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Ser un docente diverso en un colegio religioso

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Soy docente en un colegio religioso. Sin embargo, no voy a volver a callar frente a discursos de odio y exclusión por miedo a ser despedido. Nosotros también enseñamos con el ejemplo.

Por: Andrés Muñoz*

ser un docente gay en un colegio religioso
Necesitamos espacios educativos que no promuevan el abuso ni la deserción escolar. Foto: Woodleywonderworks con Creative Commons.

Desde que el ser humano abandonó la vida nómada para pasar a la sedentaria, las sociedades han establecido normas en cuanto a cómo ser, sentir y actuar. Y han asignados roles con el pretexto de “garantizar un orden social”.

Fue así como en algún momento la esclavitud y la exclusión de las mujeres parecieron comportamientos naturales que incluso fueron respaldados por textos y discursos religiosos.

Actualmente son pocas las personas que piensan que las mujeres no deben tener participación política y, menos aún, que la esclavitud sea una conducta aceptable. Hoy “el enemigo”, como alguna vez lo fueron las mujeres o quienes demandaban igualdad racial, es la diversidad sexual y de género.

Como parte de este discurso, el currículo escolar visibiliza unos temas e invalida otros. A esto se suman unas iglesias cada vez más politizadas y resistentes a reconocer la diversidad, pero también unos estudiantes cada vez mejor argumentados que no aceptan imposiciones.

Sergio Urrego es un claro ejemplo de esto. Fue un estudiante que dejó sin argumentos a muchos de sus profesores. Es un caso de aplaudir. Lo digo como un educador diverso que aporta en la formación de nuevas generaciones. Sin embargo, no se trata de esperar a que los estudiantes trabajen solos en el cambio social. Nosotros también enseñamos con el ejemplo.

“No pienso callar ni quedarme con los discursos de odio y exclusión y las barreras que algunos imponen”.

He sido docente en un colegio religioso por más de tres años, un establecimiento abierto en muchos campos, pero cerrado en otros. El miedo a ser despedido o a que mi contrato no sea renovado, me ha hecho callar en muchas ocasiones. Esto me avergüenza.

Decidí no volver a permitir el irrespeto por quienes demandan igualdad. Vivimos en una democracia donde a las mayorías se les olvidó que también debe haber espacio para las minorías.

Frases ambiguas

En 2014, un año después de que entrara en vigencia la Ley 1620 de convivencia escolar, mientras las instituciones educativas actualizaban sus manuales de convivencia con un lenguaje más incluyente, insistí en que el fragmento que decía “no se admiten desviaciones sexuales” podría interpretarse de manera discriminatoria.

Fui silenciado con el argumento de que “eso es lo que manda la ley y Dios: prevenir conductas dañinas”. Me aclararon que no era una frase contra las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT), sino contra los “comportamientos sexuales dañinos”.

Todos los docentes estuvieron de acuerdo, así que temí insistir en que la frase podría prestarse para confusiones o para sancionar a estudiantes con una orientación sexual o identidad de género diversa. Quizás callé por miedo a que se conociera mi orientación sexual.

La  semana pasada, cuando llegó el formato con las preguntas orientadoras del Ministerio de Educación para la actualización del manual de convivencia, encontré que yo tenía razón, que eran justamente esas frases ambiguas las que la Ley 1620 quiere eliminar.

Sin embargo, vi con asombro la campaña de las iglesias y de algunos padres de familia contra una educación que busca mitigar la violencia, verbal y física, contra los niños que desde temprana edad se sienten diferentes. Así me sentí yo desde preescolar.

Necesitamos espacios educativos que no promuevan el abuso ni la deserción escolar de quienes no encuentran un lugar ni en la escuela, ni en la familia, ni en la sociedad.

Desde el aula de clase, veo con gusto unas nuevas generaciones que aprenden a respetar las diversidades étnicas, de género, sexuales y religiosas, entre muchas otras. Y encuentro con entusiasmo estudiantes que ven en mis clases de historia herramientas para transformar nuestras sociedades.

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* Licenciado en Ciencias Sociales.

Nota: te invitamos a grabar un vídeo de máximo dos minutos en el que cuentes por qué quieres una educación libre de matoneo o intimidación en Colombia. Compártelo en redes con el hashtag #EducacionSinMatoneo e invita a tus familiares y amigos a que se unan a esta campaña, para que cada vez más niños y niñas puedan estudiar en ambientes seguros y respetuosos de las diferencias.