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Soy fea

“Soy fea”

El 97 por ciento de las mujeres se sienten feas. En el podcast “Soy fea” Sentiido aborda la presión que tantas de ellas sienten por alcanzar un ideal de belleza que nos han vendido o, mejor, que nos han impuesto.  

Ilustraciones: LosNaked para Sentiido.

Esta historia empieza el 19 de octubre de 2019. Quizá, antes, pero por ahora vamos ese 19 de octubre, día en que en Sentiido, organización que aporta conocimiento en género, diversidad sexual y cambio social, recibimos un correo… Peculiar. El remitente era “Ivis Pepper”, como prefiere que la llamemos. Decía: “me gustaría enviarles este artículo esperando que lo tomen a consideración. Tengo 29 años y siento que soy tremendamente fea”. Adjunta, venía una columna sobre… (Ver: Me siento fea).

¿Saben qué? Mejor dejemos que sea Ivis quien nos cuente esta parte de la historia. “En ese momento de mi vida, creo, estaba yo, atravesando como una especie de crisis. Tú sabes, esas crisis depresivas que le dan a uno usualmente. Me dan como desde los 13 o 14 años. Yo siempre he sido como un poco depresiva y eso, cosa que de pronto en mi familia, eso es algo de lo que nunca se habla. De hecho, yo te puedo decir que mi familia no sabe nunca, nunca sabrá que yo escribí eso, nunca lo leerán y yo nunca les hablaré sobre cómo me siento y eso porque de verdad siento que no estamos todavía preparados en mi familia como para abordar ese tipo de cosas”.

Poco después publicamos la columna que Ivis Pepper nos envió, que tituló: “Me siento fea”… Y que hoy tiene más de 300 comentarios, casi todos de mujeres que suelen decir: “Yo soy bajita, mido 1.55 y soy gruesita, soy negrilla y de pelo crespo y negro, ojos negros y no tengo casi busto ni nalgas. Me siento invisible para la sociedad ya que nunca he tenido amigos de verdad y menos un nivel de popularidad. El chico que me gusta prácticamente me dijo FEA en la cara. Soy FEA. Soy Horrible. Y tengo 13 años. Hasta he pensado en hacerme monja para que nadie se fije en mí, ya que nadie lo hace. Y me pregunto: por qué Dios no me hizo linda ni bella ni hermosa ni sexy. ¿Si Él me hizo a su imagen y semejanza por qué no que me hizo linda, si Él es hermoso?”. (Ver: Cuando el mundo se divide entre bonitos y feos).

“Mi familia no sabe y nunca sabrá que yo escribí esa columna y yo nunca les hablaré sobre cómo me siento porque creo que no estamos preparados para abordar ese tipo de cosas”, Ivis Pepper.

Soy fea
“Cuando la columna estuvo publicada, dije ¡guau me la publicaron! Y después me leí y pensé: ‘no puedo creer que yo sienta esto’”.

Tengo 18 años, con esto de la pandemia, ver a tanta gente realmente linda, con buenos atributos, linda nariz y buena estatura por Internet, me hizo bajar mi autoestima al subsuelo, siempre supe que era la más fea del salón, de mi grupo de amigas, de mis familiares, pero esto lo incrementó: antes lo sabía pero lo aceptaba, ahora no puedo y ya no puedo mirarme al espejo, no puedo ver mi cuerpo desnudo antes de entrar a ducharme porque me da asco, no puedo sacarme fotos o salir en selfies porque siento que estoy empeorando la foto”. (Ver: Cuando nos volvamos a encontrar).

Yo últimamente me he sentido muy triste porque me siento muy horrible. A veces me dan crisis muy fuertes por lo mismo, a diario lloro por ese motivo. Yo hace unos años estaba delgadita, pero de un tiempo para acá engorde, pues unos 20 kilos y desde ese día me da miedo salir de casa, me da pánico que la gente me vea porque siento que se están burlando de mi, ya que no solo estoy gorda sino además mi cara es muy fea, tengo la cara redonda, la nariz redonda, los ojos grandes y redondos. Trato de maquillarme pero igual me veo fea, no se que hacer para verme bien. Tengo familiares que siempre se burlan de mí, de lo horrible que soy y de lo gorda que estoy. A veces me da mucha tristeza porque mi novio es muy guapo y siento que él merece a alguien que esté a su nivel, él siempre me dice cosas bonitas pero temo que un día me mire como me ven los demás“.

Cuando estuvo publicada que yo la busqué y la leí y yo dije ¡guau! Me la publicaron y me leí y me sentí ‘no puedo creer que yo sienta esto’. Fue como que ya verlo publicado, es como ¿tú te sientes así? No sé cómo explicar lo que fue verme ahí, porque fue muy satisfactorio y a la vez muy chocante. Fue un shock. No pensé la verdad que iba a haber tanta gente con tantas historias o chicas sintiéndose de forma similar. Y empezar a leer ya después con detenimiento esas historias, ¡uy Dios mío! Fue como que aquí hay un problema, aquí hay un problema”.

La mayoría de quienes han comentado la columna de Ivis Pepper, llegaron a ella después de escribir “me siento fea” en Google. Es un sentimiento tan generalizado, tan incrustado en nuestra sociedad… Pero ¿por qué tantas mujeres se sienten así? (Ver: Hay muchas formas de ser mujer).

Soy María Mercedes Acosta, cofundadora y editora de Sentiido. En este podcast queremos hablar de la presión que sienten tantas mujeres de alcanzar ese ideal de belleza que nos han vendido… Que nos han impuesto. Y cómo salir de ahí. 

El tema del cuerpo es algo muy, muy, muy frecuente que no nos guste. Yo me pongo de ejemplo porque tengo 43 años y siempre he sentido voces cercanas a mí donde siempre han estado molestándome sobre mi cuerpo”.

Soy fea
La mayoría de quienes han comentado la columna de Ivis Pepper, llegaron a ella después de escribir “me siento fea” en Google.

Soy fea
Pretender alcanzar el ideal de belleza que nos han vendido es un tema complejo.

Quien habla es Isabel Cristina Sánchez, psicóloga con un máster en Intervención Psicosocial con línea de investigación en género. (Ver: El género existe y no es una ideología).

Es un hecho que a casi nadie le gusta lo que ve cuando se mira en el espejo: la insatisfacción con el físico o con la apariencia afecta al 97 por ciento de las mujeres. Esta cifra la comparte Juanita Gempeler, psicóloga clínica especializada en terapia cognitiva comportamental. Desde hace 24 años trabaja con la doctora Maritza Rodríguez en Equilibrio, un programa dedicado a los trastornos de la conducta alimentaria, afectivos y de ansiedad.

No hay duda de que pretender alcanzar el ideal de belleza que nos han vendido es un tema complejo. Todo esto me hace pensar en este fragmento con el que empieza el libro El prestigio de la belleza, de la escritora colombiana Piedad Bonnett… Y algunos otros que escucharemos a lo largo del episodio. Este en particular dice algo como…

La niña de la foto es realmente fea. Debajo de la enorme capota se ve una carita grumosa, de enormes cachetes y diminutos ojos de zarigüeya. Sobre el labio superior, la huella mínima, pero inocultable, del dedo torpe del Dios que sopló sobre el barro aún fresco para darle vida. Esa niña soy yo y este relato es, entre otras cosas, el de mis tratos con la belleza”.

Varias de las comentaristas de la nota de Ivis Pepper en Sentiido se pusieron de acuerdo, en los mismos comentarios de la publicación, para crear un grupo de WhatsApp y seguir por allí la conversación entre ellas. 

Mejor dicho, a partir de esa columna, y sin que Ivis Pepper siquiera lo imaginara, se formó un grupo de apoyo –o varios– por WhatsApp, algo que puede ser muy poderoso.

Ahora, la insatisfacción con el cuerpo o con la autoimagen no solo afecta a las mujeres, también a los  hombres y a las personas no binarias. De hecho, es un problema que ha venido aumentando en la población en general con el paso del tiempo. (Ver: Ni hombre ni mujer: persona no binaria).

Soy fea
La insatisfacción con el cuerpo es un problema que ha venido aumentando en toda la población. 
Soy fea
Los hombres también se sienten feos… Pero la presión por tener que cumplir con un físico determinado es mucho mayor en las mujeres.

Los hombres, por ejemplo, también se sienten forzados a cumplir con un estereotipo físico. El problema es que desde temprana edad se enseña que no es bien visto que un hombre diga: “me siento feo”. Como dice Maryi Andrea Rincón, psicóloga clínica con una maestría en sexología clínica y un doctorado en Ciencias Humanas y Sociales… “Si un hombre dice ‘ay yo no soy lindo’, ¿qué le vamos a decir?, expresiones como ‘tan marica’”.

Y sí, los hombres también se sienten feos… Pero también es cierto que la presión por tener que cumplir con un físico determinado es mucho mayor en las mujeres y tiene, por tanto, mayores consecuencias en su cotidianidad y en su vida en general. 

Muchas tienen una relación muy difícil con su cuerpo, sea por sobrepeso, porque no se sienten sexis, porque su pelo no es liso, porque tienen pocas tetas, poco culo… ¡por lo que sea! Las exigencias en hombres y en mujeres existen, pero son mucho más demandantes en ellas, tal como lo explica Isabel Cristina Sánchez. “A los hombres se les evalúa para que sean capaces, logren objetivos y tengan metas. Las mujeres más hacia la belleza, lo bonito, lo estético”.

Como si parte de la misión en la vida de las mujeres fuera ser bonitas, como si ese fuera un valor a conquistar tal como la honestidad o la responsabilidad. 

Yo recuerdo haber escuchado muchas veces en mi infancia a mi mamá y a mis tías lamentando que tal prima era desarreglada, que tal otra por qué no se cortaba y tinturaba el pelo, que por qué no bajaba de peso, que pobre el marido… Mientras, aquella otra prima, ¡cómo es de femenina! Como si ser femenina fuera una cualidad. A mí, cuando tenía entre nueve y diez años, más de una vez me tocó dormir con rulos, pese a lo incómodos que son, solo para que mi pelo no se viera tan liso… Como sencilla y naturalmente es.

Juliana Reina, economista de 40 años, comparte lo que significó para ella esta presión social.Yo me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía. Y desde muy chiquita yo le decía a mi mamá, siempre llegaba a quejarme: yo soy la más peluda, soy ciega, esas gafas. Fuera de eso tenía los dientes en recreo y también un montón de aparatos de ortodoncia que me bajaban la autoestima”.

Soy fea
“Yo me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía”, Juliana Reina.

Parte del problema de que a tantas mujeres no les guste el físico que les correspondió en esta vida, tiene que ver con lo que desde temprana edad escucharon sobre su aspecto.

Las mujeres conocemos la presión de tener que cumplir con un 90-60-90 que está lejos del prototipo físico de la mayoría. Y súmale a eso el mandato social de sentir que su físico, su apariencia debe ser deseada, que debe gustarles a los hombres… (Así a algunas ni siquiera les interesen los hombres). (Ver: 90-60-90 suman 240)

La mujer tiene que seducir con la belleza. Es más común un papá o una mamá diciendo: ‘a las gorditas no las quieren sino los papás’, a una mamá diciendo ‘a los gorditos no los quieren sino los papás’. Le caen más duro a la mujer”.

Y sí, tal como lo explica Juanita Gempeler, parte del problema de que a tantas mujeres no les guste el físico que les correspondió en esta vida, tiene que ver con lo que desde temprana edad escucharon sobre su aspecto, algo que Ángela María Báez Silva, filósofa y psicóloga con maestrías en literatura feminista y Biología Cultural, intenta no repetir con su hija.

Yo le compraba un vestido a mi hija porque me parecía maravilloso, amarillo, espectacular. Y, claro, se lo ponía y la pobre no podía gatear. Es que hasta en esas cosas tan, tan insignificantes estamos empezando a enseñarnos a las mujeres a relacionarnos con nuestro propio cuerpo, limitándolo. Es como ‘para que te veas tan bonita, entonces pues no puedes jugar’. Y péinate y sé delgada. Desde muy pequeños a las niñas estamos hablándoles sobre su cuerpo, termina llevando a las mujeres a tener una conciencia especial de su físico y de su aspecto”.

Mejor dicho, el problema empieza en la casa, junto a esas personas que supuestamente deberían querer lo mejor para esas niñas. “Si esas primeras interacciones nadie funge un papel ni de refugio ni de seguridad, donde todo el tiempo me dicen ‘usted no es bonita’, ‘usted debería ser diferente’, entonces todo eso empieza a almacenarse. ¿Y qué pasa? Pues se ve reflejado en la adolescencia porque en la adolescencia es donde más nos duelen esas cosas. Nos importa mucho las relaciones del otro, nos importa mucho el qué dirán”.

Sí, en la adolescencia, como lo explica Maryi Andrea Rincón, buscamos ese sentido de pertenencia, formar parte de un grupo. Por supuesto, esto se hace difícil si esos primeros comentarios sobre el cuerpo o la apariencia, son críticas. Como nos cuenta Juanita Gempeler… 

El problema empieza en la casa, junto a esas personas que supuestamente deberían querer lo mejor para esas niñas.

De los papás, de los profesores, de las personas cercanas, de los tíos, de la red de apoyo social cercana a un niño creciendo y a un adolescente creciendo que empiezan a hacer como comentarios: ‘no, no, no, tú sí, tú sí eres, menos mal eres inteligente o tu hermana es la linda, ¿no?’. Entonces pues fulanita es la linda y esta es la inteligente, sin que necesariamente le digan fea. Entonces, la inteligente tiene que estudiar porque tiene que valerse por sí misma. La bonita se va a conquistar a alguien. Ese tipo de mensajes, por ejemplo, o cosas como ‘no, voy a ver cómo te quitamos esos pelos’ o ‘cómo te aliso el pelo antes de que te vayas al colegio porque es que con ese pelo cómo funciona uno en la vida’. O ‘uy no, esas orejas de Dumbo, venga a ver cómo se las tapamos a esta niñita’. Y le ponen balacas. Ese tipo de cosas van marcando: ‘algo está mal conmigo’, ‘mi aspecto no está bien’”.

Mi madre no se daba por vencida en la tarea que había emprendido. ¿Podría mi pelo debilucho llegar a tener una consistencia siquiera parecida a la de la recia y abundante melena de mi hermana? Se haría lo posible, pues no hay belleza completa en una mujer si no tiene una cabellera de rizos sueltos, de alegres bucles ondeando al viento. Entusiasmada, puse mi cabeza en sus manos para que llevara a cabo su plan: si yo dormía con muchas, muchas trenzas, al día siguiente tendría un pelo suavemente rizado”.

A la mañana siguiente, ya bañada y uniformada, me dispuse frente al espejo a ver los resultados del experimento. Ah, naturaleza cruel. Mi pelo era lana rala y mal escardada, insensato disparate, electricidad pura. Parecía un leoncito que ha caído en una trampa y se levanta, asustado, con la melena llena de espartillo. En minutos debía salir para el colegio. Mi madre, no sé si hipócritamente, sonreía complacida. Yo me contemplaba, incrédula, sin saber qué hacer, con las lágrimas a punto de asomarse: ahora no sólo aborrecía mi aspecto, sino que temía herir a quien con tanto amor y cuidado había hecho de mí ese esperpento”.

Mi mamá murió y no quiero hablar mal de ella. Murió hace poco y yo la adoro, la amo, siempre la amaré, pero pues mi mamá era una persona muy jocosa, pero en medio de la jocosidad hay frases que hieren, cosas que hieren. Las burlas son burlas, aunque parezcan jocosas. Entonces mi mamá era de las que me decía que yo tenía como una cabeza extraña. Y yo decía: sí, es verdad que yo tengo la cabeza extraña y crecí con eso. Entonces, todas esas cosas también siento que no te ayudan a tener una buena percepción de ti misma”.

Una experiencia similar a la que nos cuenta aquí Ivis Pepper la vivió Juliana Reina con las comparaciones con sus hermanas. “Lo sentía más que todo como de personas algo externas a la familia, como los amigos de los papás. Como que cuando se dirigían a mis hermanas eran ‘tan lindas las niñas’ y a mí nunca me decían nada, por ejemplo. Mi nariz también era un poco aguileña, parecida a la de mi papá. Mi papá me molestaba mucho con ella. Él tratando de hacer el chiste, pero para mí era agobiante realmente”.

“Las parejas también tienen mucho que ver, los comentarios: ‘a mí me gustan más pechugonas’ o ‘yo creo que lo que estás comiendo te va a subir de peso’, van creciendo en nuestra autoestima”, Isabel Cristina Sánchez, psicóloga.

Yo recuerdo que, desde pequeñita a mí, mi familia y los amigos de mi familia y mis amigos tendían a compararme con mi hermana. Qué tiene esta que no tiene la otra. Y todo eso. Y pues mi hermana es un poco más narizona. Mi hermana tiene el cabello liso y yo no tengo el cabello liso. Yo soy más amarilla, mi hermana es como más morenita. Desde chiquita, también nuestras personalidades. Yo era una persona muy introvertida, mi hermana no”.

Y no falta si tienes hermanos, algún comentario, violencia simbólica, sutil, que te dicen: ‘está gorda’, ‘yo de usted, si en serio quiere levantar, adelgazaría’. Las parejas también tienen mucho que ver, los comentarios, esa violencia sutil: ‘a mí me gustan más pechugonas’, ‘Yo creo que lo que estás comiendo te va a subir de peso’. Entonces, esas son cosas que van creciendo en nuestra autoestima, en nuestra cabeza”.

Ese último testimonio de Isabel Cristina Sánchez deja claro el mensaje que se recibe en esos comentarios: hay modelos físicos a los que una mujer debe ajustarse. Y uno muy rápido hace la conexión: “yo no me parezco a ese modelo, por tanto, soy fea. Debo ser bonita, a cualquier costo”.

A mi hermana y a mí nos vestían de manera casi idéntica. El modelo era el mismo, no así el color, que variaba siempre. Al decir de algunos allegados, podría pensarse que éramos gemelas. Pero una prima de mi madre, que había llegado a pasar una temporada en casa de mi abuela, se encargó de informarme que, al menos para ella, esto no era tan evidente. Al vernos, se deshizo primero en elogios con mi hermano. Luego, con sus ojitos de víbora, nos escrutó a mi hermana y a mí en un silencio que nos llenó de expectativa. Preguntó luego por el nombre de cada una. Entonces lanzó su veredicto:

¡Qué maravilla! Son idénticas, pero la una es luz y la otra sombra. Todos callamos, estupefactos.
– Sí – dijo mi madre haciendo de intérprete, la una es morena y la otra blanca. Pero la prima porfió, como cualquier bruja de cuento:
– No tanto eso. Quiero decir que una es muy lúcida y la otra no

La ambigüedad de su frase quedó flotando por unos segundos en mi conciencia, mientras me preguntaba, casi angustiosamente, si la deslucida sería yo. Entonces aquella bruja con cara de pájaro puso una mano sobre mi cabeza y sentenció: Pero la suerte de la fea la bonita la desea”.

“Entonces aquella bruja con cara de pájaro puso una mano sobre mi cabeza y sentenció: la suerte de la fea la bonita la desea”, El prestigio de la belleza.

Lo que pasa en el colegio, con pares y profesores, es determinante en la autopercepción de cada quien.

Y se refieren a unas características tan poco susceptibles de ser alcanzadas que realmente se vuelve un tema muy complicado. Pero en las generaciones actuales, además, esto se une con esa urgente necesidad de que lo que quiero, lo tenga ya y que pueda modificar lo que quiero como lo quiero. Y una de esas cosas es el cuerpo. ¿Cómo así que yo no tengo el cuerpo que yo quiero?”.

En ese afán que explica Juanita Gempeler de tener ya, ya, ya el cuerpo soñado, con sus respectivos riesgos y consecuencias, coincide Isabel Cristina Sánchez. “Siento que si voy al gimnasio me voy a demorar más tiempo, entonces con una cirugía podría ser un poco más rápido”.

Ahora, lo que pasa en el colegio, con pares y profesores, también es determinante en la autopercepción, tal como lo explica Juanita Gempeler. “Una cosa que nosotros vemos mucho es la profesora que está organizando una presentación de fin de año, entonces las bonitas son las que van en la primera fila, las que no son tan bonitas o son gorditas, o los bonitos o no que no son tan bonitos o son gorditos, entonces van atrás y que más bien hagan una gracia porque no son los de mostrar, ese tipo de cosas. Los mismos niños tienden a ser también muy crueles en eso porque no tienen filtro. Entonces el niño va diciendo: ‘aquí los bonitos y aquí los feos’, ‘no usted sí es muy fea’”.

Esta fue la experiencia de Juliana Reina en el colegio.“En mi infancia y en mi adolescencia, yo fui una persona muy tímida. Me daba miedo hablar, digamos participar en clase, me daba miedo. Sentía que iba a ser rechazada, como que mi opinión no valía, porque realmente me sentía menos que las demás. No encajaba. Me sentía diferente. A nosotras anualmente nos tomaban fotos en el colegio. Yo odiaba ese momento en que nos las entregaban porque todas las niñas se mostraban las fotos entre sí, pues halagando que salí divina, que yo no sé qué… Yo corría a la casa y se las mostraba a mi mamá y le decía ‘por favor no la compre’. Y esa foto la tuve mucho tiempo escondida”.

A esto se suma que niños, niñas y adolescentes también aprenden de la relación que ven que sus papás, mamás o su entorno más cercano tienen con sus propios cuerpos, como lo analiza Maryi Andrea Rincón. “Si yo veo que mamá es una mujer muy ansiosa que está solamente buscando esa aprobación, pues también empiezo a tener una historia de aprendizaje marcada de muchas inseguridades, de necesito agradar. Y pues en la vida adulta, pues nuestras relaciones son inseguras, donde si yo tengo pareja, no lo puedo creer: ‘yo no puedo creer que este tipo se hubiera fijado en mí, pobrecito, ¿será que alguien lo va a molestar porque está conmigo?’”

Esta es, justamente, una parte de la historia de Ivis Pepper. “Las personas que tenemos ese tipo de problemas tendemos a ser muy celosas. A mí me decían ‘tú eres muy linda, pero tu novio no es tan lindo’. Mira lo que me decían, pero yo no lo sentía así. Yo sentía que él era muy lindo, que yo era horrible. Y yo sentía cómo puede estar conmigo, porque esa es la percepción que yo tenía de mí. Entonces eso hacía que cada rato yo estuviera pendiente de si él le escribía a alguien para ver cómo es esa chica con la que estaba hablando, para ver cómo luce. ¿Luce más bonita que yo? Obviamente. Aunque no fuera así, yo iba a pensar que sí. Y no puedes saludar a nadie. Era súper tóxico, pero súper, súper, súper tóxico”.

Niños, niñas y adolescentes también aprenden de la relación que ven que sus papás, mamás o su entorno más cercano tienen con sus propios cuerpos.

La comparación entre mujeres, incluso entre hermanas o amigas, también influye en esa idea de: “tengo que cambiar mi cuerpo”.

¿Qué me hacía indigna de ser amada? Lo primero que se me ocurrió fue mirarme en el espejo. Lo que vi era perfectamente conocido: una niña común y corriente, de nariz chata y frente muy amplia. Hice el ejercicio de volver a cero, de desconocerme. No lo encontré fácil. Traté de percibirme, entonces, de acuerdo a los epítetos de mis hermanos en las peleas: y sí, era cachetona, sí, era gorda. Mi boca era un corazón minúsculo, mis ojos un par de rendijas iluminadas. Sí, era fea. Por eso Lu no podía quererme”.

Y bueno, la comparación entre mujeres, incluso entre hermanas o amigas, también influye en esa idea de: “tengo que cambiar mi cuerpo”. Al menos, esta es parte de la experiencia de Ivis Pepper y de Juliana Reina.

Lo peor es uno darse palo, también, comparándose con otras personas que eso era lo que yo hacía en el colegio. Yo me comparaba con todas mis amigas, con todas las niñas lindas que veía, me comparaba. Y así ha sido mi vida desde siempre”.

Yo a los 17 años estaba sintiendo que me estaba dejando el tren. Y me lo decían porque a mis 17 yo no había dado el primer beso. Mis amigas ya todas se habían dado su primer beso, otras ya habían perdido la virginidad. Entonces, por ese lado sí sentí mucha presión. Y uno empieza a observarse y uno empieza a verse feo por esa presión”.

Empieza a haber la competencia de por qué ella sí levanta y yo no, por qué ella tiene ese novio tan guapo, qué le ve, entonces es un tema de siempre ir afuera porque te da miedo conectar contigo, encontrar y saber qué es lo que hay ahí”.

Ana María Torres, psicóloga, psicoterapeuta y consteladora familiar, coincide con esto que plantea Isabel Cristina Sánchez: el problema de fondo de esa inconformidad con el cuerpo o con la apariencia, es la relación que uno ha construido con uno mismo.

“Está la competencia de por qué ella sí levanta y yo no, por qué ella tiene ese novio tan guapo, qué le ve. Es un tema de siempre ir a afuera porque te da miedo conectar contigo y saber qué hay ahí”, Isabel Cristina Sánchez, psicóloga.

Lo primero, entonces, es mirar cuál es el verdadero vacío qué tenemos.

Tiene que ver más con tu historia, no tiene que ver con tu entorno, no tiene que ver con una realidad física. Una percepción interior tiene que ver más con la forma como tú lees la realidad y como tú te ves a ti misma, por eso vas a necesitar ir adentro de ti y darte cuenta realmente qué es lo que sucede para poderlo trabajar en su origen”.

Lo primero, entonces, es mirar cuál es el verdadero vacío qué tenemos. Pero esto no es fácil de identificar cuando la industria de los juguetes, de los medios de comunicación y de las redes sociales están alimentando de manera permanente esa relación tóxica que muchas personas establecen con su cuerpo, con su imagen. 

Tomemos como ejemplo las Barbies, o las princesas Disney. ¡Son un referente para muchas niñas! Y aún así todas ellas son delgadas, un prototipo de la belleza física que vende nuestra sociedad. Tal como lo señala María Nieves Quiles del Castillo en el libro El estigma social, no existe una imagen social de personas con sobrepeso asociada al éxito y a la popularidad. Y claro, ahora el número de seguidores y de likes, lo es todo. (Ver: Juguetes sin barreras de azul ni rosado).

Te vas para el Instagram y ves a esa chica que usa 100 mil filtros y se ve preciosa. O ves a esa chica que naturalmente se ve preciosa y ves todos los likes que tiene. Y tú piensas ¡wow! De verdad, de verdad, qué lindo, de verdad. Así es. Es decir, así es la belleza. Esos son los estándares y tú te vas metiendo eso en la cabeza”.

Tal como lo explica Ivis Pepper, las redes sociales son un medidor permanente de quién gusta más. Y a esto se suma el afán de tener el cuerpo y el look de famosos e influencers, imaginando, quizás, que su vida es tan perfecta como perciben sus cuerpos. Está la creencia de que, si logro ser lo que socialmente se considera “bonita”, voy a ser feliz, exitosa y todo el mundo me va a querer.

Una realidad que a muchos les puede parecer increíble es que usualmente las mujeres que se sienten más feas suelen ser las mujeres más bonitas. Y por esto también viven con tanta atención en el detalle de cómo lucen. Y por eso puedes ver entre mujeres consideradas muy hermosas, problemas, trastornos de alimentación, una relación muy difícil con el cuerpo, anorexia, bulimia. Todo esto, por supuesto, aunque inconscientemente tiene que ver con las relaciones, con sus primeros vínculos, con lo que viven en su historia personal, hacia fuera pareciera que está relacionado con la forma como ven su propio cuerpo“. 

Yo te puedo decir como psicóloga, como psicoterapeuta que ha atendido mujeres en diferentes momentos de la vida, que no es cierto que las chicas más bonitas, entre comillas, sean más felices o tengan más amor, que usualmente tienen situaciones muy difíciles en casa, que viven historias de desamor con los chicos, que se sienten engañadas, que muchas veces aunque hacia afuera aparenten que se sienten muy seguras, en realidad no es así, que muchas veces se sienten inseguras internamente, que sufren, que también se deprimen”.

“Usualmente las mujeres que se sienten más feas suelen ser las más bonitas. Y por esto también viven con tanta atención en cómo lucen”, Ana María Torres, psicóloga.

“La felicidad está más relacionada con la capacidad de ponerme en los zapatos del otro que en mi aspecto”, Juanita Gempeler, psicóloga.

Y sí, tal como lo explica Ana María Torres, no es cierto que ser considerada bonita sea garantía de ser feliz. ¿Qué opina de esto Juanita Gempeler? “Primero la felicidad no es una cosa que uno logre y mantenga. No es como uno ‘entré en la felicidad y soy feliz’, sino uno tiene momentos de felicidad, momentos chéveres, sí, pero la felicidad no es un tema que se logre y se mantiene permanentemente. Lo que uno tiene que buscar es desarrollar al máximo sus talentos, sus cualidades, sus posibilidades y tratar de vivir en comunidad lo mejor que podamos. Y probablemente ahí voy a encontrar mayor felicidad. Si se puede hablar de felicidad, pues de esos momentos de felicidad, eso está ligado mucho más al contacto con los demás, está ligado mucho más a la capacidad de ser útil, de dar más que de recibir”.

La felicidad está mucho más relacionada con la capacidad de ponerme en los zapatos del otro que en mi aspecto físico. Además, la belleza es una armonía que va más allá del físico, como lo explica Ana María Torres.

Si nosotros podemos mejorar nuestra relación en nuestro interior con nosotras mismas, entonces vamos a proyectar otra cosa. Y eso nos ayuda también energéticamente a empezar a ubicarnos en otro lugar, pararnos diferente, expresarnos diferente, sentirnos más a gusto como somos, con quien somos y a la hora de relacionarnos con los demás”.

En redes sociales hay dinámicas que no ayudan en este proceso. Por ejemplo criticar los cuerpos de otras mujeres, muchas veces incluso por mensaje privado y por personas que uno no conoce, pero que se toman el trabajo de escribir: “tus piernas son muy gordas” o “te falta hacer ejercicio”. Detrás de esos comentarios está, para empezar, el machismo o la idea de que los cuerpos de las mujeres les pertenecen a todo el mundo y cualquiera puede decirle cómo debería ser su cuerpo. 

Detrás de ese afán por vigilar y regular los cuerpos de las mujeres, también hay conflictos con la propia imagen. Juanita Gempeler analiza y dice… “Como yo tengo un problema con mi cuerpo, no logro entender que otra persona pueda mostrar su cuerpo. Me angustia, me ofende. La persona que hace esa crítica es una persona bien enredada con su propio cuerpo”. La respuesta en este y en todos los casos siempre será: “es mi cuerpo. No es asunto tuyo”.

Y bueno, aunque en estos tiempos de pandemia y virtualidad ha disminuido para mucha gente la angustia de tener que mostrarse de cuerpo entero porque en Zoom o en Google Meet solo nos vemos medio cuerpo, también está pasando que algunas personas, con el argumento de la pandemia, están empezando a evitar, de plano, los eventos presenciales, como lo explica Juanita Gempeler.

Detrás de ese afán por vigilar y regular los cuerpos de las mujeres, también hay conflictos con la propia imagen.

“Una señal de alarma es cuando la niña o adolescente dice: ‘yo no puedo ir a esa fiesta porque no soy bonita’ o ‘no me quiero presentar ahí porque no tengo un cuerpo apropiado’”, Juanita Gempeler, psicóloga.

Lo primero que empieza a pasar con alguien que está insatisfecho con su cuerpo es que no quisiera estar presente en situaciones en las que el cuerpo sea visto”. Otras señales son los trastornos alimentarios, las dietas exageradas, la obsesión con el conteo de calorías diarias. Juanita Gempeler y Ana María Torres analizan esto.

La alarma -y tiene que ser oída así- es el planteamiento desde el niño o el adolescente ‘me estoy sintiendo incómodo’, eso aparece desde muy temprano, desde los niños empieza a aparecer como ‘yo me siento diferente’, ‘en mi curso no me quieren’, ‘yo me siento feo’, ‘¿será que soy gordo?’, ‘¿será que soy feo?’, ‘¿a ti te parece que yo puedo ser bonito o atractivo?’”. 

La señal de alarma empieza a aparecer cuando se verbaliza la inconformidad como un defecto y eso empieza a ser visto como un interferente para lograr lo que quiere hacer. O sea, ‘yo no puedo ir a esa fiesta porque yo no soy bonita’, ‘yo no me quiero presentar ahí porque yo no tengo un cuerpo apropiado o porque yo no soy bien plantada’”.

Cuando te pasa que, si hay un día que no puedes hacer ejercicio, entonces entras en angustia y no puedes dejar de pensar en eso todo el día. Ahí hay una señal de alarma de que algo está pasando. Si, por ejemplo, estás cuidando de tener una alimentación sana y saludable, pero hay un día en que te vas a un cumpleaños y no puedes probar la torta. O la probaste y te llenaste de angustia por eso, ahí hay una señal también de que algo está pasando. Si hay un día en el que no pudiste tener los arreglos de siempre por alguna razón y eso te genera un grado de angustia que implique que no puedes salir a la calle o que creas que nadie te va a querer por eso, ahí hay una señal de alarma”. Y lo que puede empezar a pasar es que la persona siente ansiedad, se aísla y puede entrar en depresión.

La buena noticia es que es posible empezar a reducir el creciente número de personas que se siente inconforme con su cuerpo. Lo ideal en principio, cuando el tema afecta seriamente la cotidianidad, es buscar ayuda profesional, pero eso no siempre pasa porque muchas personas no se dan cuenta de que tienen un problema. 

Pero mientras la persona logra entender que necesita ayuda, quienes están… Quienes estamos alrededor podemos aportar. El primer paso es escuchando, tal como lo explica Ana Lucía Jaramillo, profesora de la Universidad de los Andes y actualmente directora del Departamento de Psicología.

Mientras la persona logra entender que necesita ayuda, quienes estamos alrededor podemos aportar. El primer paso: escuchar.

El gran reto es fomentar nuevas generaciones con una mejor autoestima.

Lo mejor es escuchar y entender y valorar, porque el comentario de ‘ay no te preocupes’, ‘eso no vale nada’, es traducido al que lo recibe como ‘pues eres una tonta por preocuparte por eso. No te preocupes’. Es como una invalidación. Entonces si uno no tiene nada bueno que decir, si va a decir algo invalidante y no le sale nada más, pues mejor no diga nada. Pero si es amable, amoroso, que son la mayoría de las personas, pues trate de escuchar: por qué te sientes así, qué te hace pensar eso, desde cuándo te sientes así, como darle cierto interés, curiosidad o valor. A veces, más que dar un consejo, dar un juicio, pues lo que más sirve es escuchar y que el otro se sienta entendido”.

El gran reto, en todo caso, es empezar a fomentar nuevas generaciones con una mejor autoestima que incluye pasar, desde temprana edad, tiempo de calidad con los hijos e hijas, escucharles, expresarles físicamente el afecto, validar sus cualidades y fortalezas y hacerles sentir que están orgullosos de que sean sus hijos e hijas y que no están solos.

Otra cosa importante es no centrarse en hacer comentarios sobre el cuerpo. El cuerpo se marca con las típicas frases: “te subiste de peso ¿no?” hasta “tan chévere tu toda flaca”. Pero lo mejor es que, más que centrarse en el cuerpo, hay que hacer énfasis en las habilidades de cada quien, como lo explican Ana Lucía Jaramillo y Juanita Gempeler.

¿Por qué a las niñas siempre les dicen lindas y a los hombres capaces, fuertes, inteligentes? Podemos enfatizar en otras habilidades, capacidades, fortalezas que tienen: la inteligencia, la capacidad para conducir, la capacidad para jugar, la capacidad para sumar, no sé”.

Hagan notar la mayor cantidad de características no físicas de la persona y exalten las físicas de manera que puedan ser usadas de una manera funcional: ‘tú que tienes un jurgo de fuerza, ven y me ayudas’, ‘tú que eres bien elástica, métete acá debajo’, más que ‘usted que es tan gorda, no me vaya a ayudar, no va y sea que me parta la butaca’, más bien digo: ‘tú que eres súper liviano, ayúdame a hacer eso’. Estoy hablando de lo físico, porque eso no puede ser un tabú, pero no de una manera agresiva, peyorativa. Y, por otro lado, estoy haciendo énfasis en otras características que no son solamente las corporales para describir a esa persona que es mi hijo, o mi sobrino, o mi nieto, o mi amigo, o quien sea. No hacer énfasis todo el tiempo en si estás gorda, si estás flaca, si ganaste peso, si perdiste peso, que es muy a menudo lo que pasa con mamás y papás, sobre todo con las hijas”.

También es fundamental que papás y mamás sean más conscientes de los comentarios que hacen sobre su propio cuerpo o el de otras personas cuando, por ejemplo, ven televisión junto a sus hijos.

Otra clave es enseñar desde temprana edad que lo primero es estar a gusto conmigo misma y no tanto estar pendiente de agradar a los demás. Un reto más es aprender a parar a esas personas que siempre están comentando del cuerpo de uno, como lo propone Isabel Cristina Sánchez.

Es fundamental que papás y mamás sean más conscientes de los comentarios que hacen sobre su propio cuerpo o el de otras personas, frente a sus hijos.

Un buen primer paso es trabajar en la aceptación del cuerpo y de la genética que a cada quien le correspondió en esta vida

Yo, te lo digo, con mis 43 años, sigo recibiendo esas voces de alguien muy cercano que se fija todo el tiempo en mi cuerpo y que me dice cuando me estoy subiendo de peso y me felicita cuando me adelgazo. Eso es un yugo. Ella lo dirá en sentido: ‘es que es para protegerla, para su bien, para su beneficio’. No, para mi beneficio lo mejor es que te quedes con la boquita callada, cerradita. Que es mi cuerpo, yo soy la que viajo con él”.

Pero, en esencia, un buen primer paso es empezar a trabajar en la aceptación del cuerpo y de la genética que a cada quien le correspondió en esta vida como lo proponen Juanita Gempeler y Ana María Torres.

Es básicamente aprender a vivir con el cuerpo que se tiene, porque el cuerpo que uno tiene es el cuerpo que uno puede tener. Es plantearle a las mujeres y hombres que evaluamos y con quienes trabajamos: mira cómo son los hombres y mujeres de tu familia, porque tú te vas a parecer a ellos. No es un tema como de destino, sino pues mire sus tendencias. Uno se va a tender a parecer a sus papás, a sus hermanos, a sus primos, a sus abuelos, tanto maternos como paternos en la estatura, en la forma del cuerpo, en si tiende a subirse de peso o a bajarse, pero también en el color de los ojos, del pelo, la manera en la cual aparece la nariz, el óvalo de la cara, esas características sí están determinadas genéticamente. Tú vas a hacer lo que tú eres y lo que tenemos es que ayudarte a vivir con lo que tienes de la mejor manera posible”.

Cuando hablo de la identificación con alguien de tu familia, con una mujer de tu familia que tú ves que se siente bella, si tú te pones a ver qué es lo que la hace sentir de esa manera, no es necesariamente su apariencia física en cuanto a estándares o estereotipos de belleza. Es algo más que si te pones a observarlo y a sintonizarte con eso te vas a dar cuenta que tiene que ver más con una relación consigo misma que tiene esa persona. Es un bonito que no es de un estereotipo, es un bonito de contento. Es de adentro hacia afuera. Es algo amoroso”.

El escritor italiano Umberto Eco analizó en su libro “Historia de la belleza”, que para Platón la belleza tiene una existencia autónoma, distinta del soporte físico que accidentalmente la expresa. Mejor dicho, la belleza no corresponde a lo que se ve. 

Ya en el movimiento neoplatónico, el concepto de belleza se opone al típico de “tener cierta proporción” para hablar de que la belleza más auténtica es la sabiduría de una persona, la belleza interior, la que realmente conmueve. En el subjetivismo del filósofo escocés David Hume la belleza no es inherente a las personas, sino que cada quien percibe una belleza distinta. Y cada quien debería conformarse con su sensación sin pretender regular la de los demás.   

Ahora… Esos son libros. En términos prácticos y contemporáneos, ¿qué pueden hacer las personas que dicen “entiendo todo esto, pero no me gusta como soy?”.

Para Platón la belleza tiene una existencia autónoma, distinta del soporte físico que accidentalmente la expresa. Mejor dicho, la belleza no corresponde a lo que se ve. 

“No vamos a buscar que yo esté ciento por ciento contenta con lo que soy. A la gran mayoría de la gente no le gustan cosas de su aspecto físico. ¿Y qué tiene que hacer? Aprender a vivir con eso”, Juanita Gempeler, psicóloga.

Mira, puede que no te gustes, pero esta eres tú. Y miremos qué es lo mejor que podemos hacer con lo que tienes, que te sientas lo más cómoda posible’. Cuando nosotros decimos: ‘vamos a ver cómo saco lo mejor, cómo sacamos lo mejor que sea posible’, es importante el no idealizar solo un referente. ¿Cómo hacemos para que seas flaca? ¿O cómo hacemos para que seas peli lisa? Ya de entrada lo que está diciendo es: como eres, no sirve y tengo que llevarte a otra cosa“. 

Lo otro es: las personas vienen de todos los colores, tamaños, formas. No vamos a buscar de ninguna manera, ni sería deseable necesariamente, que yo esté 100 por ciento contenta con lo que soy. A mi pueden no gustarme cosas, a la gran mayoría de la gente no le gustan cosas de su aspecto físico. ¿Y pues qué tiene que hacer? Aprender a vivir con eso”.

No es grave, no toca que yo me encante a mí misma. Hay personas que se miran a sí mismos y se encuentran absolutamente cómodas con lo que son. Eso no es la generalidad. El objetivo no es que no haya insatisfacción, el objetivo es ayudarle a la persona a aceptar el cuerpo que tiene y a sacar el máximo que pueda del que tiene, pero no a que esté satisfecha. La idea no es que nos gustemos y nos fascinemos, la idea es que nos aceptemos y aprendamos a leer en nosotros la historia de nuestra familia”.

El filósofo griego Heráclito planteaba que, si en el universo existen realidades que parecen no conciliarse, como el amor y el odio, la paz y la guerra o la quietud y el movimiento, la armonía entre estos contrarios no se produce anulando uno de ellos sino dejando que ambos vivan en tensión continua. La armonía no es ausencia de contrastes, sino equilibrio.

Uff, qué descanso saber que la solución no sea aspirar a que llegue el día en que nuestro cuerpo, como es, nos encante porque, como ya sabemos, esto no suele pasar. 

Es como si alguien dijera: ‘no, es que si yo no tengo talento musical, no sirvo para nada’. No. No todo el mundo tiene talento musical, pues bueno, no todo el mundo tiene el cuerpo que quisiera tener, ni el color de los ojos que quisiera tener. Y hay que vivir con eso y más bien mirar cuáles otros talentos tiene. En términos básicos de la apariencia corporal hay unos elementos genéticos que no son modificables, pero que sí son susceptibles de ser cuidados”.

“No todo el mundo tiene talento musical, pues bueno, no todo el mundo tiene el cuerpo que quisiera tener”, Juanita Gempeler, psicóloga.

Esta historia forma parte de los podcasts al Oiido de Sentiido.

Esta historia forma parte de los podcasts al Oiido de Sentiido. “Soy fea”, fue una historia producida por mí, María Mercedes Acosta. Rodrigo Rodríguez de Loro Podcast estuvo a cargo de la edición. Lina Cuellar es la directora de Sentiido.

La música usada para este episodio fue: “DD Groove”, de Kevin McLeod; “Prelude No. 20”, de  Chris Zabriskie; “Soft Blossom”, de Ann Annie; “A hand in the dark”, de Underbelly / Ty Mayer; “Allegro”, de Emmit Fenn; “Melodie Victoria”, de Kevin McLeod; “Pensive piano”, de Audionautix; “Torture”, de Coyote Hearing; “Passing time”, de Kevin McLeod; “Recollections”, de Asher Fulero. Los efectos sonoros son tomados de YouTube Audio Library y Freesound.org. Estos recursos fueron usados bajo licencia Creative Commons.

Gracias a Ana María Torres, Ana Lucía Jaramillo, Ángela María Báez, Isabel Cristina Sánchez, Ivis Pepper, Juanita Gempeler, Juliana Reina y Maryi Andrea Rincón por hacer posible este podcast. También, a todas las mujeres por resistir. Gracias a Irene Alonso, Lila Forero y Andrea Domínguez por prestar sus voces para los testimonios. 

FES Comunicación
Este podcast fue posible gracias al apoyo de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung Colombia.
Escrito por
María Mercedes Acosta
Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.
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