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Ser lesbiana sin culpa ni dolor

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Terminar con mi novia por no aceptar ser lesbiana, me transformó. Todos mis miedos se volvieron insignificantes frente el dolor que sentí, un dolor que me enseñó que ya no viviría más con culpa ni dolor.

Por Ana María González Sanz*

Ser lesbiana sin culpa ni dolor
“Todo con mi primera novia se dio naturalmente. Todo fue maravilloso, excepto por el hecho de que yo no aceptaba ser lesbiana”. Foto: Shutterstock.

Durante muchos años pensé que era heterosexual. Nunca me había gustado una mujer. Esto es, no me había atraído sexualmente una mujer. Pero intelectual y físicamente, desde la adolescencia, varias me habían llamado la atención, solo que en ese entonces lo dejé solo en admiración. (Ver: Las 11 palabras con las que fui feliz).

Hasta entonces los cabos estaban sueltos y no tenía cómo atarlos. Así, pasaron muchos años sin ninguna pregunta sobre mi sexualidad. Y aunque había tenido pocos novios a quienes había querido profundamente, tampoco había sentido atracción por una gran cantidad de hombres. Pero esto no era algo que me hiciera cuestionar mi orientación sexual.

“No sabía de ninguna familiar lesbiana, ni de lesbianas en mi colegio —femenino— pues nadie, incluyéndome, hablaba del tema”.

Las dudas surgieron cuando me fui a estudiar una maestría en el exterior y conocí a una mujer lesbiana. Parece increíble pensarlo ahora, pero nunca antes había conocido a una. En los 90, década en la que crecí, no había referentes lésbicos en televisión y las lesbianas eran invisibles a mis ojos y ante la sociedad. (Ver: ¿Dónde están las lesbianas?).

Nadie hablaba de diversidad. Y, si lo hacía, era de manera peyorativa. En las telenovelas solamente estaba el estereotipo de un hombre gay, ni siquiera el de una mujer lesbiana. Las clases de educación sexual en el colegio eran sobre reproducción heterosexual. A nadie le interesaba plantear el tema desde un espectro más amplio. (Ver: El día en que la televisión colombiana salga del clóset).

“¿Cómo iba a conocer a una lesbiana si supuestamente no existían en el círculo social donde fui criada? ¿Cómo iba a reconocerme cuando no había un espejo en el cual identificarme?”

Además, las mujeres que me habían gustado eran heterosexuales y no había una conexión del otro lado que me permitiera plantearme la vida de otra manera. Cuando conocí a mi amiga lesbiana yo tenía 26 años. Ella era abiertamente homosexual y tenía una novia de muchos años. (Ver: “Yo era rara por principio”).

Con el tiempo me di cuenta de que me gustaba. Me gustaba todo de ella: no solo intelectual y físicamente, sino que sentía deseo por ella. Entré en pánico. ¿Cómo así que me gustaba una mujer? Pero, a pesar de que intenté reprimirlo por miedo, no podía escapar de esa realidad.

Con ella no pasó nada y mi vida continuó. Cuando volví a Colombia supe que tenía que explorar esto. Pero no tenía idea de dónde conocer lesbianas, así que bajé una aplicación de citas. Ahí conocí a mi primera y única novia hasta el momento, una relación que duró cinco años y medio. Todo con ella se dio naturalmente, todo fue maravilloso, excepto por el hecho de que yo no aceptaba mi orientación sexual. (Ver: Aceptarse).

“En mi interior me rechazaba, me reprimía, sentía vergüenza, no quería que nadie, que no fueran amigos cercanos, lo supiera. No me quería así”.

Estos sentimientos se expresaban en comportamientos tóxicos que me creaban la necesidad de esconderme todo el tiempo y no me permitían vivir plenamente. Adicional a esto, me presioné a mí misma para pensar que era bisexual, solo para no ser lesbiana. Pues, por lo menos, si era bisexual estaba en un intermedio más cercano a “lo normal”, pensaba. (Ver: La bisexualidad existe y no es una etapa)

Y aunque sí me han gustado y he querido a hombres a lo largo de mi vida, hoy me identifico como lesbiana y no le veo nada de malo. De hecho, todo este comportamiento autodestructivo llevó al rompimiento de mi relación. Así, pudo más el miedo al amor que nos tuvimos mi novia y yo –que fue mucho– y la relación terminó porque yo estaba estancada por pánico.

Incluso, llegué a negarme que estaba realmente enamorada de ella en un intento por ocultar mis emociones. Una vez más, un ejercicio de autoengaño cuando la realidad es que el amor verdadero lo viví con ella. (Ver: “A mi yo de 12 años le diría: eres perfecta como eres”).

Ella conoció a alguien más y perderla produjo en mí un cambio que me transformó. Todos mis miedos se volvieron insignificantes ante el hecho de vivir el inmenso dolor de terminar con ella. Ese dolor me cambió la vida, pues supe que no estaría dispuesta a seguir viviendo con temor ni culpa. (Ver: Sí, todo mejora).

Así fue como tomé la decisión de ser quien soy y de quererme así. En este momento me parece absurdo pensar en todo el tiempo y en el dolor que me tomó este cambio. Toqué fondo para superarme a mí misma.

Nota: mis amigos cercanos sabían de mi proceso de aceptación, pero a veces, acudir a los amigos para que le den a uno consejos es contraproducente. Todo el mundo tiene una opinión, pero estas vienen de las vivencias y el sentir de cada cual. A mí muchos me decían “pues yo creo que tú eres más hetero”. Y en esa marea de opiniones yo me confundía más y eran leña al fuego para mi autoengaño.

Así mismo, el proceso de aceptación de uno va unido al de los papás, proceso igualmente largo y doloroso. A mi mamá le costó mucho, pero gracias a su amor, me quiere como soy y solo le importa mi felicidad.

Les recomiendo a quienes están en proceso de aceptación que busquen apoyo psicológico. Yo estuve en terapia, pero era tal mi negación que me dio miedo continuar asistiendo, pero pienso que si hubiera sido más valiente, me habría ayudado a aceptarme más rápido.

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*Editora independiente.

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