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Sentir culpa en la vida homosexual

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Hay una especie de mandato que les dice a las personas homosexuales “no mereces ser feliz”. La culpa, evidente en sentimientos de vergüenza y exclusión, puede ser frenada: el respeto lo merece el otro, pero también uno mismo.

Por: Juan David Hernández Rodríguez*

la culpa en la vida homosexual
El fantasma de la culpa está presente y hace las veces de ancla en la vida de muchas personas sexualmente diversas. Imagen: “Bryce-Wikman” por Michael Taggart Photography con Creative Commons.

Sin pretender asumir una óptica pesimista, parece que los cambios respecto a las leyes que se relacionan con las minorías tardan un tiempo en reflejarse en la cultura mayoritaria y, por tanto, en las prácticas cotidianas de sus ciudadanos. (Ver: Matrimonio Igualitario en Colombia, paso a paso).

Pero cuando estos cambios atañen a aspectos de la vida que han estado desde hace siglos dominados por la moral religiosa, especialmente en el caso de la homosexualidad, se ven además expuestos al fantasma de la culpa.

Un fantasma silencioso que se niega a aceptar un descanso definitivo en la tumba de los viejos prejuicios y que se resiste a cualquier exorcismo racional que intente la ciencia, que nos aclara que en la homosexualidad nada hay intrínsecamente dañino o perjudicial para el individuo. (Ver: Ser LGBT no se aprende ni se impone, se vive).

Sin embargo, y aunque parezca extraño, el refugio del fantasma de la culpa no yace en los púlpitos de los templos del cristianismo, ni en las consignas de los gobiernos conservadores, sino en las profundidades de la mente del sujeto homosexual.

Allí es donde precisamente adquiere su cualidad de fantasma, al ser dicha culpa una suerte de baúl de las prohibiciones y estigmatizaciones del pasado hacia un deseo divergente y hacia una expresión de la sexualidad desafiante para los moldes preestablecidos y que por tal razón se consideró ilegítima y pecaminosa. (Ver: Diversidad sexual y nuevas alternativas espirituales).

Desde su posición privilegiada en la psicología del sujeto homosexual, la culpa tiene la capacidad de boicotear relaciones de pareja o impedirlas, de construir enormes complejos de inferioridad y de inducir discretamente el rechazo social. En síntesis, de convertir la vida emocional y las relaciones en un escenario frustrante.

“¿Cuántas veces no nos hemos preguntado por qué a los homosexuales nos cuesta más mantener un noviazgo pese a tener la intención de hacerlo?”

No estoy afirmando que la homofobia o la discriminación externas no tengan un papel en esta situación ni estoy resumiendo la homofobia interna. (Ver: Más que homofobia, violencia por prejuicio).

Finalmente, esta última se basa más bien en la aceptación de unas pautas de conducta socialmente esperadas para cada sexo en detrimento de la diversidad sexual y de género. (Ver: A mí sí se me nota).

Pero es claro que los homosexuales tenemos una responsabilidad que, aunque no sea absoluta por estar todo ser humano influenciado por aspectos no conscientes, nos conviene revisar individualmente si queremos una vida más equilibrada y coherente con los logros de las minorías sexuales en materia legal.

Sí mereces ser feliz

Un número no desestimable de opositores a hechos como el reconocimiento de la adopción por parte de parejas homosexuales o del matrimonio entre las mismas son, precisamente, personas homosexuales. (Ver: 9 razones por las que el referendo de Viviane Morales sí discrimina).

Es curioso que muchas de ellas apelen a sofismas como el “sentido común” para desacreditar la capacidad de una persona homosexual de cuidar adecuadamente de un menor de edad o de oficializar una unión de pareja.

Hay una especie de mandato tácito que intenta decirle a la persona homosexual: “no mereces ser feliz” o “lo que haces está mal”, y que con frecuencia termina por materializarse sutilmente, cual castigo autoinfligido por una presión no identificable, pues el fantasma de la culpa no tiene rostro.

Muchos se autoboicotean en lo personal, en las relaciones o en lo profesional, otros optan por un exilio autoimpuesto de la red familiar o incluso del país.

También hay quienes caen en la trampa de la autonegación construyendo una férrea fachada “hetero-aceptable” que, a pesar de su dureza, suele carecer de cimientos que la sostengan frente a un temblor existencial o pasional. (Ver: ¡Somos gais y nos vemos como gais!).

Al margen de las discusiones alrededor de la forzada dicotomía “nace/se hace”, como si hubiera una sola respuesta, tener una orientación sexual diversa es sencillamente eso, tan simple y tan complejo, por lo que no es razonable que condicione nuestras decisiones y vivencias desproporcionadamente, en términos negativos o positivos. (Ver: Nace o se hace, ¿importa?).

Si tal condicionamiento está presente, la razón de su vigencia se halla no en la sexualidad, sino en la reactividad de una culpa rancia frente a una realidad que forma parte de la condición humana.

Los nudos que produce la culpa mediante sentimientos de vergüenza o exclusión o mediante la materialización del “destino” que ha planeado cuidadosamente, pueden ser cortados con las tijeras de una evaluación concienzuda de lo que es cada uno y de la importancia de vivir libremente.

“El compromiso con el cambio no es solamente en la política o en la sociedad, sino con lo más profundo de uno mismo”.

Una vez desmontada la falacia de la sociedad como un cuerpo en el cual las familias son las células, tenemos que el individuo es la pieza clave para cualquier transformación contundente. El respeto lo merece el otro, pero también uno mismo.

Hay que anotar que no todos los homosexuales viven bajo las sombras de la culpa o de la autocondena moral y que no todos nos hemos relacionado de la misma manera con estos aspectos.

Pero es un hecho que el fantasma de la culpa está todavía presente y hace las veces de ancla en la vida de muchas personas sexualmente diversas, sobre todo en países donde las tradiciones morales y religiosas tienen aún un peso considerable, como Colombia.

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*Lingüista. Email: judhernandezro@unal.edu.co