Catalina Martínez Coral, vicepresidenta del Centro de Derechos Reproductivos para América Latina y única colombiana incluida en 2025 en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time, habló con Sentiido sobre los retos de 2026: educación sexual integral, disminución del embarazo infantil y contrarrestar las narrativas autoritarias.
Fotos y video: Productora Espectro
Catalina Martínez Coral (1985, Cali, Colombia) es vicepresidenta del Centro de Derechos Reproductivos para América Latina. Ha trabajado en Naciones Unidas y en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y ha formado parte de procesos clave para la autonomía reproductiva en la región, incluida la sentencia que en 2022 despenalizó el aborto hasta la semana 24 en Colombia. (Ver: Los argumentos que sustentan la despenalización del aborto en Colombia).
En 2025 fue la única colombiana incluida en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time. En esta entrevista con Sentiido, Martínez Coral habla sobre los desafíos legales y culturales que vienen en 2026, la urgencia de seguir avanzando en el cambio cultural y la importancia de entender por qué la libertad empieza en el cuerpo.
Catalina Martínez Coral nació y creció en Cali, Colombia, en una familia donde los derechos humanos no eran teoría, sino práctica y conversación cotidiana.

Sentiido: ¿Cuándo empezaste a cuestionarte los estereotipos de género con los que crecemos?
Catalina Martínez Coral: Ese es un proceso permanente. Cuando uno se pone los “lentes” para ver la discriminación, los estereotipos y el machismo, ya no se los quita. Aún hoy me escucho diciendo cosas y me cuestiono: “¿por qué dije eso?”, “esto no tiene enfoque de género”. (Ver: Lo que muchas veces se considera “normal” también es machismo).
Crecimos con estructuras muy marcadas y seguimos viviendo en sociedades machistas. Deconstruirse es un proceso que nunca se acaba. Yo sigo en ese camino. (Ver: Tensiones, desafíos y avances del feminismo actual: una conversación con Ximena Andion).
“Ponerse los lentes de género es un proceso que no termina”
S: ¿Cuándo los derechos humanos se volvieron tu trabajo?
C.M.C.: Cuando terminé mi maestría en derechos humanos en Francia, regresé a Colombia y empecé a trabajar con Naciones Unidas. Estuve en Meta y Guaviare y luego en Montes de María. Acompañaba procesos de paz y la construcción de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, recogiendo información y haciendo consultas territoriales. Ver: (Feminismo: lo que se dice vs. Lo que es).
Trabajé mucho con mujeres que habían vivido desplazamiento y violencia. Las mujeres de Mampuján, por ejemplo, tejían telares enormes mientras narraban su historia: era una forma de catarsis y reparación. En Montes de María también vi procesos comunitarios muy potentes. Ahí se fortaleció mi identidad política: feminismo y derechos humanos como un mismo horizonte. (Ver: El feminismo busca incluir, no excluir).

S: ¿Qué vino después?
C.M.C.: Me contrataron en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y me fui a vivir a Washington DC. Trabajé cuatro años recibiendo casos de violaciones a derechos humanos en la región y preparando informes para la Comisión.
También trabajé en el mecanismo de Soluciones Amistosas, que sienta a Estados y víctimas a negociar acuerdos. Me gustaba porque un caso en el Sistema Interamericano puede tardar diez años o más, mientras que las soluciones amistosas, si se negocian bien, permiten reparaciones más rápidas y medidas estructurales para que los hechos no se repitan.

S: ¿Cómo llegaste al Centro de Derechos Reproductivos?
C.M.C.: En la Comisión Interamericana de Derechos Humanos conocí casos que llevaba el Centro ante el Sistema Interamericano. Ahí pensé: “esto es lo que quiero hacer”. Me identifico profundamente con la causa: si no tenemos autonomía sobre el cuerpo -sobre la sexualidad y la reproducción- es mucho más difícil decidir sobre cualquier otra cosa en la vida. La libertad empieza ahí. (Ver: Aborto en Colombia: lo que se dice vs. Lo que es).
Además, el litigio en derechos reproductivos es un campo donde se sigue construyendo: hay innovación, se crea estándar, se hace el derecho más accesible. Me atrajo esa posibilidad de transformar norma y realidad. Entré en 2015 para dirigir estrategias legales regionales. Luego fui directora y, hace tres años, asumí como vicepresidenta para América Latina. (Ver: La Tía Nohora y su sobrina favorita, la doctora Gil).
“La libertad empieza en el cuerpo”.
S: En 2025 fuiste la única colombiana incluida en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time, ¿cómo pasó esto?
C.M.C.: Eso tiene que ver con procesos colectivos. En 2022, tras la decisión de la Corte Constitucional sobre la interrupción voluntaria del embarazo en Colombia, hubo mucha visibilidad internacional. En ese momento se decidió que en ese reconocimiento que por primera vez Time estaba proponiendo incluir, figuraran las pioneras del movimiento. (Ver: Tres grandes del feminismo en Colombia).
Luego, en 2025, salieron decisiones importantes relacionadas con “Niñas No Madres”, un movimiento del que el Centro forma parte. Coincidieron con un momento político global difícil que permitió posicionar un mensaje contundente: incluso con gobiernos autoritarios y discursos regresivos, seguimos logrando avances. (Ver: Son niñas, no madres).
Time nos volvió a buscar y propuso incluirme en su lista. Lo conversamos con la coalición porque esto no es un logro individual. La respuesta fue: “nos sentimos representadas”. A mí me alegra, sobre todo, que nuestros temas entren a espacios donde normalmente no están. Ahí podemos llegar a audiencias nuevas. En efecto, he terminado hablando de aborto en escenarios donde antes era impensable. Y eso es valioso: estar donde hay que estar, romper burbujas. (Ver: Todo lo que siempre quisiste saber sobre sexo y tu hijo sí se atrevió a preguntar).
“Lo importante es que la agenda de derechos sexuales y reproductivos llegue a espacios donde antes no estaba”.
S: En la práctica, ¿qué ha cambiado desde la sentencia de 2022 que despenalizó el aborto en Colombia hasta la semana 24? ¿Y qué sigue siendo deuda?
C.M.C.: La sentencia es enorme por estándares jurídicos y por el cambio de paradigma: pasamos a un modelo decisional. Antes, siempre había una tercera persona decidiendo por la mujer o persona gestante: el médico, el juez… En 2022 se reconoce con fuerza la autonomía de decidir continuar o no un embarazo no deseado. Eso es histórico.
Luego, hubo avances importantes de implementación: resoluciones del Ministerio de Salud y de la Superintendencia que aterrizan cómo debe prestarse el servicio. También hubo una orden de la Fiscalía para cerrar procesos contra mujeres investigadas por abortar. Es decir, hubo desarrollos legales y de política pública relevantes.
También ha habido decisiones importantes posteriores, como una de la Corte Constitucional sobre mujeres indígenas: reconoce que negarles a las mujeres indígenas el derecho a decidir sobre sus cuerpos es discriminatorio.
¿Deudas? La implementación siempre es compleja. Falta difusión y formación real para profesionales de salud, incluso en zonas rurales: que entiendan la norma y sus obligaciones y que todas las personas conozcan sus derechos.
Y falta avanzar más en una implementación interseccional. No todas las mujeres y personas gestantes enfrentan las mismas barreras. Necesitamos escuchar más voces: mujeres negras, indígenas, hombres trans. Estamos empezando a tejer esos puentes, pero falta. (Ver: ¿Qué es la interseccionalidad?).

S: ¿Cuáles son los principales obstáculos para que estos derechos se vuelvan realidad?
C.M.C.: En Colombia, el reto más grande es la implementación de esos derechos: protocolos, conocimiento en el sistema de salud, difusión, pedagogía. Pero el desafío central es cultural. No basta con tener la decisión y la política pública si la sociedad no entiende -en la mente y en el corazón- por qué esto es un tema de derechos. Me gusta una frase del movimiento argentino: “en la calle ya es ley”. Significa que hay un trabajo cultural para quitar estigma y legitimar el derecho.
Yo quisiera que un día miremos atrás y nos parezca increíble que hubo un momento en que las mujeres no podían decidir sobre su cuerpo, como hoy nos parece increíble que no pudieran votar o tener propiedad. Para llegar a esa conciencia colectiva necesitamos arte, cultura, radio, redes sociales, conversación cotidiana. Son herramientas que el derecho no alcanza por sí solo. (Ver: El feminismo busca un mundo mejor para todas las personas).
“El gran desafío es cultural”
S: En 2026 hay elecciones presidenciales en Colombia. ¿Qué podría pasar si llega un gobierno de derecha?
C.M.C.: Primero, los derechos sexuales y reproductivos no son temas de izquierda o derecha. La libertad reproductiva puede caber en distintos espectros políticos. No nos hace bien encajar esta agenda en un extremo.
Ahora, si llegara una extrema derecha regresiva, yo no esperaría un retroceso inmediato porque la Corte Constitucional ha sido respetuosa del precedente y no ha sido cooptada como ocurrió en Estados Unidos. (Ver: Los pasos de gigante de la avanzada conservadora).
Lo que sí puede pasar es el uso de políticas públicas y medidas administrativas para poner barreras absurdas y cerrar servicios. Y lo que más me preocupa es la narrativa: si un gobierno con megáfono institucional desinforma, estigmatiza y niega derechos, eso afecta el trabajo cultural y pedagógico que hemos hecho. En ese escenario, desde la sociedad civil toca insistir: información, pedagogía, llenar vacíos y desmentir desinformación.
Elecciones 2026: “Me preocupa la narrativa que predomine”
S: En algunos países se mantienen tensiones entre una parte del feminismo y los movimientos trans, ¿qué hacer ante estas fragmentaciones?
C.M.C.: Las divisiones solo le sirven al sistema que queremos cambiar. Entre más divididas estemos, menos puentes construyamos y menos frente común hagamos, más difícil es hacer contrapeso al patriarcado, al racismo, a la transfobia, y al colonialismo. (Ver: Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones).
Si una persona se denomina feminista -en el sentido de creer en la igualdad y en la justicia social- no tiene sentido oponerse a los derechos de las personas trans o negar su existencia. Cualquier idea que busque negar la existencia del otro no es compatible con una visión integral de derechos humanos. (Ver: No hay feminismo sin personas trans).
Estas conversaciones hay que darlas con generosidad, escuchando, pero llegando a acuerdos mínimos vitales: el reconocimiento de la existencia y la dignidad. (Ver: Olga Amparo Sánchez: nací rebelde).
“Negar la existencia del otro no cabe en derechos humanos”
S: ¿Cómo responder a quienes dicen que los litigios ante instancias internacionales son “intromisiones indebidas” en los Estados?
C.M.C.: El sistema de derechos humanos existe porque los Estados lo crearon. Los tratados nacieron de la voluntad estatal: los Estados los redactaron, firmaron, ratificaron y reconocieron la competencia de comités y cortes.
Entonces, decir que una decisión de esos órganos es una “intromisión a la soberanía” es falso: fue la soberanía estatal la que permitió que ese sistema existiera. (Ver: Los pasos de gigante de la avanzada conservadora).

S: ¿Qué aprendizajes te dejó la campaña “Niñas No Madres”? ¿Qué falta para que esa premisa sea realidad?
C.M.C.: La violencia sexual contra niñas es la verdadera pandemia en América Latina. Nos obliga a preguntarnos qué está pasando para que las principales víctimas sean niñas y que muchos agresores estén en su entorno de cuidado: padre, abuelo, profesor, líder religioso. (Ver: Son niñas, no madres).
La campaña visibiliza algo brutal: niñas que sufren violencia sexual, quedan embarazadas y luego enfrentan sistemas de salud que no les garantizan servicios; las obligan a continuar con embarazos no deseados que ponen en riesgo su vida. Eso refleja prejuicios profundos sobre la sexualidad y la autonomía. (Ver: Colombia enfrenta una emergencia de violencia machista).
¿Qué falta? Información y educación sexual integral. Que las niñas puedan reconocer las violencias, saber qué hacer, a quién acudir… Si no enfrentamos esto, se seguirán presentando embarazos forzados, la deserción escolar y los proyectos de vida truncados. Esto debe ser una prioridad estatal. (Ver: Educación sexual en la infancia, justa y necesaria).
“Niñas No Madres, la verdadera pandemia latinoamericana”
S: Trabajar en derechos humanos trae satisfacciones, pero también desgaste, ¿qué es lo más positivo y lo más difícil de esto?
C.M.C.: Lo positivo es saber que el trabajo impacta vidas. Poder decir que tu trabajo es tu agenda política y personal es un privilegio. Ver casos que logran justicia o reparaciones, aunque la herida no desaparezca, es muy significativo.
Y vivir cambios estructurales como la despenalización del aborto en Colombia hasta la semana 24… Todavía me cuesta creerlo. Ese día se hizo historia.
Lo difícil es que el trabajo nunca se “cierra”. Cuando crees que algo está conquistado, aparece un nuevo ataque por otro lado. Enfrentamos fuerzas que no se cansan y que tienen más recursos.
Por otro lado, una vez te pones los lentes del feminismo interseccional, muchas violencias cotidianas se vuelven visibles: comentarios, chistes, microagresiones. Ser consciente es necesario, pero emocionalmente pesa. (Ver: Lo que muchas veces se considera “normal” también es machismo).

S: ¿Cómo cuidas tu salud mental?
C.M.C.: Asisto a terapia. También estar con mis amigas y mi familia. Hago ejercicio, corro, hago hiking, eso me desconecta. Bailo salsa -soy caleña-, escucho música.
Me gusta el arte, los museos, las distintas conversaciones. Últimamente también me interesan el tarot y la astrología. La idea es llenar la cabeza con otras cosas y seguir viendo belleza desde distintas perspectivas.
S: En los próximos años, ¿qué esperas ver en la región en materia de derechos sexuales y reproductivos?
C.M.C.: Tenemos que construir coaliciones más grandes, con todas las voces presentes, defendiendo los valores democráticos: igualdad, libertades, no discriminación. Por eso el trabajo colectivo, salir del nicho y tener conversaciones difíciles es clave.
Hay que seguir litigando y cambiando leyes, pero también ocupar la política, estar en cargos, y dar la disputa cultural con arte, redes, expresiones creativas. El mundo digital es una realidad, también hay que estar ahí.
Pero también creo que, cuando la inteligencia artificial haga más difícil distinguir verdad y mentira, aumentará la necesidad de vernos las caras. Necesitamos recuperar espacio público y el encuentro, o si no, nos quedamos en batallas digitales desiguales contra quienes tienen más recursos para desinformar. (Ver: Postverdad: la gente cree lo que quiere creer).
También debemos ampliar el concepto de autonomía reproductiva: no es solo aborto. Incluye el parto: cómo, cuándo y dónde parir. Hoy hay más estándares para decidir abortar que para decidir cómo parir. (Ver: Doulas, un acompañamiento antes, durante y después del parto).
Y debemos conectar justicia reproductiva con justicia ambiental: territorio, exposición a químicos, impactos diferenciados en salud reproductiva de mujeres rurales. Esa agenda es crucial. (Ver: El feminismo agroecológico, una apuesta por los derechos de las mujeres rurales).

S: ¿Cómo describirías el rol de las alianzas en las victorias que el movimiento ha tenido?
C.M.C.: Sin alianzas, no habríamos logrado nada. Puedes ganar casos, pero si no se implementan, no cambia la vida. La implementación requiere trabajo colectivo: redes comunitarias, feministas, de mujeres negras, liderazgos locales…
También requiere alianzas más inesperadas: artistas, influencers, liderazgos de opinión. Requiere acuerdos políticos: qué mensajes, qué estrategias, dónde estar. Todo esto -juntanza, negociación, conversaciones difíciles- es lo que permite un impacto real.
“Sin alianzas, no habríamos tenido victorias”
S: ¿Qué papel tienen los medios, los colegios e iglesias en la educación sobre derechos sexuales y reproductivos?
C.M.C.: Todos tienen un rol fundamental. Los medios llegan a muchas personas. Los colegios forman valores y creencias desde la infancia. Y la religión tiene un papel enorme en sociedades como las nuestras.
Tenemos que construir alianzas para que las personas entiendan que una cosa no necesariamente se opone a la otra. Me preguntan: “si soy católico, ¿puedo estar de acuerdo con el aborto?”. Para despolarizar, es importante que la gente entienda que respetar que otra persona decida sobre su cuerpo no define tu fe ni tu práctica religiosa. Debemos cerrar esa brecha de “unos vs. otros”. Se puede convivir con derechos sexuales y reproductivos y la práctica de una fe. (Ver: La Tía Nohora en “la obispa”).

S: ¿Qué mensaje le darías a las jóvenes que quieren ver garantizados sus derechos y a quienes sueñan con dedicarse a trabajar en derechos humanos?
C.M.C.: A quienes quieren dedicarse a esto: encuentren su parche. Esto se hace en colectivo, en comunidad. Entre más temprano se entiende, más sostenible se vuelve.
Y a todas: sigan imaginando el mundo que quieren. El feminismo nos ha enseñado la esperanza radical: imaginar justicia donde nunca la hubo y, a veces, construirla. Si no podemos imaginar el mundo que queremos, ¿cómo lo vamos a cambiar? Ese poder imaginativo, puesto al servicio del colectivo, es lo que hace posibles los cambios. (Ver: Mónica Fonseca: si nos sumamos a las causas LGBTIQ, el mundo será mejor).
“Encuentren su parche y sostengan la esperanza radical”.
S: ¿Cuáles son los grandes retos en derechos sexuales y reproductivos para 2026 en la región?
C.M.C: Seguir avanzando en protecciones frente al aborto en distintos países. La autonomía reproductiva es clave porque la libertad empieza en el cuerpo. También, avanzar en educación sexual integral como derecho humano y obligación estatal: es fundamental para que niñas, niños y adolescentes reconozcan la violencia, sepan pedir ayuda y tomen decisiones informadas. (Ver: Reeducar a papá y mamá).
Otro reto es la autonomía en embarazo y parto: cómo, cuándo y dónde parir. Y también la regulación de técnicas de reproducción asistida, para reconocer formas diversas de familia. (Ver: Alternativas para parejas LGBTIQ y personas sin pareja que quieran ser papás y mamás).
Además, conectar la agenda de derechos sexuales y reproductivos con otras luchas, como la ambiental: ver cómo la degradación del ambiente impacta de forma diferenciada la salud reproductiva, especialmente en territorios rurales expuestos a químicos.
Y más allá de conquistas legales, el reto es implementación y cambio cultural: política pública, protocolos de salud, campañas para que las personas conozcan sus derechos y el personal médico sus obligaciones. Y trabajar con herramientas culturales: arte, redes, espacio público, alianzas más amplias. La próxima década exige un movimiento de derechos humanos interconectado, defendiendo la democracia, la igualdad, las libertades y la vida digna.
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