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Yo también fui Sergio Urrego

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La historia de un joven de 16 años que se suicidó por la discriminación que sufrió a causa de su orientación sexual, me recordó que a mí también me pasó. Me llamaron “marica” y “mujercita”.

Por: Juan Ramón Pájaro Velásquez.

quién fue Sergio Urrego
Este fue uno de los carteles que se vio el 12 de septiembre de 2014, en el plantón que tuvo lugar en la Plaza de la paz en Cartagena, para protestar por la discriminación en la escuela contra las personas LGBT. Foto: Juan Ramón Pájaro.

Era una mañana de domingo. Uno de esos días en los que hay carrera de Fórmula 1, el Gran Premio de Italia. Mi piloto favorito saldría en la primera posición. La emoción era evidente y los preparativos para ser testigo de su posible victoria estaban listos desde la noche anterior.

Había pensado en todo lo que podía necesitar durante la cerca de hora y media que tomaba la competencia. El paso a seguir: sintonizar el canal en el que se transmitiría el evento.

De manera paralela y como parte de mi rutina cotidiana, encendí mi computador para ponerme al tanto de lo que había sucedido en el mundo mientras yo dormía. Lo primero que hago al entrar a mi cuenta de Twitter es revisar las tendencias.

Usualmente no me dicen nada, pero ese domingo de Fórmula 1 hubo una que me llamó especialmente la atención. Lamentablemente, mostraba una realidad de la que Colombia debería avergonzarse. Esa tendencia era: Sergio Urrego.

Empecé a leer los primeros trinos que aparecieron sobre el tema. No creía lo que veía, así que inicié la búsqueda de algún enlace que me llevara a una página con más información. Lo encontré y lo que leí cambió mis planes de esa mañana.

Era el caso de Segio Urrego, un joven de 16 años, homosexual, que se suicidó después de sufrir tratos discriminatorios por parte de las directivas del colegio donde estudiaba. Además, tuvo que soportar una demanda de acoso sexual interpuesta por los padres de su expareja, quienes se negaban a entender que su hijo era homosexual y que mantenía una relación, consentida, con Sergio.

No sabía qué sentir mientras miraba la foto de la madre de Sergio sosteniendo en sus manos un retrato en el que aparecían ella, su hijo y la abuela de Sergio. Seguía sin creerlo.

¿Cómo los docentes y directivas de una institución educativa discriminan a un alumno por su orientación sexual? ¿Por qué los padres de un joven que ama a otro denuncian a su pareja de acoso sexual por prejuicio o por guardar las apariencias? En mi cabeza, estas preguntas no eran compatibles con el que se supone debe ser el rol de la escuela.

Olvidé la carrera de la Fórmula 1. Ya no me interesaba saber qué sucedería allí. Lo que pasara con los pilotos no era nada comparado con la historia que acababa de leer.

Comencé a pensar en lo que podría haber llegado a ser ese joven, a quien no conocí, pero cuya historia había logrado que pensara en algo que consideraba parte de mi pasado: regresar al activismo. Volver a mirar eso que hacía con orgullo, pero que había “enclosetado” durante los últimos tres años para tener una vida más tranquila.

“¿Una vida tranquila?”, me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo puedo pensar en esto si parte de nuestras futuras generaciones no la tiene? No. Yo no puedo contemplar una vida tranquila sabiendo que afuera hay más “Sergios” y otros jóvenes que podemos perder, si personas como yo seguimos guardando silencio por mantener “tranquilas” nuestras vidas.

La historia de Sergio me recordó que a mí también me pasó. Muchas veces me llamaron “marica”, “nerd”, “ella”, “mujercita” (aunque estas dos últimas palabras no me molestaban porque nunca me he considerado ni hombre ni mujer, aunque sabía que las decían para que me sintiera mal).

Sin embargo, a pesar de que estudié en un colegio católico, también estuve rodeado de personas que me apoyaron y defendieron, excepto por alguien que cuando yo tenía 12 años, quería que dejara de lado lo que llamaba “mis conductas femeninas”. Logró, incluso, que mis padres me llevaran preocupados al psicólogo. En un país como Colombia, muchos papás ven con horror un hijo “afeminado”.

Fui receptivo a las recomendaciones del psicólogo porque me sentía culpable. Mis padres se avergonzaban de de mí y eso era lo que menos quería. Los esfuerzos fueron en vano.  Yo no veía nada raro en mi manera de actuar y nunca recibí un comentario negativo de quienes eran mis amigos, profesores, ni de la mayoría de mis familiares.

Con el tiempo, mis padres, más por resignación que por respeto, aceptaron mi comportamiento como una parte fundamental de lo que soy. En ocasiones, aún recibo comentarios ofensivos, pero por fortuna ya no soy ese niño de 12 años.

Ahora, a mis 25 años, digo que soy un hombre homosexual, demisexual (persona que no siente atracción sexual sin antes experimentar un fuerte conexión romántica con otra) y queer gender (que no se considera ni hombre ni mujer).

No me interesa que me acepten. Solamente quiero que sepan que muchas de las personas que dejan su vida a mitad de camino, pueden ser hermanos/as, amigos/as, seres humanos que tienen derecho a disfrutar de este mundo con las mismas libertades de quienes se llaman a sí mismos “normales”.

Hay que aprender a vernos en el otro, a ponernos en sus zapatos y pensar si la forma en que se trata al prójimo es la misma con la que esperamos que nos traten.

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