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Tres grandes del feminismo en Colombia

Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.

Olga Amparo Sánchez, Claudia Mejía y Beatriz Quintero son tres de las protagonistas de la segunda ola del feminismo en Colombia, compuesta en su mayoría por mujeres con educación superior que buscaban un cambio profundo en sus vidas. #VocesFeministas especial de Sentiido.

Ilustración de apertura: Powerpaola, especial para Sentiido.
Fotos: Andrés Camilo Gómez de GoTeam.

Muchas de las mujeres que formaron parte de la segunda ola del feminismo latinoamericano estaban comprometidas con la lucha por la justicia social y por salidas dialogadas a los conflictos armados. Cómic: PowerPaola.

Las nuevas generaciones nacieron en una Colombia donde las mujeres pueden votar, ir a la universidad, divorciarse, trabajar, tener propiedades y aspirar a cargos de elección popular. En teoría, pueden hacerlo todo. Otra cosa es que por las desigualdades cotidianas entre hombres y mujeres, muchas veces estos derechos se queden en el papel.

Pero ¿saben las nuevas generaciones que no siempre fue así? La politóloga María Emma Wills explica en su libro Inclusión sin representación: la irrupción política de las mujeres en Colombia (1970 – 2000) que las primeras democracias modernas prohibieron la presencia de las mujeres en las urnas, en partidos y clubes políticos, en la academia, en las escuelas de artes, en las milicias, en la prensa y la literatura y en todos aquellos lugares considerados propios de “lo público”. (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).

Así, las mujeres no solamente quedaron por fuera de “lo público”, sino que eran vistas como “menos que”: lo femenino se concibió no sólo como lo opuesto sino como lo inferior a lo masculino.

“A las mujeres, a las personas indígenas y afro y a las minorías sexuales se les definió como seres incapaces de tomar decisiones políticas o económicas de manera autónoma”, María Emma Wills.

Además, la Constitución política de Colombia de 1886 estipulaba: “la religión Católica, Apostólica y Romana es la de la Nación: los poderes públicos harán que sea respetada como esencial elemento del orden social”.

Este hecho le otorgaba a la Iglesia la potestad de manejar los contenidos difundidos en la escuela y le concedía poderes de regulación en el ámbito matrimonial y, por esta vía, sobre la vida de las mujeres”, explica Wills. (Ver: Rodrigo Uprimny: Dios sería el primero en defender el Estado laico).

No había colegios mixtos y los programas curriculares de hombres y mujeres eran totalmente distintos. “Mientras los colegios masculinos impartían una formación que les abría las puertas a los hombres a la educación superior, a las mujeres se les brindaba una educación asociada a las tareas domésticas y de la crianza partiendo de la base de que ellas debían encontrar su realización en los roles de madre y esposa”, señala Wills.

“Las tareas domésticas más que verse como labores, fueron vistas como extensiones de las mujeres”, María Emma Wills.

Para completar, el Código Civil en Colombia (creado en 1873) estipulaba que las mujeres no podían contratar por sí mismas ni aceptar herencias ni adquirir ninguna clase de compromiso económico sin la autorización escrita de su marido.

También sancionaba de manera diferenciada la infidelidad masculina de la femenina. Mientras ellas, con una prueba de infidelidad presentada por su marido, perdían la crianza de sus hijos y el manejo de sus bienes, a ellos había que probarles amancebamiento (o convivencia).

El Código Penal castigaba la infidelidad femenina, no la masculina.

Cuando un marido descubría a su esposa infiel, podía pedir prisión para ella hasta por cuatro años. Y cuando asesinaba a su esposa, la justicia lo exoneraba si el motivo había sido la infidelidad de ella.

Así, explica Wills, en casos de infidelidad, las mujeres podían ir a la cárcel y perder la patria potestad de sus hijos o, en casos extremos, ser asesinadas en un “ataque de ira e intenso dolor de su marido”, mientras la misma conducta en los hombres recibía una sanción mínima.

Fue hasta 1954 que se conquistó el voto femenino, hasta 1933 que se aprobó el bachillerato clásico para las mujeres y hasta 1938 que se graduaron de la universidad las seis primeras mujeres”, señala Wills.

Buena parte de las nuevas generaciones desconoce las desigualdades de las que fueron objeto sus abuelas y no perciben las que actualmente viven las mujeres.

Todo esto gracias al movimiento de mujeres que, en la mayoría de países, nunca ha estado conformado por un gran número. “Su potencial ha estado, más que en cifras, en sus discursos, estilos, en su capacidad de innovar, así como en su persistencia para constituir alianzas y en abogar por unas políticas orientadas a superar la discriminación por género”, señala Wills. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).

Las pioneras en Colombia

María Rojas Tejada, continúa Wills, fue una de las pioneras. Ella regresó a Colombia en la primera década del siglo XX, luego de graduarse de una universidad norteamericana, a fundar un colegio femenino que ofrecía una educación integral a las niñas de Medellín, pero fue obligada a salir de la ciudad por presiones del clero. También fue desterrada de Manizales y llegó a Pereira a dirigir un colegio y a fundar en 1914 el periódico Féminas.

El 11 de febrero de 1920 ocurrió la primera huelga exitosa en la rama de los textiles, la “huelga de las señoritas”, organizada por Betsabé Espinal. Esta líder, con el respaldo de las trabajadoras de la fábrica, logró una jornada de nueve horas, un aumento salarial del 40% y la expulsión de los capataces acusados de acosarlas sexualmente. (Ver: Una cosa es coqueteo y otra acoso).

En la década de los 30, gracias a líderes como Georgina Fletcher y Ofelia Uribe de Acosta, se lograron avances significativos en el derecho a disponer de sus bienes, a contraer deudas y a comparecer por sí mismas ante la justicia, así como el acceso al bachillerato clásico y a la universidad.

Colombia fue uno de los últimos países de América Latina en aprobar el voto de las mujeres.

En 1957, por el trabajo de mujeres profesionales como Rosita Turizo, el plebiscito contempló la aprobación del sufragio femenino. Las colombianas votaron por primera vez en esa oportunidad y con su voto contribuyeron a legalizar su derecho a votar y a ser elegidas”, explica Wills.

La segunda ola

Según explica la abogada Julieta Lemaitre en el libro El derecho como conjuro: Fetichismo legal, violencia y movimientos sociales, la segunda ola del feminismo en Colombia surgió en los años sesenta y setenta. Estaba compuesta en su mayoría por mujeres con educación superior.

La mayoría de las fundadoras de la segunda ola del feminismo latinoamericano estaban comprometidas con la lucha por la justicia social, contra el capitalismo y las élites políticas. Muchas se vincularon a organizaciones de izquierda y a partidos de oposición”, explica la socióloga Doris Lamus en su investigación Resistencia contra-hegemónica y polisemia: conformación actual del movimiento de mujeres/feministas en Colombia.

Las feministas de los años setenta reivindicaron consignas como “este cuerpo soy yo que no quiere dueño ni condición. Este cuerpo mío, mío, mío”. Fotos: Archivo Flora Uribe.

Las feministas de los años setenta, afirma María Emma Wills, repitieron consignas como “¡Toda penetración es yanqui!”, “¡Me descolonicé!” o “Soy mujer y me gusta”. Hacen reclamos como el derecho al aborto y cantan en marchas: “seré yo, sin referencias, para regresar con tiempo de amar y de luchar, sin olvidarme”. (Ver: Las luchas del aborto en Colombia).

En 1981, se realizó en Bogotá el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que reunió a más 260 mujeres. En este primer encuentro se presentaron tensiones internas. “Esto, debido a que el feminismo en Colombia, como en buena parte de Norte y Sur América, tiene una historia de participación en movimientos de izquierda. Esta afiliación dio pie a enfrentamientos entre las feministas partidarias de conservar ‘la doble militancia’ -por el feminismo y por la izquierda- y las feministas autónomas o las que abogaban por un compromiso exclusivamente feminista”, añade Julieta Lemaitre. (Ver: Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones).

El encuentro también sirvió para consolidar la Casa de la Mujer en Bogotá, idea que había surgido desde 1977 pero que se concretó el 8 de marzo de 1982.

“Uno de los trabajos más importantes en igualdad de género en el país es el de las hermanas Sánchez: Luz Helena, Olga Amparo y María Eugenia”, Chris Suaza en el libro Soñé que soñaba.

Ese día La Casa de la Mujer oficialmente abrió sus puertas, teniendo entre sus fundadoras a Olga Amparo Sánchez, una de las protagonistas de la segunda ola del feminismo en Colombia y una de las tres mujeres que forma parte del especial #VocesFeministas de Sentiido. (Ver: Olga Amparo Sánchez: nací rebelde).

Mujeres feminismo Colombia
Olga Amparo Sánchez nació y creció en Medellín, estudió trabajo social y tiene un máster en estudios de población y estudios demográficos. Es cofundadora y coordinadora de La Casa de la Mujer.

Chris Suaza cuenta en su libro Soñé que soñaba que las actividades que en ese entonces se propuso llevar a cabo la Casa de la Mujer fueron talleres de sexualidad y salud, apoyo a mujeres abusadas mediante asesorías legales y psicosexuales, servicio de guardería para las(os) hijas(os) de las mujeres que participaban en las diferentes actividades de la Casa, así como seminarios, foros, ciclos de películas y exposiciones. También publicó la revista ¿Qué pasa mujer? y el boletín informativo Vamos Mujer.

La tensión que se vivió en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (1981) fue más evidente durante el proceso de la Asamblea Nacional Constituyente de 1990, etapa que empezó en 1988, cuando el presidente Virgilio Barco comenzó a hablar de una reforma constitucional.

En ese entonces se formó en Bogotá una mesa de trabajo de mujeres de 17 organizaciones. Entre ellas estaba la Casa de la Mujer. Entre todas elaboraron una Constitución modelo que iniciaba así: ‘nosotras, el pueblo de Colombia’… Y se especificaba que el preámbulo debía decir que la sociedad estaba compuesta por hombres y mujeres”, explica Lemaitre.

El proyecto no tuvo mucho eco pero dos años más tarde, en 1990, se llevó a cabo en Bogotá la reunión “mujeres por la constituyente” donde quedó claro que en este proceso era importante participar unidas. Por esto, en octubre de ese año varias organizaciones armaron en Bogotá el “Encuentro nacional un abrazo amoroso por la vida” con delegaciones de todo el país.

Allí un grupo de mujeres dijo: “nos vamos con lista propia de mujeres” y otro respondió: “no, vámonos en alianza con los partidos políticos”. “Al final del evento era evidente que las organizaciones no habían superado su historia de enfrentamientos y que habían fracasado en el intento de producir una candidata del feminismo unido”, afirma Lemaitre. El resultado: no hubo candidatas feministas a la constituyente apoyadas por todas las organizaciones.

A la constituyente no llegaron mujeres abiertamente feministas sino otras como María Mercedes Carranza y Aída Avella.

Ante esa realidad, las mujeres concluyeron que había llegado la hora de establecer alianzas estratégicas. Así, el 4 de mayo, a menos de dos meses de terminar las sesiones la Asamblea Nacional Constituyente, se reunieron en Cali diversos grupos de mujeres. Allí establecieron que el paso a seguir era presentarse ante el país como un solo cuerpo, para negociar la inclusión de las demandas de las mujeres en la nueva Constitución Política de Colombia.

Así, contra su propia inercia divisionista, añade Lemaitre, las feministas lograron formular un plan unido y fundaron una red de organizaciones llamada “Red Nacional Mujer y Constituyente” con una agenda común.

La Red acordó trabajar en buscar que la nueva Constitución abriera las puertas a acciones afirmativas para la participación política de las mujeres como una manera de compensar las deudas históricas. Así, se abrió la puerta a la Ley 581, de cuotas, promulgada en 2000.

Antes de 1991 la violencia intrafamiliar no era un delito, se trataba como lesiones personales porque el Estado no podía intervenir en el hogar. Las mujeres buscaron que a través de la nueva Constitución el Estado tomara cartas en este tema, algo que se logró a través Ley 294 contra la violencia intrafamiliar (1996) y la Ley 1257 de violencia contra las mujeres (2007). (Ver: Feminicidio: crónica de una muerte anunciada).

El éxito de las propuestas feministas en la nueva Constitución política de Colombia fue notable: además del derecho general a la igualdad y a la no discriminación del artículo 13, se incluyó en el artículo 40 la participación de las mujeres en la administración pública, en el artículo 42 la igualdad en la familia, el derecho a la planificación familiar y al divorcio, la condena a la violencia en la familia y la igualdad entre la unión libre y el matrimonio. Y en el artículo 43 la protección especial de las mujeres cabeza de hogar.

Uno de los temas que no pasó fue el derecho a  la libre opción a la maternidad que, por supuesto, contemplaba la interrupción voluntaria del embarazo. Era tal el debate que este tema causaba –causa– que fue la única discusión secreta, la más álgida de la constituyente. Sin embargo, sí quedó consagrada la separación entre Iglesia y Estado. (Ver: Vivir en un Estado laico favorece a todas las personas).

Al quedar aprobada la Constitución de 1991, se fijó el nuevo paso a emprender: el seguimiento a las normas conquistadas. Para tal fin, el 13 de julio de 1991, la “Red Nacional Mujer y Constituyente” se trasformó en la Red Nacional de Mujeres.

La Red que se planteó la reglamentación y el desarrollo legislativo de los artículos constitucionales, tiene entre sus fundadoras y coordinadora a Beatriz Quintero, otra de las protagonistas de la segunda ola del feminismo en Colombia y quien forma parte de #VocesFeministas de Sentiido. (Ver: Beatriz Quintero: el feminismo es radical porque incomoda).

Mujeres feminismo Colombia
Beatriz Quintero dejó su carrera de ingeniera para trabajar de lleno en la igualdad de las mujeres. Es cofundadora y coordinadora de la Red Nacional de Mujeres.

Según Lemaitre, la década de los noventa significó a nivel mundial el auge del discurso de los derechos humanos que implicaba asumir una posición más jurídica e invocar al Estado en su papel de garante de esos derechos. Fueron los tiempos de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer -conocida como la Convención Belem do Pará- (1994) y de la Cuarta Conferencia Internacional de la Mujer en Beijing (1995).

Uno de los sucesos nacionales que sirve para ilustrar la fuerza de esta nueva tendencia fue la creación en 1998 de la primera ONG feminista con marcado acento jurídico: la Corporación Sisma Mujer”, explica la abogada Lina M. Céspedes-Báez en Conflicto armado colombiano y feminismo radical criollo: una aproximación preliminar a las lecciones aprendidas. Una de las fundadoras de Sisma y quien hasta 2019 se desempeñó como su directora es Claudia Mejía, la tercera protagonista de #VocesFeministas de Sentiido. (Ver: Claudia Mejía: mi vida entera ha estado marcada por el feminismo).

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Claudia Mejía Duque, una de las protagonistas de la segunda ola del feminismo en Colombia, se desempeñó como directora de Sisma Mujer hasta diciembre de 2019.

Desde entonces, cada vez más las vidas profesionales de muchas mujeres feministas se ha orientado en trabajos de tiempo completo enfocados en lograr la igualdad de género. Y aunque todavía hay mucho camino por recorrer, los pasos que han dado estas mujeres han sido definitivos y no tienen marcha atrás. 

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El especial #VocesFeministas fue posible gracias a la Fundación Friedrich Ebert Stiftung Colombia.

1 Comentario

  1. Mujeres maravillosas que nos han abierto el camino para avanzar en derechos!!! Para ellas toda mi admiración, afecto y respeto
    Felicitaciones por este merecido homenaje!!!

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