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El budismo, de la mano con los derechos humanos

Después de una intensa búsqueda espiritual, Jorge Parra encontró en el budismo una filosofía de vida que se articula perfecto con su trabajo en derechos humanos. Cuarta parte del especial de Sentiido sobre diversidad sexual y búsqueda interior.  

como empezar en el budismo
En 2013, Jorge Parra pasó una temporada en la India, país donde se conectó con el budismo.

“Ah, sí, soy gay”. Esto fue lo que Jorge Parra Oviedo pensó una tarde de 1996, mientras regresaba a su casa en el bus del colegio de jesuitas donde estudiaba.

Tenía 14 años y miraba a otro joven de su edad. Fue entonces cuando confirmó lo que desde tiempo atrás sospechaba.

A los 9 años, se trataba de manera cariñosa con otro niño del colegio.

Era algo que le fluía con tanta naturalidad que hasta los 14 años nunca sintió la necesidad de ponerle un nombre a lo que sentía: le parecía suficiente con saber que le gustaba y que no le hacía daño a nadie.

Aún sin tener clara su orientación sexual, Jorge bromeaba con sus compañeros de clase mostrándose como si fuera un hombre gay.

Algunos de los chicos no lo tomaron tan en chiste, sospechando que detrás había un hombre homosexual y lo marginaron por momentos, especialmente a la hora de los deportes en grupo.

Esas “bromas” también le causaron problemas con una docente, lo que llevó a que sus papás tomaran la decisión de cambiarlo de colegio en séptimo grado. “En esto también influyó el hecho de que soy una persona contestataria. Por tanto, las directivas del colegio concluyeron que esa no era la formación que más me convenía”.

Después pasó por colegios mixtos, donde tuvo algunas novias. Aunque en ocasiones fue más por estrategia, como cuando estaba en undécimo grado, para tener con quien ir al prom del colegio.

Cuando Jorge reconoció su orientación sexual, se sintió culpable porque le parecía que estaba haciendo algo prohibido. “Me generó incomodidad, ansiedad, rabia y dolor sentirme diferente. No solamente creía que estaba desafiando a la Iglesia Católica y la creencia espiritual de muchas personas, sino que estaba comportándome de manera contraria a lo que debía ser un ‘verdadero hombre’”.

Sabe que haber pasado por colegios con influencia católica fue determinante en esos sentimientos. “Me hacían ver un conflicto entre ser católico y homosexual. Me acuerdo que un profesor de valores nos puso a leer un libro que describía la homosexualidad como lo peor que había en la vida”.

Su salida oficial del clóset fue a los 22 años, cuando estudiaba Ciencia Política en la Universidad Javeriana en Bogotá, aunque con su mamá ya había hablado cuando tenía 17 años. En un primer momento, ella sintió tristeza, pero con el paso del tiempo lo tomó bien. Diana, la única hermana de Jorge, quien es muy católica, siempre se ha mostrado tranquila con el tema.

Las “obligaciones” sociales

“Con mi papá nunca he hablado abiertamente, pero él tampoco me pregunta cuándo me voy a casar o a tener hijos”. Con el resto de mi familia, tíos, abuelos o primos no se habla al respecto. “Nunca van a preguntarme si tengo novio y tampoco asisto a las reuniones familiares con mi pareja”.

Según explica, él podría discutir con su familia sobre esas expectativas sociales obligatorias como casarse y tener hijos. “Podría cuestionar esto, pero uno no deja de sentir cierta incomodidad por tener que hacerlo”.

Jorge creció en una familia católica por tradición, pero liberal en la práctica. En uno de esos hogares donde se dice creer en Dios y se matricula a los hijos en colegios religiosos, pero donde no se reza ni hay una devoción especial por algún santo. “Mi mamá es católica nueva era, por esto en mi casa siempre se habló de yoga, energías y otras vidas, revuelto con la Virgen María, Jesús y Dios”.

En algunas vacaciones, al lado de su abuela materna, Jorge leyó varios apartes de la Biblia que le despertaron muchas dudas. Esto sumado a que desde muy niño tuvo acceso a libros de ciencia sociales, lo llevó a preguntarse por qué querían venderle la religión como algo muy positivo cuando en realidad no lo era.

Después de hacer la Primera Comunión, sintió la necesidad de tomar distancia con la iglesia. “Las imágenes religiosas, de santos y de Jesús, me inspiraban mucho dolor”. Pero solamente hasta que decidió no recibir el sacramento de la confirmación empezó su ruptura oficial con el catolicismo.

En clase de catecismo preguntaba: “¿si Dios es tan bueno por qué pasan tantas cosas malas en el mundo? La respuesta siempre fue: es fe, no lo cuestione, lo que me generó frustración”. Decidió, entonces, refugiarse en la razón. “Empecé a leer mucha filosofía, donde encontraba más argumentos para respaldar mi rabia”.

En 2006, cuando estaba terminando su carrera universitaria, vivió un momento emocional difícil: sus papás le anunciaron que, una vez se graduara, no lo apoyarían más económicamente.

“Yo me había pasado la carrera entre libros y discusiones y creía que eso era lo único que sabía hacer. Sentí mucha angustia por mi futuro y me puse muy nervioso”. En medio de esa incertidumbre, empezó una búsqueda por una respuesta espiritual.

Optó por el yoga y la experiencia le gustó tanto que se acercó a otras corrientes orientales como el hinduismo. “La idea era explorar en mi interior y conocerme más”.

Próxima parada: la India

Fue en ese momento cuando se interesó por pasar una temporada en la India, pero poco a poco fue postergando la idea. En ese entonces ya sentía interés por trabajar en derechos humanos, tema que encontraba muy ligado con las creencias espirituales orientales.

como empezar en el budismo
Desde que regresó de la India, Jorge asiste regularmente al Centro de Budismo Camino del Diamante, en Bogotá.

Cuando Jorge trabajaba con el gobierno alemán en Bogotá en un proyecto sobre la ley de justicia y paz, una amiga lo llamó para invitarlo a su despedida. “Me contó que se iba para Guatemala con las Naciones Unidas”. También le dijo cómo había llegado a ese empleo y que había otras vacantes a las que él podría aplicar.

Siguiendo su consejo, Jorge envió su hoja de vida. Pasó mucho tiempo sin que le respondieran al punto que se olvidó del tema. De repente, recibió un correo en el que le proponían ser un oficial de derechos humanos con el alto comisionado en Guatemala. “En ese momento estaba vinculado con la Cancillería de Colombia, pero me arriesgué y acepté el trabajo”.

Estuvo dos años en Guatemala. Allá, a través de una colega, se conectó con una fundación llamada “El arte de vivir”, una vertiente del hinduismo adaptada para Occidente, donde aprendió técnicas de meditación y manejo de la respiración.

“Es como bajar la cisterna del inodoro pero en la cabeza, para que se vaya todo lo que sobra. Fue un proceso lindo y doloroso porque hay momentos en los que uno llora y otros en los que se ríe. Afloran muchas situaciones del inconsciente”.

Después de esa experiencia, hace un año y medio, en 2013, tomó la decisión que tanto había postergado: pasar una temporada en la India. “Vi ese viaje como una posibilidad para llegar a algo que no tenía definido. Quería vivir una experiencia espiritual pero no tenía muy claro cómo”.

En la India encontró unos cursos de Vipassana, una técnica propia del Budismo, que consiste en hacer retiros de meditación, en completo silencio, durante un tiempo determinado. Jorge estuvo 10 días. “La idea es observar la propia respiración y reconocer las sensaciones en el cuerpo”.

Se levantaba a las 4:30 de la mañana y se acostaba a las 9 de la noche, haciendo ciclos de hora y media de meditación y siguiendo una dieta vegetariana. “Esto me llevó a meterme de una manera muy profunda dentro de mí y empezaron a aflorar rabias, pasiones, deseos, expectativas, ansiedades y angustias”.

El poder de la mente

Según Jorge, esta práctica lo confrontó consigo mismo y le enseñó a entender que todos esos sentimientos son proyecciones de la mente. “A medida que se disuelven, la persona puede reconocer lo único permanente: el poder de la mente, la cual debe estar al servicio de uno y no al contrario. El caos externo desaparece en la medida en que cada quien no lo tenga en su interior”.

como empezar en el budismo
Según Jorge, el budismo no es una filosofía de vida excluyente. Lo importante es que cada quien sea un buen ser humano sin importar si es o no homosexual.

Cuando terminó el retiro, de inmediato llegaron las ideas placenteras de comerse algo rico o de viajar a un lugar confortable.

El gurú le explicaba que de esa manera la mente intentaba distraerlo porque cuando alguien se permite tanto tiempo para escucharse interiormente, la mente trata de sacar a la persona de allí.

Gracias a su acercamiento con el budismo, Jorge siente que se quitó de encima muchas preocupaciones y ansiedades. También reconoció tres puntos que intenta aplicar en su vida diaria:

El primero es que esta no es su vida, sino una vida en un cuerpo humano para llegar a un plano superior.

La segunda enseñanza es que todo surge y todo pasa: no hay que aferrarse ni apegarse a nada ni a nadie. Y por último, que el egocentrismo o estar tan concentrado en uno mismo no conduce a nada.

Después de tres meses en la India, Jorge regresó a Colombia. Cuando llegó, alguien lo invitó al Centro de Budismo Camino del Diamante, de la tradición Karma Kagyu,  al que desde entonces asiste una vez por semana.

“Esta experiencia me confrontó y me permitió encontrar muchas respuestas. El budismo es como un chorro de agua limpia que entra en la mente y saca todo lo negativo que uno tiene acumulado”.

En el centro de budismo también se hace énfasis en la importancia de compartir con la gente y de la meditación en colectivo. La idea es que esta no sea una práctica solamente para el desarrollo individual, sino para estar al servicio de los demás. “Finalmente, es una técnica que permite trascender y estar en contacto con el poder de la mente”.

En el camino del diamante, agrega Jorge, no hay inconveniente con que él sea homosexual. “Cada quien vive como quiera, lo importante es meditar, estudiar las enseñanzas de Buda y ponerlas al servicio de los demás”.

El budismo no es una filosofía de vida excluyente. “El Dalai Lama dice que en la medida en que cada quien sea un buen ser humano, todo está bien. Para mí la homosexualidad también conduce al crecimiento personal porque uno asume su vida con sinceridad”.

“Yo respeto a quienes son católicos o siguen otra religión. No los califico de ignorantes ni estúpidos, porque en la India aprendí que no hay un camino espiritual sino muchos y que cada quien sigue el que más se ajuste a su vida. El budismo enseña a no dar cátedra ni a hacer proselitismo espiritual”.

También, se trata de mirar de una manera compasiva (o con amor incondicional) a todas las personas. “Sin importar si nos parecen envidiosas, agresivas o que violan los derechos humanos. El budismo me ha reforzado la paciencia en el sentido de no tener esa necesidad de decir ‘cojan al asesino y mátenlo o que se pudra en la cárcel’. Hacerles daño a los demás es hacérselo a uno mismo”.

Una mirada compasiva

Además, ha aprendido a diferenciar a una persona de sus acciones, lo que se articula perfecto con su trabajo como defensor de derechos humanos. “Yo prefiero decir que alguien cometió un acto injusto a calificar a esa persona de injusta”.

La mirada compasiva propia del budismo propende por ver a las personas que lastiman o incomodan como maestros cuya historia de vida tiene algo que aportar  a los demás. “Ese principio conduce a no criticar tanto y a percibir a la gente como hermanos y hermanas. En mi caso, esto me permite amar más y mejor”.

Desde que sigue esta filosofía de vida, Jorge reconoce un hilo que une a todos los seres humanos sin importar su raza, creencias, edad u orientación sexual. “Acá lo importante es crecer equilibrando compasión y sabiduría”.

Otro de los aspectos que le ha gustado del budismo es que no hay un Dios: todas las personas pueden ser Buda. “Lo lograrán en la medida en que se conecten con su poder interno y lo pongan al servicio de los demás”.

Tampoco hay imposiciones ni dogmas de fe. “Trato de ser vegetariano para no lastimar a otros seres y porque hay alimentos tóxicos para el cuerpo”. Asimismo, le atrae la idea de cada quien tenga las raíces rígidas y profundas como el roble, pero el cuerpo flexible como el bambú para que cuando lleguen las grandes tormentas, pueda moverse.

En Occidente, explica Jorge, se enseña a entender lo externo para desenvolverse mejor. Es decir, la importancia de tener un buen trabajo y de estudiar, pero poco se aborda la idea de mirarse hacia adentro.

“Siempre hay una medida externa: si ya tienes carro, ahora debes comprar uno mejor o, si ya te casaste, ahora debes tener hijos. Se vive en una carrera inagotable. En cambio, si uno emprende un camino hacia adentro, la experiencia es muy diferente porque no existe competencia”.

Ahora, a sus 32 años, Jorge dejó a un lado los cuestionamientos ansiosos sobre sí mismo, para darles espacio a unos más amorosos. “Voy a estar tranquilo y lo que no alcance hacer en esta vida, lo dejo para la siguiente”.

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Este especial fue posible gracias al apoyo de la Fundación Friedrich Ebert:

FES Comunicación

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