Inicio En mis zapatos “Sobreviví a Pablo Escobar”

“Sobreviví a Pablo Escobar”

Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.


A la altura de la Calle 93, la Carrera 15 dejó de existir. En menos de un minuto había sido remplazada por un cráter de 3.75 metros de ancho, 4.10 de largo y 80 centímetros de profundidad. “Ya no podía decir que acá funcionaba un local de obleas, más allá un banco y al lado un almacén de muebles”, explica Carlos Ernesto. En total, 270 inmuebles se vieron afectados.

“Un Beirut pequeño”

Cuando salió del almacén, Ana Margarita recuerda haber visto una de las imágenes más horribles de su vida: “ruinas. Un Beirut pequeño. Muerte, desolación y llanto”. Fue tal la desazón de los colombianos que, horas después, muchos pedirían en vano la pena de muerte para los autores del atentado. 60 años de prisión, lo estipulado, parecían insuficientes ante tanto dolor.

En medio de los vidrios que tapizaban los andenes, de los postes y cables de la luz caídos y del agua que brotaba de los tubos, Carlos Ernesto y Mauricio avanzaron hasta ver, colgando de unos escombros, un letrero rectangular metálico, manchado por el humo y doblado en algunos de sus bordes, en el que, completando algunas letras, se leía: “Centro Internacional del Mueble”.

Olvidando que venía con su hermano, a quien perdió de vista, Carlos Ernesto levantó la cinta que acordonaba la zona, dio unos pocos pasos y, en medio de lo que ahora eran chatarras, reconoció el Renault 6 de su mamá. “Parecía como si por una ventana hubieran metido una gran jeringa para extraer todo el aire: el techo estaba casi contra el piso y las puertas de cada lado prácticamente chocaban entre sí”.

La onda explosiva generó llamas que se propagaron con rapidez a ocho automóviles. Fueron 38 los afectados.

Carlos Ernesto caminó un poco más para acercarse a lo que hasta hace una hora había sido la fachada de un almacén de muebles. Allí vio paradas a Ana Margarita y a las otras dos vendedoras. Una de ellas había encontrado la cartera saqueada de su mamá. Les preguntó por ella y alguna respondió: “no la hemos visto”.

Hasta entonces él fue consciente del olor a caucho quemado que invadía la zona y que entre los miles de sonidos que había, al único que realmente le prestaba atención era al de los radios de comunicación de los policías, “intentando oír su nombre”.

sobrevivientes de ataques terroristas del narcotraficante Pablo Escobar
20 años después, Leonor Posada en el sitio donde fue puesto el carrobomba. Así luce el Centro 93 hoy .

Cada paso que daba, lo enfrentaba con más rostros de angustia y de “esto no puede ser verdad”. “Pero yo solo tenía cabeza para mi dolor. Únicamente pensaba en que mi mamá podía estar a unos pocos pasos míos, debajo de escombros”.

Hubo una escena que lo sacó de su propio sufrimiento: el momento en que la mamá de Martha Liliana Téllez, de 7 años, levantó la sábana que tapaba parte del cuerpo de su hija. Su papá la había dejado esperando, minutos antes de la explosión, en su carro Fiat Polski, mientras compraba las boletas para llevarla el sábado siguiente al Circo Ruso.

Conservando alguna esperanza de que su mamá estuviera viva, Carlos Ernesto se acercó a funcionarios de la Cruz Roja y de la Defensa Civil para conocer los reportes de heridos pero en ninguno aparecía. Y en las listas que pasaban por la radio tampoco la mencionaban.

Agotado, se sentó en un pedazo de llanta que había volado hacia el andén a esperar a que una retroexcavadora llegara para recoger los cientos de ladrillos, vidrios y escombros para, seguramente, tener que reconocer un cadáver.

Hacia las 5:00 de la tarde, una de las empleadas del almacén se acercó y le dijo: “¡Acabo de oír que Leonor está en la Clínica del Country!”. Rápidamente se alistó para correr hasta allá. “Recuerdo mucho el contraste de paisajes: pasé de uno de humo, oscuridad y fuego a la luz de un atardecer cualquiera”.

¿A la que le van a amputar la pierna?

“Hay que operar”. Esas fueron las primeras palabras que Leonor escuchó una vez la bajaron de la ambulancia para llevarla a la sala de urgencias del Hospital. “Cuando oí esto dije que no podían hacerlo porque acababa de almorzar y tenía entendido que para usar anestesia no era recomendable haber comido”. El asunto era de vida o muerte así que de inmediato la pasaron al quirófano.

Doctor ¿qué pasó? – preguntó Leonor.
Esos desgraciados que otra vez pusieron una bomba – respondió.
Señorita, hágame un favor: ¿usted sabe algo de una señora que llegó a urgencias, que estaba en la bomba de la Calle 93? – le preguntó Marina, hermana de Leonor, a una de las recepcionistas del Hospital.
¿La señora a la que le van a cortar una pierna y una mano? Ya averiguo – dijo.

La mayoría de las 11 víctimas que dejó la bomba murió por causa de “enfisema traumático”, como consecuencia del impacto que recibieron sus pulmones al ser alcanzados por la presión de la onda explosiva.

A Leonor, el impacto le causó la pérdida de los músculos flexores ubicados en su antebrazo izquierdo o los responsables de permitir que los dedos de la mano puedan estirarse y flexionarse. Su mano izquierda quedó prácticamente inmóvil para siempre.

Una de las heridas que recibió en la parte lateral de la pantorrilla izquierda, muy cerca de la rodilla, ocasionó la interrupción de un nervio, lo que le dejó como consecuencia el “pie caído”. Este hecho afecta, de por vida, la capacidad para levantar el pie a la hora de caminar. Desde entonces, tiene que hacer una fuerza especial para lograr que éste se levante cada vez que se moviliza.

Una viga del techo se incrustó en su muslo izquierdo, casi hasta rosar el hueso. Si hubiera llegado hasta allí habría sido necesario cortar la pierna, pero por milímetros no fue necesario. También tuvieron que cogerle alrededor de 2.000 puntos en todo el cuerpo.

A la mañana siguiente, el viernes 16 de abril, mi papá y yo salimos temprano al Hospital. Me acuerdo que sin pensar en lo imprudente que podría resultar, lo primero que le dije fue: “mami, ¿sabías que la señora con la que hablabas al momento de la explosión se murió?” Afortunadamente ella estaba aún medio dormida para entender lo poco oportunas que resultaban mis palabras.

Tiempo después me tranquilizó saber que ese día no fui la única desatinada. La primera persona en visitarla fue una amiga de la familia que la saludó con un: “¡las cosas que uno hace para salir en televisión!” Cuando aún no se sabía con certeza la suerte de su mano ni de su pierna izquierdas.

Después de 16 días de clínica, vino la etapa de reposo en casa. En ese entonces hubo más espacio para el humor. “Para ir a las sesiones de fisioterapia, tenía que bajar de un piso a otro para pasar de mi cuarto al carro. Como no podía caminar, me acomodaban en un cubrelecho que generalmente alzaban entre Carlos Ernesto, María Cristina Araújo –una de sus mejores amigas– y Anaís, la empleada de servicio. Era tal la risa que la situación les producía que, en más de una ocasión, tuvieron que parar, dejarme en el piso, reírse a carcajadas y nuevamente volver a cargarme”, relata Leonor.

20 años después…

Santi ¿tú sabes quién fue Pablo Escobar? – le pregunto a mi sobrino de 11 años.
Sí. Fue un narcotraficante y político durante un tiempo. También sé que contrató sicarios para matar gente y puso bombas. En una de ellas estuvo mi abuelita – me dijo.

sobrevivientes de ataques terroristas del narcotraficante Pablo Escobar
Hasta 1993 funcionó en este lugar, parte de lo que fue el Centro Internacional del Mueble en Bogotá. Al frente, Leonor Posada 20 años después de la tragedia.

Aunque Santiago nació ocho años después del carrobomba y de la muerte de Pablo Escobar (fue dado de baja el 2 de diciembre de 1993), el nombre de este narcotraficante se mantiene intacto.

Los libros, películas y series sobre su vida han ayudado en la tarea. La excusa de que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, les ha servido de justificación a autores y programadoras para seguir haciendo dinero con su nombre.

Con la muerte de Escobar, el narcoterrorismo se acabó, aunque no el narcotráfico, ni su legado del sicariato, ni el interés de algunos niños de ser como él cuando grandes.

Este narcotraficante, por su parte, logró su propósito de involucrar el mayor número de inocentes en sus 34 grandes ataques terroristas perpetuados entre 1988 y 1993: 348 muertos y cerca de 2.000 heridos.

Mireya acertó cuando, al leerle el cigarrillo, le vaticinó a Leonor días de caos. Por cosas del destino o por un capricho de la onda explosiva, ella se salvó de morir por orden de Pablo Escobar.

Tuvo la suerte de sobrevivir, de demostrarle que no estaba dispuesta a morir en su guerra, ni a convertirse en un trofeo más de su mente enferma o en un motivo más de celebración para él. Sobrevivió en el anonimato convirtiéndose en un símbolo de esperanza para el país.

*Periodista, máster en periodismo digital.

2 Comentarios

  1. Una crónica más de momentos tristes de nuestra historia; crónica bien hecha escrita con seriedad y altura; crónica que lo sensibiliza a uno más, por tratarse de una persona tan querida para muchos. Gracias a Dios hay ángeles que nos acompañan a todas horas y estuvieron con Leonor en ese momento.

  2. me acuerdo como sifuera ayer el bombazo del centro 93 una niña que estaba en uu carro esperando al papa murió horrible fue esa época donde a uno le daba miedo salir a la calle ahora también por tanto ladron en el trsnsmillenio en los sitp en centros comerciales perques con gente consumiendo drogas supermercados de la gueriila pobres empleados de el espectador el das el quirigua el centro, el avión de Avianca esetipo va parar al infierno para no hablar de tanta juventud perdida con la coca y demás sustancoas

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