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Tan linda ella y tan inteligente él

Cursó estudios de Derecho en la Universidad Javeriana en Cali y Bogotá. Ha realizado talleres sobre representaciones culturales de las sexualidades y sobre educación de la sexualidad. Defensora de la igualdad de género. Lectora tardía que quiere ponerse al día, vive de afán y es mamá de Emilio y Coral.

Como mamá de un niño de siete años y de una niña de cinco, he visto cómo desde temprana edad se marcan los estereotipos que dividen a niñas y niños en “tan lindas” ellas y “tan inteligentes” ellos. 

Estereotipos de género: Tan linda ella y tan inteligente él
Cada vez que entro a un lugar y a mi hija solo le hacen referencias sobre su apariencia y a mi hijo sobre sus capacidades siento que pierdo una batalla sobre la igualdad de género que les enseño. Foto: Jaume Escofet con Creative Commons.

Soy mamá de un niño de siete años y de una niña de cinco. Y desde temprana edad he visto cómo desde el saludo se marcan los estereotipos que dividen a niñas y niños en “tan lindas” ellas y “tan inteligentes” ellos. (Ver: ¿Hebillas para mi hijo?).

Los elogios a mi hijo siempre son sobre sus habilidades: “¡cómo corre de rápido!“, “¡cómo habla de bien!” o “cómo toma las decisiones de manera tan acertada“. En cambio, por el lado de mi hija, el tema es cómo se ve, su apariencia.

El primero e infaltable comentario es: ¡qué princesa más hermosa!. Después, vienen otros como “esa ropa se te ve divina” o “qué peinado tan tierno” y ella que odia sus crespos de inmediato se los cubre con sus manos. (Ver: Los juguetes que regalamos: más que diversión, una oportunidad).

Pero el asunto no para ahí. Luego comienzan las opiniones y las críticas: “¿por qué la niña habla tan duro?“, “¡habla mucho! Claro, como es niña, no puede parar” o “mejor que no corra rápido ni que juegue brusco“.

Así, lo que para mi hijo son cualidades, en ella son defectos necesarios de corregir. Sus habilidades ni se mencionan pues el cupo se llenó hablando de su ropa y de su peinado.

Desde pequeñas nos enseñan a ser delicadas. Se considera una virtud que moderemos el tono y el volumen de nuestra voz, nuestros movimientos y, por supuesto, nuestros pensamientos.

Las niñas debemos aprender a sentarnos, a comer y a caminar de una determinada manera. Sin que se note, sin hacer ruido. De lo contrario, somos unas “bullosas” o “vulgares” que solo buscamos llamar la atención.

Las mujeres luchamos hasta con los sonidos de nuestro cuerpo: si roncamos, estornudamos o nos sonamos, debemos hacerlo de manera casi imperceptible.

Debemos ser silenciosas y prudentes. Entre menos se note nuestra presencia mejor, “nada más atractivo que una mujer que no quiera sobresalir”, dicen algunos.

Los hombres, por el contrario, pueden –deben– hablar duro y firme. Si quieren demostrar que tienen autoridad, deben caminar fuerte y actuar con determinación.

Las mujeres debemos ser bondadosas, comprensivas, pacientes, simpáticas, carismáticas pero con moderación cuidadosas, estar siempre bien presentadas y tener un gran espíritu de cuidadoras ya sea de hijos, papás, hermanos o de quien sea.

¿Líder? No, ¡mandona!

Alejarse de estas “características naturales” implica pagar un precio. Si la mujer analiza es porque “es problemática y se complica por todo”, si comparte sus opiniones “es criticona”, si alza la voz y usa palabras fuertes para exponer sus ideas “es vulgar”, si toma decisiones y es líder “es mandona y manipuladora” y así la lista resulta interminable.

Cómo nos resulta de fácil etiquetar de manera negativa a una mujer cuando es líder, cómo nos cuesta vernos en ese papel y cómo se hace hasta lo imposible por señalar nuestras fortalezas como defectos.

El hecho de ser mujeres nos descalifica para ser líderes y nos etiqueta obligatoriamente como madres. De hecho, muchas mujeres serán recordadas por salirse de los supuestos roles que les corresponden de “sumisa”, “compasiva” y “complaciente” más que por sus logros profesionales. (Ver: “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”).

Estas ideas de cómo deben ser las niñas y los niños, creadas desde el más profundo machismo, atemorizan a la hora de educar hijos e hijas. Se necesita fuerza y coraje para no complacer los estándares establecidos y permitir que ellos puedan ser quienes son, sin estereotipos de género. (Ver: Educar a nuestros hijos en respeto y equidad).

Cuando hablemos de niñas y mujeres en general debemos ir más allá de su apariencia, de cómo se ven. Es machista referirnos solamente a su físico y desconocer sus habilidades.

Cada vez que entro a un sitio y a mi hija solo le hacen referencias de ese tipo y a mi hijo sobre sus capacidades siento que pierdo una batalla y que cada palabra que les enseño sobre igualdad de género se desvanece. Vuelvo entonces a empezar.

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