Inicio A Fondo “La vida me preparó para tener un hijo homosexual”

“La vida me preparó para tener un hijo homosexual”

Género, diversidad sexual y cambio social.

Con su intervención en una plenaria del Senado en abril de 2013, Martha Lucía Cuéllar demostró como madre heterosexual, su gran compromiso con el movimiento LGBT de Colombia.

quién es Martha Lucía Cuellar la mamá de los gays
Martha Lucía Cuéllar, también conocida como “la mamá de los homosexuales”. Foto: Ariel Camilo González.

“Mi nombre es Martha Lucía Cuéllar de Sanjuán. Estoy felizmente casada hace 35 años. Soy abiertamente heterosexual, estoy enamorada de mi esposo Carlos Arturo, soy profundamente creyente y tengo un hijo gay”.

Estas palabras pronunciadas en la tarde del 18 de abril de 2013 en el Senado colombiano hicieron historia. A los pocos minutos de haber terminado su intervención que tomó 8 minutos y 30 segundos, el video que la registraba se volvió viral en las redes sociales. Unos y otros no paraban de compartirlo.

Ese jueves por la mañana, la concejal de Bogotá Angélica Lozano, llamó a Martha Lucía para decirle que necesitaba que, en unas horas, hablara en la plenaria del Senado donde se determinaría la suerte del proyecto de ley sobre matrimonio entre personas del mismo sexo.

“Espacios como el Congreso atemorizan a las personas, pero el secreto está en no sentir miedo frente a quienes creen que tienen el poder”, afirma Martha Lucía. Con esta premisa de vida, cumplió la cita, y a las 3 de la tarde se presentó ante 68 senadores. Allí les dijo que a su hijo mayor, Arturo, de 34 años, le estaban negando derechos.

Sin embargo, seis días después el proyecto de ley se hundió con 51 votos en contra y 17 a favor. “Nunca esperé una decisión distinta de este Congreso. Pero yo fui allí para decirles a las personas LGBT que ni están enfermas, ni son delincuentes, ni son degeneradas. Quería que sintieran mi voz de apoyo”.

A los pocos días el senador conservador Roberto Gerlein, uno de los más fervientes opositores de ese proyecto, dijo en una entrevista que Martha Lucía era una mamá sobreprotectora que tenía que salir a defender a su hijo.

Ella respondió: “yo no tengo que defender a Arturo de nada. Él lo puede hacer muy bien solo. Lo que yo hice fue ponerle voz a todas aquellas personas que no tienen quién las defienda o que teniendo papá y mamá, están huérfanas”.

Nunca imaginó que tanta gente vería su intervención. “¿Quién normalmente ve el Canal del Congreso?”, se pregunta con asombro. Pero esa tarde y durante varias semanas más, su teléfono no paró de sonar. “Recibí infinidad de llamadas de mamás que no conocía y que querían darme las gracias por mis palabras”.

Valió la pena

Una de las que más recuerda fue la de una señora que le dijo: “he llorado profundamente porque mi hijo estuvo 37 años en el clóset y tiene una pareja hace 18 años. Yo no sabía nada. Gracias a usted, él decidió revelarme su orientación sexual”. Solamente por esa persona, asegura Martha Lucía, valió la pena lo que hice.

Su intervención también la llevó a ocupar la primera página del periódico El Espectador, acompañada del titular “la mamá de los homosexuales”. “Ese es el calificativo más alto que he podido recibir en la vida”, asegura con emoción.

Pero ese 18 de abril no era la primera vez que Martha Lucía se presentaba en el Congreso. Doce años atrás ya lo había hecho, cuando la senadora Piedad Córdoba propuso un proyecto de ley titulado: “por el cual se reconocen las uniones de parejas del mismo sexo, sus efectos patrimoniales y otros derechos”.

Ese primer discurso fue, además, su salida del clóset como mamá de un hombre homosexual. Juan Sebastián Romero, activista LGBT, y quien en ese entonces era la pareja de su hijo, le propuso ir al Congreso a dar su testimonio. “¿Y cuándo es?”, le preguntó Martha Lucía. “Esta tarde”, respondió. Ella aceptó.

Inició su ponencia diciendo “con lo que estoy haciendo hoy acá, pueden pasar tres cosas: que me despidan de mi empleo, que me quede sin amigos y que me echen de la maestría que estoy cursando en teología. Sin embargo, estoy dispuesta a asumir todas las consecuencias de este acto”.

Finalmente, ni perdió su trabajo, ni se quedó sin amigos. “Al revés, gané muchos”. Solamente prefirió, para evitarse comentarios incómodos, retirarse de la maestría faltando solamente dos meses para terminarla. “Que se queden con el diploma, yo me quedo con el conocimiento”, fueron sus palabras.

Ese día del año 2001, sus hermanos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos se enteraron de que Arturo era homosexual. Sin embargo, la única persona a la que al parecer le afectó la noticia fue al esposo de una amiga suya que poco después  le preguntó: “Marthica ¿y cómo vas con el problema de Arturo?”

“Yo sabía a qué se refería y sin embargo le pregunté: ¿cuál problema? ¿Le pasó algo?” “Me refiero a lo de su homosexualidad”, respondió él. “Ah no Darío, ese no es ningún problema”. Él nunca más volvió a decirle algo al respecto.

Martha Lucía ya había dado sus primeros pasos en su salida del clóset, cuando Arturo era estudiante de matemáticas en la Universidad Nacional y terminó como director del grupo GAEDS (Grupo de Apoyo y Estudio de la Diversidad Sexual) de dicha institución. “En alguna ocasión nos invitó a Carlos y a mí para contar nuestra experiencia como papás”.

Ese mismo día, y en ese espacio, Arturo conoció a Juan Sebastián, quien sería su pareja durante casi 12 años. “Yo me enamoré primero de él porque esa tarde durante la charla, me formuló preguntas muy buenas que me dejaron boquiabierta”, dice Martha Lucía.

Nada que ocultar

En 2007, cuando ya llevaban ocho años juntos, justo al día siguiente de que la Corte Constitucional expidiera la sentencia que regula la unión marital de hecho (unión libre) para las parejas del mismo sexo, Arturo y Juan Sebastián legalizaron su unión. Posteriormente, Arturo registró a Juan Sebastián como beneficiario de su EPS. Fue la primera pareja en hacerlo.

Juan Sebastián falleció en febrero de 2011. “Cuando él murió mi corazón se destrozó y no quiero decir lo duro que fue para Arturo”, dice Martha Lucía.

“Me preocupé también, porque sabía que mi hijo tenía un estándar muy alto de pareja. Tiempo después se reencontró con Carlos Alberto Hernández de quien años atrás había sido jurado de su tesis de grado. No pensé que pudiera volver a ser feliz con una persona de la talla de Sebastián. Afortunadamente lo logró”.

Martha Lucía nunca contempló que uno de sus tres hijos pudiera ser homosexual. Supo que Arturo lo era un día que le dio por hacer aseo general en la casa. “Recuerdo que al levantar su colchón, encontré unas revistas gais”.

Apenas las vio recordó la sensibilidad que desde siempre lo ha caracterizado. “Cuando él tenía dos o tres años, en la casa utilizábamos unas escobas elaboradas con fibras naturales y, cuando uno barría, éstas se iban cayendo. Cuando lavábamos el piso del patio, el jabón se iba por el sifón y junto a éste quedaban unas burbujas. Y a mí me llamaba enormemente la atención que Arturo iba y buscaba los pelos que se habían caído de la escoba para tocar con estos suavemente las burbujas de jabón”.

Después, recuerda Martha Lucía, se pasaba esas fibras de la escoba por su cara dibujándose cuidadosamente sus facciones. Lo hacía lentamente por las cejas, los ojos, la nariz y la boca.

“Le fascinaba tocar todas las superficies y cuando encontraba algo suave, lo tomaba y se lo pasaba por la cara disfrutando mucho ese momento. Yo nunca vi tal sensibilidad en el reguero de hermanos que tengo”, afirma Martha Lucía.

Lo cierto fue que el mismo día que encontró las revistas, abordó a Arturo. Le comentó lo que había pasado (años después, Arturo diría que su mamá descubrió su “literatura”) y que quería saber si lo que estaba pensando era cierto. A sus 18 años, le respondió que sí, que a él no le gustaban las mujeres sino los hombres.

“De inmediato supe que no había el menor riesgo de que Arturo tuviera que sufrir lo que yo había visto que padecían muchas personas homosexuales”. Se acordó, por ejemplo, de Camilo, un arquitecto amigo que de lunes a viernes trabajaba en su profesión y, los fines de semana, dictando clases de plastilina. “Su objetivo era mantener a su mamá como una reina”, recuerda Martha Lucía.

En un agosto la mamá se enteró de que Camilo era gay y le dijo: “te prefiero muerto que marica. El 13 de enero del año siguiente él murió, literalmente, de hambre. Prácticamente no volvió a comer después de eso”.

La escuela de la vida 

Martha Lucía siente que con experiencias como esas, la vida la preparó para tener un hijo gay. Recuerda, también, el día en que el hermano de una amiga suya del colegio le reveló que era homosexual. Fue la primera persona a quien se lo dijo. “Me contó lo que había sufrido y la necesidad de llevar una doble vida”.

En uno de sus trabajos Martha Lucía se hizo amiga de dos hombres homosexuales. “Para uno de ellos esta situación fue muy difícil por la presión de sus papás. Terminó suicidándose. También tengo un primo gay que fue descalificado por su familia. He visto muchos casos de depresión, rechazo, sufrimiento, discriminación, presión y falso moralismo”.

Carlos Arturo, el esposo de Martha Lucía, también tuvo su propia preparación por un familiar muy cercano a él que debió enfrentar momentos difíciles por ser homosexual.

El mismo día en que Martha Lucía abordó a Arturo, también habló con su marido. Le dije: “Arturo me reveló que es gay”. Él le preguntó: “¿y la Chupolina? refiriéndose a una novia que él había tenido en la universidad y que Juan Antonio, hermano de Arturo, llamaba así. “Chupolina porque intentaba besar a Arturo de todas las formas posibles mientras él la esquivaba”. Martha Lucía le respondió: “la Chupolina, nada”.

Carlos Arturo se puso triste. Lloró por el sufrimiento que él había visto en su familiar. Así que hicieron un pacto entre los dos para protegerlo de cualquier persona que quisiera hacerle daño mientras él crecía y se fortalecía y llegaba el momento en que no los necesitara. “Quien lo agrediera se estrellaría contra un muro de concreto construido por nosotros”, explica Martha Lucía.

Cuando habla de ese pacto recuerda una ocasión en la que Arturo y Juan Sebastián se fueron de paseo. Casualmente tres señoras que trabajaban con Martha Lucía iban en la misma flota de ellos y los vieron dándose un beso.

A los pocos días una de ellas le comentó la situación a Martha Lucía, quien le respondió: “sí, mi hijo es gay y espero que no tengan problema con eso porque si lo tienen pues no miren”.

Sin embargo por la noche le dijo a Arturo: “hoy fueron estas señoras, mañana quién sabe quienes los cogen a patadas y los matan”.  Sabe que, seguramente por comentarios como ese, le transmitió a Arturo muchos de los miedos que ella tenía pero que fueron confrontados por Juan Sebastián. “Él volaba solo. Cuando iban por la calle le decía a Arturo que le diera la mano, que si les pasaba algo pondrían una denuncia y armarían un escándalo”, asegura Martha Lucía.

Hoy está convencida de que buena parte del temor que los padres sienten de aceptar la homosexualidad de sus hijos, tiene que ver con la falsa creencia de pensar que fallaron en su tarea, que algo hicieron mal.

Según Martha Lucía, cuando un hijo les revela a sus padres que es homosexual, ellos deberían pensar que él o ella sigue siendo la misma persona que era antes de que se enteraran que era gay. “La única diferencia es que lo supieron. Nada más ha cambiado. Y si ellos no le permiten que tenga un pleno desarrollo como persona, también estarán acallando muchas de sus potencialidades porque el ser humano es un todo”.

Por ahora sabe que la lucha por la igualdad de derechos de las personas LGBT continúa, pero no tiene la menor duda de que pronto se alcanzará. “Antes me cuestionaba si llegaría a verla, pero en este momento estoy segura de que más temprano que tarde será una realidad”.