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Todavía me da miedo

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

A mis 27 años todavía siento miedo de caminar solo cerca de un grupo de jóvenes, especialmente hombres. A nadie debería importarle que mueva mucho mis manos o que hable con voz aguda. Y me amo, me abrazo y me encanta como soy.

Por Joshua Arteta González *

Hoy lucho contra el miedo porque he entendido, aceptado y celebrado mi sexualidad. Puedo hacerle frente porque hoy sé que las burlas eran vacías y los insultos, infundados.

Distraído y alegre, caminaba a su casa. Había tenido un buen día: había participado en clase, tuvo un recreo divertido y no le habían dejado muchas tareas. Pasando por una esquina en una calle cualquiera vio que cuatro chicos lo miraban. Eran mucho más grandes que él. Se reían mientras decían “¡míralo, míralo cómo camina!”. (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

“¿Están hablando de mí?”, pensó él. Los chicos se levantaron y se le acercaron. Él, nervioso, empezó a caminar más rápido. Uno de los chicos, el más alto, le bloqueó el paso y le dijo: “¿Qué te pasa, mariquita? ¿Tienes miedo?”. Los otros decían “tiene miedo, míralo, míralo”, haciendo muecas de burla. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

Él sí tenía mucho miedo y no sabía qué hacer. Sentía ganas de gritar, pero no podía decir o hacer nada. Uno de los chicos lo empujó y casi lo tumba. Otro hizo lo mismo. “Te voy a partir la cara, maricón”, le repitió. Su mamá siempre le decía que tenía que defenderse, que no tenía que dejarse pegar. Pero él no quería pelear, él no quería pegarle a nadie. Además, si peleaba, eran cuatro contra uno, perdería de todos modos.

En un subidón de adrenalina, decidió correr. Corrió muy rápido, tembloroso e impotente. Ellos corrieron detrás de él hasta que, supuso, se cansaron. Llegó a su casa asustado, pero intentó ocultarlo. Su mamá lo notó y, sin preguntar, supo lo que había pasado. (Ver: El “matoneo” escolar no se detiene).

Esta historia es del Joshua de 14 años, cuando estudiaba en el Caribe colombiano. Ese Joshua que se la pasaba leyendo letras de canciones en inglés, haciendo sus tareas de español, sacando melodías en su flauta o jugando con su hermanito menor. Ese Joshua, por razones que no entendía bien, tenía mucho miedo. Tuvo miedo de ir a estudiar, de hacer amigos, de caminar en la calle, de la gente.

“Recuerdo al Joshua de algunos años atrás que estudiaba en un colegio masculino en el que los niños le gritaban cosas que el Joshua más grande apenas entendía”.

Hace unos días fui a mi universidad en Bogotá y, para mi sorpresa, recordé ese miedo. Un grupo de jóvenes, seguramente menores que yo, charlaban a gusto al aire libre. Caminé junto a ellos. Algunos me vieron, otros siguieron hablando. No hubo miradas recriminadoras, no hubo comentarios burlones ni soeces, no hubo empujones, no hubo persecución… ¡No pasó nada!

Seguramente no tenían la más mínima intención de interactuar conmigo. Pero yo volví a sentir ese miedo. Mi pulso se aceleró y mis piernas se debilitaron como si mi cerebro y mi cuerpo hubieran recordado lo que había vivido más de una década atrás.

Todavía me da miedo. Hoy, a los 27 años, todavía siento miedo de caminar solo cerca de un grupo de jóvenes, especialmente hombres, en la calle, en un bus, en un evento o en un aeropuerto. Incluso en países donde la homosexualidad no es tabú ni es reprimida, he tenido esta misma sensación desafortunada, injusta y desgraciada, ese mismo miedo impuesto durante mi niñez que se rehúsa a olvidar y a liberarme. ¿Por qué sigue aquí?

A pesar de manifestarse, este no es un miedo desaforado ni incontrolable. No es un miedo reactivo o que inhabilite, como le pasó al Joshua de 14. Más bien es un miedo con aires de mecanismo de defensa, uno que recuerda el porqué del Joshua de hoy. Es un miedo que empodera. (Ver: Sí, todo mejora).

Hoy soy un hombre fuerte y seguro, también emocional y sensible. Esto ha generado burlas y comentarios desatinados que hoy enfrento con inteligencia y carácter. Pero el Joshua de 14 años me recuerda que no siempre fue así.

Hoy lucho contra ese miedo porque he entendido, aceptado y celebrado mi sexualidad. Puedo hacerle frente porque hoy sé que las burlas eran vacías y porque los insultos eran infundados: a nadie debe importarle que mueva mucho mis manos, que hable con voz aguda o que me guste el rosado. A nadie debería importarle más que a mí, y me amo, me abrazo y me encanta como soy. (Ver: Guillermo Vives: tenemos que ser visibles).

Todavía me da miedo, y es un miedo silencioso y persistente. Pero, aunque tenga los puños magullados y adoloridos, lo seguiré golpeando como a un saco de arena repleto de historias del pasado, tan pesado como etéreo. Porque aunque no sepa por qué sigue aquí, hay que seguir golpeándolo… ¿no es así?

Estudió Relaciones Internacionales en Bogotá y aprendió sobre temas LGBTIQ mientras estudiaba una maestría en Desarrollo Internacional en Suecia. Ha escrito una que otra cosa gay, incluida una de sus tesis. Es costeño, ama comer carimañolas y es abierto al debate. En el colegio se la montaron por su apellido. Ocasionalmente escribe en su blog. E-mail: joshua.artetag@gmail.com

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