que siga realizando labores educativas en un marco social y procurando crear sujetos transformadores de la realidad y no solo guetos.

Los desafíos son muchos. La Iglesia puede contribuir a transformar y a transformase. La fuerza de la verdad se impone no porque seamos muchos o pocos, sino porque es la verdad: nadie que la quebrante o que no la promueva puede quedarse tranquilo.

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* Teólogo, pastor bautista e integrante del Centro Oscar Arnulfo Romero (Cuba), institución de inspiración cristiana de la sociedad civil socialista cubana.

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