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Vivir en un Estado laico favorece a todas las personas

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

El respeto por la diferencia y la pluralidad que garantiza vivir en un Estado laico nos favorece a todos los ciudadanos, incluidas las personas que profesan una fe.

Por: Fidel Mauricio Ramírez*

Vivir en un Estado laico
Es inaceptable que en algunos debates legislativos se continúen citando referentes bíblicos para justificar una posición.

Hoy, más que nunca, es de vital importancia tomar las decisiones que sean necesarias para proteger el Estado laico y plural que reconoció la Constitución Política de Colombia en 1991. Se trata de garantizar que las libertades individuales allí establecidas no sean afectadas por preceptos religiosos. (Ver: El camino para que Colombia sea un Estado laico).

Situaciones como las que desde 2015 atraviesan países como Brasil, Chile, Costa Rica, Colombia, Ecuador, México y Perú evidencian lo grave que resulta no fijar límites entre los escenarios políticos y los religiosos. (Ver: “Los gais no van a volver al clóset”).

La cruzada emprendida por algunos sectores, especialmente de matriz cristiana, en contra de lo que llaman “ideología de género”, pone en peligro no solo los avances legales y sociales de las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT), sino los derechos sexuales y reproductivos. (Ver: La tal ideología de género, ¿de dónde viene y para dónde va?).

También amenaza la democracia por la negociación de favores políticos a cambio del botín electoral en el que se han convertido algunas iglesias cristianas. (Ver: La estrategia electorera de estar en contra de las personas LGBT).

La influencia de lo religioso en la política ha sido una constante histórica. De hecho, la religión fue el aparato ideológico a través del cual distintas formas de gobierno se legitimaron y perpetuaron en el poder.

El discurso religioso se ha utilizado para controlar conciencias y doblegar voluntades.

Por tanto, no es extraño que en las pirámides sociales, debajo del faraón, del rey o del presidente, estuvieran los poderes religiosos y militares disputándose el segundo lugar.

En los procesos de conquista y colonización, en las cruzadas, durante la inquisición y hasta en las etapas independentistas, las creencias religiosas jugaron un papel importante. Sacerdotes, pastores y misioneros fueron protagonistas o antagonistas de la historia de Occidente. (Ver: Diversidad sexual y religión: el paso a seguir).

Desde el siglo III d.C, Constantino comprendió las bondades que una religión monoteísta como el cristianismo tenía para ayudar a superar la crisis de gobernabilidad que en su tiempo atravesaba el imperio romano.

La religión oficial

Con Constantino el cristianismo dejó de ser una creencia perseguida para convertirse en la religión oficial del imperio, una jugada política que capitalizó la doctrina religiosa a favor de las prácticas de poder y dominación.

De tal manera que, de una práctica espiritual que tenía las enseñanzas de Jesús como centro, el cristianismo pasó a ocupar un lugar fundamental en el imperio romano: obispos, sacerdotes y diáconos llegaron a ser parte del gobierno imperial.

Y si la religión ha sido tan importante en la historia de la humanidad y, el cristianismo, en la historia de Occidente, ¿por qué abogar por una separación entre la doctrina religiosa  y el ejercicio político? (Ver: La mezcla entre religión y política, ¿inevitable?).

Fácil. El mundo ha venido cambiando según las nuevas realidades. Los avances en el reconocimiento de la diferencia llevan a que los Estados velen por la pluralidad de las personas y garanticen sus derechos, incluido el de creer o no en una religión.

En este sentido, es inaceptable que en pleno siglo XXI, en los debates políticos y legislativos se continúen utilizando referentes bíblicos y doctrinales para justificar la oposición al matrimonio y a la adopción por parte de parejas del mismo sexo, a la interrupción voluntaria del embarazo, al uso de métodos anticonceptivos, a la eutanasia, a la educación sexual y al sexo recreativo, entre otros. (Ver: 4 retos del aborto legal en Colombia).

Las decisiones en torno a estos temas deben ser tomadas según el criterio de expertos y siempre en un marco de derechos.

Un estado no puede regirse por las doctrinas religiosas y legislar en consonancia con ellas.

Aunque es importante reconocer la libertad de cultos como parte de la pluralidad, debe mantenerse al margen de las discusiones que afectan a toda la ciudadanía.

En parte, porque aunque parezca que las religiones comparten muchos elementos, entre las diferentes iglesias y grupos religiosos existen importantes divergencias.

¿Qué tal que el tema en discusión no fueran las orientaciones sexuales e identidades de género sino el derecho de las mujeres a participar en política o, incluso, su derecho de hablar en público? Tema que condena Pablo en el mismo libro sagrado que hoy se utiliza para imponer criterios en torno a la sexualidad. (Ver: ¿Qué dice la Biblia realmente sobre la homosexualidad?).

¿Estarían ustedes dispuestos a aceptar que: “la mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” (Timoteo 2, 11-14)?

La Biblia según el contexto

O qué piensan del fragmento: “las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten a sus maridos, pues no es decoroso que las mujeres hablen en la asamblea” (I Corintios 14, 34-35).

Más aún, ¿pueden imaginar qué pasaría si las religiones quisieran imponer un régimen alimentario a partir de lo que dice la Biblia? Quedaría prohibido comer cerdo, entre otros animales que son considerados abominables tanto en el libro del Levítico como en el Deuteronomio. (Ver: A Dios solo lo que es de Dios).

También estaría prohibido utilizar la sangre y la grasa animal, elementos propios de nuestra gastronomía. ¿Qué tal si un día nos prohíben comer rellena por estar realizada con sangre animal?

Aunque algunas personas puedan considerar exagerados estos ejemplos, es más o menos lo que pasa hoy cuando grupos de creyentes salen a las calles con carteles a reclamar “el orden natural” de Dios o a protestar contra las leyes de identidad de género para permitir que las personas trans sean tratadas dignamente.

Es fundamental que los líderes religiosos animen a sus comunidades a seguir la doctrina de su religión, pero sin pretender obstaculizar los avances jurídicos. (Ver: La creciente y preocupante influencia de la religión en la política).

Que un Estado como el colombiano despenalice la interrupción voluntaria del embarazo no atenta contra el cristianismo, pues a ninguna mujer cristiana se le va a obligar a que se practique un aborto. (Ver: Aborto en Colombia: lo que se dice vs. Lo que es).

El esfuerzo de los líderes religiosos debería estar centrado en desarrollar estrategias pastorales para que sus seguidores aprendan a vivir en medio de la pluralidad propia del mundo y a tomar sus decisiones según sus creencias.

El respeto por la diferencia y la pluralidad que garantizan los Estados laicos nos favorece a todos, incluidas las mismas iglesias.

Las comunidades cristianas y de otras denominaciones no pueden olvidar las consecuencias que tuvo para ellas vivir bajo la hegemonía de la Iglesia Católica Romana y esto lo digo como teólogo y como profundo creyente en el mensaje liberador de Jesús.

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* Licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico; licenciado en Teología; magister y doctor en Educación. Investigador en temas de religión, sexualidad y derechos humanos. @fidelmauricior

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