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SoHo: cómo adornar un crimen

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

En Ítaca, una colectiva de periodismo independiente, pensamos mucho si valía la pena hablar sobre una columna que se publicó en la revista SoHo en 2003, pero decidimos hacerlo 17 años después porque su eco incómodo todavía se siente.

Por Victoria Arroyave.
Ítaca│Laboratorio de periodismo independiente.
Ilustraciones María José Porras Sepúlveda.

En los casos de abuso sexual muchas mujeres han recurrido a no enfrentarse a sus victimarios para evitar ser asesinadas: para evitar el mal mayor.

El jueves 26 de marzo de 2020 se volvió tendencia en redes sociales un relato que la revista SoHo, de Publicaciones Semana, publicó en 2003. Se trata de “Mi primera violación”, una historia en primera persona firmada por “Anónimo” (aunque debemos asumir, por algunos guiños del contenido, que realmente se trata de “Anónima”). El interés de la escritora fue contar su doble experiencia de abuso sexual. (Ver: Machismo y feminismo no pueden coexisitir).

Cientos de personas y colectivas han manifestado rechazo al tono y a las afirmaciones del relato que, sin llevarnos a extremos, es poco menos que una apología de la violación, una reivindicación del victimario.

En Ítaca, una colectiva de periodismo independiente en la que, entre otras cosas, nos interesa conversar y aprender sobre género, quisimos hacer un análisis corto sobre los yerros, los vacíos y los problemas de esta publicación que, por cierto, SoHo borró casi al instante del escándalo tardío, demostrando con ello una agilidad editorial nunca antes vista. (Ver: El género existe y no es una ideología).

Al equipo editorial de SoHo le tomó casi dos décadas darse cuenta de las implicaciones de este relato.

Tuvieron que pasar 17 años para dimensionar el impacto, la profundidad y la fuerza de este relato. Pensamos mucho si valía la pena hablar sobre algo que, digamos, no es coyuntural, pero luego pensamos que sí lo era, que su eco se siente hoy.

Por eso decidimos escribir algo para “Anónima”, para las lectoras que todavía hoy pueden identificarse o confundirse con ese relato, y para el equipo editorial de Soho que lo aprobó, aunque confiamos que estos 17 años han sido de un juicioso aprendizaje sobre género, igualdad y justicia.

Primero queremos conversar con el texto, con lo que implica lo dicho por Anónima, porque sospechamos que tal vez ella (si es que realmente existe. Estos son tiempos muy fértiles para las teorías conspiranoides), sin saberlo, está extendiendo una comprensión del fenómeno que es prototípica, no de víctimas, sino de victimarios.

Ahora, quizá Anónima lo sepa, y se siente cómoda y agradecida con lo que los victimarios le han hecho. En este caso no tenemos mucho por decirte, Anónima, asumimos que estás a gusto porque has vivido algo que, como afirmas, te ha ayudado, te ha “hecho más mujer”.

En esta ocasión queremos hablar con las otras miles de víctimas que a diferencia tuya se sienten confundidas, en un péndulo entre naturalizar o repudiar y denunciar. Así que nuestro análisis intenta ofrecer algunas ideas: ya ustedes dirán en qué lado del péndulo identifican una comprensión más justa del fenómeno.

***

Anónima comienza su relato así:

A uno no se le ocurre que lo puedan violar dos veces. La verdad, no veo ese par de polvos forzados como algo traumático, porque afortunadamente mi reacción fue bien diplomática. ¿Pero qué más puede hacer uno, si lo que va a pasar va a pasar así uno grite y patalee? Además, parte del encanto de la violación es que uno oponga resistencia. Eso excita al victimario.

Anónima está aminorando el peso con el que deberían cargar sus victimarios. Se nos ocurre que cualquier mujer preferiría tener un “polvo forzado” que ser abusada sexualmente ¿verdad? Por lo menos suena menos criminal. En realidad no hay diferencia: son violaciones. Solo que una está decorada con palabras más cool y la otra suena a lo que todas tememos, a algo que de pasarnos cambiará nuestras vidas.

Mucho se ha hablado de eufemismos, de cómo la forma en que nombramos los actos modifican lo que creemos de ellos: echarse un polvo quiere decir, en esta parte del mundo, mantener relaciones sexuales ocasionales consentidas. Que Pedro o Ana sean mi polvo quiere decir que son los sujetos de mi placer intermitente.

Ahora, un “polvo forzado” combina dos imposibles, digamos. Los polvos son elecciones. Pero quizá funcione para mermarle lo trágico al asunto, para hacer que “forzado” suene menos violento, más rico. Y quizá por eso, esa expresión le ayuda a Anónima para persuadirnos de que la víctima (ella) disfrutó la violación, a pesar de no ser algo que deseaba, a pesar de que no tomaría esa decisión si hubiera tenido elección.

“Ser accedida carnalmente” es una expresión fea, muy radical, muy peligrosa. Lo sabemos. Pero el acto es el mismo: consiste en ser cohercionada o amenazada, de manera violenta o no, para tener relaciones sexuales, sin deseo, sin consentimiento.

Anónima decide compartir la carga con sus abusadores, y no sólo minimiza el abuso hacia su cuerpo sino que sugiere que tomar una actitud “diplomática” frente a la violencia, disminuye el trauma o hasta lo bloquea. Es decir, cree que un hecho dejó de ser grave solo por su respuesta a él. (Ver: Acoso sexual: lo que se dice vs. lo que es)

Muchos de los casos más icónicos sobre violaciones han puesto sobre la mesa un hecho: que las mujeres no hayan puesto resistencia es signo de aceptación del acto. Así que, para quienes defienden esta postura: en ausencia de resistencia, lo sucedido fue consentido, no fue violación. Quizá eso es lo que cree Anónima.

Pero muchos casos han demostrado también que la “diplomacia” no es una virtud moral sino un arma para evitar desenlaces peores. Muchas mujeres han recurrido a no enfrentarse a sus victimarios para evitar ser asesinadas, para evitar el mal mayor.

El riesgo está en reducir con el lenguaje el tamaño del crimen, y creer que una estrategia de supervivencia es una virtud moral.

SoHo: cómo adornar un crimen
“Muchas veces preferimos pensar que la víctima tuvo la culpa, que fue una torpeza suya, que se lo tenía merecido o que está exagerando, a reconocer la realidad”.

Anónima dice que en un café conoció a un hombre con el que conversó varias veces y que en una de esas la engañó para drogarla y posteriormente la amenazó para violarla: “(…) Muy ingenua abrí la boca y él me metió un ácido (…) y, al tratar de prender mi mobilette, que no funcionaba, se me acercó el negro otra vez y se ofreció a llevarme. Me monté, pero ¡cuál llevarme! (…)”. Y continúa contando cómo, por efectos del ácido, accedió seguir.

Este fragmento revela algo que se puede identificar en muchas mujeres luego de ser abusadas: la culpa que parece justificar el abuso. Y todo radica en la “hipótesis del mundo justo”: como cometí esta torpeza, y esta y esta otra, entonces merezco lo que me sucedió. Como caminé sola, como abrí la boca para que me dieran ácido, merezco lo que me sucedió.

Si para nuestra sociedad hay algo más grave que violen a una mujer, es ser una mujer violada o convivir con una mujer violada. Parece que la etiqueta nos resulta penosa, entonces preferimos pensar que la víctima tuvo la culpa, que fue una torpeza suya, que se lo tenía merecido, que está exagerando, que eso no les pasa a las “niñas” que cuidan de sí, que fue ingenua y pagó por su ingenuidad. Esto se llama revictimizar.

Anónima habla del “segundo intento de violación” al que se enfrentó: “(…) La segunda vez, o el segundo intento, vino seis meses después”.

Anónima no está teniendo en cuenta que no hubo un segundo intento: hubo un segundo acceso carnal. Por la idea de virginidad y la construcción social que se ha creado alrededor de ella, se piensa que un himen intacto es sinónimo de ausencia de relaciones íntimas. Es decir, hemos pensado que los actos sexuales solo incluyen la penetración, o que el sexo solo fue llevado a cabo con éxito si hubo penetración.

Cuando se habla de violencia sexual, se hace referencia “al acto de coacción o amenaza hacia una persona con el objetivo de que lleve a cabo una conducta sexual” (no hay que ir muy lejos, solo a Wikipedia). Es decir, desnudarse bajo amenaza es un acto sexual abusivo y practicar sexo oral bajo amenaza es un acceso carnal violento. Anónima: fuiste accedida dos veces.

En el relato de la segunda violación, Anónima describe al segundo abusador físicamente: “(…) Era marroquí y, soy sincera, me ayudó su buenmozura”.

Parece que en nuestras cabezas hay un prototipo de cómo debería lucir un abusador: feo, maloliente, mal vestido. De este prototipo son culpables Hollywood, las telenovelas y, claro, nuestra ingenuidad: a Aristóteles le debemos esa idea de que la forma del alma se revela en la forma del cuerpo.

Así que si eres bueno eres bello, si eres malo eres feo (algo así). El resultado: si el hombre es bello y deseable, me está haciendo un favor; o también puede ser que, comparada con las violaciones de las que hemos sabido, el hecho de que nos tocara un victimario bello es algo que debería agradecerse. La belleza del victimario aminora la calamidad. (Ver: El problema es el victimario, no la víctima).

Anónima está reduciendo el peso que debe cargar el criminal y puntuando las violaciones respecto a la “calidad” del abusador. Y claro, en esta confusión se han encontrado y se encuentran las miles de mujeres que son abusadas por sus parejas y por quienes sienten o han sentido atracción.

Las características del sujeto no deberían desviar nuestra atención frente al tamaño del acto.

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Tuvieron que pasar 17 años para dimensionar el impacto, la profundidad y la fuerza de este relato publicado en la Revista SoHo de Publicaciones Semana.

El texto cierra con esto que parece absurdo: “(…) y el episodio se convirtió en uno más de mi vida, que por cierto no me traumatizó. Todo lo contrario: me dio más seguridad y me hizo más mujer”.

Puede que Anónima, por extraño que parezca, sí se sienta mejor por ser violada. Por esto nos preguntamos: ¿por qué creemos que “ser más mujer” es soportar con dignidad lo que otras no han soportado, por lo que otras se derrumban, se suicidan y cambian su mundo entero?

Quizá la respuesta está en la educación. Se nos ha enseñado que las mujeres debemos afrontar el padecimiento con paciencia, con orgullo. Según esta idea, solo son fuertes las mujeres que se plantan ante la adversidad, o la olvidan, o la minimizan. Y son débiles las que se reconocen como víctimas, las que no conciben en su ser la idea de haber sido abusadas, las que se derrumban porque alguien las forzó a hacer cosas que no querían. (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).

El estoicismo ha calado tan hondo en nosotras que crecimos con una fe peligrosa que culpa al cuerpo por todo lo malo que le pasa al alma, y que es por su culpa por su culpa por su gran culpa, y por darle placer, que el destino nos manda castigos.

Hemos creído que lastimarlo, que castigarlo es el camino de la purificación moral. Y si nos creímos eso, entonces no es difícil creer que el victimario es una vía para nuestra salvación, y que con sus actos nos hará mejores, más seguras, más dignas, en tanto más castigue la carne, pecadora o no, pero culpable siempre.

***

¿Y SoHo qué?

Lamentamos que Anónima no contara con amigas que la salvaran de su culpa y la alentaran a denunciar. Lamentamos que Anónima viva en un mundo en el que se alienta a “ver las cosas por el lado bueno” y olvidar lo malo. Lamentamos que Anónima valore a la gente y sus actos perversos por la manera como lucen, por su forma de vestir o por sus virtudes estéticas.

Lamentamos que Anónima sienta piedad de su abusador porque lloró, porque le pidió perdón, porque no la violó tanto.

Lamentamos que no haya recibido la ayuda adecuada, que posiblemente se haya enfrentado a preguntas revictimizantes que la hayan hecho desistir de denunciar y pensar en la gravedad de los hechos. Pero quizá hagamos mal en lamentar por ella lo que ella no. Así que Anónima, si en realidad existes, créenos: no estamos diciendo que seas culpable, no estamos en tu contra, no queremos hacerte víctima de nuevo.

Esto que escribimos tiene más que ver con lo que tu relato puede implicar para las miles de lectoras, y para las miles de mujeres que ven la realidad como tú. Y eso, es responsabilidad del medio que publicó tu relato: el equipo editorial de SoHo. (Ver: La portada de SOHO: una burla al acoso sexual).

Promover una comprensión de la realidad que beneficia la perspectiva que los victimarios han extendido sobre los delitos de género, marca la ignorancia e irresponsabilidad de su equipo, así como la manifestación de un proyecto que busca remarcar las diferencias de género, la desigualdad social y ofrecer herramientas para salvar moralmente a los victimarios.

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