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Las 11 palabras con las que fui feliz

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

Una lectora de Sentiido recuerda a una compañera de universidad que le despertó un sentimiento tan auténtico y profundo, al que jamás se esforzó por ponerle un nombre.

Por: Cristina

creo que soy gay
Nunca le puse nombre al sentimiento que ella me despertó. Jamás pensé si debía llamarlo “lesbiandad”, “bisexualidad”, “desviación”, “perversión” o como fuera. Solo sabía que era feliz. Foto: Vipul Mathur con Creative Commons.

Enero de 2008. Era el primer día de clases de la carrera de la que cinco años más tarde me graduaría. Por primera y única vez en mi historia académica, me senté en la primera fila del salón.

Cuando miré hacia atrás para identificar quiénes serían las personas con las que compartiría los próximos años de mi vida, la vi sentada justo detrás mío. Me sonrió. No sentí mariposas en el estómago sino un zoológico revoloteando.

Marcela, como más tarde supe que se llamaba, me preguntó: “¿qué tal será la profesora?”. Mientras lo hacía, yo solamente veía que su boca se movía, imaginándome que me proponía que dejáramos todo tirado y que nos fuéramos juntas para siempre.

Cuando terminamos ese primer bloque de clase, Marcela salió del salón acompañada de sus amigas egresadas del mismo colegio de “niñas bien” de la ciudad. Yo opté por buscar a mis pares quienes estaban lejos de, como dirían algunos medios de comunicación: “pertenecer a un exclusivo sector de la capital”.

En el lugar que me senté para familiarizarme con el paisaje universitario, la vi pasar. Llevaba puestos unos jeans oscuros, unas botas negras y una camisa blanca, ropa con la que muchas veces más la vería. Iba sonriendo.

Una de las personas con las que yo compartía en ese momento, dijo en voz alta señalándola: “¡qué niña tan linda!”. A lo que yo respondí: “¿Te parece? No me había dado cuenta”.

Ese primer semestre vi una sola materia con Marcela. Sin embargo, conocía con detenimiento las horas en que sus clases finalizaban. Intentaba llegar unos minutos antes de que abrieran la puerta del salón, solamente para poder verla los cinco segundos que le tomaba desplazarse desde allí hasta la puerta del edificio.

Nunca le puse nombre al sentimiento que ella me despertó. Jamás pensé si debía llamarlo “lesbiandad”, “bisexualidad”, “desviación”, “perversión” o como fuera. De hecho, aún me cuesta creer que algo que fluye con tanta naturalidad tenga que bautizarse de alguna manera. Solamente sabía que los días que la vería me despertaba emocionada.

La realidad

De resto, mi vida seguía igual. Asistía a mis clases, estudiaba, hacía trabajos y hablaba con mis amigas, con auténtico entusiasmo, de fiestas y romances masculinos.

La segunda vez que Marcela me habló -yo nunca fui capaz de hacerlo- fue en la única clase que compartimos. Ella estaba repartiendo unos exámenes y cuando vio mi nombre en uno de ellos, me buscó, se acercó y me lo entregó. “El tuyo”, fueron sus palabras.

No me acuerdo si lo pasé o lo perdí. Ese día ya había pasado a la historia. Un procedimiento de rutina, para mí resultó revelador: Marcela se sabía mi nombre. Para completar, habíamos estado a milímetros de distancia, me había mirado y hablado única y exclusivamente a mí con la sonrisa y frescura que la caracterizaban.

En los intermedios entre clases, yo acostumbraba sentarme relativamente cerca de donde ella se ubicaba con su grupo de “amigas bien”. Qué casualidad.

Me hacía la que me interesaba en las conversaciones que tenía con quienes yo estaba, pero en la práctica, lo único que hacía era detallar cada uno de sus movimientos, miradas y gestos. Muchas veces su novio se acercaba a saludarla. Me parecía tan atractivo que difícilmente pude considerarlo mi rival.

La tercera y última vez que ella me habló, fue en el parqueadero de la universidad. Yo estaba allí con una amiga y Marcela estaba con su novio y una amiga suya. Nuestras acompañantes se conocían, así que se acercaron a saludarse y tanto Marcela, su novio y yo optamos por hacer lo mismo.

Recuerdo que ella se dirigió a mí, mientras le dijo a su novio: “te presentó a…” y pronunció el sobrenombre “Cris”, con el que rápidamente fui conocida en la universidad.

Yo no sabía si llorar, reírme, gritar, celebrar o tirarme al piso de la emoción… Sin embargo, lo único que me salió fue un escueto “hola”, mientras le acercaba mi mano para saludarlo.

Además de su horario, yo conocía a la perfección los sitios que Marcela prefería para almorzar, el carro en el que llegaba, la gente con la que se trataba y las clases a las que faltaba.

Lo menos importante

Lo que no supe y jamás me pregunté era si le gustaban las mujeres. Es más, nunca me esforcé por tener alguna noción de si yo le interesaba. Me sentía realizada con saber que era real y que al menos tres veces por semana podíamos intercambiar miradas.

Para el semestre siguiente, ella se fue a estudiar francés a otro país. Cuando regresó a la universidad, yo ya tenía otros amores platónicos allí y unos de carne y hueso fuera de este espacio.

Hace unos meses la busqué en las redes sociales. Quería saber de su vida. Está casada con un destacado empresario, tiene tres hijos, vive fuera de Colombia y tiene muchas fotos de lo que podría describirse como una mujer feliz: en lugares exóticos acompañada de su esposo, abrazando a sus hijos y participando en competencias deportivas internacionales.

Cuando cuento esta historia, hay gente que me dice que eso pasa cuando el gaydar no está muy bien entrenado. Yo, por el contrario, no me canso de agradecerle a ella haber sido la inspiración de uno de los sentimientos más auténticos y puros que he sentido en mi vida.

Aunque cada vez que la veía las piernas me temblaban y sentía un corto circuito, nunca soñé con besarla, ni siquiera con tocarla. A duras penas imaginaba que, por casualidad, podíamos sentarnos cerca. Con las miradas, sonrisas y las 11 palabras que recibí de su parte, fui y seré feliz. Y algo me dice que ella también.

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1 Comentario

  1. Qué bonito artículo, me hizo recordar fuertemente mi propia historia con alguien que sé que sentía cosas por mí y a pesar de que a mí también me ocurría lo mismo, nunca pasó nada entre nosotras. Hice lo mismo que tú, la busqué en las redes y ya su corazón tiene dueño, pero a pesar de eso ella es un dulce y bonito recuerdo en mi vida, para mí ha sido imposible la tarea de olvidarla.

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