Inicio A Fondo “El nuestro ha sido el lenguaje del amor”

“El nuestro ha sido el lenguaje del amor”

Género, diversidad sexual y cambio social.

Hay quienes asumen que las personas con discapacidad no tienen una vida sexual ni afectiva y menos contemplan que sean LGBTI. La historia de Carlos Alberto y Yohan Guillermo dice otra cosa.

Fotos Andrés Camilo Gómez de Goteam 

LGBT y discapacidad
Carlos y Yohan crearon Sordoyent, iniciativa que busca romper las barreras de comunicación entre personas sordas y oyentes a partir de talleres de lenguaje de señas colombiano.

Pasa que en una conversación en la que participa una persona con discapacidad, muchas veces la gente se dirige a los demás. Fija su mirada en quienes están al lado, como si esa persona no estuviera ahí, al frente. Detrás de este comportamiento hay desconocimiento, miedo y falta de habilidades e interés en aproximarse a quien es diferente a uno.

A esto se suma la creencia de que las personas con discapacidad no tienen una vida sexual ni afectiva y, mucho menos, que sean lesbianas, gais, bisexuales y trans. Como si se tuviera que ser lo uno o lo otro, pero no las dos. La historia de Yohan Guillermo Tamayo, de 32 años y de Carlos Alberto Moreno, de 48 años, dice otra cosa. (Ver: “Necesitamos apagar juntos el mismo incendio”).

Todo empezó cuando en medio de un duelo, Carlos decidió irse un año a caminar por Colombia. Justo esa persona que se había ido y por la que Carlos hacía catarsis recorriendo el país, le había mostrado que en Chapinero (Bogotá) existía un centro comunitario LGBTI (ahora ubicado en Teusaquillo). (Ver: Centro comunitario LGBT de Chapinero: cuando Bogotá salió del clóset).

Cuando regresó de su viaje, decidió acercarse a ese espacio para ofrecerse como voluntario. Allá se encontró, hace siete años, con el grupo Arcoíris de sordos conformado por personas sordas LGBTI del que Yohan forma parte. Él no es sordo de nacimiento pero sí desde temprana edad.

“Las personas que quieran pueden trabajar por la igualdad de derechos y oportunidades. Yo no soy sordo pero creo en la justicia”, Carlos Alberto Moreno.

El acercamiento entre ellos empezó como sucede en la mayoría de personas que sienten atracción: a través de miradas y de contactos casuales. “Siempre sentí que el silencio también era una forma de conectarnos. Finalmente las barreras en la comunicación las pone cada quien”, señala Carlos.

En diciembre de 2014 Carlos y Yohan formalizaron su relación y en enero del año siguiente se fueron a vivir juntos. “Uno sabe cuándo quiere estar con alguien y ahí las palabras sobran”, agrega Carlos. Sin embargo, los dos tenían muy claro que el vínculo había que reforzarlo con una comunicación diaria, así que fueron aprendiendo su propio lenguaje de señas.

“Más adelante me gustaría enfocar parte de mi carrera en la interpretación oficial de lenguaje de señas colombiano”, Carlos Alberto Moreno.

Carlos, además, trabaja como gestor de la política pública LGBTI de Bogotá, actividad que le exige estar en contacto con personas muy distintas y para la que aprendió el alfabeto dactilológico (que consiste en la representación manual de las letras que componen el alfabeto de la lengua oral).

LGBT y discapacidad
Carlos Alberto Moreno (a la izquierda) es gestor territorial en la Subdirección para asuntos LGBTI en la localidad Antonio Nariño (Bogotá). Yohan Guillermo Tamayo (a la derecha) forma parte de Arcoíris de sordos, grupo de personas LGBTI sordas.

En algún momento de su relación Carlos pensó en proponerle matrimonio a Yohan de manera romántica, “hasta cliché”, dice él, pero se dio cuenta de que Yohan lo conoce tan bien que ya había notado sus planes. Entonces, ahora sí para sorprenderlo, un día cualquiera le preguntó: “¿por qué no nos casamos?”, ya sin arrodillada ni todo lo que se ve en las películas.

“Sí”, respondió Yohan. La fecha elegida: 16 de septiembre de 2019. El escenario: la Notaría 65 de Bogotá que ha sido un espacio seguro para las personas LGBTI, especialmente para la población trans que ha querido cambiar la información “sexo” de sus documentos de identidad. Una vez fijadas la fecha y la locación, el paso a seguir fue garantizar que en la ceremonia y en todos los trámites legales requeridos esté presente un intérprete de señas.

Carlos y Yohan quieren constituir legalmente su familia porque la consideran una institución poderosa. “Desde nuestra familia queremos seguir compartiendo con nuestros padres, madres, hermanos y sobrinos”, señala Carlos. De hecho, Yohan forma parte de una familia tradicional caldense conformada por mamá, papá, cinco hermanas y un hermano. “Una donde las parejas se casan y viven juntas para siempre”, señala.

“Creemos en la lealtad, que no es lo mismo que la monogamia, pero ante todo en la familia y en lo que esta institución ha representado en nuestras vidas”, Carlos Alberto Moreno.

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Carlos Alberto Moreno fue docente de inglés durante 13 años y llegó a los temas LGBTI a los 40 años, cuando fue voluntario en el Centro comunitario LGBTI de Chapinero. De ahí pasó a formar parte de la Subdirección para asuntos LGBTI.

Carlos también tiene una discapacidad. Nació con una displasia de cadera. “Yo pasé mucho tiempo en cama, en recuperaciones de cirugías”. Y sucedió que en el segundo remplazo de cadera la herida se le infectó dos veces. “Me abrían y me limpiaban una y otra vez”. En medio de los análisis post quirúrgicos, el doctor le explicó que había salido positivo para VIH. Había adquirido el virus en alguna de las intervenciones.

Su respuesta fue “¿qué hay que hacer?”, sin llorar ni renegar. La vida lo había preparado para recibir este diagnóstico. “Mi tío y su pareja murieron por Sarcoma de Kaposi (un tipo de cáncer de origen viral asociado a inmunosupresión por VIH). Yo vi todo su proceso”.

Mi primo también murió por sarcoma. Cuando él fue diagnosticado con VIH, recorrimos varias fundaciones y en algunas fui voluntario. Ahí aprendí que lo más importante es tomar las medidas necesarias. También vi de frente el desconocimiento que existe sobre el VIH. No pasa nada con abrazar, compartir y amar a una persona que vive con VIH”.

“En la década de los 80 vi morir tíos, amigos y a un primo que vivían con VIH.”

A Carlos le pasa que cuando dice que vive con VIH, la gente lo asocia con su orientación sexual y con promiscuidad. “Cuando alguien se entera, no me pregunta nada más porque asume que fue por un riesgo que yo asumí sexualmente, pero yo crecí viendo el VIH muy cerca y por eso me cuidé al máximo. Vivía asustado”.

En su caso, el virus no llegó por un comportamiento riesgoso de su parte. Y después de 13 años de tratamiento, forma parte del grupo de personas que viven con VIH pero que son indetectables e intransmisibles. (Ver: Camilo Colmenares: la música me salvó la vida).

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Yohan Guillermo Tamayo nació en Pensilvania (Caldas). No es sordo de nacimiento, pero sí desde temprana edad. Él y su familia fueron víctimas de violencia y desplazamiento por el conflicto armado colombiano.

Yohan nació en Pensilvania (Caldas) y llegó a Bogotá desplazado por la violencia – fue uno de los primeros integrantes de su familia en viajar a esta ciudad – donde fue acogido por su madrina, una mujer cristiana, vicerrectora de un colegio privado de filosofía cristiana concebido para personas sordas. Entre semana vivía con ella y los fines de semana donde su hermana, mientras el resto de su familia se establecía en el barrio La Paz, en Bosa.

Me la pasaba rezando y estudiando. Algunos compañeros me molestaban porque nunca tenía novia y era de los juiciosos del salón. Lloraba con facilidad y para completar era el consentido de la vicerrectora”, recuerda Yohan, quien a los 12 años descubrió su orientación sexual. (Ver: Bullying y homofobia en el colegio: hablamos mucho pero hacemos poco).

Él no tuvo problema en aceptarlo pero cuando su madrina lo supo, decidió que solo lo apoyaría hasta graduarse del colegio. De hecho corrió con suerte, dice, porque a las personas LGBTI simplemente las echaban de la institución.

Cuando su familia supo que Yohan era homosexual lo siguió acogiendo sin reparos, solo le recomendaron que se cuidara mucho. “Alguna vez yo le dije al papá de Yohan que para él seguramente había sido muy duro tener un hijo sordo y gay. Su respuesta fue ‘yo quiero mucho a mi muchacho’. Y una persona con ese apoyo y ese amor, sale adelante”, señala Carlos. (Ver: Aceptar a los hijos LGBTI).

Cuando Yohan tuvo que irse de la casa de su madrina, ubicada en el norte de Bogotá a vivir en Bosa con su familia, no tenía muy claro si podría seguir estudiando. Pero después de varios intentos, entró a estudiar diseño gráfico, mercadeo y publicidad de manera presencial en la jornada nocturna, en una universidad que cuenta con intérprete de lenguaje de señas. Ya está terminando su carrera.

Esto demuestra que las personas sordas pueden estudiar y cumplir sus metas. Ser sordo no es una limitación. Todas las personas tienen derecho a la educación sin importar si tienen o no una discapacidad”, señala Yohan.

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Esta fue la camiseta que Carlos y Yohan diseñaron para la marcha LGBTI de 2019. Dice “amor es amor” en lenguaje de señas.

Carlos, por su parte, descubrió su orientación sexual cuando tenía 14 años. “En un viaje tuve un encuentro sexual y apenas regresé le conté a mi mamá. Siempre he sido de decir las cosas de frente y de asumirlas como son. Ella el primer año no lo tomó bien, pero con el tiempo entendió que yo no iba a cambiar y que podíamos seguir compartiendo con respeto. Mi padrasto, el papá de mis hermanos, fue quien terminó dejando la casa”.

Una vez se reconoció como un hombre homosexual, también lo dijo en el colegio. “Como mi discapacidad es de nacimiento y tuve el aparato ortopédico que usaba el protagonista de la película Forrest Gump, algunos de mis compañeros intentaron hacerme bullying, pero no lo permití. Mi mamá, mi abuela y mi red más cercana siempre me insistieron en ‘tú puedes’ y desde entonces he tenido un carácter fuerte”.  (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

“Yo tengo un carácter fuerte y detuve el matoneo que intentaron hacerme en el colegio. Nadie volvió a molestarme”, Carlos Alberto Moreno.

Durante los 13 años que fue profesor de inglés tampoco ocultó su orientación sexual. “Siempre supe que lo que importante era mi conocimiento y mis habilidades profesionales”. De igual manera sucede en su actual trabajo como funcionario público de la política pública LGBTI de Bogotá. (Ver: De estudiante homosexual a maestro marica).

El problema es la gente que sigue pensando que, obligatoriamente, yo les voy a hablar de estética o de maquillaje o que los hombres gay somos superficiales o ‘los mejores amigos’.  Mi función es hacer cumplir la política pública LGBTI de la ciudad”, afirma Carlos. (Ver: Diversidad sexual y de género: lo que se dice vs. lo que es (I parte).

Ahora, ser homosexual y tener una discapacidad crea una barrera no solamente en las sociedades tan poco entrenadas para la diversidad, sino particularmente en parte del mundo gay, donde el físico es sobrevalorado. “Años atrás cuando me sacaban a bailar, yo decía ‘un momento’ para que la persona tuviera tiempo de verme caminar, porque muchos hombres homosexuales priorizan el físico e idealizan ciertos cuerpos donde yo no clasifico”, añade Carlos. (Ver: Hombres gais: no valgo menos por tener una discapacidad).

Por eso ni él ni Yohan han sido de usar aplicaciones para conocer hombres. “Yo prefiero tratar con gente de carne y hueso con la que pueda tener un contacto visual. Además, para muchas personas sordas estas aplicaciones son difíciles de usar porque ellas escriben con menos preposiciones y conjugaciones. Su manera oficial de comunicarse es el lenguaje de señas. Y esto sumado a decir ‘soy sordo’, equivale a ser descartado”, explica Carlos. (Ver: Ser gay no es ser incluyente: el mundo LGBT también discrimina).

“Las relaciones afectivas entre personas sordas y oyentes son posibles”, Carlos Alberto Moreno

Según ellos, muchas personas LGBTI con discapacidad son muy conscientes de que no tienen que aceptar la primera relación afectiva que se les presente sino valorarse sin pensar que son menos que otros.

Carlos señala que también es frecuente encontrarse con quienes intentan aprovecharse. Por ejemplo, cuando se fueron a vivir juntos identificó situaciones de discriminación hacia Yohan. “Gente que asume ser sordo con intentar venderle productos en mal estado o darle mal las vueltas. Pero no lo permitimos”.

Los dos tienen muy claro que las barreras sociales existen, que todavía hay mucha gente que prefiere seguir viviendo en sus burbujas sin darse la oportunidad de conocer y compartir con la diversidad propia del mundo. Ellos, por su parte, están muy orgullosos de ser quienes son.

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