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El género existe y no es una ideología

Género, diversidad sexual y cambio social.

La oposición a la palabra “género” no nació en 2016 a manera de “ideología”. Viene de más atrás. Algunos sectores conservadores le temen a cuestionar la creencia de que por sus diferencias físicas, las desigualdades entre hombres y mujeres deben mantenerse. Primera entrega del especial #GéneroParaDummies de Sentiido.

El género existe y no es una ideología
“El género es la repetición de una serie de acciones que se estabilizan con el tiempo para crear la apariencia de una forma natural de ser”, Judith Butler. Ilustración: Sebassantafe especial para Sentiido.

El género existe y no es una ideologíaDe repente, casi que de la nada, la palabra “género” se convirtió en el demonio. Pocas personas se atrevían a nombrarla. Algunas preferían acudir a eufemismos como “derechos de las mujeres”.

Otras, contaron el número de veces que esas seis letras juntas aparecían en los acuerdos de paz establecidos entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC para saber si estaban o no “contaminados”. Llegaron al punto de convertir esta palabra en una “ideología”.

Muchas personas piensan que todo este rechazo por el concepto “género” se desató en 2016 cuando algunos sectores conservadores / religiosos de Colombia -y de otros tantos países- salieron a protestar contra lo que llamaron “una perversa ideología que busca homosexualizar a nuestros niños” a través de la educación para la sexualidad.

Pero el rechazo viene de más atrás. En Colombia, la revista Dikaion de la Universidad de la Sabana venía publicando artículos al respecto desde 2011. “En uno de ellos, Carmen Marsal (2011) argumenta que los Principios de Yogyakarta (sobre cómo se aplica la legislación internacional de derechos humanos sobre asuntos de orientación sexual e identidad de género) son expresión de la ideología de género”, explica el antropólogo José Fernando Serrando en el texto La tormenta perfecta: Ideología de género y articulación de públicos, publicado en Sexualidad, Salud y Sociedad–Revista Latinoamericana.

Serrano también cita a Martha Miranda del Opus Dei, quien afirma que la “ideología de género descalifica los roles femeninos”. De igual manera, la politóloga Beatriz Eugenia Campillo escribió en 2013 sobre los supuestos riesgos de considerar a los organismos internacionales y a sus instrumentos legales como jueces imparciales y racionales. Para ella, la Corte Constitucional de Colombia ha sido un foco central por donde la “ideología de género” ha entrado al orden legal colombiano.

Pero el tema viene aún de más atrás. En su libro Deshacer el género, publicado en 2004, la filósofa norteamericana Judith Butler cuenta la sorpresa que tuvo en 1995 cuando el Vaticano solicitó que la palabra “género” fuera eliminada de las Naciones Unidas porque era una clave para referirse a la homosexualidad. El Vaticano prefería hablar de “sexo” porque las características físicas que llevan a clasificar a una persona como hombre (sexo masculino) o como mujer (sexo femenino) se han entendido como más “fijas” que el género.

Ni tan natural ni tan fijo

Sin embargo, en el artículo Intersexualidad y prácticas científicas, publicado en la Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas (RIPS), Violeta Hernández, máster en Filosofía de la Ciencia, explica que existe una arbitrariedad en la definición de sexo: “al nacer existe una multitud de combinaciones cromosómicas y hormonales que ponen en cuestión la clasificación tradicional (hombre y mujer) que se fija como norma”.

Por su parte, la teórica feminista francesa Monique Wittig (1935 – 2003) afirma: si la categoría “sexo” se ajustara a cada quien, dejaría de ser una generalización para ser una propiedad singular.

“Las categorías hombre y mujer son políticas y no naturales”, Judith Butler.

A la petición de 1995 del Vaticano de remplazar “género” por “sexo”, algunas personas respondieron: no nos forzarán a volver al concepto “la biología es el destino” que pretende reducir a las mujeres a sus características sexuales físicas. Claro, el Vaticano estaba asustado porque eran los tiempos de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará – 1994). (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).

Además, en 1995 tuvo lugar la Cuarta Conferencia Mundial de Mujeres celebrada en Pekín. Y según ONU Mujeres, este evento marcó un punto clave para avanzar en la agenda mundial de igualdad de género. El Vaticano, explica Butler, insistió en que el lenguaje de las Naciones Unidas retornara al concepto “sexo”, en vez de “género”, en un esfuerzo por mantener la asociación entre feminidad y maternidad como una necesidad ordenada por la naturaleza y por Dios. De hecho, uno de los estereotipos de género más marcados es que “una verdadera mujer” es aquella que le da prioridad a la maternidad y a la crianza de los hijos.

En ese entonces, el miedo del Vaticano, continúa Butler, era la idea de que la homosexualidad traería una proliferación de géneros. El diario italiano La Repubblica afirmaba que en Estados Unidos el número de géneros había aumentado a cinco: masculino, femenino, lesbiano, homosexual y transexual.

“Una prohibición de ciertas formas de amor se instala como verdad: el ‘soy un hombre’ lleva implicita la prohibición de amar a otro hombre”, Judith Butler.

Esta visión de la homosexualidad como un género parece estar basada en la idea de que, en cierto sentido, las personas homosexuales dejan de ser hombres o mujeres. Y el Vaticano teme que se desplace la heterosexualidad y el objetivo reproductivo del sexo. Finalmente se cree que el género no es solamente identificarse con un sexo sino que implica que el deseo sexual se oriente hacia el sexo opuesto. En otras palabras: el género los crea masculinos y femeninos y además heterosexuales”, añade Butler.

Así, el Vaticano teme que se validen las prácticas sexuales que no tengan un objetivo reproductivo y trata de reemplazar la palabra “género” por “sexo” para restablecer la noción de reproducción como el destino social de las mujeres.

“Se cree que los hombres que son hombres y las mujeres que son mujeres son heterosexuales”, Judith Butler.

El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW), define el género como los significados sociales dados a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres que, en últimas, afectan la distribución de los recursos y el poder político y de decisión de las mujeres.

Butler explica en el libro El género en disputa que aunque el género se ha entendido como una expresión natural del sexo, nadie nace con un género: este se adquiere. El sexo no crea el género ni el género expresa al sexo. Ser de un sexo no equivale a llegar a ser de un género. Dicho de otra forma: “mujer” no necesariamente es la construcción de un cuerpo femenino y “hombre” tampoco representa obligatoriamente un cuerpo masculino. Así, no se nace de género femenino, se llega a serlo.

“La feminidad y la masculinidad se  comunican externamente a través de una serie de expectativas que tienen los otros”, Judith Butler.

El libro Sexualidad, género y roles sexuales, compilado por Marysa Navarro y Catharine R. Stimpson, recuerda que en su acepción más reciente, la palabra “género” parece haber aparecido entre las feministas norteamericanas para insistir en las desigualdades entre hombres y mujeres fundamentadas en el sexo. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni igualismo).

Esta palabra también describe el rechazo a la idea de que quienes nacen con vagina deben obligatoriamente ser femeninas y, quienes nacen con pene, masculinos. O, en otras palabras: que el color de las niñas es el rosado y el de los niños el azul. ¿Por qué temerle a que la masculinidad surja en las mujeres y viceversa?, pregunta Butler.

La separación de los baños entre hombres y mujeres es presentada como una consecuencia natural de la diferencia entre unos y otras, pero no es más que un medio para crear esa diferencia.

En algún momento la palabra “género” se entendió como sinónimo de “mujeres”, separándose así de la (supuestamente estridente) política feminista y no parecer una amenaza. Era una manera de incluir a las mujeres pero sin nombrarlas. Aunque en esta acepción el género no encierra necesariamente una declaración de desigualdad entre hombres y mujeres.

De hecho, señalan Navarro y Stimpson, en buena parte de las sociedades occidentales la definición aceptada sobre “género” es aquella que ve a las mujeres y a los hombres como personas definidas “naturalmente” con determinados comportamientos e inclinaciones psicológicas establecidas a partir de sus funciones reproductivas. Es decir, una división fundamentada en la biología, no en sus capacidades.

Sin embargo, la palabra “género” se emplea, especialmente, para señalar que tanto los hombres como las mujeres son definidos uno en relación con el otro y que no puede entenderse a ninguno en estudios completamente separados. “El estudio de las mujeres por separado mantiene la ficción de que la experiencia de un sexo tiene poco o nada que ver con el otro. También se opone a las explicaciones biológicas -como las mujeres pueden parir y los hombres son más fuertes- para justificar la subordinación femenina”, señalan Navarro y Stimpson.

Alanis Bello, socióloga, docente e investigadora, explica que no es posible hablar de “género” de manera universal sino que siempre está en relación con otras categorías: clase, raza, sexualidad y territorio: “El género como categoría permite entender las diferencias de poder, las desigualdades y las jerarquías que existen entre hombres y mujeres y personas LGBT”.

“Es importante dejar de legislar para todas las vidas lo que es invivible para algunas”, Judith Butler.

Según Butler, un bebé se humaniza cuando se responde la pregunta: “¿es niño o niña?”. “La presión ejercida por la familia sobre los niños y las niñas para acomodar su conducta a lo que socialmente se considera apropiado para cada sexo, se realiza de forma rígida”, señala la psicóloga Elvia Vargas Trujillo en el libro Sexualidad… Mucho más que sexo.

El castigo social

De hecho, se suele sancionar a quienes “no representan bien” a su género y a quienes no caben en las categorías “hombre” y “mujer”, como si estuvieran por fuera de lo humano. “Los castigos a las transgresiones de género incluyen la corrección quirúrgica de las personas intersexuales. Se argumenta que los niños nacidos con unas características sexuales irregulares tienen que ser ‘corregidos’ para ser normales. Sin embargo, los costos físicos y psíquicos son muchas veces enormes para quienes se han sometido al bisturí de la norma”, aclara Butler en su libro Deshacer el género.

Otro castigo es la violencia contra las personas trans, así como considerar su identidad de género como una enfermedad, porque entienden el cuerpo como un hecho estático, desconociendo que las realidades no están escritas en piedra.

“Los movimientos intersexual y trans cuestionan los ideales sobre cómo deberían ser los cuerpos”, Judith Butler.

Paul B. Preciado, filósofo y hombre trans, señala que ser trans puede significar hacer un tránsito de “hombre a mujer” o de “mujer a hombre”, pero también puede querer decir “entre hombre y mujer” o “ni hombre ni mujer”. O puede significar que las categorías “hombre” y “mujer” son insuficientes.

El género existe y no es una ideología
La negación de un cuerpo a través de la violencia es un vano y violento esfuerzo por “restaurar el orden”, Judith Butler.  Ilustración: Shutterstock

Según Butler, quien amenaza o agrede a una persona trans, a un hombre “femenino”, a una mujer “masculina” y a quienes se salen de las normas de género, actúa desde la creencia ansiosa y rígida de que el mundo será amenazado si se les permite a esas personas vivir en él.

“Pareciera que no hay dos géneros sino uno: el femenino, pues ‘el masculino’ no es uno más, sino lo general”, Judith Butler.

Esta violencia emerge de un deseo por mantener el orden del género considerado ‘natural’ y de convertirlo en una estructura contra la cual nadie pueda oponerse. Si alguien se opone de manera evidente, la violencia viene como una forma de cuestionar esa posibilidad: ese cuerpo es y será impensable”, explica Butler en Deshacer el género. La respuesta violenta es de quien quiere reforzar lo que sabe y eliminar lo que esté abierto a transformaciones.

Sin embargo, la repetición de las construcciones heterosexuales en contextos no heterosexuales evidencia el carácter construido del supuesto original heterosexual. Así, gay no es a ‘hetero’ lo que copia a original, sino lo que copia es a copia. La repetición de ‘lo original’ muestra que esto no es sino una parodia de la idea de ‘lo natural’“, explica Butler en El género en disputa.

“Las categorías que se imponen desde otro lugar son siempre violaciones. de entrada, no son elegidas”, Judith Butler.

De hecho, explica Preciado, el aumento de testosterona en la sangre de un hombre trans que consume esta hormona -es decir en un cuerpo con un metabolismo acostumbrado a generar estrógenos- causa una especie de “reprogramación” en la química del organismo: cambian las ganas de comer y de follar, la regulación del riego sanguíneo, la capacidad de esfuerzo físico, el tono muscular… Pero ¿es este resultado automáticamente “masculino”? O ¿lo que se considera “masculino” es el acuerdo para interpretar como “masculino” un conjunto de gestos, prácticas y costumbres?

Ahora, puede ser que el intento por instaurar las nociones de lo masculino y de lo femenino como “lo natural” también funcione para socavar esa premisa y la categoría “género” tiene todas las posibilidades de lograrlo. El especial de Sentiido #GéneroParaDummies que empieza con esta entrega, así lo demuestra.

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El especial #GéneroParaDummies fue posible gracias a la Fundación Friedrich Ebert Stiftung Colombia.

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