Nuestro sitio usa cookies de terceros para permitirnos elaborar estadísticas sobre las visitas y gestionar el envío de nuestras newsletter. Más información aquí.
ACEPTAR

“Sobreviví a Pablo Escobar”

El 15 de abril de 1993 tuvo lugar el último ataque terrorista del narcotraficante colombiano Pablo Escobar: el carrobomba de la Carrera 15 con Calle 93 en Bogotá. Leonor Posada, una de las últimas personas en ser rescatadas con vida, revive esta trágica experiencia.

Por María Mercedes Acosta*.

Caos. Desolación. Angustia. Gente corriendo de un lado para otro. Eso fue lo que Mireya Palomares le vaticinó a su prima Leonor Posada cuando le leyó el cigarrillo. Se lo dijo una mañana de principios de abril de 1993 cuando, recién llegada de Medellín, pasó a visitarla al almacén en el que Leonor trabajaba como vendedora: El Centro Internacional del Mueble.

Ubicado en la Carrera 15 con Calle 93, uno de los sectores más transitados de Bogotá, era una “gran bodega” decorada con buen gusto, donde ofrecían una amplia oferta de muebles. Era frecuente que, a través de sus grandes ventanales, los transeúntes se detuvieran para imaginar cómo se vería esa cama, comedor o sala en sus casas.

Durante su “lectura” de cigarrillo, Mireya les pronosticó tanto a Leonor como a Ana Margarita Navarro, la gerente del almacén, que perderían sus carros. “Decir que a las dos nos va a pasar lo mismo demuestra que tu prima no tiene idea del tema”, le dijo en ese entonces Ana Margarita a Leonor.

La mañana del 15 de abril, mientras esta última, de 47 años, avanzaba en su Renault 6 rojo rumbo a su trabajo, vivió algo inesperado: “tuve una visión en donde mucha gente me daba el pésame, me abrazaba y me decía ‘qué horror’”.

Pasadas las 9:00 am y olvidando lo que supuso era una fantasía sin fundamento, Leonor entró al almacén luciendo orgullosa su nuevo atuendo: una falda larga, ancha, azul y estampada con flores, acompañada de un saco de lana del mismo tono y con un borde rojo.

Como era habitual, a las 12:00 del día el almacén cerró sus puertas para que los empleados almorzaran. “Ese día había llevado unos espaguetis con salsa de tomate que estaban horribles”, recuerda Leonor.

Antes de sentarse en la mesa que tenían ubicada en un patio trasero, aprovechó para llamar a Martha Montoya, la persona encargada de las páginas sociales del periódico El Tiempo, para avisarle que en una hora pasaría por su oficina para dejarle un obituario de la suegra de un sobrino.

Estaban almorzando cuando alguien tocó a la puerta. Aunque normalmente no le abrían a nadie a esa hora, al ver que se trataba de Blanca Lilia Medina, la mujer de 43 años que días atrás había comprado allí buena parte de los muebles de su nuevo apartamento, Leonor decidió atenderla.

Su clienta venía acompañada por su hija de 23 años, para escoger las telas de las sillas de su comedor. Para ver las muestras con luz natural, se dirigieron hasta uno de los grandes ventanales de la fachada. Allí, Leonor levantó su mano derecha y puso las telas contra el vidrio.

La secretaria del almacén, Lina Mejía, tapando la bocina del teléfono, gritó: “Ana Margarita, te llama tu hijo”. Mientras esta última avanzaba para atenderlo, explotaron 150 kilos de dinamita ubicados en una camioneta Chevrolet Luv, robada días atrás. Estaba parqueada al frente del inmueble identificado con el número “93-61”, correspondiente al Centro Internacional del Mueble.

Pablo Escobar había sido claro en las órdenes de sus ataques terroristas: lugares concurridos. Así que faltando diez minutos para la 1 pm, uno de sus hombres activó su atentado número 34. “Cuando volteé a la puerta vi fuego en la calle y mucha sangre brotando de la oreja del portero”, agrega Ana Margarita.

Motitas, bombas grandes

Después de almorzar, Carlos Ernesto Acosta, hijo de Leonor, de 22 años, estaba en su cuarto hablando con Roberto -su hermano gemelo- y con Andrés y Mauricio, dos de sus hermanos menores (la quinta y menor soy yo, quien en ese momento tenía 16 años y me encontraba en el colegio). La explosión hizo vibrar los vidrios de su casa, ubicada en Niza Antigua, a alrededor de 60 cuadras de distancia al noroccidente de donde tuvo lugar el hecho.

Era la época en que los noticieros abrían sus emisiones con una voz que decía: “se busca a Pablo Escobar Gaviria”; en la que perros entrenados olfateaban hasta la última esquina de los carros que se atrevían a entrar a los centros comerciales y en la que muchas casas tenían cintas gruesas pegadas en las ventanas, a manera de X, para evitar que, en el momento menos pensado, los vidrios volaran hacia adentro.

Prendieron la radio para saber dónde había tenido lugar la séptima bomba del año puesta por Pablo Escobar. Escucharon que había sido en la Calle 100 con Carrera 15. Se miraron entre sí y alguno dijo: “cerca del almacén donde trabaja mi mamá”.

Los cuatro hermanos nunca dudaron del origen de aquello que habían escuchado, en ningún momento lo confundieron con un rayo, al punto que Roberto tuvo tiempo para repetir el eslogan de una marca de chicles: “Motitas, bombas grandes”.

A los pocos minutos, en la radio corrigieron la información: “el carrobomba no tuvo lugar en la Calle 100 con Carrera 15 sino al frente del Centro 93”. Entendieron, entonces, que no había sido cerca sino justo al frente del Centro Internacional del Mueble.

Los chistes del chicle Motitas quedaron atrás. Pero seguros de que su mamá estaría lejos de la explosión, sana y salva en alguna esquina, porque esas cosas nunca le pasan a uno, Carlos Ernesto y Mauricio decidieron –“por si las moscas”– darse una pasada por la zona.

Tan tranquilos estaban de la suerte de Leonor, que Roberto y Andrés se fueron a clase a sus respectivas universidades.

“Cuando íbamos llegando a la Calle 94, se subió al bus un señor con cara de asco, diciendo: esa bomba fue terrible, se ven cadáveres y restos humanos por todas partes”, explica Carlos Ernesto.

Fue en ese momento cuando, por primera vez, contemplaron la posibilidad de que a su mamá habría podido pasarle algo, pero seguramente nada que un yeso o unas puntadas no solucionaran.

La hora cero

A la 1:00 de la tarde de ese jueves, Blanca Lilia Medina murió. Sucedió sin darse cuenta, en menos de un segundo, cuando observaba las telas que una vendedora apoyaba contra una ventana. Al final del día, a su hija de 23 años le habrían amputado las piernas. La misma hija a la que le aburría ir a ese almacén que tiempo atrás le habría presentado un novio con quien ya no estaba.

En las imágenes de la bomba que horas más tarde le darían la vuelta al mundo, se ve el momento en que Leonor es rescatada de entre pesados escombros. Estaba con los ojos abiertos, en shock, mientras un hombre alto, de bigote, con una gabardina beige y una camisa naranja y blanca, la llevaba en sus brazos como quien alza a un bebé. Ella, sin embargo, no recuerda nada de eso. Su memoria llega hasta cuando sostenía una tela contra una ventana.

Los videos muestran que ese señor -al que Leonor llama su ángel de la guarda y de quien nunca supo su nombre- levanta una de las cintas amarillas y negras que la Policía había puesto para acordonar la zona, lo que demuestra que fue una de las últimas personas, de los 110 heridos que hubo, en ser rescatada con vida. Se convierte, así, en una sobreviviente del último ataque terrorista del hombre conocido como “el peor criminal en la historia de Colombia”.

sobrevivientes de ataques terroristas del narcotraficante Pablo Escobar
Así quedó parte del Centro Internacional del Mueble después del atentado terrorista. Foto: Archivo Cromos.

El momento de su rescate es un claro ejemplo de la naturaleza humana: sangre fría para ayudar y también para robar. Mientras el señor de la gabardina se exponía a que una viga le cayera encima para salvar a una señora que nunca había visto, otras personas lo hacían pero para saquear su cartera y la del resto de sus compañeras, con la quincena recién pagada adentro.

La llevaron a la Clínica del Country, la más cercana. Por la gravedad de sus heridas, decidieron trasladarla al Hospital San Ignacio, en la Universidad Javeriana. “Empiezo a recobrar la conciencia cuando voy en la ambulancia. Recuerdo una voz que le pedía permiso a los demás carros para poder avanzar. Fue cuando vi heridas y sangre por todas partes. Solamente decía: ‘Dios mío que me despierte de esta pesadilla’”.


A la altura de la Calle 93, la Carrera 15 dejó de existir. En menos de un minuto había sido remplazada por un cráter de 3.75 metros de ancho, 4.10 de largo y 80 centímetros de profundidad. “Ya no podía decir que acá funcionaba un local de obleas, más allá un banco y al lado un almacén de muebles”, explica Carlos Ernesto. En total, 270 inmuebles se vieron afectados.

“Un Beirut pequeño”

Cuando salió del almacén, Ana Margarita recuerda haber visto una de las imágenes más horribles de su vida: “ruinas. Un Beirut pequeño. Muerte, desolación y llanto”. Fue tal la desazón de los colombianos que, horas después, muchos pedirían en vano la pena de muerte para los autores del atentado. 60 años de prisión, lo estipulado, parecían insuficientes ante tanto dolor.

En medio de los vidrios que tapizaban los andenes, de los postes y cables de la luz caídos y del agua que brotaba de los tubos, Carlos Ernesto y Mauricio avanzaron hasta ver, colgando de unos escombros, un letrero rectangular metálico, manchado por el humo y doblado en algunos de sus bordes, en el que, completando algunas letras, se leía: “Centro Internacional del Mueble”.

Olvidando que venía con su hermano, a quien perdió de vista, Carlos Ernesto levantó la cinta que acordonaba la zona, dio unos pocos pasos y, en medio de lo que ahora eran chatarras, reconoció el Renault 6 de su mamá. “Parecía como si por una ventana hubieran metido una gran jeringa para extraer todo el aire: el techo estaba casi contra el piso y las puertas de cada lado prácticamente chocaban entre sí”.

La onda explosiva generó llamas que se propagaron con rapidez a ocho automóviles. Fueron 38 los afectados.

Carlos Ernesto caminó un poco más para acercarse a lo que hasta hace una hora había sido la fachada de un almacén de muebles. Allí vio paradas a Ana Margarita y a las otras dos vendedoras. Una de ellas había encontrado la cartera saqueada de su mamá. Les preguntó por ella y alguna respondió: “no la hemos visto”.

Hasta entonces él fue consciente del olor a caucho quemado que invadía la zona y que entre los miles de sonidos que había, al único que realmente le prestaba atención era al de los radios de comunicación de los policías, “intentando oír su nombre”.

Cada paso que daba, lo enfrentaba con más rostros de angustia y de “esto no puede ser verdad”. “Pero yo solo tenía cabeza para mi dolor. Únicamente pensaba en que mi mamá podía estar a unos pocos pasos míos, debajo de escombros”.

sobrevivientes de ataques terroristas del narcotraficante Pablo Escobar
20 años después, Leonor Posada en el sitio donde fue puesto el carrobomba. Así luce el Centro 93 hoy .

Hubo una escena que lo sacó de su propio sufrimiento: el momento en que la mamá de Martha Liliana Téllez, de 7 años, levantó la sábana que tapaba parte del cuerpo de su hija. Su papá la había dejado esperando, minutos antes de la explosión, en su carro Fiat Polski, mientras compraba las boletas para llevarla el sábado siguiente al Circo Ruso.

Conservando alguna esperanza de que su mamá estuviera viva, Carlos Ernesto se acercó a funcionarios de la Cruz Roja y de la Defensa Civil para conocer los reportes de heridos pero en ninguno aparecía. Y en las listas que pasaban por la radio tampoco la mencionaban.

Agotado, se sentó en un pedazo de llanta que había volado hacia el andén a esperar a que una retroexcavadora llegara para recoger los cientos de ladrillos, vidrios y escombros para, seguramente, tener que reconocer un cadáver.

Hacia las 5:00 de la tarde, una de las empleadas del almacén se acercó y le dijo: “¡Acabo de oír que Leonor está en la Clínica del Country!”. Rápidamente se alistó para correr hasta allá. “Recuerdo mucho el contraste de paisajes: pasé de uno de humo, oscuridad y fuego a la luz de un atardecer cualquiera”.

¿A la que le van a amputar la pierna?

“Hay que operar”. Esas fueron las primeras palabras que Leonor escuchó una vez la bajaron de la ambulancia para llevarla a la sala de urgencias del Hospital. “Cuando oí esto dije que no podían hacerlo porque acababa de almorzar y tenía entendido que para usar anestesia no era recomendable haber comido”. El asunto era de vida o muerte así que de inmediato la pasaron al quirófano.

Doctor ¿qué pasó? – preguntó Leonor.
Esos desgraciados que otra vez pusieron una bomba – respondió.
Señorita, hágame un favor: ¿usted sabe algo de una señora que llegó a urgencias, que estaba en la bomba de la Calle 93? – le preguntó Marina, hermana de Leonor, a una de las recepcionistas del Hospital.
¿La señora a la que le van a cortar una pierna y una mano? Ya averiguo – dijo.

La mayoría de las 11 víctimas que dejó la bomba murió por causa de “enfisema traumático”, como consecuencia del impacto que recibieron sus pulmones al ser alcanzados por la presión de la onda explosiva.

A Leonor, el impacto le causó la pérdida de los músculos flexores ubicados en su antebrazo izquierdo o los responsables de permitir que los dedos de la mano puedan estirarse y flexionarse. Su mano izquierda quedó prácticamente inmóvil para siempre.

Una de las heridas que recibió en la parte lateral de la pantorrilla izquierda, muy cerca de la rodilla, ocasionó la interrupción de un nervio, lo que le dejó como consecuencia el “pie caído”. Este hecho afecta, de por vida, la capacidad para levantar el pie a la hora de caminar. Desde entonces, tiene que hacer una fuerza especial para lograr que éste se levante cada vez que se moviliza.

Una viga del techo se incrustó en su muslo izquierdo, casi hasta rosar el hueso. Si hubiera llegado hasta allí habría sido necesario cortar la pierna, pero por milímetros no fue necesario. También tuvieron que cogerle alrededor de 2.000 puntos en todo el cuerpo.

A la mañana siguiente, el viernes 16 de abril, mi papá y yo salimos temprano al Hospital. Me acuerdo que sin pensar en lo imprudente que podría resultar, lo primero que le dije fue: “mami, ¿sabías que la señora con la que hablabas al momento de la explosión se murió?” Afortunadamente ella estaba aún medio dormida para entender lo poco oportunas que resultaban mis palabras.

Tiempo después me tranquilizó saber que ese día no fui la única desatinada. La primera persona en visitarla fue una amiga de la familia que la saludó con un: “¡las cosas que uno hace para salir en televisión!” Cuando aún no se sabía con certeza la suerte de su mano ni de su pierna izquierdas.

Después de 16 días de clínica, vino la etapa de reposo en casa. En ese entonces hubo más espacio para el humor. “Para ir a las sesiones de fisioterapia, tenía que bajar de un piso a otro para pasar de mi cuarto al carro. Como no podía caminar, me acomodaban en un cubrelecho que generalmente alzaban entre Carlos Ernesto, María Cristina Araújo –una de sus mejores amigas– y Anaís, la empleada de servicio. Era tal la risa que la situación les producía que, en más de una ocasión, tuvieron que parar, dejarme en el piso, reírse a carcajadas y nuevamente volver a cargarme”, relata Leonor.

20 años después…

Santi ¿tú sabes quién fue Pablo Escobar? – le pregunto a mi sobrino de 11 años.
Sí. Fue un narcotraficante y político durante un tiempo. También sé que contrató sicarios para matar gente y puso bombas. En una de ellas estuvo mi abuelita – me dijo.

Aunque Santiago nació ocho años después del carrobomba y de la muerte de Pablo Escobar (fue dado de baja el 2 de diciembre de 1993), el nombre de este narcotraficante se mantiene intacto.

Los libros, películas y series sobre su vida han ayudado en la tarea. La excusa de que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, les ha servido de justificación a autores y programadoras para seguir haciendo dinero con su nombre.

sobrevivientes de ataques terroristas del narcotraficante Pablo Escobar
Hasta 1993 funcionó en este lugar, parte de lo que fue el Centro Internacional del Mueble en Bogotá. Al frente, Leonor Posada 20 años después de la tragedia.

Con la muerte de Escobar, el narcoterrorismo se acabó, aunque no el narcotráfico, ni su legado del sicariato, ni el interés de algunos niños de ser como él cuando grandes.

Este narcotraficante, por su parte, logró su propósito de involucrar el mayor número de inocentes en sus 34 grandes ataques terroristas perpetuados entre 1988 y 1993: 348 muertos y cerca de 2.000 heridos.

Mireya acertó cuando, al leerle el cigarrillo, le vaticinó a Leonor días de caos. Por cosas del destino o por un capricho de la onda explosiva, ella se salvó de morir por orden de Pablo Escobar.

Tuvo la suerte de sobrevivir, de demostrarle que no estaba dispuesta a morir en su guerra, ni a convertirse en un trofeo más de su mente enferma o en un motivo más de celebración para él. Sobrevivió en el anonimato convirtiéndose en un símbolo de esperanza para el país.

*Periodista, máster en periodismo digital.

Escrito por
María Mercedes Acosta
Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.
Ver todos los artículos
Artículos relacionados

2 thoughts on ““Sobreviví a Pablo Escobar”

  1. Una crónica más de momentos tristes de nuestra historia; crónica bien hecha escrita con seriedad y altura; crónica que lo sensibiliza a uno más, por tratarse de una persona tan querida para muchos. Gracias a Dios hay ángeles que nos acompañan a todas horas y estuvieron con Leonor en ese momento.

  2. me acuerdo como sifuera ayer el bombazo del centro 93 una niña que estaba en uu carro esperando al papa murió horrible fue esa época donde a uno le daba miedo salir a la calle ahora también por tanto ladron en el trsnsmillenio en los sitp en centros comerciales perques con gente consumiendo drogas supermercados de la gueriila pobres empleados de el espectador el das el quirigua el centro, el avión de Avianca esetipo va parar al infierno para no hablar de tanta juventud perdida con la coca y demás sustancoas

Deja un comentario

¿Qué piensas sobre este artículo?

Newsletter Sentiido