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Cómo es amar a un perverso narcisista

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Enamorarse de una persona que en psicología llaman “perverso narcisista” o “psicópata integrado” se traduce en una lenta destrucción de la capacidad de pensar de manera lúcida y en socavar poco a poco nuestra salud mental.

Por Carolina*

perverso narcisista
“El maltrato psicológico existe. No es un invento de mujeres (o de hombres) caprichosas. Es la manera sutil de ir socavando nuestra salud mental y de dejarnos en un encierro en donde nosotras mismas somos quienes ponemos los ladrillos”. Foto: Shutterstock.

Si hace un par de años me hubieran dicho que estaría escribiendo sobre mi divorcio en medio del confinamiento por un virus que amenaza con aniquilarnos, por supuesto que no lo habría creído. Esto sobrepasaba todos los límites de la credibilidad, no solo por el virus y el encierro, sino especialmente por el divorcio. (Ver: El reto de que la cuarentena no dispare más la violencia de género).

Hace dos años creía que envejecería al lado del hombre con quien estaba en proceso de adoptar a un/a niño/a; lo admiraba y lo veía como la persona con la que había decidido compartir mi vida. Pero este escrito no se trata de una historia más de divorcio, sin por esto minimizar lo que este proceso significa. Nada más duro y difícil que divorciarse de alguien a quien se amó.

Esta es la historia de cómo se vive una relación amorosa con una persona que en psicología llaman “perversa narcisista” (en la década de 1950 el psicoanalista francés Paul-Claude Racamier acuñó este concepto para referirse a alguien con la necesidad y la capacidad de protegerse de sus conflictos internos mediante el maltrato a otra persona) o “psicópata integrada”, una persona incapaz de ponerse en el lugar de sus parejas o de sentir compasión por ellas.

Este es el relato del proceso de darse cuenta de que he sido víctima de una de ellas y del duelo -que no he acabado- de saber que nunca te quisieron. Convivir con una de estas personas se traduce en una lenta destrucción de la psiquis y de la capacidad de decidir y de pensar de manera lúcida. (Ver: La media naranja y otras trampas del “amor verdadero”).

Hoy hago este ejercicio porque, tal vez hace dos años, si yo hubiera leído un texto como este, habría podido entender qué era lo que estaba pasando.

***

A él lo conocí hace más de siete años en un trabajo. No fue amor a primera vista. De hecho, él insistió bastante para que saliéramos. Finalmente lo hice y todo sucedió muy rápido. Por primera vez me sentí comprendida. Esto lo digo porque muchos hombres les tienen miedo a las mujeres independientes. Él, por el contrario, decía admirar mi fuerza, mi sensualidad, lo sociable que soy y mi capacidad de trabajo, características que a otros intimidan.

Esto me enamoró, me hizo sentir segura. A este periodo, los psicólogos que trabajan con víctimas de personas narcisistas perversas lo llaman “el bombeo de amor”. Al no tener una personalidad definida, la persona lo escanea a uno, copia lo que a uno le gusta y termina por convertirse hasta en el amante soñado.

A las dos semanas de estar juntos, tuvimos nuestro primer problema. Descubrí que me había mentido respecto de una relación que mantenía cuando me había conocido. Logró hacerme olvidar que me había mentido sin necesidad pues apenas comenzábamos a salir. También me hizo creer que esa mujer era una “loca obsesiva”, calificativos que se extendieron a otras mujeres de relaciones anteriores.

Todas esas mujeres, según él, eran ‘locas’, ‘posesivas’ y ‘controladoras'”.

Esta fue la primera manipulación a la que me sometió y desde ahí creó su dinámica que duró casi 7 años, aprovechando mi empatía, lo que me llevaba a tratar siempre de entenderlo y de arreglar las cosas.

Él se vino a vivir conmigo, llevando a sus hijos a mi casa. Por supuesto, la madre de estos niños, como las demás mujeres, era presentada por él como una “desequilibrada que todo lo que hacía era por venganza”. Decidí, entonces, ayudarle a conseguir una abogada para regular su situación legal con ella y nos cambiamos a un apartamento donde teníamos espacio él y sus hijos.

“Yo asumí la mayoría de los gastos porque éramos una familia y porque uno apoya a su pareja, pensé”.

No tardó mucho tiempo para que volvieran los problemas. Un diciembre, él se fue a un almuerzo de su trabajo y yo a la casa de un amigo. Mientras estuve donde mi amigo, él me llamó varias veces bajo los efectos del alcohol a hacerme escenas de celos, insultándome porque yo no quería ir a donde él estaba. Cuando llegué a la casa, había destruido su celular, golpeado paredes, desordenado todo y me confesó que había besado a una compañera de trabajo en medio de su borrachera.

Yo me fui de la casa. Al día siguiente volví y otra vez la misma escena: lágrimas y súplicas. Yo me conmoví y accedí a continuar, poniendo como condición que fuera a terapia. Él no movió un dedo para buscar un/a terapeuta, fui yo quien finalmente lo hizo.

Por ese entonces, yo comencé a trabajar en un tema que me apasiona y que consumía la mayor parte de mi tiempo. Volvieron los celos y el control. Revisaba mi teléfono, mis chats y correos. Todos los días había algún chantaje, pelea o presión para que me retirara del trabajo. Terminé por hacerlo pero los celos, las escenas y el control continuaron.

Mientras tanto, él retomó una carrera de posgrado con el apoyo económico que le di. Yo pagaba su maestría, asumía buena parte de sus gastos y puse a su disposición mi red de contactos que él ha sabido utilizar. Para este momento, él ya tenía el control sobre mí: me castigaba y premiaba a su antojo y mi vida entera giraba en torno a él.

Más adelante empecé a notar que comenzó a hablarse con unas de mis compañeras de trabajo de las que yo me hice amiga, en especial, con una de ellas a quien con frecuencia llamaba e invitaba a tomar algo, hasta que un día le dije que no estaba de acuerdo. Su respuesta fue que eran las únicas amigas que tenía -en realidad casi no tenía- y que se las estaba quitando.

***

Teníamos una vida llena de altibajos, de alegrías efímeras y violencias donde rompía puertas y le pegaba a las paredes o donde pasaba un día sin hablarme. Vivimos discusiones horribles que terminaban en llanto y yo sintiéndome culpable.

Eran discusiones que me llenaban de una gran frustración al sentir que no había ningún intento de su parte por entender qué sentía yo. De hecho muchas veces me dejó llorando sola en la mesa de un restaurante o en la mitad de la calle.

A pesar de esto, hablamos de casarnos, íbamos los dos a terapia, cada uno por aparte con la misma terapeuta y se suponía que estábamos avanzando. En efecto, él dejó de celarme un poco y se concentró más en su trabajo, pero las discusiones seguían igual, cargadas de una fuerte violencia.

Comencé a sentirme cansada, no me concentraba, empecé a aislarme y a tenerle miedo. También, empecé a volverme celosa e insegura mientras él me repetía lo que hasta hoy me dice: que yo soy una controladora y que me hago fantasías que nada tienen que ver con la realidad.

Un día estábamos con unos amigos tomando unos tragos en la casa. En algún momento todos se fueron excepto una amiga mía. Yo me fui a dormir y él se quedó hablando con ella. La misma que antes invitaba a salir. En algún momento me levanté de la cama con la sospecha de que algo pasaba y los vi besándose en la sala de mi casa.

Cuando le reclamé, se atrevió a decirme que yo no había visto nada. Después, el mismo número: el llanto, el perdóname, el no sé qué me pasó. Otra vez yo perdono, vamos a terapia, seguimos, intentamos. Y esta vez nos casamos. Compramos una casa, salimos a los suburbios y comenzamos un proceso de adopción de un/a menor.

“Después de esto dejó de celarme, ya no me revisaba mis redes. Me decía que se había liberado de ese sentimiento”.

Yo me sentía cansada por las largas jornadas de trabajo: un contrato de prestación de servicios que me exigía estar en el centro de la ciudad y muchas horas de clase en dos universidades distintas. En ese momento acordamos que yo de nuevo asumiría todos los gastos de la casa, más algunos de sus hijos, para que él terminara su tesis.

A pesar de esto, él empezó a reclamarme que yo no tenía tiempo para divertirme y que él tenía derecho a salir, a pesar de lo cansada que yo llegaba a la casa. Fue un año de mucho trabajo, de empezar un proceso de adopción y de buscar nuevos proyectos para tener más ingresos.

La dinámica de nuestra relación se convirtió en constantes reclamos de mi parte porque él no cumplía nuestros pactos y nunca pedía disculpas. Por el contrario, se ponía furioso e insistía en que yo me había vuelto una controladora.

Una vez me dejó esperando en la casa de mi papá porque estaba tomando. Recuerdo que me dijo que no se le “daba la gana de ir” a cumplir nuestra cita, así que tuve que buscar cómo irme a la casa. En otra ocasión me dejó cuidando a sus hijos que estaban de visita en nuestra casa mientras él tomaba con amigos.

“Para él, mis reclamos por incumplir lo que acordábamos eran estrategias de control”.

A comienzos del año pasado vi una conversación de él con “mi amiga”, la misma con la que se veía y con quien se besó en nuestra casa. Me confesó que llevaba un año viéndose con ella. Es decir, que mientras yo tenía tres trabajos para mantener la casa y pagar cosas de sus hijos, él iba a encontrarse con ella.

Me decía que todo esto era producto de mi necesidad de control. Cuando ya recibimos a nuestra hija tras el proceso de adopción, a pesar de que para mí todo ya se había venido abajo, sentí que debía “salvar” el matrimonio y la familia. Volvimos donde la terapeuta y comenzamos una de pareja y cada uno siguió con terapeutas aparte.

En varias ocasiones le expresé a él y en terapia mi deseo de separarme. Ambos me dijeron que yo tenía ganas de golpear de vuelta, que mi dolor no me dejaba pensar, que debía atravesarlo primero y ahí sí decidir.

Al inicio de esta nueva crisis, él había empezado un nuevo trabajo y parecía estar concentrado en nuestra familia, una vez -se supone- cortó con esa relación paralela. Terminaba su trabajo y llegaba a la casa a cuidar a la niña. Pero yo sentía un malestar constante que él atribuía a mi incapacidad de perdonarlo. Yo sabía que sí había algo de eso, pero también más.

Al poco tiempo volvió a cambiar de trabajo a uno donde no tendría horario. Convinimos en que esto le daría más tiempo para repartirnos los cuidados de la niña y las tareas de la casa. Pero eso jamás sucedió. Regresaron las llegadas tarde, la imposibilidad de cumplir lo pactado, las rabias cuando le reclamaba por esto, las acusaciones de control, las fantasías…

“No quería que mi hija tuviera una mamá triste, desesperada e infeliz”.

Aunque yo sabía que algo no estaba bien, no podía ponerlo en palabras ni expresarlo. Pero había recuperado mi vida social y mi red de amigos y a pesar de que él se quedaba -a veces- con la niña cuando yo salía, siempre acompañaba este hecho de celos y reproches. Él también comenzó a salir, a llegar tarde, a decir mentiras.

Yo empecé a llorar con frecuencia, a tener dificultad para concentrarme y a manejar altos niveles de ansiedad. No entendía qué pasaba, pero me sentía miserable porque no era capaz de perdonar ni de soltar.

***

Fue entonces cuando empecé a expresar lo que sentía con amigas feministas. Una de ellas me llevó a buscar la información que hoy siento que me salvó la vida. Busqué ayuda con una terapeuta recomendada en violencia de género. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).

El diagnóstico: llevaba una relación de 7 años de violencia constante, solapada, sutil y muy dañina. Me había aplicado la técnica del gaslighting -luz de gas- haciéndome dudar de mis percepciones, haciéndome sentir que creaba fantasías producto de una inseguridad que él me había alimentado.

No era un tema únicamente de infidelidad: la infidelidad era un eslabón más en esa cadena de maltrato que venía escalando. Mis ganas de llorar constantes eran producto de la depresión que estaba empezando y de los niveles de estrés que manejaba al cargar con culpas que no me correspondían.

El maltrato psicológico existe. No es un invento de mujeres (o de hombres) caprichosas y consetindas. Es la manera sutil de ir socavando nuestra salud mental y de dejarnos en un encierro en donde nosotras mismas somos quienes ponemos esos ladrillos.

Es difícil detectarlo y es difícil salir de él porque es imperceptible, como la gota que va derrumbando un muro durante años. De mi requirió una manada numerosa e incondicional, entre la familia y amigos/as, una profesional que me creía y la paciencia para ir recuperando mi libertad.

Para quienes leen esto y se encuentran en una situación parecida, les digo que lo que sienten es real y que la angustia que experimentan no es producto de sus “fantasías”. Fui maltratada y no debo permitirlo. Por fin entiendo que el malestar que experimentaba no es producto de mis fantasías sino de mi salud mental deteriorada.

Hoy escribo para recordar que puedo unir los puntos para observar una línea y unos hechos que no son aislados. Escribo para hacer memoria ahora que puedo. Escribo para que alguien más pueda despertar de esa horrible pesadilla.

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*El nombre ha sido cambiado por petición de la autora.

2 Comentarios

  1. Algunas personas que lean esto van a pensar que que todo era obvio. Pero estuve con una persona asi y varias amigas han pasado por situaciones parecidas y NO es obvio el tienpo pasa y si uno esta tratando de salvar la relacion no ve la sumatoria de pubtos como los ve despues. No interpreta las deñales de la misma manera. Felicitaciones a la mujer que escribio esto. Porque va a estar muy bien con su hija y esto va quedar atras! 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

  2. Qué bueno leer a otra mujer que se recupera de una relación con un narcisista pero que además comparte su experiencia. Miles, tal vez millones de mujeres, hemos atravesado o estamos atravesando esa situación sin saberlo. El proceso de darse cuenta es durísimo pero la vida que viene después de cortar con la persona narcisista y todo lo que le rodea es totalmente liberadora. Una nueva vida, pues! Hay que creerse, creerle al dolor, a los hechos, a la intuición y buscar ayuda.

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