A mí no se me nota

A mí no se me nota

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.
Publicado en

Hay personas que creen que la homosexualidad es “menos mala” entre menos “se note” y mejor se camufle entre la heterosexualidad. Desarticular prejuicios es una manera de superar estas creencias.

Por: Lesbiana pero muy mujer.

se me nota que soy gay
Solía creer que, más grave que ser homosexual, era que “se me notara”. Ilustración: emilegraphics.

Era un domingo de julio de 2005. Mi mamá interrumpió mi lectura mañanera para preguntarme de frente y sin anestesia: “¿a ti te gustan las mujeres?”.

A pesar de que la respuesta fue un liberador “sí”, resultó inevitable que viniera acompañado de lágrimas y de sentimientos de culpa. Fue una mezcla entre un “¡por fin!” y un profundo malestar al presentir que sería la única de la familia que no saldría de la casa al altar sino, tal como sucedió, a un “pecador concubinato”.

Por suerte, mi mamá asumió las funciones de relacionista pública de la noticia. Ella se encargó de la engorrosa tarea de avisar que, a partir de la fecha, su hija estaría condenada a vivir un sexo inane por el resto de sus días. Sería una mujerzuela más.

Hubo todo tipo de reacciones. Desde el primo que, con el ánimo de demostrar que no hay por qué sentirse mal, me dijo: “pero si vivimos rodeados de drogadictos y raponeros, ¿cuál es el problema con los homosexuales?” hasta una de mis hermanas que manifestó: “lo bueno es que no se le nota”.

Desde entonces seguí adelante con la firme convicción de que la homosexualidad era “menos mala” entre “menos se notara”. En ese entonces, para mí el gran problema de las personas transgeneristas  -tema del que poco y nada sabía- era justamente que se les notaba mucho. Siempre pensaba: “todo sería tan distinto si fuera menos evidente”.

Para mí no había mejor piropo que un “pero no se te nota”. Era el pasaporte para poder pasar como heterosexual y el espaldarazo para sentir que, a pesar de no salir con personas del sexo opuesto, aún estaba en el lado correcto de la historia.

La iluminada

Miraba de reojo y con ínfulas de superioridad a aquellas lesbianas que, en mi concepto, se apartaban del concepto más puro y diáfano de feminidad. Me preguntaba indignada: “¿por qué quieren parecer hombres? ¿Por qué no pueden sentir atracción por personas de su mismo sexo sin ser masculinas?”. En pocas palabras, estaba segura de que la única sensata del gremio era yo.

Lo cierto era que, en medio de mi “sensatez”, la vida no me ayudaba. No recibía señales de que avanzaba por el camino equivocado. Con la esperanza de ver una luz al final de túnel, decidí visitar a una psicóloga clínica.

En consulta, cada vez que le decía que no me sentía a gusto con las lesbianas porque todas me parecían unas “calóricas machorras”, ella movía su cabeza de arriba hacia abajo en señal de aprobación. Solamente le faltaba rematar con un: “tienes toda la razón, son un asco”.

Recuerdo otra ocasión en la que, mientras me llevaba a mi destino, un taxista buscó mi solidaridad para desahogarse de la aterradora escena que había visto en una carrera anterior: dos niñas, “bien jovencitas”, decía como agravante, se estaban besando sin la menor muestra de vergüenza.

A diferencia de él, para mí la noticia era positiva: significaba que ese conductor no me había visto pinta de ser del mismo “club” de esas depravadas mujerzuelas. Por el contrario, yo era digna de haber sido elegida como su confidente.

Poco a poco fui asumiendo que lo grave no era ser homosexual sino parecerlo o demostrarlo. Que el problema no era enamorarse de una persona del mismo sexo sino tener ademanes o usar prendas que llevaran a que las demás personas pudieran deducirlo. Concluí que el “pero” de fondo era no poder pasar por heterosexual. Algo así como: “ya que me tocó ser, por lo menos que no se note”.

Y lo peor, ni siquiera se trataba de pasar por una persona heterosexual promedio, sino por “el máximo exponente de esta orientación”. Ser casi una caricatura de feminidad.

Estas creencias fueron ratificadas por frases que escuchaba a diario cuando algunas personas querían señalar los puntos en contra de otras: “es tan inteligente, lástima que se le note tanto que es lesbiana” o “es muy querido pero regay”.

Cero plumas

Conocí a varios hombres homosexuales que se sentían incómodos con el hecho de que existieran lo que llamaban “afeminados”. El problema para ellos no era que les gustaran otros hombres sino que la sociedad pudiera sospecharlo. Mejor dicho, que hicieran “quedar mal a la comunidad”.

Hace poco leía una entrevista a un escritor colombiano abiertamente homosexual, en la que narraba que sus padres detectaron muy temprano que él era gay. Sin embargo, él aclaraba una y otra vez que no era porque fuera amanerado. No, seguramente él como el 99.9 por ciento de los homosexuales, es de los “afortunados” que, contrario a los demás, “no se les nota”.

En una ocasión, un psicólogo tranquilizó a los asistentes a una charla en la que yo participaba, diciéndoles que no se preocuparan, que en muchos casos la homosexualidad no se notaba. ¿Lo malo, según él, era lo contrario?

En otra oportunidad escuché a un joven activista decir: “no entiendo por qué en nuestra comunidad rechazamos tanto a los hombres ‘galleta’, si la mayoría son divertidísimos. A mí por lo menos, me hacen reír mucho”.

Partía de la falsa premisa de que él no era un homosexual ‘galleta’. Y en su defensa del “gay amanerado”, no hacía otra cosa que reafirmar la supuesta superioridad de los que, como a él (en teoría) “no se les nota”.

Para desarmar esas falsas creencias que me acompañaron durante años, fue necesario pasar por un largo y juicioso ejercicio de empatía, de aprender a ponerme en los zapatos de los demás, tanto de quienes tienen los prejuicios como de quienes han logrado liberarse de ellos.

Soy como soy

Logré entender que la homosexualidad no tiene que disfrazarse de heterosexualidad para ser aceptada. No tiene nada de malo serlo ni parecerlo. Legal y culturalmente, cada persona puede y debe construirse como quiera.

Todos tenemos derecho a crecer con prejuicios. Es casi inevitable no adquirirlos en la casa o en las instituciones educativas. Al igual que los virus, están por todas partes. Lo que es censurable es acomodarse a vivir con ellos hasta que la muerte los separe. El chip sí puede cambiarse, es cuestión de voluntad.

Después de un proceso de aprendizaje, entendí que así la mayoría de personas creamos que es a los demás -y no a nosotros- a quienes “se les nota”, todos estamos en nuestro legítimo derecho de evidenciarlo si así se quiere. Esto, además, no debe tener una connotación negativa sino ser más bien un rasgo de autenticidad y un gesto de libertad.

Más que un derecho, tenemos que llegar al punto de que la diversidad, en su máxima expresión, sea vista como un valor. Esta es justamente una de las reivindicaciones en mora del movimiento LGBT: valorar la propia diferencia.

Enlaces relacionados:

Especial: A mí sí se me nota
Lesbiana, pero femenina

Comentarios

Comentarios

Powered by Facebook Comments