Inicio A Fondo “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”

“Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”

Género, diversidad sexual y cambio social.

En su nuevo libro “Un amor líquido”, la escritora y periodista María Carolina Vegas reflexiona sobre lo que no se cuenta del embarazo y el parto y sobre su propósito de educar a su hijo Luca más allá del azul y el rosado.

María Carolina Vegas empezó a escribir su libro “Un amor líquido” cuando Luca tenía dos meses. Quería hacer un ejercicio por recordar. Escribirlo fue terapéutico para ella. Foto: archivo particular.

Ya empezó. Esas son las dos palabras que suelen pasar por la mente de algunos de los familiares y amigos de una persona feminista. El “ya empezó” que se piensa pero no se pronuncia, normalmente aparece en una comida cuando “la feminista” cuestiona a la prima por decir “abusan de ellas por andar mostrando tanto” o increpa al tío a la hora de salir con uno de sus tradicionales “¿en qué se parecen una mujer y (lo que sea)?”.

“Me llama la atención que la gente crea que uno confronta a estas personas por incomodar, por ser irreverente. Yo nunca he comulgado con los silencios impuestos o con suponer que hay temas de los que no se habla o no se discute”, señala la escritora y periodista María Carolina Vegas, autora del libro Un amor líquido.

Llegó al feminismo en su adolescencia por una tía, a pesar de que durante años escuchó que este era un movimiento que odiaba a los hombres y que ser feminista era equivalente a ser machista pero en mujer.

Sin embargo, antes de creer sin filtro lo que otros decían, indagó, leyó y encontró que ser feminista es estar del lado de la igualdad. “Sin el feminismo hoy ni siquiera tendríamos una cuenta bancaria”, señala. (Ver: ¡Si no fuera por el feminismo!).

Su objetivo no es imponer una visión de mundo, sino todo lo contrario: promover que cada quien elija si, por ejemplo, quiere o no tener pareja, quiere o no casarse y quiere o no ser mamá o papá.

“Son tantas las opciones de vida que yo celebro la que cada quien escoja”.

El tema es no seguir esquemas por obligación, así en últimas su vida sea la más común de todas: es heterosexual, tiene una pareja estable con la que está casada y tiene un hijo. “Pero tengo la opción de alzar mi voz para señalar que lo que yo elegí no debe ser lo esperado para todas las personas. Esta no es la única opción de vida”.

Y poco le importa que por decirlo algunas personas la miren mal. Además de sentirse orgullosa de ser feminista, Carolina sabe que se necesitan más personas, hombres y mujeres, que se sumen al cambio. “Santiago, mi esposo, es feminista. Y en parte nuestro matrimonio ha funcionado porque los dos creemos en la igualdad”. (Ver: Hombres ¿feministas?).

Acá la familia completa: Carolina, Luca y Santiago Torrado, quien también es periodista. Foto: archivo particular.

Para ella, parte del problema de fondo radica en que desde que una persona nace le fijan una serie de casillas que debe chulear. “Como yo nací con vagina, me nombraron mujer, lo que de manera automática se asume como ser delicada, obediente y cariñosa”, señala. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

La educación, el camino del cambio

La gente habla de “ideología de género” como si existiera una “ley natural” que definiera qué es ser hombre y qué ser una mujer, desconociendo que la biología no crea estereotipos. (Ver: La tal ideología de género, ¿de dónde viene y para dónde va?).

El cambio empieza con una educación sexual de calidad que enseñe a ver el género como lo que es: un espectro. Carolina no cree que existan unos comportamientos “normales” por ser mujer y otros “normales” por ser hombres.

“Es difícil salirse de lo que la mayoría considera ‘normal’ porque de inmediato es visto como que no encaja, no pertenece”.

En su caso, ser quien es la llevó a sufrir de matoneo en el colegio y a estar lejos de ser la “mujer popular”. “El bullying tenía que ver con ser yo, con tener un universo propio y a veces ser un tanto elevada: hablaba conmigo misma y tenía serios problemas de concentración”. (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

Para Carolina, haber sufrido de matoneo la fortaleció a la hora de luchar por lo que quiere en la vida. Pero, aclara, “esta no es la regla. El bullying acaba con la vida de muchos niños. Y eso que en mi época no existían redes sociales y no me podían seguir molestando cuando llegaba a la casa”. (Ver: El acoso escolar virtual, ¿un mundo sin límites?).

Por suerte, dice, el “qué dirán” nunca le ha importado. De hecho, a pesar de la cara que le ponen algunos familiares y amigos, está criando a su hijo Luca en un ambiente de igualdad.

En ese sentido está convencida del poder del ejemplo. “Que vea a su papá lavando loza, tendiendo la cama y cocinando, que desde temprana edad sepa que esas no son tareas exclusivas de la mamá”.

María Carolina Vegas durante la presentación de su libro “Un amor líquido” en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. María Mercedes Acosta, editora de Sentiido, la entrevistó.

Aún con la certeza de querer educar a su hijo libre de estereotipos, en la práctica no le resulta tan fácil. “Todo está tan separado entre rosado y azul que es difícil encontrar un punto medio”. (Ver: ¿El regalo es para niño o niña?).

No obstante, siempre encuentra la manera de enseñarle a Luca que está bien jugar con muñecas o con carros, así como expresar sus emociones. “Yo soy físicamente muy cariñosa y afectuosa con él y el papá también, lo que marca una diferencia en la crianza. Muchos papás creen que no hay que consentir a los hombres porque los ‘mariquean'”.

De hecho, cuando en conversaciones cotidianas alguien comenta “cómo será Luca cuando tenga novia”, su respuesta es: “¿Y qué tal que tenga novio? La gente me mira raro, pero yo les respondo ‘es una posibilidad'”.

“Como papás estaremos con él sea heterosexual, homosexual, bisexual o trans. Luca es Luca. No lo obligaremos a ser quien no sea”.

Los papás, agrega, también deben saber –y no ignorar– que todas las personas son seres sexuales desde temprana edad. “Hay partes del cuerpo que despiertan placer y esto no empieza a ocurrir a los 18 años”.

Hay papás que no llevan a sus hijas adolescentes al ginecólogo porque para qué si no han empezado su vida sexual. “Y creen que por no hablar del tema, sus hijos no van a explorar sus cuerpos ni los de otros. Los papás no pueden controlar esa parte de sus vidas y, en vez de cerrarse a la realidad, es importante enseñarles cómo cuidarse”.

Carolina tampoco quiere crearle a su hijo tabúes con el cuerpo. “Hace unos días el pediatra nos dijo ‘pueden seguir bañándose con el niño, él puede seguir viéndolos desnudos’. Y yo nunca he contemplado no hacerlo. Sé de muchos papás que de repente empiezan a bañarse con pantaloneta. A mí no me criaron así y yo no quiero criar a mi hijo así”.

De ahí la tranquilidad que siente de amamantar a su hijo en espacios públicos. “Mi hijo va a cumplir dos años y yo le sigo dando teta”. Hasta el momento no ha recibido insultos pero sí comentarios de “¿tú le sigues dando?” o “¿no irá a terminar muy apegado a ti?”.

“Nadie puede determinar hasta qué edad está bien o no alimentar a un niño. Es un tema que cada quien decide y que no afecta a terceros. El problema es meterle morbo al acto más natural y bonito que hay”.

Su activismo con la lactancia también tiene que ver con el hecho de que mucha gente no dice nada cuando en una valla de cervezas aparece el cuerpo de una mujer. “Eso sí no es obsceno, pero sí cuando una mamá alimenta a su hijo”.

“Por nuestro sexo, terminamos encasillados en unos determinados roles”.

Para Carolina, un reto importante es aumentar la solidaridad entre mujeres. “Somos las peores juezas entre nosotras mismas. Y eso es evidente desde el colegio con aquellas que no vemos lo ‘suficientemente femeninas’ y cuando las mamás les dicen a sus hijas ‘tienes que ser más delicada'”. (Ver: A mí no se me nota).

Las mujeres son víctimas y victimarias al seguir perpetuando los estereotipos. “No hemos entendido que esos roles de los que tanto nos hablan no son obligatorios. Creemos que la manera de ser aceptadas por ‘la masa’, es cumpliendo con unos roles y rechazamos a quienes se salen de allí”.

Para cambiar esto, explica, hay que entender que hay muchas formas de ser mujer y que, por ejemplo, ser mamá no es un instinto ni un mandato sino una elección. “Ser mujer no es sinónimo de ser mamá”. (Ver: El día de la madre y de la no madre).

Ese es justamente uno de los temas que explora en su libro Un amor líquido. Para Carolina, la maternidad debe venir unida al deseo, lo que está muy ligado a las circunstancias.

“Llevamos años viviendo en roles aprendidos y es complicado romper con esos esquemas que para muchas personas se dan por ‘ley divina’. Es difícil dejar atrás ciertas creencias cuando se vuelven dogmas o se dan por hecho como ‘naturales'”.

“No todos los animales son maternales por instinto. Hay hembras que rechazan a sus crías”.

En su caso, desde siempre supo que quería ser mamá. “Yo a Luca lo busqué. Tener un hijo era parte de mi proyecto de vida. Y aun así el vínculo con mi hijo no se dio de la noche a la mañana. El amor de una madre hacia su hijo y viceversa nace y crece como cualquier otro”.

Socialmente la maternidad está rodeada de un aura divina y encumbrada en un pedestal. “Tienes que estar feliz todo el tiempo y saber exactamente cómo cuidar al bebé porque supuestamente por ser mujeres debemos saber qué es bueno y qué no para él”.

“Cuando uno empieza a darse cuenta de que en la maternidad no todo es tan jardín de rosas como se dice, uno se asusta y se pregunta qué estaré haciendo mal. Y muchas mujeres callan esto porque sienten que las van a juzgar”.

“Hay que enseñarles a las mujeres que la maternidad no es una obligación sino una decisión”.

A esta presión se suma la tendencia imperante en ciertos sectores sociales de medir qué tan buena mamá se es según la cantidad de comida orgánica que les dé a sus hijos, qué tanto los lleve a cursos de estimulación y qué tan rápido empiecen a gatear.

“Se crean una serie de expectativas que lo único que traen es presión. Hay que cumplir con un rol de super mamá y si uno no sabe dónde se consiguen los mejores cupcakes, no práctica yoga, no trota una hora al día, no tiene una niñera de día y otra de noche, no es una profesional brillante y no tiene hijos super talentosos, fracasó en la vida”.

Y esa presión incluye a los niños. “Para la muestra, las pruebas que les hacen a los cuatro años para poder entrar a un colegio. Todos tienen que ser genios”.

Para Carolina, un tema fundamental a la hora de elegir ser mamá es contar con un sistema de salud integral en donde la salud sexual y reproductiva de las mujeres sea vista como un todo y contemple partos de calidad y sin violencia obstétrica.

“El maltrato contra las mujeres atraviesa todos los escenarios. Sus dolencias son subestimadas, como si nuestros cuerpos estuvieran diseñados para no reclamar. El trabajo de parto es un momento importante. Uno tiene derecho a dar a luz con dignidad y en muchas EPS ni siquiera les permiten a los papás entrar a los nacimientos de sus hijos”.

“La manera como una persona nace la marca de por vida. Es su entrada a este mundo, a la sociedad y a una familia”.

Un sistema integral de salud, dice, también debe contemplar el derecho a una interrupción voluntaria del embarazo segura y legal. “Yo tenía un vínculo con ese feto porque lo busqué. Es un vínculo que no se siente por el hecho de quedar embarazada”. (Ver: Ninguna mujer tiene en su plan de vida abortar).

Además, ¿cuántas mujeres con todas las ganas de tener un hijo, descubren en un control médico que el feto tiene una malformación incompatible con la vida? ¿Cómo seguir con un embarazo para dar a luz a un ser que no vivirá?, se pregunta. (Ver: Aborto en Colombia, ¿qué ha pasado desde 2006?).

Para ella, ese discurso “pro vida” es más “pro gestación” porque la vida real comprende la crianza. “La vida no es un cigoto, sino lo que viene después de cuando ese ser en formación nace: el ambiente en el que va a crecer y el amor que va a recibir. Eso es la vida. Lo otro es un proceso de gestación”.

Carolina empezó a escribir Un amor líquido cuando Luca tenía dos meses porque quería hacer un ejercicio por recordar, por no olvidar. Escribirlo fue terapéutico para ella en la medida en que le permitió entender quién es ahora. “Con la maternidad hay un quiebre que lo cambia todo”.

Aunque en principio se sentó a escribir para ella, con el tiempo llegó a la conclusión de que todo ese material podría serle útil a alguien más. Y así nació Un amor líquido.

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