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Senador Petro: pilas con el sexismo

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El hecho de que una persona no vea los comportamiento sexistas y discriminatorios que suceden a su alrededor no quiere decir que no pasen, que no existan.

Por Flor Emilce Cely Á.*

Afiche de la campaña del exconcejal Hollman Morris a la Alcaldía de Bogotá por el partido Colombia Humana liderado por el senador Gustavo Petro.

Un ideal de los movimientos de izquierda es la lucha contra las desigualdades y las injusticias sociales, lo que implica oponerse a cualquier forma de discriminación, bien sea en razón de clase, raza, género u orientación sexual, entre otros.

Los líderes de estos movimientos deben reconocerse y actuar como figuras políticas que se suman a estos objetivos y a la movilización de estas causas. No deberían albergar creencias ni comportamientos discriminatorios. Pero sucede que algunos/as de ellos y ellas dejan ver opiniones y conductas abierta o veladamente discriminatorias.

De esto último quiero hablar. No pretendo atribuirle al senador Gustavo Petro actitudes explícitamente discriminatorias. Pero sí quiero invitarlo a pensar en sus probables prejuicios sexistas que lo llevan a adoptar ciertas actitudes y decisiones. (Ver: Chao prejuicios).

Usted, senador Petro -como la mayoría de los seres humanos- puede no estar viendo hechos, así como un conductor puede no estar viendo por el espejo retrovisor que tiene un carro al lado. Pero que no lo vea, no quiere decir que no esté ahí, que no exista.

“El hecho de que usted no vea los tratos sexistas y discriminatorios por parte de líderes del partido Colombia Humana, no implica que no se presenten”.

Las actitudes sexistas y discriminatorias afectan las interacciones diarias y las decisiones políticas. Hay abundante literatura científica y filosófica que estudia las causas de estos comportamientos, la manera en que pueden eliminarse, así como la responsabilidad de cada quien.

Los estereotipos sobre las mujeres pueden influenciar de manera inconsciente, incluso a personas que sostienen y expresan sinceramente creencias igualitarias y progresistas. De hecho, es difícil suponer que en Colombia alguien se salve de la influencia de estas prácticas culturales, incluso tratándose de hombres con conciencia social o destacados en la academia (esto último lo digo por experiencia propia). (Ver: “Nunca leí a una mujer filósofa en la carrera”).

“Senador Petro: estamos en Colombia, en medio de una sociedad machista”.

Pasa que quienes no ven estas situaciones, no son sensibles a los reclamos fundamentados de las mujeres, no reconocen las huellas de sus prejuicios en su comportamiento ni en el de quienes pertenecen a su grupo. Este es su caso: usted se niega a ver las actitudes machistas de Hollman Morris, su candidato a la alcaldía de Bogotá. Y esto es grave.

En situaciones de cálculo político como las elecciones de octubre, estos prejuicios parecieran nublar no solo el entendimiento, sino la capacidad de ser sensible al testimonio de aquellas personas que están en desventaja. Se trata, en muchos casos, de mujeres que no tienen voz porque han estado expuestas a dos formas de injusticia que la filósofa inglesa Miranda Fricker examina bien: por un lado, la “injusticia testimonial” que niega o reduce la credibilidad de una persona, producto de estereotipos como “las mujeres siempre exageran” o “las feministas se victimizan”.

“Esto también tiene que ver con la insensibilidad respecto a las condiciones de los oprimidos”.

Por otro lado, la “injusticia hermenéutica” que le niega a una persona los recursos necesarios para poder comunicar sus experiencias, como la mujer acosada que no puede describir muy bien la situación a la que está expuesta debido a que carece de los recursos lingüísticos, conceptuales o jurídicos para expresarlo claramente. (Ver: Acoso sexual: lo que se dice vs. lo que es).

Se requiere de un trabajo constante y de mucha voluntad para reconocer esos prejuicios que nublan y llevan a una insensibilidad hacia las experiencias de las personas oprimidas: en este caso, de las mujeres que, en un país machista como Colombia, luchan porque sus voces y sus testimonios sean tenidos en cuenta.

Y todo esto en medio de una estructura social que no les garantiza a ellas los recursos para expresarse clara y contundentemente y a otros (en su mayoría hombres tradicionales) la posibilidad de examinarse para reconocer sus prejuicios y ofrecer una escucha con credibilidad a las razones de ellas, las oprimidas.

* Ph.D en Filosofía. Profesora de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad El Bosque. Email: ecelyf@unal.edu.co

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