Inicio A Fondo ¿Victimismo gay? 8 voces opinan

¿Victimismo gay? 8 voces opinan

Género, diversidad sexual y cambio social.

Sergio Camacho Iannini

Periodista de la revista Carrusel, de Casa Editorial El Tiempo.

Sergio Camacho Iannini
Sergio Camacho Iannini. Foto: archivo particular.

Luego de leer la columna de Mauricio Rubio me quedó la sensación, con el respeto que se merece el columnista, de que no está del todo bien informado y de que tal vez le falta ponerse en la posición de una persona LGBTI, antes de medirnos a todos con la misma vara por una situación particular.

No se trata de ser o no homosexual, sino de entender que somos una población que no goza de los mismos derechos que las demás.

Como no quería que mi respuesta se basara solo en emociones, sino en datos concretos –aunque entenderán que es difícil no escribir desde la pasión con un tema que me toca personalmente– me di a la tarea de buscar el caso del escritor Francés Edouard Louis, quien entiendo fue quien motivó su columna.

Este joven de 21 años publicó un libro en el que relata el martirio que tuvo que vivir por ser homosexual durante su infancia, en un pueblo del norte de Francia. Según la mamá de Louis, lo que él dice en su libro es mentira, pues fue un niño mimado y amado y sus padres nunca han sido homofóbicos.

El escritor alega que no se trata de una autobiografía sino de una novela. Busqué la contraportada en Google, con tan mala suerte que solo estaba en francés y yo, desafortunadamente, no sé un ápice de este idioma.

Le escribí a un amigo colombiano que vive en Francia y le dije que por favor me dijera si en alguna parte del libro estaba la palabra autobiografía. Su respuesta fue que no, que al menos en lo que yo le había pasado, no decía eso. Si esto llegase a ser verdad, no veo en qué parte el autor está incurriendo en una traición, como lo quieren hacer ver.

Como no he leído el libro y no conozco su historia, supongamos que se vendió como una autobiografía y que lo que dice su familia es verdad: dijo mentiras. ¿Quiere decir esto que todos los homosexuales inventan historias sobre la violencia que han tenido que vivir por el simple hecho de ser homosexuales?, ¿merecemos todos los homosexuales ser medidos con la misma vara, por un escritor que tal vez, pensando en vender más libros, inventó que había sufrido en su infancia? No puedo decirles qué pensar, pero sí puedo dejarles estos interrogantes.

Rubio también habla de un victimismo artificial y dice que en Colombia tenemos una especie de Edouard Luis; se refiere a Mauricio Albarracín, actual director de la ONG Colombia Diversa, con quien, a pesar de no conocerlo bien, he hablado un par de veces. Y sí, su estilo es agresivo y usa un lenguaje fuerte, pero compararlo con Louis me parece algo extremo.

Albarracín, hasta donde sé, es un activista, y el activismo no se hace hablando pasito, sino con posiciones firmes y fuertes, levantando la voz por quienes no pueden hacerlo por la homofobia presente en nuestro país.

Pero la frase de la columna con la que tengo más diferencias es: “En algún momento será necesario abandonar el victimismo colectivo. Habrá que dejar la quejadera y dejar la piedra contra el mundo para empezar a discutir”.

No estoy de acuerdo en que haya un “victimismo colectivo”. Somos víctimas de una sociedad en la que se usan términos como “normal” para referirse a las personas heterosexuales.

Somos víctimas de una sociedad –y en este punto hablo de Colombia– en donde los homosexuales no pueden llamarle matrimonio a ese acto de unirse con otra persona por amor, como sí pueden hacerlo las personas heterosexuales.

Somos víctimas del miedo a decir abiertamente que nos gusta una persona de nuestro mismo sexo y a expresar que no nos sentimos cómodos con el cuerpo en que nacimos. Somos víctimas de violencia física y verbal. Somos víctimas de asesinatos.

Que seamos víctimas no quiere decir que odiemos el mundo, que le tengamos piedra o que necesitemos que nos tengan lástima –aunque, ¿quiénes somos para juzgar la piedra que alguien pueda tener por haber sido rechazado, ofendido y maltratado por ser una persona LGBTI?–. Somos víctimas porque necesitamos reclamar derechos que nos niegan todos los días.

Una vez más se me vino a la cabeza un pensamiento: “Sergio, estás hablando desde lo emocional, necesitas argumentos más fuertes para probar lo que dices”.

Un café con Mauricio Rubio

Si pudiera sentarme a charlar con Mauricio Rubio, le contaría algunos datos que encontré en un informe de Amnistía Internacional llamado Por ser quien soy, homofobia y transfobia y crímenes de odio en Europa (sí, sé que es Europa, pero se sorprenderán con los resultados, y pienso que se pueden traer a América Latina) en el que encontré que el 70 por ciento de las personas LGBTI respondieron “siempre” o “a menudo” a la pregunta de si habían ocultado su orientación sexual o identidad de género en el colegio.

Le diría que solo 13 países de la Unión Europea recogen datos sobre crímenes de odio homofóbicos y que solo un 5 por ciento sobre crímenes de odio transfóbicos.

Le diría que 20 países de Europa exigen la esterilización de las personas transgénero para conseguir que sean reconocidas legalmente como tal. Le diría que en África hay 36 países que tienen leyes que penalizan la homosexualidad y que, en uno de ellos, Uganda, se promulgó una ley que no solo contribuye a generar violencia contra las personas LGBTI, sino que castiga con cadena perpetua algo que ellos llaman de una forma espantosa “homosexualidad agravada”. En otras palabras, ser homosexual es lo mismo que ser un criminal.

Le relataría que leí un libro llamado Yo, gay, que escribió Jaime Parada, activista y el primer político abiertamente gay de Chile, a quien tuve la oportunidad de entrevistar, y quien me contó acerca de la rabia y la tristeza que sintió por Daniel Zamudio, un joven que torturaron y asesinaron en Chile por ser homosexual.

Le haría saber que Jaime tuvo la valentía de contar en su libro que fue víctima de un abuso sexual cuando era chico y que hace unas semanas un concejal de su país aprovechó esa situación y le dijo: “Eres marica porque te violaron cuando eras chico”.

Le explicaría que cuando estaba en cuarto semestre de Periodismo y Opinión Pública, tuvimos la idea con una amiga de grabar en video las reacciones de las personas cuando veían a una pareja homosexual, y que un señor nos dijo: “Es como cuando usted va en un avión y lo sientan al lado de un negro, usted pide que lo cambien de puesto”, y que muchos más nos dijeron: “Lo respeto, mientras no sea mi hijo”.

Le haría saber que me encantaba ir a misa, pero un cura que despotricaba de los homosexuales y que tildaba de pecadores a la entonces senadora Gina Parody y al senador Armando Benedetti, por apoyar el matrimonio entre parejas del mismo sexo, acabó con mis ganas de volver a misa.

Sin intermediarios

Sin embargo, yo no tenía por qué pagar los platos rotos de una iglesia homofóbica, así que decidí pisar las iglesias, siempre y cuando un cura no estuviera dando sermones que contribuyeran a generar más violencia y entendí que no necesitaba de intermediarios para hablar con Dios.

Y si me preguntara por Colombia, le daría a conocer algunos de los datos del informe que recientemente publicó la organización Colombia Diversa, sobre los derechos de las personas LBGTI en Colombia, con cifras alarmantes.

Le contaría que hay una violencia mucho más sutil que pasa desapercibida, pero que muchos de nosotros vivimos día a día, y es el hecho de no poder decir que somos homosexuales y, mucho menos, presentar a nuestras parejas como lo que son, sino como amigos, por miedo a que nos echen de las casas o del trabajo y nos quiten cualquier ayuda económica.

Las cifras y las situaciones están, no es que nos consideremos víctimas o nos hagamos pasar por tales, es que los somos. Pero como dije anteriormente, somos víctimas, no porque queramos la lástima de los demás o del Gobierno, o de quienes hacen las leyes; lo somos porque exigimos respeto y los mismos derechos que cualquier otro ciudadano.

Y lo dice alguien que ha tenido la fortuna de tener papás y hermanos que lo aceptan tal cual es y que, incluso, han llegado a decirle “valiente” por atreverse a decir que es homosexual en un mundo que, si bien acepta cada vez más las diferencias, sigue siendo violento con el que no sigue la regla general de ser heterosexual: casarse y tener hijos.

Yo, por mi parte, trato de hacer valer los derechos de las personas LGBTI desde donde puedo. Defendiéndolos, o mejor defendiéndonos, cada vez que alguien habla mal de nosotros, nos ofende o nos violenta. Tomándole la mano a mi novio, Camilo, o dándole un ‘pico’ de vez en cuando, para que las personas sepan que no tenemos nada de anormales, pero que a veces, solo con una mirada, nos hacen sentir como si lo fuéramos.

Continúa en la página siguiente…

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