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Una empleada del servicio doméstico en Colombia

Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.

 

derechos de las empleadas del servicio
Por presión del hermano de Doris, la mamá de ellos vendió muy barata la tierra que tenían en Tota (Boyacá) al frente de la laguna. Hoy allí funciona un centro turístico.

Doris tiene certeza de que a dos de los asaltantes los mataron un año después y que el otro quedó en estado vegetativo cuando iba a dispararle a un policía y él recibió primero un tiro en la columna. También le han contado que uno de ellos decía no acordarse de haber asesinado a Cristian porque antes de robarlo “había tomado muchas pepas”.

A Doris le dijeron que una vez que uno de los ladrones la vio de lejos,  preguntó sonriendo, mientras la señalaba: “¿ella es la mamá del muchacho aquel?”. Como suele suceder en estos casos, la muerte de Cristian pasó desapercibida en medios de comunicación. No hubo ofertas de recompensas, ni presión de “Julito” para que el hecho no quedara en la impunidad.

En todo caso, hace mucho tiempo que Doris perdonó a los asesinos de su hijo. Ella es la presidenta de la junta de acción comunal de su barrio y en ese cargo ha aprendido que la solución va más allá de meter a unos culpables a la cárcel.

“El problema de la inseguridad en el barrio ha sido de siempre, pero desde que nosotras estamos en la junta (14 mujeres) ha disminuido. Los que estaban antes todo el tiempo atacaban a los muchachos, lo que hacía que ellos se comportaran peor. Nosotras intentamos hablarles y escucharlos, en vez de andar recriminándolos a toda hora”.

Su vida en Tota

Doris nació en Tota (Boyacá) hace 50 años. Allí vivió con su mamá, Trinidad Rodríguez, hasta los 13 años. Cultivaban cebolla, papa y trigo. “Mi hermano por parte de mamá se casó muy joven, entonces no veía mucho por ella”.

En Tota, dice, sufrió mucho. “Yo al campo le tengo pánico. Me tocaba salir en la oscuridad a cargar agua y leña y, cuando estábamos sembrando, tenía que llevar sola los bueyes”.

Antes de irse de allí, trabajó en un pueblo cercano, Aquitania. “Como era tan niña, no sabía hacer las cosas bien y todo el día me regañaban”. Después, en Sogamoso (Boyacá), ayudó en la casa de Julia, una profesora de colegio.

Lo que más le agradece a ella es que le enseñó a celebrar fechas especiales como el día de la madre, el cumpleaños y la navidad. “La única celebración que yo conocía era la Semana Santa. Era mi alegría porque podía ir al pueblo a misa estrenando vestido y sombrero”.

Doris estudió hasta quinto de primaria y este último año lo cursó por las noches para poder trabajar. Ella recuerda que un día, un profesor le preguntó el nombre de su papá. “Yo le respondí que solamente tenía mamá. Él me dijo: ‘¿cómo así que no tiene papá? ¡Todos tenemos! Mañana me trae el nombre del suyo’”.

Doris le contó lo sucedido a su mamá, quien le recordó que era mejor no nombrar a ese señor. “Ella ya me había dicho que era un hombre casado y que le podía decir papá si no había más gente, de lo contrario me tenía que referir a él como don Israel”.

Al día siguiente, Doris le preguntó a Julia, la señora con la que trabajaba, qué hacer con el profesor. Ella le dijo que se iban ya para Tota a hablar con su papá. “O usted asume su responsabilidad con Doris o lo demandamos”, fueron sus palabras al confrontar a don Israel.

Por supuesto, él no tuvo más alternativa que comprometerse a darle su apellido. Y aunque Doris ya no estaría más “huérfana” de padre, curiosamente ese fue el apellido que pasó a tener: Huérfano.

A los 13 años Doris se fue de Tota a Bogotá “buscando un mejor futuro”. Llevaba poco tiempo en esta ciudad cuando conoció al que sería el papá de Luz Dary, su hija mayor quien hoy tiene 30 años. “Me daba miedo que mi mamá se enterara que estaba embarazada, pero una persona se lo dijo y ella decidió venir a buscarme. Me acuerdo que no me pegó, pero sí me regañó”.

Doris le dijo que ya tenía trabajo, que se viniera a vivir con ella, porque no quería que siguiera sola en el campo y tampoco estaba dispuesta a devolverse. “Así que conseguimos una pieza y mi mamá me cuidaba la niña mientras yo trabajaba”.

De acá para allá

Su vida laboral en Bogotá empezó en un restaurante en el centro de la ciudad y de ahí pasó a un almacén Tía de Chapinero, hasta que una compañera de trabajo le dijo que había una fábrica de cordones donde podía ganar tres veces más porque pagaban recargos nocturnos.

Entró a trabajar allá y, asegura, “fue una oportunidad para progresar”: compraron una cama, estufa y una mesa. El problema era que, por problemas de transporte, Doris llegaba tarde a su casa y su mamá vivía muy nerviosa.

Así que renunció y se pasó a trabajar por días en casas y cafeterías. Fue cuando conoció a Luis Martínez, su esposo. “Al principio fue difícil porque él tomaba mucho, pero con la muerte de nuestros dos hijos le ha bajado”.

Por presión del hermano de Doris, la mamá de ellos decidió vender el terreno que tenían en Tota, justo al frente de la laguna. “Por el afán, lo entregamos muy barato. Donde teníamos la finca, hoy funciona un gran centro turístico”.

Con la plata que les quedó, su hermano compró un carro que no le ha servido de a mucho y Doris el lote donde vive con su familia desde hace 28 años. Como en ese entonces solamente le alcanzó para el terreno, armaron una casa con latas.

Hace alrededor de 15 años, un día de diciembre, su hija mayor salió a comprar el pan. Unas señoras que estaban regalando mercados, le pidieron que las llevara a su casa para entregarle uno. Cuando llegaron, le preguntaron a Doris a qué se dedicaba y ella les respondió: “a lo que puedo”, lo que incluía vender dulces a la salida de los colegios.

Una de las señoras le ofreció trabajo en la casa de su hija. Desde ese momento, empezaron a recomendarla unos con otros. “Lo mejor fue que por fin empecé a dar  con personas que lo aprecian a uno”. Lo dice, porque como a muchas otras empleadas del servicio doméstico, Doris también ha pasado por casas donde sus empleadores consideran que ellas no puede descansar ni un minuto porque “pierden tiempo”.

Por supuesto, muchas veces ni la saludan y la regla general es que ellas comen en la cocina. ¡Cómo se les va ocurrir sentarse en el comedor de la casa! Unos días después de la visita de las señoras a su casa, una de ellas regresó y le regaló 1.500.000 pesos que Doris invirtió en la construcción de parte de su casa. “Pasamos de una de lata a una de ladrillo”.

Aún falta mucho

El piso de cerámica es fruto de su trabajo y de lo que heredó de su mamá quien murió en 1989. “El resto, lo hemos hecho a punta de préstamos”. Con un sueldo de 750.000 pesos mensuales en promedio, restándole lo que invierte en transporte y en los gastos fijos de su casa, logró pagarle carrera a su tercer hijo, quien está próximo a graduarse de Ingeniería de Sistemas. Para Fernando y Luz Dary, los mayores, la plata no alcanzó.

Con los ingresos de Luis, su esposo, no pueden contar. Aunque él cumple un horario de trabajo en una fábrica de plásticos, recibe pago si llegan camiones a los que pueda ayudar a cargar. De lo contrario, se devuelve sin un peso. Ninguno de los dos tiene contrato laboral, no están afilados a EPS, ARL y no cuentan con las prestaciones sociales, cesantías, pensiones ni vacaciones que por ley tienen derecho. Solamente tienen Sisbén.

Doris, sin embargo, no se queja ni se preocupa. Por el contrario, agradece lo que tiene. “Yo veo en mis hijos el cambio que he tenido en mi vida. A los mayores les tocaba recoger agua a las dos de la mañana. En cambio, si le pregunto a Paula si quiere un helado, ella me dice que sí pero de Mc Donald’s”.

Su meta es trabajar el tiempo que más pueda para pagarle la universidad a Paula y poder seguir ayudando a su nieta. También tiene entre sus planes lograr que en su barrio se construya un parque, les arreglen las calles y haya un espacio para la tercera edad.

“Acá hay muchas necesidades. Yo colaboro en lo que puedo. Si alguien necesita mercado, no tengo para darlo, pero lo consigo. Y cuando en las casas en las que trabajo me regalan juguetes o ropa, la comparto con quienes pueden necesitarla”.

Cuando me alisto para regresar a mi casa, Doris me dice con un gesto cómplice que al profesor Pekerman no le gustan los periodistas pero que intentará conseguirme una entrevista con él. “Gracias Doris, no es necesario”. Y me voy.

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