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“Que me gusten las mujeres no es una moda ni una etapa, es mi orientación sexual”

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Me costó trabajo decirle a mi mamá que me gustan las mujeres porque tenía miedo de romper esa imagen que ella había construido de mí. Pero ahora me siento libre. Me quité un peso de encima. Finalmente esta soy yo.

Por Alejandra Rico Muñoz*

Qué me gusten las mujeres no es una moda ni una etapa.
“Me tomó tiempo aceptar que me gustan las mujeres. Pero como soy, soy feliz”. Foto: Shutterstock.

Le dije a mi mamá que me gustan las mujeres. Desde hacía un buen tiempo lo tenía claro pero no había sido capaz de expresárselo. “Eso es una moda”, me respondió apenas sus lágrimas se lo permitieron, acompañado de un “¿quieres ir al psicólogo?”, como si algo no estuviera bien en mi orientación sexual. Después vinieron los “qué hice mal”, “¿será mi culpa?” y hasta un “¿por qué tú?”. “¡Así soy yo!”, pensé, pero lo único que salió de mi fue una risa nerviosa. (Ver: “Cuando los hijos salen del clóset, los papás entran en él”).

Pasé cinco años negando esta parte de mi vida por miedo, me creía incapaz de ser libre. Me angustiaba derribar la imagen que mi mamá tenía de mí, construida bajo sus estándares: la hija que no fuma, que no bebe y a la que, obviamente, no le gustan las mujeres. Pero resulta que yo sí fumo, sí bebo y ¡me encantan las mujeres! (Ver: Personas LGBT y consumo de alcohol, una conversación pendiente).

Después vino la pregunta: “¿entonces Ari es tu novia?”. “¿Por qué hizo esta asociación?”, pensé, “acaso por el hecho de que me gusten las mujeres ¿no puedo tener amigas?”, me respondí. Pero también descansé de que nunca más iba a escuchar el típico: “¿él es tu novio?”, cada vez que le presento a un amigo.

Aunque sí, seguramente de ahora en adelante cada vez que vaya una mujer a la casa, también me dirá: “¿ella es tu novia?”, pero lo prefiero. Y posiblemente me mirará con cara de incredulidad cuando le diga que me voy a quedar a dormir donde “una amiga”. Aunque sí, muchas veces me quedo en la casa de mis amigas. (Ver: Sí, todo mejora).

Cuando se lo conté, la primera pregunta de mi hermana fue: “¿pero a ti te gustan solo las mujeres o también los hombres?”, mostrando una leve esperanza de que “al menos” fuera bisexual. La verdad es que me tomó tanto tiempo aceptar que me gustan las mujeres que ya no quiero indagar más allá. Como soy, soy feliz. Y no quiero ponerle etiquetas a lo que siento. (Ver: La bisexualidad existe y no es una etapa).

Otra de las preguntas que me hizo fue: “¿y ustedes pierden la virginidad?”. Me costó trabajo entender la pregunta, ¿en pleno año 2020 hablando de “virginidad”?, pensé. En todo caso le respondí que mi primera relación sexual había sido con un hombre. Mi hermana abrió sus ojos quizás como preguntándose por qué con un hombre.

Y sí, es cierto, nunca sentí mariposas en el estómago por un hombre. Pero me tomó tiempo entender lo que pasaba, aunque tenía muy claro que me encantaba tener largas conversaciones con esa mujer de pelo negro. De los nervios de mirarla a los ojos, las palabras no me salían en el orden correcto. Lo que más quería era besarla. (Ver: Ser lesbiana sin culpa ni dolor).

Tienes que entenderme, tú siempre has sido mi niña pequeña y ahora siento que eres distinta”, me dijo mi mamá. Pero no, no soy distinta. Sigo siendo la misma persona que pasa horas leyendo, la que siempre intenta estar feliz así el día no haya sido el mejor, la que ve en el ultimate un escape y la que corre y corre hasta que se olvida de todo. (Ver: “Está bien salirse de la heterosexualidad obligatoria”).

También soy la que toma y baila hasta que la sacan del bar y la que se puede sentar a ver series por horas con su mejor amiga acompañada de comida chatarra. Esta soy yo, así ahora mi mamá solo vea una “lesbiana”. Mi orientación sexual es una parte de mí, importante sí, pero no la única. En todo caso, poco me importa si a la gente le gusta o no. ¡Soy libre!

*Estudiante de comunicación social en la Universidad Javeriana.

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