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Un adolescente escucha y la profesora no se da cuenta

Cofundadora y directora de Sentiido. Profesional en Estudios Literarios y Doctora en Historia de la Universidad de Los Andes. Lectora, periodista empírica y aprendiz de ilustración.

Al hablar con los adolescentes, muchas veces creemos que estamos compartiendo pensamientos “de rutina” que pasarán en vano. Si ellos los usan o no, pocas veces nos damos cuenta.

cómo es ser profesora de adolescentes
Algunas de las palabras que rondan los años de adolescencia y que, en varias ocasiones, aparecen de manera confusa.

Hace un tiempo tuve un estudiante particular de los que en mi época de colegiala, sin pensar en las consecuencias, solían llamarse “alumnos problema”. Un adolescente de 15 años recién cumplidos que estaba siendo “desescolarizado” (manera elegante de echar diplomáticamente al estudiante de la institución sin que deje de pagar la matrícula, para que reciba al final del año un certificado de que pasó el año).

Este joven, al que llamaré Rodrigo por las razones que ya todos conocemos, tenía unas condiciones que a simple vista podrían considerarse las más propicias para ser una alumno estrella: un hogar compuesto por padre, madre y dos hermanos más; sobrada comodidad económica que incluía una casa amplia, un conductor privado, viajes al exterior todas las vacaciones, etc.

No conocí de cerca las relaciones familiares. Solo hablé con la madre algunas veces y supe que estaba muy pendiente de sus hijos y que tenía, en general, los problemas comunes de una madre con retoños adolescentes: días de alegría y días de tirar puertas, días de castigos y días de paseos familiares.

Rodrigo llegó a mi casa para reforzar sus conocimientos en el área de sociales y literatura, para poder aprobar los exámenes de la institución que lo había retirado pero a la cual le seguía pagando mensualmente. El objetivo era no perder el año y cambiarse a un colegio de bachillerato por ciclos mientras tomaban una decisión sobre su futuro académico.

Por algunos nudillos hinchados, uñas mordidas y un celular pegado con cinta transparente, me imaginaba que Rodrigo tenía un temperamento explosivo. Durante la clase, cuando traíamos los temas de literatura o de historia al presente, él solía hacer comentarios displicentes sobre sus compañeros de su anterior colegio: que Z era una “mostrona”, que X ya “se lo había dado” a todos porque tenía unas tetas buenísimas o que K era un maricón.

Yo solía recordarle que esas palabras herían a los demás y que tenía que empezar a ponerse en los zapatos de los otros, para poder entender por qué juzgar y burlarse de los demás no le traía nada bueno a nadie.

Traté de que nos imagináramos cómo se sentiría si hubiera sido la foto de él la que estuviera circulando por las redes sociales, para que todo el mundo se riera de su físico y de su supuesta estupidez por haberla publicado.

Era una tarea que me desgastaba mucho, principalmente porque en ocasiones sentía que estaba “arando en el desierto”. Él me decía que sí, que “qué pena” (respuesta que, por supuesto, no cambia en nada la situación) y continuábamos con la clase tras compartir algunas posiciones al respecto.

Muchas veces, también, me sentía derrotada. Creía que debía buscar herramientas más efectivas para hacer que Rodrigo, un niño con unas excelentes capacidades de liderazgo, explotara su poder de convicción no para arrinconar al estudiante débil de la clase para burlarse de cualquier cosa (existir, por ejemplo), sino para impedir que esto sucediera.

En algún momento, él vio una postal de Sentiido en la pared de mi mesa de trabajo y me preguntó por qué tenía una foto con una “bandera de gais”. Le comenté que creía que las personas debían tener la libertad de ser y de expresarse como quisieran, y que eso incluía a lesbianas, gais, bisexuales y transgénero (aunque creo que solo le interesaron las dos primeras palabras).

También le conté que en alguna ocasión le había dictado clases particulares a un niño de 11 años que era constantemente acosado y rechazado en el colegio porque no hacía lo mismo que sus compañeros.

En vez de jugar fútbol prefería irse a la biblioteca, evitaba constantemente los puños y las patadas como señal de camaradería y secretamente admiraba a la agrupación One Direction.

Aproveché ese momento para decirle a Rodrigo que me habría gustado mucho que él hubiera conocido a mi exalumno de 11 años para que lo acompañara al colegio, lo apoyara y lo hiciera sentir especial.

Le expliqué cómo este pequeño sufría porque los demás lo señalaban como “maricón” y cómo era de importante entender que cada persona es un universo particular que es necesario respetar.

Hace pocos días me encontré con Esteban, un viejo amigo y profesor que ha estado trabajando de cerca con Rodrigo en su nuevo colegio. Hace tiempo no lo veía y  me estuvo contando que Rodrigo cada vez usa más sus energías e ideas para crear y proponer actividades en el salón.

Por casualidad, apareció el tema de la adopción para parejas del mismo sexo. Mi amigo me contó que un día había estado charlando con Rodrigo y otros alumnos en una hora de descanso, cuando uno de ellos dijo que le parecía asqueroso que los gais tuvieran hijos; que ellos no podían criar niños.

Esta posición había sido suficiente para que Rodrigo le respondiera enfáticamente a su compañero diciéndole que no fuera tan cerrado de mente, que viera cuántas familias heterosexuales tenían hijos y no los querían o no los trataban como se merecían. Que los homosexuales tenían todos los derechos como las personas heterosexuales y que había que respetarlos, porque ellos tenían la libertad de vivir como quisieran.

Esto me sorprendió. Aunque sabía que en aquella época Rodrigo tenía muchas ideas confusas sobre el sexo, la sexualidad, la orientación sexual y el respeto hacia el otro, creí equivocadamente que lo que le había dicho en esos meses que trabajamos en clases particulares eran mis posiciones y él no las escuchaba.

Creía, también, que a él solo le interesaba pasar los exámenes aunque su ánimo para trabajar fuera más bien escaso (especialmente cuando empezamos el proceso).

Me di cuenta que había subestimado muchas cosas: el poder que tienen las palabras que se dicen en circunstancias más o menos informales, la atención que los jóvenes prestan a lo que dicen los adultos y la posibilidad que tenía de profundizar en temas que eran tan confusos para Rodrigo.

Ahora me convenzo de que muchos de los prejuicios que tienen los niños que acosan a otros no vienen solo de lo que ven en la casa y en la televisión. Vienen también de la falta de información, de lo que creen que es lo correcto o de lo que les da más seguridad.

Ellos están buscando asideros de dónde agarrarse para desenredar la cantidad de información que recibe a diario sobre lo que está “bien” y lo que está “mal” y muchas veces los adultos nos quedamos pensando en cuestiones circunstantaciales, casi siempre encabezadas por la frase: “Los jóvenes de hoy ya no…”.

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