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¿Y si no fuera homosexual?

Periodista de la Universidad del Rosario. Orgulloso de pertenecer a la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género. Aliado del feminismo de tiempo completo. Siempre lleva un libro y una revista en su maleta. Le encanta tomar fotos con el celular. Sueña con hacer una maestría en estudios de género y seguir en la lucha por un mundo diverso e igualitario. @agualaboca

Si alguien me hiciera esta pregunta con la que soñaba cuando era niño y me diera la oportunidad de escoger entre haber nacido heterosexual u homosexual, mi respuesta hoy sería: nacería mil veces homosexual.

¿y si no fuera homosexual?
Muchos de los ataques que recibimos las personas LGBT son por parte de quienes piensan que podemos cambiar. Que un día podemos levantarnos y dejar de ser quienes somos.

Hace poco leí un libro que me regaló un gran amigo: On Being different. What It Means to Be a Homosexual (en español sería algo así: “Sobre ser diferente. Lo que significa ser un homosexual”). Con esta lectura recordé que durante muchos años me hice la pregunta: “¿Y si no fuera homosexual?”. (Ver: ¿Y si no tuviéramos que decir que somos homosexuales?).

Se trata de un ensayo que escribió en 1971 el escritor norteamericano Merle Miller (1919- 1986) para la revista del diario The New York Times. Cansado de la homofobia que lo rodeaba y en respuesta a un artículo homofóbico publicado en la revista Harper’s Bazaar, el autor decidió salir del clóset a los 50 años en una de las publicaciones más reconocidas de Estados Unidos. (Ver: Salir del clóset a los 61 años).

En el libro, Miller dice que no podía dejar de pensar cuán diferente sería su vida si hubiera nacido homosexual en 1950 (el escritor nació en 1919). Él sentía que conforme pasaban los años, la vida de los homosexuales era menos difícil. “Pero este es un juego agotador y estoy muy viejo para eso”, escribió.

Es normal que las personas imaginemos que tenemos una vida diferente a la que vivimos. Muchas veces nos preguntamos qué hubiese pasado si nuestra profesión fuera otra, o si no nos hubiéramos casado tan jóvenes, o si no tuviéramos hijos. Las preguntas que nos hacemos son ilimitadas.

Yo llegué a anhelar no haber nacido homosexual. Pensaba que mi vida sería perfecta si no lo fuera. Además, sentía que no había un lugar para mí, así que fantaseaba con la vida de un hombre heterosexual. (Ver: Nace o se hace, ¿importa?).

“Fantaseaba con ser un hombre muy macho, al que le llovían las mujeres y del que su papá y sus hermanos se sentían orgullosos”.

Seguramente muchas personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT), han pasado por lo mismo. Es tal la discriminación que deseamos otras vidas. (Ver: Violencia contra las personas LGBT, ¿hasta cuándo?).

En mi caso, más que una fantasía, era puro instinto de supervivencia. A pesar de que tuve la fortuna de crecer en una familia que no me discriminó cuando les conté que era homosexual, el entorno en el que me movía me decía que estaba mal ser así. Que era un pecado y una enfermedad. (Ver: “La vida y Dios me premiaron con un hijo gay”).

Imaginar que no era gay funcionaba como un escape. Era una forma de evitar enfrentarme a mí mismo y a una sociedad que sabía me iba a juzgar y me iba a tratar mal.

“Quise ser otro. Llegué a negar lo que era”.

Por mi mente de niño pasaban ideas como la siguiente: pensaba que era injusto que nadie me hubiera preguntado si quería ser heterosexual u homosexual. Solía pensar que me habría ido por la primera opción.

Aceptarme

Pero esa pregunta, que hoy siendo un adulto me parece hasta chistosa, fue el primer paso para aceptarme y quererme a mí mismo, y de paso entender que mi orientación sexual no era un obstáculo que me impediría ser feliz. (Ver: Aceptarse).

No escogí ser homosexual. Así nací. Parece lógico, pero no es fácil de entender. De hecho, muchos de los ataques que recibimos las personas LGBT son por parte de quienes piensan que podemos cambiar. Que un día podemos levantarnos y dejar de ser quienes somos. (Ver: Sí, todo mejora).

En casos extremos, esta ha sido la excusa que se esconde detrás de las mal llamadas “terapias de reorientación sexual”, una práctica que consiste en torturar a las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas para que nos “curemos” de algo que no necesita ser curado. (Ver: “Cuando acepté que ser homosexual no era enfermedad ni pecado, mi vida cambió”).

Pero los años han pasado, y aunque ha habido momentos difíciles, he descubierto que tengo mucho para decir, que no tengo porqué callar y que mi orientación sexual no es ni más ni menos válida que cualquier otra. (Ver: Seré un buen papá, pero no por ser homosexual).

Fue así como comencé a sentirme cómodo con mi vida. Si alguien me hiciera la pregunta con la que soñaba cuando era niño y me diera la oportunidad de escoger entre haber nacido heterosexual u homosexual, mi respuesta hoy sería esta: nacería mil veces homosexual.

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1 Comentario

  1. Hola, me gustó mucho tu post, hoy precisamente me estaba cuestionando lo mismo y me encuentro con esto en tu cuenta de Twitter, mi vida va en caída picada y tiendo a culpar la homosexualidad de ello. No “salgo aún del closet” y creo que muchos hemos pasado por esta situación. Gracias por compartir tu experiencia, nos da valor a los que aún no lo enfrentamos.

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