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Mi historia con una infección de transmisión sexual

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

Inicié mi vida sexual con mi primera relación estable con otro hombre. Aunque me cuidé, me contagié de sífilis mientras él me decía “no es tan grave”. Fue una experiencia que me dejó efectos físicos y psicológicos.

Por Fénix Renatti*

infección de transmisión sexual
“Usar preservativos y pedir exámenes de control recientes a las parejas sexuales antes de tener un encuentro no es un gesto de desconfianza. Es un acto de responsabilidad y de cuidado (propio y del otro)”.

Escribir siempre me ha ayudado a sanar y espero que estas palabras también les ayuden a ustedes a tomar conciencia, a cuidarse y a cuidar a otros. La historia que les voy a contar solamente he podido compartirla con personas muy cercanas a mí, a quienes agradezco su apoyo incondicional en este camino que he recorrido.

Hoy decido hacerla pública porque me parece importante reflexionar sobre una vivencia que estoy seguro, lamentablemente, no ha sido solo mía. Sé que ver, escuchar y leer historias de otras personas que han pasado por la misma situación, nos da fuerza para seguir adelante. Basta de silencios y de tener que reconstruirnos a escondidas por no “incomodar” a otras personas o por temor a ser juzgados.

Hace algo más de dos años yo, un joven de 22 años, mantuve una relación con un hombre mayor que yo. En ese momento yo no había tenido experiencias sexuales con otro hombre. De hecho, solo había tenido un noviazgo muy breve, mientras que él ya había pasado por varias relaciones, unas más largas que otras y por encuentros sexuales con otros hombres.  

En esta relación yo decidí tener mis primeras experiencias sexuales, con protección. Sin embargo, con el paso de los meses, empecé a sentir síntomas extraños en mi cuerpo. No sé muy bien por qué pero desde entonces supe que se trataba de una infección de transmisión sexual (ITS).

“Mi cuerpo me gritaba que era una infección de transmisión sexual (ITS)”.

Cuando quise comunicar mis sospechas a quien era mi pareja, recibí respuestas que me hacían sentir como si yo estuviera exagerando e incluso percibí cierta molestia por desconfiar de él. En todo caso, me hice unos exámenes que salieron negativos, lo que hizo que él siguiera en su postura.

Pero yo seguía sintiéndome mal y con síntomas cada vez más raros. Mi cuerpo me seguía pidiendo ayuda y por fortuna nunca dejé de escucharlo, aunque mi pareja quisiera hacerme creer que estaba llevando la situación a “extremos”. En efecto, los segundos exámenes confirmaron lo que desde el comienzo intuí: sífilis.

Al menos supe qué pasaba. Empecé el tratamiento y, de manera paralela, comenzaron los seis meses más tortuosos de mi vida, pues tenía miedo de que también pudiera ser VIH positivo. Seguí haciéndome los exámenes de manera periódica y afortunadamente el resultado fue siempre negativo. (Ver: Camilo Colmenares: la música me salvó la vida).

En ese entonces, la respuesta de “eres un exagerado” se transformó en “es solo sífilis, de eso se sale” o “eso es como una amigdalitis, tiene el mismo tratamiento”. Era evidente que este sujeto quería restarle valor a lo que yo estaba viviendo. Era mejor hacerme creer eso porque seguramente temía que su círculo social y profesional se enterara.

Desde que todo esto comenzó, yo sabía que lo que menos quería era seguir con alguien a quien mi bienestar le importaba un carajo, pero continué la relación otros meses más porque pensaba que él tenía la responsabilidad de acompañarme a salir de la situación en la que me encontraba.

Luego entendí que el tema era solamente mío o ¿cómo le iba a pedir a alguien que ni siquiera era capaz de asumir la situación a que me acompañara a salir de una experiencia que para mí estaba siendo traumática?

La ITS que sufrí se dio en una relación de pareja como parte de encuentros sexuales consensuados. Sin embargo, hay algo que he pensado a lo largo de este tiempo y es que, en muchos casos, estos contagios son una forma de violencia sexual porque atentan contra nuestro cuerpo, nuestra salud y bienestar y afectan una vivencia plena y tranquila de la sexualidad.

Y se vuelve una experiencia aún más violenta cuando la persona que uno espera que lo acompañe a salir de ese mierdero, nos quiere hacer creer que estamos “locos”, “exagerando” o que “es como una amigdalitis”, intentando ocultar una situación que, al menos en mi caso, me trajo unos profundos efectos físicos y psicológicos.

“Para mí ha sido un trabajo arduo transformar la idea que me quedó de que el sexo es una práctica peligrosa y dañina”.

Soy consciente de que muchas personas ignoran que tienen una ITS, pero cada quien tiene la responsabilidad de hacerse cargo de su vida sexual y, antes de tener encuentros sexuales con otras personas, conocer con claridad cómo está su cuerpo al respecto. También es clave no olvidar que tener sexo sin protección siempre será una práctica riesgosa.

Pedir exámenes de control recientes a las parejas sexuales antes de tener un encuentro sexual no es un acto de “desconfianza”. Se trata más bien de un acto de responsabilidad y de cuidado (propio y del otro). Tener sexo con protección no es “menos rico” o “mojigatería”, es una condición básica para que el sexo sea seguro.

El autocuidado debe ser lo primero y, unido a esto, el cuidado de las personas con quienes decidimos mantener un encuentro sexual. El sexo debe ser ante todo una práctica de cuidado y de responsabilidades compartidas. A las ITS hay que llamarlas por su nombre y hablar de ellas con total libertad para prevenir su transmisión y superar la estigmatización de quienes las viven.

La sífilis o cualquier otra ITS no es una “como una amigdalitis”. Una ITS debe ser abordada como tal, con claridad y sin eufemismos. Hacerse cargo de la propia historia sexual es un acto de sensatez. Ninguna persona es inmune a pasar por una experiencia como la que yo viví y es tarea de cada quien contribuir a disminuir la cadena de infección.

A quienes están pasando por algo similar o a quienes ya han pasado y que como yo se siguen recuperando de las grietas que esta experiencia deja, les digo que no estamos exagerando, que no estamos llevando las cosas “al extremo” y que no tenemos por qué ocultar nuestro dolor ni mucho menos permitir que otros nos hagan pensar que nuestro bienestar es secundario. Nuestra vida, nuestra salud y nuestro cuidado son prioridad. Y tenemos derecho a vivir una sexualidad plena, segura y placentera.

*El nombre ha sido cambiado por petición del autor.

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